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La compañera Bolsa Negra

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Reuters

EN UNA REUNIÓN URGENTE FUE Citada al Consejo de Estado la compañera Bolsa Negra, con actitud lacrimógena, fue condecorada por sus servicios prestados en pleno Período Especial. Se reconoció que es la salvadora de la población cubana y el verdadero sostén del poder revolucionario. Alguien hizo una propuesta, dejar su nombre sólo en Bolsa, no era necesario el color sino el contenido, y así estarían a bien con el grupo Color Cubano; pero finalmente se acordó dejarlo como estaba para evitar confusión y alguien pensara que sería una Bolsa Estatal.

Se habló sobre la disminución en los últimos años de su presencia en la sociedad (como es tradición, luego que el sistema obtiene los beneficios, te aleja, te olvida, y en los años posteriores, Bolsa Negra fue perseguida, vilipendiada, algo así como aplastar una cucaracha, lo que ella no les quiso recordar por no encontrarse en el marco adecuado); pero previendo una posible, y ya anunciada por la oficialidad, profundización de la miseria en nuestra sociedad, se ha vuelto a llamar a la compañera Bolsa Negra para rendirle los honores ganados, y darle nuevamente su papel decisivo ante la población. Ella, modesta y nerviosa, aceptó que puso su granito de arena, o más bien de arroz, frijoles, aceite, harina, chícharo, leche, etc, pero que en definitiva, no había hecho más que el resto: sobrevivir. Y si su papel no fue más relevante, lo impidió el nivel burocrático de las gestiones, los desvíos de recursos y la corrupción a todos los niveles. Aseguró que si tenía que volver a dar el paso al frente, lo hará con convicción. No son pocos los que claman su presencia y está decidida a no abandonar a los cubanos.

Por último rechazó el carné del Partido Comunista, dijo que no era para tanto, no lo merecía. Con dejarle una cobertura entre la policía, ya era suficiente para hacer su labor. Entonces alguien gritó que le hicieran un monumento en la calle G, más conocida por la calle de los muñecones, pero también se negó, no deseaba el culto a la personalidad, no aceptaría aparecer en las paredes de oficinas ni en los billetes oficiales.

Ahora Bolsa Negra, mientras se agudiza la crisis, toca con más frecuencia las puertas de las familias cubanas.



¿Educación?

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AP

LA MAESTRA DE MI HIJO Dice que no tiene zapatos para trabajar en la escuela y me enseña los que lleva puestos, con la suela rajada. Se queja de los alumnos porque se burlan del mal estado de su ropa. También tiene un niño pequeño al que no podrá festejarle su próximo cumpleaños. A cada rato los Maestros Emergentes le roban la cartera. "A esos primero hay que alfabetizarlos", me dice mirando su raído zapato. Si llegara algún donativo del extranjero sería una buena solución, podría vender en bolsa negra parte de los materiales escolares, me dice con los ojos húmedos.

El profesor de Educación Física de mi hija ruega por alguna colaboración en un "país amigo": Hay que salir de la crisis, asegura, y está dispuesto a ir al peor lugar del universo con tal de mitigarla. Confeccionó una pelota de trapo para que los niños se ejerciten y le den tiempo a pensar la solución de su problema económico.

Algunos extranjeros después de desayunar, cruzan desde el hotel hasta la cerca de la escuela, para tirarles fotos a los niños en formación para el matutino y escuchan comunicados enardecidos que defienden a la revolución.

Los niños ya saben montar sus personajes: dicen que no al primer intento de regalarles caramelos, luego las maestras fingen estar entretenidas y en el aula los comparten. Si les preguntan si son felices, deben responder con rapidez, abrir la sonrisa más amplia y decir que "somos felices aquí". Después los extranjeros se marchan.

Y entonces los niños guardan la sonrisa.



¡Padrino, quítame esta sal de encima!

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Circo. Iván Arocha

SEGÚN FUENTES CERCANAS AL Ministro de Cultura y al Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), ellos solicitaron una investigación por la golpiza que me propinaran en días pasados. A partir de ahí, el Teniente Coronel Soto, que trabaja en el Ministerio de Cultura, anda levantando mi pasado, hurga desesperado por encontrar una razón para desacreditarme y demostrar que él y los suyos son inocentes, ha echado a rodar varias versiones: problemas personales, finjo tener la fractura en el brazo, o la disidencia me golpeó para levantar un escándalo. Para calzar la gestión, le pidieron a todos los que tenían acceso a publicaciones digitales, que escribieran respaldando la postura oficial, más algunos anónimos deshonestos que también se dieron a conocer en la internet, que increíblemente por pudor, quienes lo hicieron prefirieron no firmarlo.

Mientras toda esta parafernalia ocurre, el oficial busca un dato para luego chantajearme y lograr, como otros ya lo han hecho en situaciones similares, que haga una declaración pública dictada por ellos. En su indagación, este militar y su equipo, hacen preguntas incoherentes, puede que hasta tontas, y lo imagino visitando un babalao para pedirle consejos que lo acerquen a un dato aprovechable. Necesita saber entre mis amigos y vecinos, ¿cuántas permutas hice? ¿Cuántas propiedades de auto y motos he tenido? ¿A quiénes visito y por qué? Escucha todo lo que hablo por teléfono y al mencionar que iré a la calle Camagüey, en plena Ciudad de la Habana, Soto informa que salí para la provincia e indaga entre mis conocidos cuál me acompañó en el viaje. Cuando digo que estaré en Rancho Luna, él hace un operativo en el restaurante de 23 y G, mientras yo visito mi familia en Cienfuegos. Apresa por doce horas a alguien que me alquiló su auto por menos tiempo de las que permaneció detenido. Afirma que con todo el provecho que le puedo sacar a mis libros y premios, demuestro que soy un “intelectual estúpido”, y menciona acápites del Código Penal que se presten para una sentencia judicial que le sirva de cortina de humo. El Teniente Coronel siente que el tiempo se le acaba y no encuentra una razón que desvirtúe la realidad. Quiere saber dónde escribo y cómo me conecto para enviar los textos. Me recuerdan aquellos muñequitos de mi generación: Quiero saberlo todo.

A ese ritmo aseguro que si pronto no lo proveo de una razón, él la inventará. Para ayudarlo, le pido que busque en mi última permuta, año 1999, entre los participantes, hay un nombre que lo asustará. Con seguridad que cerrará ese capítulo y decidirá continuar la pesquisa con mi hobby de las motos, y entre mis antiguas piezas, no tendré la propiedad de un viejo y oxidado carburador y le sirva para, finalmente, hacer un show ridículo del que ya estoy sentenciado.

Con sinceridad, siento pena del oficial y los suyos, también en los que le confiaron una investigación limpia que, desde el comienzo, se decidió iniciar por el camino contrario a la lógica, porque de antemano ya sabe a dónde y a quiénes conduce.



Sueños

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Reuters

DESEO VISITAR EL MUSEO DEL Prado: sentarme un día completo a ver Las meninas desde distintos ángulos, El jardín de las delicias, vestir en mi mente a la Maja desnuda; la ciudad de Toledo, su iglesia centenaria, El entierro del Conde de Orgaz; la casa del Greco, su San Pedro llorando; esperar la caída del sol en Playitas, evocar aquella noche, el sonido de los remos avisando la llegada, imaginar sus rostros tensos, cansados y con frío; luego ir hasta el monumento en Dos Ríos, que no será más bello que el túmulo de piedra que le hiciera Máximo Gómez en el primer aniversario de su muerte; ver las líneas gigantes de Nazca y las piedras del Cuzco; las pirámides, leer “Carta de amor al rey Tut Ank Amen”, de la Loynaz, sentado delante de su sarcófago: Ahora tus ojos están cerrados y tienen polvo gris sobre los párpados; más nada tienen que ese polvo gris, ceniza de los sueños consumidos…; subir a la Iglesia del Cobre, y entre tantos ofrecimientos de respeto, encontrar la medalla que le dieran a Hemingway por el Nobel; suspirar desde una góndola debajo del Puente de los Suspiros e imaginar a los reos cuando eran trasladados hacia el cadalso y desde allí se robaban la última imagen de la ciudad; entrar a la Plaza del Vaticano y mirar la Basílica de San Pedro, las columnatas, ver El juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, ir hasta la fuente de Trevi, tirar una moneda mientras pido el deseo de todo cubano: unificar las familias; ir a la finca La Demajagua, cerrar los ojos y escuchar los campanazos que avisan que ha llegado la anhelada libertad; sentarme en un café en la Riviera Francesa, imaginar al todavía desconocido Hemingway saludando a Joyce y gritarle Maestro; el Museo de Orsay; sentir cómo las aguas de las Cataratas del Niágara me salpican el rostro mientras recito el poema de Heredia: Yo digno soy de contemplarte: siempre / Lo común y mezquino desdeñando…; quiero ir a varias tumbas: a la de Washington; permanecer varios minutos en silencio junto a los restos del padre Félix Varela en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, y tratar de buscar una respuesta sabia a esta identidad insular tan arraigada; visitar la de John Lennon, convencerlo de que no está muerto; a la de Chaplin, saber cómo se puede hacer reír sobre una balsa; agacharme frente a la lápida de Isadora Duncan, decirle que la soñé bailándome desnuda y sus pies eran tibios; buscar en el cementerio Santa Efigenia el mausoleo de Martí, y preguntarle por qué los cubanos no saben claudicar aunque sepan que están equivocados; al general De Gaulle, preguntarle cómo en los momentos más adversos pudo mantener su perseverancia; poner un pincel elaborado con mi cabello sobre la tarja de Toulouse Lautrec, y pedirle perdón por reírme imaginando su entrada al sanatorio donde visitaba a un amigo internado y los enfermos mentales lo confundieron con un nuevo ingreso; ir a las minas donde Van Gogh casi muere de hambre y su fiel hermano Teo lo asistiera como tantas veces; a las fosas colectivas del campo de concentración en Auschwitz; conocer la nieve; festejar una verdadera Navidad y ver el júbilo en los rostros de las personas sin la preocupación de qué van a cocinar y de dónde lo sacarán; presenciar un espectáculo de patinaje sobre hielo; una corrida de toros; mirar cómo las personas compran sus cartuchos de manzanas sin que me apetezcan; tener un perro sin pulgas y sobrinos sin piojos ni sarna; entrar a una tienda desbordada de los juguetes más increíbles y de alguna manera resarcir esa frustración de todo niño cubano; participar en las ferias del libro de Frankfurt y de Guadalajara; entrar en una florería donde cada mañana se reciben las flores más exóticas de todos los rincones del mundo, aunque ninguna me guste porque su olor me recuerda a los muertos, y evocar a una mujer que me describía los tulipanes de Holanda; comprar todas las variantes de turrones que son la locura de mi madre y recordar las pocas veces que pude complacerla; visitar un zoológico sin que la cara de los animales famélicos te amenacen con comerte; adquirir entre tantos, los periódicos que más me interesen de todas las latitudes del universo, tener el canal de la CNN; pararme en una esquina cualquiera y comentar que el presidente actúa mal, sin temor a que me apresen o me reprendan.



Se acabaron las gratuidades

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El balcón. Cundo Bermundez

AYER FUI A un velorio, la familia del fallecido proclamaba simpatizar con el gobierno. Recuerdo la última vez que me aseguraron que sin pensarlo le daban su vida a la Revolución.

Un infarto, me dijo la madre, la ambulancia demoró una eternidad, a pesar de gritar por el teléfono que se moría, y se pasó la mano por la cara para quitarse varias lágrimas. Estuve dándole boca a boca hasta que llegaron, volvió a decirme, lo hacía con tanta desesperación que la enfermera me quitó para subirlo a la camilla, cuando fueron a poner el oxígeno recordaron que se había acabado y en el hospital no pudieron sustituirlo. Según dijo la madre, la inyección la pusieron mal. No quise preguntar si fue por mala manipulación, en el lugar equivocado o no situaron la dosis exacta. Me mantuve en silencio, de todas formas, ya daba igual. Su hijo yacía allí, y en ella crecía, mientras me contaba, una animadversión hacia el sistema y decía que todo su sacrificio fue para que su hijo y sus nietos fueran personas de bien; al final, la vida, o la Revolución, le jugaron una mala pasada. No fue protegido lo que más amaba y por lo que estaba dispuesta a morir. Ahora su vida no tenía sentido. Quise decirle que el veintiséis de julio pasado lo advirtieron: se acabaron las gratuidades, y aunque no incluyeron la medicina y la educación, parecía suceder cuando se confirmaba la miseria en las escuelas y los hospitales. De cierta forma, desde hace mucho tiempo, subsistir en un Centro Médico del país es asunto de los dolientes. En muchas ocasiones los familiares tienen que salir a buscar las medicinas para que los pacientes tengan tratamiento. El que intente confiar en los alimentos que brinda el Estado, perderá la vida. En el hospital Salvador Allende, antiguamente Covadonga, vi a un familiar arrojarles la comida repartida a los enfermos a varios perros hambrientos, y la miraron asqueados.

Hace unos meses conocí a un estudiante latinoamericano de Medicina. Estaba alquilado en un buen apartamento, tenía auto con chofer, una señora le cocinaba y atendía sus comodidades. Varias muchachas lo asediaban. Su familia le pagaba la carrera en Cuba. Y, quizá esperando un reconocimiento de nuestro desarrollo docente, quise saber por qué no estudió en un país del primer mundo. Entonces se mostró hosco y desconfiado, miró alrededor y luego fue bajando la tensión: este es el mejor lugar para estudiar Medicina, me dijo. Levanté los hombros, quería saber por qué. Nada, me aseguró, en otro país ningún estudiante de Medicina se enfrenta solo a un paciente, diagnostica o participa en un salón de cirugía, hasta después de graduado. Y sabes, lo siento por ti, dijo en tono de disculpa, pero aquí desde el primer año nos ponen delante de los pacientes.

A veces, sin querer los matamos y no sucede nada.



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Sobre este blog

Literatura, sociedad, cultura

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Autor: Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban

La Habana 1966. Ha obtenido premios muy importantes dentro de la literatura cubana. Reside en Cuba.

loshijosquenadiequisoblog@gmail.com

 

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