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Socialismo a la cubana I

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Reuters

EL SOCIALISMO A LA Cubana no puede evitar que las neuronas se oxiden por la maldita monotonía de hacer diariamente una tarea cualquiera que no te reporte nada nuevo en meses, quizá en años –me dice un estudiante universitario–. El tedio es como un himno que nos despierta cada mañana y lo arrastramos por el resto del día hasta la hora de dormir, o como diría la clase proletaria cuando se les pregunta qué hacen: “aquí, machacando en baja”. Lo peor es que sientes cómo la juventud se acaba y sin poder revertirlo. Miras a tus padres, en los rostros de toda esa generación se pueden ver grabadas las malas noches de las guardias de milicia, el sol incrustado en la piel, el sello de tantas zafras, sus esperanzas gastadas por el cansancio y el sacrificio acumulados durante tres décadas, las ilusiones frustradas por lo que parecía imperecedero ya no lo es –la gran debacle–, la eterna hermandad que se juró con la Unión Soviética, convertida hoy en tantos Estados para quienes ya no son importantes, cada uno intentando sobrevivir: se olvidaron de la historia compartida en el mismo bando, de las aventuras que emprendieron de mutuo acuerdo, de la sangre que se derramó, de que esta isla se convirtió en una provincia, un municipio, un koljoz, donde todos no éramos más que comisarios políticos. Luego se pagó por haber sido aliado, porque se confió ciegamente en la falsa fortaleza del muro de Berlín que se desmoronó y sus ladrillos fueron subastados en el mundo para ser usados como pisapapeles.

La generación de los hijos que nadie quiso se ve como un dibujo que alguien ideó con tinta de agua.



Mi madre en la clandestinidad

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Entorno surrealista. Jesse Ríos

MI MADRE SE PASABA LA Mayor parte del tiempo escuchando Radio Martí y las otras emisoras de onda corta que estaban prohibidas. Se divorció de la Revolución antes del cincuenta y nueve; después de haber pertenecido a una célula del 26 de Julio, iban a reuniones, tiraban octavillas, reunían dinero y medicinas para los rebeldes, confeccionaban banderas, todo le parecía un juego de jóvenes. Hasta que una noche les ordenaron poner bombas en la ciudad. Mi madre se negó porque los inocentes eran los que pagaban, sólo lograban provocar el rechazo de la población; pero las órdenes no se discuten. Le dijeron que no tenía otra opción que aceptar, de lo contrario era una traidora. Mi madre recordó qué les pasaba a los catalogados de traidores. Prefirió callar. Pensaron que la habían convencido y le dieron su tarea: recoger en una dirección de Centro Habana un paquetico que después colocaría en una esquina del Vedado. Cuando abandonó la reunión ya sabía qué hacer. Llenó una maleta con algunas ropas y fue a esconderse a las provincias orientales. Por llamadas telefónicas que hizo a la pensión en la que vivía, la propietaria le notificó que varios hombres la estaban buscando y le ofrecieron dinero por su paradero, pero ella aseguró desconocerlo. El consejo de la dueña era que no debía regresar. Mi madre lo sabía también. No le gustaba hacer ese cuento. A veces le pedía que lo repitiera, pero se negaba asustada. El miedo a ser descubierta siempre la acompañó, temía que pudieran descubrirla y juzgarla por traidora. Después de hablar del tema permanecía varios días desanimada, caminaba por la casa y a veces la sentía llorar en su cuarto.

Me hizo prometer que nunca, mientras estuviera con vida, lo contaría a los demás. Ellos me asustan, me dijo, y tú debieras temer también.



Luis Felipe Rojas: Poeta de alcantarilla

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CONOCÍ A LUIS FELIPE ROJAS EN UNA Romería de Mayo. Acudí a él con la intención de que sirviera de Padrino para un duelo en que yo retaría a un funcionario de su provincia, y él, luego de advertirme los contratiempos y consecuencias que después enfrentaría, e intentara apaciguarme, y comprendiera que nada haría cambiar mi propósito, salió raudo a enseñarme donde encontrar a mi adversario.

Siempre lo recuerdo así: caminando de Lazarillo por su querida ciudad de Holguín, olfateando “como un animal de alcantarilla”, el rastro de mi ofensor. A partir de entonces comencé a leer la poesía de Luis Felipe. Lo admiré de inmediato.

Luego supe que fue detenido por la policía política de su provincia. Comprendí las consecuencias intelectuales, que nos interesan más que las ciudadanas: su nombre jamás volvería a ingresar en la lista de eventos ni invitaciones a Ferias del Libro, su poética se iba a crear sólo para algunos lectores: familiares, amigos, vecinos, colegas cercanos. Es el sentimiento que llega cuando alguien asume la intención de enfrentar a la oficialidad.

Hace unos días un amigo extranjero me llevó al Hotel Nacional para que viera mi blog. Era la ayuda inmediata que podía ofrecerme. Me hablaba de algunos post y me sorprendía que me los contara a mí como si no fuera el autor. Yo permanecía en silencio, viendo la magia de la escritura en sus labios, sus movimientos.

Mientras, aprovechaba para revisar el blog, como un pez que ha estado fuera del agua y es echado nuevamente al mar, recorrí los comentarios. Sin titubear me fui al blog de Luis Felipe Rojas: Animal de alcantarilla… Leí sus post con gusto, bebí de su sabiduría, su filosofar, sobre todo me quedé con la sensación de sacrificio, el precio que debía estar pagando por su osadía de rebelde. Pensé en las deslealtades que debió recibir cuando fue apresado, las traiciones de aquellos que lo besaron como Judas. O los otros que cruzan la calle para no saludarlo. Y con lástima se les dice “ole”, y se dejan pasar. Lo que sí no podrán ignorar es su calidad literaria. Estamos consciente que al final, sólo queda el arte.

Disfruté su blog. Pensé que, a pesar de los desprecios, siempre vale la pena. Hay algo más importante que el reconocimiento oficial y que muchos desconocen porque nunca lo han experimentado: la sensación personal de hacer lo correcto.



Ángel Santiesteban, en entrevista

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Reuters

Desde La Habana, vía electrónica, Ángel Santiesteban respondió a Amir Valle, este cuestionario en carácter exclusivo para Otro lunes.

“El pasado es un cristal donde el recuerdo nos mira…”, dice una de las miles de décimas que escribió el decimista cienfueguero Francisco Otero. ¿Cómo ves hoy, desde la distancia y la madurez literaria, aquellos años en los que comenzaste a presentar a otras personas tus primeros cuentos?

Distancia sí, madurez literaria no tanto; quizá pienso que mientras me sienta como alguien que busca, aprende con sed insaciable, no voy a dejar de crear. Temo que un día amanezca sin necesidad de escribir. De todas formas, mirando el pasado, estos veinte años de puro ejercicio literario, he tratado de mantener la constancia, nada, el agradecimiento a las personas que apoyaron esta convicción de ser escritor. Es un recorrido largo e intenso, pero me ha hecho muy feliz en la medida que he ido ganando en conocimiento, oficio y maldad literaria. La distancia es mucha, pero más falta aún, y lo agradezco.

¿Por qué cuentista?

No sabría decirte. Cuando comencé quería crear historietas, mucho después lo intenté con la novela. El relato es un chispazo, una luz que enceguece y vuelve a desaparecer. También escribir largo me aburre, pierdo el aliento, no tanto la creación como el revisar. Es una agonía. A pesar de eso, tengo escritas tres novelas y otras dos en preparación.

¿Qué diferencia al Ángel Santiesteban narrador del Ángel Santiesteban ciudadano, teniendo en cuenta todo lo que para un ser humano implica la palabra “ciudadano”?

Para escribir no me pongo límites. El narrador que habita en mí es libre, hace lo que se le antoja, no le pongo pretexto ni ideas preconcebidas, él determina qué hacer y escribe. Mientras que el “ciudadano” que debo ser en algún momento, es un sufrido, por eso le entrega el tiempo al narrador; para no ser testigo de su realidad, se sumerge en la creación, y así de alguna forma tener fe, voz, voto, elección, poder discernir y tener con quién hacerlo, porque en la realidad no abundan aquellos que tengan el valor de decir lo que piensan, casi siempre por el miedo a ser reprimidos o a perder algún beneficio.

Quiero mencionar el nombre de tus libros y que me intentes resumir lo más que puedas qué mundo o qué mundos personales (qué miedos, qué preguntas) trasladaste a esos otros mundos que cada libro (re)crea:

Sueño de un día de verano (o Sur: latitud 13):

El miedo de las madres, en particular la mía, pues presencié su agonía cuando mi hermano estuvo en África. Esa angustia me marcó para siempre.

Los hijos que nadie quiso:

El amor a la literatura, su fe y esperanza, pues en ese libro se reunieron los cuentos que nadie quiso, las narraciones que fueron censuradas de mi primer libro, y otros que fueron desechados de antologías o de posibles publicaciones en revistas. Con la estructura del libro quise hacerle saber a los funcionarios y oportunistas que contra el arte no se puede, ellos envejecen, los cambian, a veces los expulsan, y en literatura, y el arte en general, no hay gobierno ni burócratas que puedan silenciarla. Pierden su tiempo, sólo hay que tener paciencia, saber esperar.

Dichosos los que lloran:

El hombre olvidado. Vidas en penumbra. Infiernos que la mayoría de la población cubana no tiene conciencia que existe. Muchos ni siquiera saben que en Cuba hubo campos de concentración, me refiero a la UMAP. Y de alguna forma quise sembrar en mi libro el dolor de esos seres humanos.

Parafraseando a alguien, una vez, Guillermo Vidal nos dijo: “si el chino Heras no existiera, tendríamos que inventarlo”. ¿Qué dirías tú?

Que es cierto, Eduardo Heras nos entregó su tiempo, tanto que perjudicó su obra literaria. Y se va a morir de esa manera, esa es su voluntad, su primer oficio: Maestro Normalista. Lo que le gusta es enseñar. Es una gracia, una bendición que muchos de nuestra generación hayamos podido contar con él. Por cierto, a Heras debe haberlo inventado Dios, demasiado perfecto.

¿A qué atribuyes esa aureola de temor que crean ciertos grises personajes en ciertas grises oficinas del poder cultural y político de la isla siempre que tus libros han intentado llegar sin complicaciones al destino natural de todo libro: ser publicados?

No escojo mis temas --juro que no me propongo conscientemente buscar temas tabúes, peliagudos, de extremos--. Me surgen como las madres que tienen a sus hijos, no los escogen, no saben cómo serán, que bien o mal les traerán al mundo. Sólo ellas los amamantan y los hacen crecer. Y los personajes grises, como dices, no lo entienden; pero peor que esos personajes, son los que no son grises, hombres inteligentes, preparados y trabajadores que están ahí entregando su vida por hacerlo cada vez mejor, desde su punto de vista. Alguien me dijo una vez que no había nada peor que un extremista con voluntad. Y me lo dicen en mi cara, que mi libro es bueno pero no les gusta, no aceptan que diga que haya hambre aunque exista; no quieren que escriba sobre los problemas sociales aunque nos ahoguen. Me lo dicen con cínica convicción. Por fanáticos se les apoda como Talibanes. No entienden, están cerrados al dialogo, a la confrontación. Y ellos ven mis libros como bombas. Textos degenerados. De hecho, tengo diez libros de cuentos terminados y dos novelas y no sé dónde ponerlas, los amigos que dirigen las editoriales me dicen que no hacen nada con recibirlas si después tendrán que darme evasivas.

Algunos teóricos europeos, ex socialistas, aseguran que el mayor error del concepto literario que se impuso en sus países durante la era socialista fue no entender que la literatura se ocupa de los traumas, los desgarramientos y los lados oscuros del ser humano. ¿Tus personajes, traumados, desgarrados, oscuros, no serán la causa de esas reacciones contra tus libros?

Por supuesto que sí. Ellos ven mis temas como ejercicios contrarrevolucionarios, fíjate si tienen poca visión cultural, no entienden el arte, y le estarán haciendo daño mientras posean esos cargos.

¿En qué maestros literarios tenías puestos los ojos cuando empezaste a escribir? ¿Siguen siendo los mismos o existen otros?

Ya sabes, Hemingway, Rulfo, Isaak Bábel, Virgilio Piñera, Cabrera Infante, Vargas Llosa, Dostoieski, Chejov, y según va creciendo la lectura se van incorporando otros. Creo que todo escritor se puede aprovechar, hasta para saber lo que uno no debe hacer, por lo tanto, hasta esos negativos maestros son lecturas obligadas.

El escenario de la cultura cubana suele entenderse como un paraíso (cuando se ve por ciertas miradas intelectuales y políticas desde la isla) o como una verdadera olla del infierno (cuando es mirado desde el exterior también por ciertas miradas intelectuales y políticas, pero de sentido contrario. ¿Cómo definirías tú ese escenario?

El escenario de los intelectuales en todos los tiempos y lugares ha sido bastante conflictivo, donde quieran que estén arman esa misma “olla del infierno”, no sé por qué, pero suele suceder así. En Miami, Madrid o Paris, es igual que aquí, existen las mismas pugnas, odios, rencillas, envidias. Acá, lo único que lo diferencia es la mentira, el oportunismo, la mayoría no dicen lo que verdaderamente piensan, por miedo o intereses personales, porque dar la espalda a la oficialidad puede costar muy caro, pues si no tienes el apoyo de las instituciones y las editoriales, significa un entierro en vida, y pocos quieren sacrificar parte de su vida, quizá toda, y renunciar a los beneficios que brindan. Realmente es muy difícil, los comprendo; pero al menos para mí, lo difícil es aceptar, callar, sonreír, hacerme cómplice de lo que no comparto.

Durante el año 2008 se ha hablado mucho de los “errores del pasado”, en materia de represión cultural en Cuba. ¿Es, ciertamente, un asunto del pasado?

Claro que no es asunto del pasado. Sólo cambian los estilos, los personajes, pero en esencia es la misma. Cuando eres un escritor que no compartes la “mesa redonda”, entonces te marginan, sabes constantemente de rechazos, mediaciones para entorpecer su labor como escritor. A los funcionarios, creo que ya te lo dije antes, no les interesa la calidad literaria, eso no es lo que prevalece, ellos lo único que exigen es que aceptes el juego establecido; ya ni siquiera es necesario defender el sistema, ahora sólo te piden que calles, que escribas sin hacer críticas, con eso les basta para promoverte, apoyarte como escritor.

¿Qué te decidió a escribir la novela, aún inédita, El verano en que Dios dormía?

En la novela intenté exponer toda la agonía del cubano que intenta salir de Cuba en balsa, particularmente los del año 94, cuando el estado cubano abrió las fronteras marítimas y fue como una estampida. Los peligros que enfrentaron en la travesía, luego la llegada a la Base Naval de Guantánamo, pues nadie los quería, el presidente Clinton por un lado negando la entrada, y el gobierno cubano sin aceptar el regreso, se quedaron sin pertenecer a ningún lado, sin derechos, en aguas de nadie. Fue un momento muy difícil para el pueblo cubano, pues eran pocas las familias que no tuvieron un pariente, amigo o vecino, envuelto en esa mala pasada que recoge la historia.

Según la crítica, una de las mayores “taras” de nuestra generación es nuestro apego a la realidad cotidiana, desde un punto de vista crítico y, sin embargo, esa misma crítica ve con buenos ojos que los escritores latinoamericanos de nuestra generación estén apegados a sus realidades cotidianas y sociales desde una perspectiva crítica. ¿A qué crees que se deba esa incongruencia?

Cuando se intenta llevar el arte al terreno de la política, todos quieren sobresaltar la literatura que les conviene, aquella que defiende sus tesis, y usan, de un lado o del otro, a los escritores. Nuestra generación fue la primera en romper la cadena del miedo, pues antes se había hecho pero aisladamente, la de nosotros se jugó la posibilidad de subsistir, entre la política cultural por un lado y el hambre por el otro, la mayoría tuvo que emigrar, se sabían perdidos ante un mecanismo que amenazaba con el ostracismo literario.

Como parte de una de las promociones de escritores más activas de las últimas 3 décadas de la cultura cubana, ¿qué aportes crees que han dejado tus colegas de promoción a ese panorama literario de fin de siglo XX e inicios del siglo XXI?

El mayor aporte es salir a la luz, abandonar la mano que obligaba a guiarte, a perder el miedo, a decir, soportar las injusticias y a pesar de eso continuar, enfrentar los trucos por silenciarte, enseñarles que más temprano que tarde el arte se impone. Y a trabajar, somos una generación de escritores que trabajan con denuedo. Nada importa más que la escritura. La mayoría ha estado consciente que somos el vehículo, la mano, el nombre que representa una lucha cultural que se impone ante las censuras y acciones anticulturales. Lo hemos soportado y no ha importado mucho. Ese es el costo del sacrificio, el mayor aporte a nuestro tiempo. Y cada espacio ganado brinda facilidad para las generaciones de escritores que nos siguen.

Agradecemos a los editores de Otro Lunes su gentileza por permitirnos publicar esta entrevista.

www.otrolunes.com



Hombre en el vacío: Un brindis por el Pánfilo

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Alen Lauzan

NUESTRA GENERACIÓN FUE Educada haciéndonos saber que los drogadictos eran seres despreciables. Las mujeres y hombres con tatuajes eran prostitutas y expresidiarios. Los homosexuales individuos diabólicos dados al morbo que avergonzaban a su familia. Los borrachos, personas que se habían extralimitado en el goce de la vida y que denigraban a las familias.

Luego, la modernidad nos enseñó que los tatuajes son una expresión artística, una actitud ante la vida, un lenguaje. Con lectura supimos que los gays no son enfermos ni perversos. Con el estudio conocimos que los drogadictos y los alcohólicos eran seres crónicos con necesidad de tratamiento y que la humanidad no debía despreciarlos. Los spots televisivos nos fueron sensibilizando con los casos que conocíamos. Supe que existían pabellones especiales para ellos. Sociedades Anónimas que trabajaban para reintegrarlos a la familia, a una vida plena.

Vivo a doscientos metros del Tribunal Municipal. Diariamente encuentro familiares llorando porque sus abuelos fueron sancionados por vender cucuruchos de maní, cigarros al menudeo o la prensa a sobreprecio. Recuerdo en especial a un viejito que lloraba porque lo habían sancionado por vender yogurt que fabricaba con su leche de dieta.

Cuando estuve preso en La Cabaña, conocí a un anciano de más de ochenta años, prácticamente no se podía valer por sí solo, estaba senil, y cada vez que veía a un militar gritaba: ¡firme! Su hija en las visitas nos pedía que lo cuidáramos. Ella nos dijo que su padre estaba allí porque lo habían sorprendido escribiendo en un asiento del parque: Abajo Fidel.

Por estos días fue sancionado Pánfilo a dos años de privación de libertad, el señor que pidió comida a través de una cámara fílmica, sin estar consciente a dónde llevarían la imagen y cuántos internautas lo pondrían en su pantalla. No hay que ser psicólogo para comprender que el señor Juan Carlos González, alias Pánfilo, está alcoholizado y es un hombre de pocos conocimientos, que no perseguía fines políticos ni propagandísticos. Y que si el Tribunal alegó que hacía más de diez años que no trabajaba, pues tenían que haber llegado a la conclusión de lo mal que laboran las instituciones de ayuda a desvalidos. Un enfermo no puede trabajar. Un enfermo necesita un hospital no cárcel.

Pero lo cierto es que las palabras de Pánfilo fueron reales y desesperadas.



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Literatura, sociedad, cultura

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Autor: Ángel Santiesteban

Ángel Santiesteban

La Habana 1966. Ha obtenido premios muy importantes dentro de la literatura cubana. Reside en Cuba.

loshijosquenadiequisoblog@gmail.com

 

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