Festival de Cine en La Habana
Ángel Santiesteban | 30/03/2009 10:39
NOS PASABAMOS EL AÑO Esperando las exhibiciones de películas. Desde la adolescencia, nos íbamos a la salida de la escuela de cine en cine, hasta la media noche, y los fines de semana bajábamos de peso porque se nos olvidaba ingerir alimentos. Lo único que nos preocupaba era no dejar escapar ningún largometraje.
Recuerdo que alguien me dijo que no dejara de ver una que se llamaba La noche de los lápices, argentina, y desde hacía dos años nos daban una credencial por la Asociación de Jóvenes Artistas que nos permitía no hacer las extensas colas y llevar un acompañante. Me dijeron que la pondrían en el Yara y fui con mi novia.
Un policía vestido de civil que organizaba la cola me dijo que no podría pasar, con delicadeza le volví a enseñar la credencial y aseguró que era imposible. Cuando le expliqué que ver la película, además de un disfrute, también era parte de mi trabajo como creador, me echó una mirada de estar perdiendo la paciencia que me molestó, y comenzamos a discutir pues me sentía en mi derecho. Lo cierto es que me quiso agredir y recuerdo los gritos de mi novia espantada por aquel hombre que intentaba golpearme.
Luego, cuando vi la película sobre la dictadura en Chile, y unos jóvenes que fueron apresados, masacrados, lloré por ellos y por mí.
De eso pasaron veinte años, y realmente, pensé que la policía había comprendido su papel en el Festival de Cine. Este año 2008, sentimos orgullo de ver la cantidad de personas con esa sed de arte que nos hace únicos. Recorrí la cola compacta de unos doscientos metros, cuando llegué a la punta, unos policías empujaban a los cinéfilos por las espaldas, otro, subido en un muro, les daba por la cabeza, insultado dije que no les pegara, pero no escuchaba, sólo miró atrás y vio a un camarógrafo haciendo un paneo con su cámara. El policía cuando se imaginó filmado, le gritó a otro que no lo dejara grabar. De inmediato se le acercaron para prohibírselo, pero el camarógrafo estaba tan ensimismado en su trabajo que sólo pudo comprender lo que sucedía cuando le pegaron por el hombro, entonces, sorprendido, separó su ojo del visor, mientras el vigilante le negaba el derecho a tomar imágenes.
El camarógrafo le dijo que no tenía que golpearlo, pero además, le enseñó la credencial, era el Director de Fotografía de la película que exponían y necesitaba esas secuencias para el making off.
Entonces supe que era el día de los Derechos Humanos porque el agente dijo que “después aparecían en la televisión de Miami para hablar mierda de la policía”. Llegó un capitán y pensé que podría entender mejor la situación, al final resultó ser más estúpido y extremista que sus subordinados.
Me fui deprimido. Yo que pensaba que Gardel no tenía razón, y que veinte años eran algo.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 30/03/2009 10:46
Historias de mis vecinos: IV
Ángel Santiesteban | 27/03/2009 10:59
ÉL SE IRÁ A BUSCAR La “residencia” en la República Checa para lograr los sueños de una vida mejor. Ella viajará, por “reunificación familiar”, hacia Miami. Son pareja desde hace cuatro años. Y están enamorados. Sus ojos brillan sólo de mirarse. Ellos se han visto reflejados en otros tantos que han visto partir y conocen las malas jugadas del destino. Pero ahora intentarán burlarlo. Ella necesita, le suplica, que cuando llegue al aeropuerto él ya no esté dentro de la isla: no tendría fuerzas para irse primero y dejarlo atrás. Él quiere, necesita complacerla, por eso sacó pasaje para un día antes del viaje de ella. Cuando hayan logrado estar fuera, entonces volverán a unirse.
Ella se unirá a su madre y hermana que la esperan en la Florida. Él tiene sus dos hijos en Italia. ¡Quién niega que un hombre con dinero no puede más que el amor! Su ex mujer rompió su matrimonio y arrastró a los niños en su aventura. Ahora él mira las fotos mientras juegan en un parque infantil en Milano. Dice que no quiere continuar reuniendo fotos como si su pecho fuera un álbum. Su hermano está en Eslovenia. Su sobrina en Madrid. Amigos en todas partes.
Ya se cansó, y entre todos los que están fuera, reunieron para pagarle un matrimonio con una anciana checa que no tiene dinero para pagar la calefacción. La anciana tiene un hijo en Argentina y un nieto en Turquía. Se pregunta adónde irá a vivir su biznieto.
La anciana desconoce que su biznieto ya se forma en el vientre de una kazaja criada en Rusia, donde no quiere regresar, allí sus padres la continuarán maltratando. Tampoco tiene dinero para ir a ninguna parte. Ella no recuerda con quien se acostó la noche del embarazo, por lo que el nieto de la anciana, ni sospecha que tendrá un hijo que nunca conocerá. Un viejo islandés les ofrece a la kazaja y su hijo una vida tranquila en su isla de hielo.
Ese niño que lleva sangre kazaja y checa, conocerá en Sídney, a la nieta del hombre que busca residencia en la República Checa. El sueño de esos dos jóvenes será irse a vivir a una isla del Caribe llamada Cuba. Para huir con la novia, el biznieto de la anciana necesitará robarse un auto para llegar al puerto de donde zarparán en barco hasta Europa, luego en otro hasta el Caribe.
Ambos jóvenes un poco drogados, detrás del volante del auto con que huyen, no verán cruzar la calle al hombre ya residente en la República Checa y que ahora vive en Sídney y regresa del mercado. Cuando el biznieto de la anciana descubra su silueta será demasiado tarde, un golpe lo hará caer contra el asfalto, su último pensamiento será para aquella muchacha que le brillaban los ojos y que perdiera su contacto al poco tiempo de llegar a Europa.
Mientras, esos jóvenes intentan alcanzar un puerto para llegar a una isla soñada.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 27/03/2009 11:05
Historias de mis vecinos III
Ángel Santiesteban | 25/03/2009 10:15
LA MUCHACHA QUE VIVE Encima de mi apartamento se llama Pilar y proviene de una ancestral familia católica. Lleva tres años de relación con su novio. En estos treinta y seis meses se han excitado en muchas oportunidades. Alberto vive con sus padres y abuelos. Ella también. Les ha sido muy difícil satisfacer sus instintos eróticos.
En los mil noventa y cinco días de noviazgo, sólo se han dado besos enardecidos en el cine y en la escalera de nuestro edificio. Se despiden sofocados, tensos y con el rostro acalorado.
Como las posadas fueron convertidas en viviendas, con igual prontitud que los “cuarteles en escuelas”, Alberto estuvo investigando alguna casa que alquilar, pero cuando supo que el precio era de cinco CUC por tres horas, sin derecho a bebida ni comida, sus ánimos decayeron. Al cambio serían cientoveinte pesos, la mitad de su salario mensual, algo imposible de asumir por él. Por muchos.
Su morbo aumentaba cada vez que imaginaba su luna de miel. Sin desearlo, habían logrado cumplir los preceptos católicos, respetar la decencia familiar de la novia, y acogerse al convenio establecido cuando lo aceptaron como relación de la niña. Dijeron las beatas: sólo se casan después de graduarse. Ahora faltaban pocos meses. Hubiera continuado la alegría si no existiera un periódico en sus manos con la noticia de que a partir del nuevo año no se darán oportunidades hoteleras a los recién casados. Entonces recordó que hacía poco leyó en el mismo periódico que la natalidad nacional estaba por debajo de casi cincuenta años atrás. Pensó que la Revolución se quedaba sin soldados, los hombres del futuro que llevarían… ¿adelante?, el proyecto socialista corría peligro de no tener continuadores.
Y como una tarea revolucionaria, tanto como fundar una guerrilla en un país desconocido o irse con el ejército a una guerra ajena y lejana, fue a buscar a su novia, sin explicarle la tomó de la mano, montaron una guagua hasta las playas del Este, y allí, en sus arenas finas, se amaron.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 25/03/2009 10:23
Historias de mis vecinos II
Ángel Santiesteban | 23/03/2009 10:21
DESPUÉS DEL DISCURSO Del nuevo presidente. Después que anunciara el fin de todas las gratuidades, mi vecino, que por varios años consecutivos había sido galardonado como trabajador vanguardia de su fábrica, decidió cesar su esfuerzo incesante. Ese que día a día, aportaba en su centro laboral. No trabajaría más hasta que le pagaran un salario que le permitiera costearse unas vacaciones al año, aunque sea en el peor hotel de Cuba, para no ser exigente porque soy revolucionario, aclaraba. Estaba acostumbrado a ir cada verano con su esposa e hijas a un balneario y disfrutar una semana de tranquilidad alimenticia. Era su estímulo. Se sentó, como en el proverbio árabe, en la puerta de su casa, que no llega a ser ni siquiera una cabaña. Sus techos están ladeados, las paredes han perdido su vestidura y los ladrillos, expuestos a la intemperie, cedieron a unas rajaduras que permiten saber, desde la calle, en cuál pieza de la casa están sus moradores. Por lo tanto, para ser precisos, a partir de ahora, ya sin las “ventajas socialistas”, la llamaremos covacha o kimbo. Y se sentó, les decía, a la puerta de su hogar. Se arrancaría de las manos los callos creados en tantos años, mientras llega la muerte o un destino más soportable. No tardaron en llegar los representantes de la Casa del Combatiente y el Secretario del núcleo del Partido. Todo buen trabajador es comunista, según le dijeron, pero si deja de honrar a la clase obrera entonces ya no es militante. Al marcharse decidieron retirarle el carné color púrpura.
Luego lo visitaron los dirigentes de la fábrica y quedaron sorprendidos por las condiciones paupérrimas de su morada. Mi vecino al principio no supo a qué carajo se referían, cuando le expliqué, respondió con una mentada de madre. Los jefes le hicieron saber que desde su ausencia, nadie entiende la vieja máquina que ahora se mantiene rota la mayor parte del tiempo. Comenzó el incumplimiento de los convenios con clientes en el extranjero y las quejas. La demora de los pagos por la mercancía se ha ido ampliando, lo que hace imposible que la fábrica sea rentable y en consecuencia, adiós la “emulación socialista”.
Con paciencia y dolor mi vecino les explicó que se había puesto viejo sin lograr nada. Cuando de niño comencé a trabajar con los dueños americanos, me parecía injusto que los jefes se fueran de vacaciones para Nueva York, y sus hijos, hasta malos estudiantes, no aprovecharan la suerte de nacer con dinero. Pero también es verdad que cuando comencé a trabajar pronto compré esta casita nueva, y mi vida cambió.
Después del cincuenta y nueve, cuando vi que los hijos de los propietarios y sus secuaces no irían de vacaciones con mi esfuerzo, me entregué al proceso. Estuve en la lucha contra bandidos, en Girón, Argelia, Angola, Nicaragua, Etiopía y me olvidé de mí y de mi familia. En la fábrica me daban un salario suficiente para sobrevivir y nunca me quejé. Cuando llegó el período especial, entonces me dieron una jabita con productos. Luego quitaron esa entrega y nos dieron diez chavitos; al poco tiempo los suprimieron también. Entonces me concentré en ganarme las vacaciones para disculparme ante la familia y callarles la boca.
–¿Ahora qué les digo?.. Me quedé sin justificaciones.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 23/03/2009 10:34
Historias de mis vecinos: I
Ángel Santiesteban | 19/03/2009 22:13
TODA LA NOCHE ESCUCHÉ Llorar a la esposa de mi vecino. A intervalos aseguraba estar cansada. Muy cansada, insistía. La mayor parte del tiempo el esposo no le respondía, pero al hacerlo coincidía: yo también. Luego llegaba el gemido de ella, esa manera entrecortada que hace recordar el llanto de la niñez. La angustia me fue creciendo y el sueño se fue alejando. Me acostumbré. El lamento llegó a ser una música inevitable.
En la mañana el golpe de los martillos me hizo asomar a la ventana. Mi vecino, junto a sus dos hijos adolescentes, arma una balsa con varios tanques vacíos. Miré al techo y ya no tenían para almacenar agua. Mi vecina estuvo todo el día encerrada en la casa. No abrió las ventanas, seguramente para no mirar la preparación de la fuga familiar.
En la tarde ya tenían lista la embarcación. Un camión con nevera climatizada vino a buscar la balsa. Los tres hombres fueron entrando a la casa para despedirse, uno a uno. Regresaban aún más tristes, como si fuera posible aumentar tanta carga de angustia.
Antes de cerrar la puerta de la nevera volvieron a mirar hacia la casa, quizá esperando verla a ella por última vez. Pero no asomó. Le entregaron el dinero al camionero que luego de contarlo, se puso en marcha. Cuando los vecinos vieron a los perros correr detrás del camión no pudieron entender su desesperación.
Pasaron largos días y ella se mantuvo encerrada dentro de la casa. A veces los vecinos preocupados la llamaban con algún pretexto pero no respondía.
Una hermana que vino del campo rompió la puerta. Los médicos aseguraron que su familia aún no había puesto la balsa en el agua y ella ya se había envenenado.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 20/03/2009 8:05
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