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Isla inmensa + update

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Reuters

UNA DESILUSIÓN ORIGINÓ Mi primer síntoma de cambio. Surgió en mi adolescencia, al regreso de un viaje a provincia. El avión arribaba al aeropuerto de La Habana. Desde el aire el piloto calculaba su maniobra buscando el ángulo de entrada a la pista. Miré por la ventanilla, me recreé con el mar que en la distancia tropezaba contra la Isla como una piedra en su camino. Entonces, por la ventanilla opuesta a mi asiento, vi el mar que continuaba empecinadamente su viaje luego de vencer el obstáculo de mi Isla. Sorprendido, volví a mirar por mi lado, ahí estaba el mar del Sur, y por el otro, el del Norte. Reconocí que por mi derecha podía ver a Batabanó y a la izquierda las torres de una fábrica en Mariel. Me parecía imposible que desde un punto pudiera ver las orillas opuestas de mi Isla. La suponía inmensa: al menos así lo sentía dentro de mí.

A partir de ese momento muchas cosas cambiaron. Algo en mi subconsciente comenzó a exteriorizar preguntas sobre cuanto me rodeaba. Nunca me había cuestionado ni escuchado de otros, tantas interrogaciones que llegaban a aturdirme. Un sentimiento interno dividió una pasión no heredada, sino sembrada como doctrina. El sentido de “Patria” y de “Pertenencia” lo había asumido como una realidad que no elegí.

Desde entonces supe que mi Patria era más grande.

Update:

Feliz cumpleaños para Angel Santiesteban, de parte de sus lectores y amigos.



La desilusión

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Cielo protecto. Tamayo

¿EN QUÉ MOMENTO COMENZÓ todo? ¿Cuándo me bajé del tren de la Revolución para subirme al de la generación de los hijos que nadie quiso? No ubico el punto exacto. Sé que cambié y dejé de ser yo, para convertirme en un desconocido. No sé definir si fue una transición rápida o lenta. Sí, siento que lo hice bien a tiempo, sin hacer grandes sacrificios; no como otros que apostaron mucho, perdieron tanto, que sienten injusto pisotear sus años de juventud, gastados en marchas de milicias, tras arriesgar la vida en Girón, Argelia, Etiopía, Granada, Nicaragua, Angola. Pero mi caso es distinto, quizá fueron otras las circunstancias: soy un joven común que sacrifiqué poco, al menos debo agradecerme eso, salvo haber participado en escuelas al campo, imposibles de evadir, en escuelas militares, reuniones, domingos voluntarios, recogida de materias primas, en resumen, casi nada, si lo comparamos con las generaciones anteriores; por aquel entonces estaba lleno de ingenuidad, confiaba en el camino que la Revolución nos prometía, algo que nos fueron repitiendo día tras día, en las aulas, la televisión y el cine, las actividades recreativas, en canciones y poemas, y que los adultos aceptaban sin ninguna opinión al margen, sólo movían la cabeza uniformemente sin prevenirnos de una posible desilusión. Hasta los más osados asumieron el silencio. Callaban por miedo. Entonces no tenía por qué dudar, mi educación no tuvo la asignatura de la “desconfianza”, hasta que comencé a descubrir la ambigüedad en las respuestas cuando no entendí conceptos o decisiones oficiales, luego de insistir en una explicación coherente que me convenciera; y surgió el titubeo, la duda. Entonces, llegó lo inesperado: la desilusión. Y en una reunión dije que no me gustaban las votaciones por unanimidad, a las que debía estar acostumbrado, que me hacía desconfiar el hecho de que tantas personas pensaran igual, que esos grandes porcentajes, lejos de ser una victoria, eran el peor enemigo de la revolución, que eso era precisamente lo que hacía inverosímil cualquier encuesta; prefería los acuerdos por “mayoría”. Y entonces no supe si me alejé o me alejaron, pero cuando reaccioné ya no estaba entre los “elegidos”, los de “confianza”.

Y recordé las palabras del Maestro cuando le aseguró a Máximo Gómez que “un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.



Los afganos llegaron ya, y no han podido bailar el Cha cha cha

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Reuters

CUANDO LLEGARON AL Edificio donde vivo, lo primero que me llamó la atención fueron los dos niños, que a pesar de ser afganos, hablaban un castellano a lo cubano. Iban a mi casa y jugaban con mi hijo, a las bolas o la pelota con la misma devoción.

Algunos vecinos hicieron el chiste de que pronto habría una bomba en el edificio, por aquello de los talibanes. A veces veía a la afgana conversar con mi mujer. Y varias veces las sorprendí llorando. Pensé que eran problemas maritales o que extrañaba a la familia que dejaba detrás.

En una ocasión, mi esposa me dice que la afgana necesitaba escanear unos papeles para presentarlo en una entidad estatal. Sin terminar de aceptar comenzó a contarme su realidad.

Sin entender las palabras que se esforzaba por comunicarme, pude ir descifrando entre gestos y sonidos inescrutables, que su marido y su hijo de 17 años estaban presos en Cuba desde hacía dos años y sin acusación, que apenas le explicaron el porqué de su detención. Llegaron a Cuba con visas de turista pues su destino era continuar a Canadá donde la esperaba un hermano. Que a su marido, en una ocasión, le dijeron que ella había fallecido, pues hacía varias semanas que no le permitían visita. Él comenzó a llorar y su preocupación por sus hijos menores se acrecentó. ¿Qué sería de ellos sin sus padres? Y pidió ver el cadáver, y lo llevaron a la morgue. Encontró varias camas con cuerpos tapados con sábanas.

–Búscala –y le señalaron los bultos.

El miedo lo cegaba, apenas le permitió caminar. Sabía que cuando encontrara el cadáver, su vida, junto con los hijos, no tendría sentido. Fue destapando los cuerpos, y ninguno era su esposa. Entonces regresó orando hasta la celda, y allí intentó suicidarse. Lo encontraron con poca vida y en un hospital lograron devolvérsela. ¿Para qué la quiero?, se dijo, y entonces no le agradeció a los médicos.

Gente extraña, dijo uno de los doctores.



Diario en la cárcel V (La madre)

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AP

Entra al salón en busca de su hijo, en la visita anterior le dijeron que por indisciplina lo mandaron a la celda de castigo, allí estaría veintiún días, con media ración de comida y sin sol; así que para verlo, debía esperar al mes siguiente.

Ahora, ella busca entre decenas de presos con sus familiares, sin encontrar a su hijo; es imposible no reconocerlo, los guardias debieron equivocarse y dejarlo dentro de la galera. Va hasta la puerta a preguntarle a los oficiales; su hijo no está. Ellos insisten en que sí, y le enseñan la foto en la tarjeta que todos tienen como identificación.

La madre regresa al salón y pacientemente busca uno por uno. Al llegar al final y no encontrarlo comienza a llorar, pero comprende que pierde tiempo y que luego los guardias no se lo tendrán en cuenta, así que supera su nerviosismo y reinicia la búsqueda, también infructuosa.

Cuando la vuelven a ver angustiada, los guardias se enfurecen, le dicen que su hijo sí está, que por favor, si ella no lo crió que busque a la persona que lo hizo para que le indique dónde está.

Prefiere callar, sin aclarar que crió a sus hijos sola y nunca tuvo quien la ayudara. Y repasa nuevamente cada rostro. Cuando revisa y no lo encuentra, le da vergüenza molestar otra vez a los sargentos.

En el salón, sólo hay un muchacho que duerme, solitario, con el rostro escondido entre sus brazos, pero por mucho que lo mira, nada le indica que sea su hijo. Está pelado a rape, su cabeza es demasiado pequeña, los brazos flacos, la piel muy blanca y la espalda estrecha. Su hijo es alto y fuerte. Aunque le llama la atención que todos los presos estén con su familia y él no. Se acerca, desconsolada, a pesar de saber que lo hace por gusto.

Con temor, lo toca por el hombro; el muchacho levanta la cabeza y la abraza.



Diario en la cárcel IV (Hambre)

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Karen Miranda

Los sargentos recogen las bandejas vacías, tan limpias por las lenguas de los detenidos que no hace falta fregarlas.

El sonido de la última puerta al cerrarse deja un silencio que los hace sentir más presos, y el aire, escaso y caliente, provoca asfixia.

Ningún detenido se atrevería siquiera a alzar la voz para evitar que lo lleven a la celda de castigo por indisciplina. Los sargentos caminan lentamente y se detienen a espiar tras las puertas y a escuchar qué hablan los presos cuando la abulia y el desespero por el encierro les provoca un febril estado de ansiedad que vuelcan en habladurías, para luego delatarlos con los instructores.

Cuando el silencio parece eterno, algún mecanismo sádico hace que la noche se detenga y dure más de lo acostumbrado; y llega un susurro, una palabra rechinando en las puertas metálicas, resbalando en el piso como un vaso de agua; y los detenidos se asustan porque conocen bien las voces de cada sargento, los pasos, la forma en que dejan caer las botas mientras caminan, cómo carraspean y hasta sus ronquidos. Por eso, desde sus celdas, todos quedan intrigados porque no pueden descifrar de quién es aquella voz que escapa como un lamento. Esta vez no es alguien que sueña y clama por un ser querido o grita el nombre del instructor para que no se le acerque, ahora alguien grita desde una celda y cada palabra pronunciada toma fuerza; primero no se puede escuchar qué dice, luego se entiende algo como «tengo hambre».

Los sargentos pasan de prisa por delante de las celdas, buscando, como perros con rabia, de dónde sale aquella voz; abren una ventanita, le dicen que se calle, pero el detenido habla, y por el orificio de la puerta escapan las palabras con mayor nitidez, perdone, sargento, pero no sé cómo soportar el hambre, no puedo aguantar, perdón mil veces, pero yo he sido siempre un hombre de buen apetito; los guardias siguen aconsejándole que mejor haga silencio, que si continúa le va a ir muy mal; el preso comienza a suplicar, y la súplica se convierte en llanto. Le advierten que después no van a poder hacer nada cuando quieras parar, ahora estás a tiempo; pero el detenido llora como un niño y pide perdón, nunca fue un hombre de problemas, nunca lo he sido, por favor, entiéndanme.

Se escucha el sonido del candado y luego de los cerrojos que se abren con violencia, después, el chirrido de las bisagras. El pánico del hombre aumenta, su llanto se acrecienta mientras las voces amenazantes de los sargentos lo interpelan; ruega que no lo golpeen; y los guardias, que entonces se calle y se retirarán y no habrá problemas; le insisten en que comprenda que le están dando más oportunidades de las que acostumbran, pero el detenido asegura que no lo entienden, el problema radica en que no puede soportar el hambre, es algo que no está en mí, no sé cómo controlarla.

Se escuchan algunos golpes y luego el llanto. Los sargentos le preguntan si se va a callar finalmente, y el preso en medio de su llanto incontenible explica que con un pedazo de pan viejo es suficiente, que un poco de raspa le basta o un trozo de boniato. Los guardias comprenden que ni siquiera los golpes lo harán callar y deciden llevarlo a la celda de castigo. El llanto se convierte en gritos de pánico, al chinchorro no, por favor, allí no. Y los sargentos forcejean para inmovilizarlo y poder trasladarlo. El detenido gira el cuerpo, lo encoge para luego estirarlo como un resorte y escapar de las manos de los carceleros, hasta que ya no puede hacer más movimientos y lo conducen a rastras por delante de las celdas. Va llorando y pide disculpas, no quiere que lo tomen como un antisocial, es un hombre bueno, pero de mucho apetito, ese es su único delito. Al chinchorro no, tengo miedo, dice. Le quitan la ropa, como establece el castigo, lo echan dentro de la celda y la cierran; pero los soldados saben que no han hecho mucho, el detenido continúa pidiendo comida porque es un hombre de buen apetito, está convencido de que esa excusa basta para que lo comprendan.

Los sargentos abren la celda, le advierten que si sigue alterando el orden se van a poner muy furiosos. Pero nada hace que se calle, pide comida una vez tras otra. Uno de ellos entra desesperado y lo golpea muchas veces hasta darse cuenta de que no se callará mientras tenga conocimiento. Otro soldado trae un juego de esposas para las manos y los pies y un poco de vendas para taparle la boca. Forcejean un rato hasta que se deja de escuchar la voz del detenido. Después cierran la puerta de un tirón y por los pasos de los sargentos y la manera en que dejan caer las botas, los detenidos deducen que están cansados. Vuelve el silencio, un silencio que habían olvidado por varios minutos.

Al amanecer, abren la celda de castigo. Nadie ha podido conciliar el sueño pensando en el hombre del chinchorro, en la humedad del piso bañado por esa gota de agua que inevitablemente cae desde el techo y choca contra su cuerpo; saben que es insoportable permanecer un día completo allí.

Cuando le quitan la venda de la boca todavía llora, ahora con menos fuerza, pero aún se puede escuchar su voz: tengo hambre, por favor, soy un hombre de buen apetito.



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Sobre este blog

Literatura, sociedad, cultura

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Autor: Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban

La Habana 1966. Ha obtenido premios muy importantes dentro de la literatura cubana. Reside en Cuba.

loshijosquenadiequisoblog@gmail.com

 

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