Un pequeño recuento
Ángel Santiesteban | 06/10/2009 17:53
A LOS DIECISIETE AÑOS ACOMPAÑÉ A MI Hermana a la costa para que definitivamente, abandonara el país con destino Miami. Le dije adiós y un sentimiento desconocido se rompió dentro de mí. Luego continuó la angustia porque pasaron varios días y no recibíamos noticias de su llegada. Hasta que un auto patrullero nos hizo saber que fueron capturados en altamar y se encontraban detenidos. La lancha en la que pretendían escapar pertenecía a una cooperativa pesquera y el Instructor solicitaba la medida cautelar más extrema.
En la visita que hice con mi madre a la unidad policial, el Instructor me preguntó cuándo terminaba los exámenes. Le di la fecha. Quiero que terminando el examen vengas a verme, me dijo. Cuando asistí me hizo saber que por haberlos acompañado hasta la costa me dejaba detenido. Había cometido el flagrante delito de “encubrimiento”.
Me dejaron catorce meses dentro de las murallas del Castillo de La Cabaña. Aquel tiempo de encierro me hizo ver, encontrar, palpar la realidad de la sociedad cubana. Vi a jóvenes de dieciséis años ser sancionados a largas condenas por robar un zapato, pues desde la ventana solo pudieron alcanzar uno. Un retrasado mental que intentó zafarle a un auto el espejo lateral. Un esquizofrénico que defendió a su hermana cuando la policía intentaba apresarla dentro de su casa. Vi a esos jóvenes llorar por hambre, y comer pasta dental para sentir una leve presencia en el estómago. Otros dieron su cuerpo a cambio de gofio, protección, o simplemente porque no pudieron evitar el acoso de los delincuentes. Presencié la golpiza de los militares contra los reclusos. Me enviaron veintiún días a la celda de castigo. En todo momento la pregunta era qué hacía en aquel infierno. Pasé meses buscando la respuesta. Y sólo después de soportar el hambre y sobrevivir a las desgracias de otros, tuve la necesidad de escribir. Fue la manera de encontrarle un sentido, una razón para el cambio tan brusco de mi vida. El tiempo invertido en la escritura era espacio de fuga. Sentí que cada palabra que dejaba sobre el papel me daba un compromiso con esos hombres que se acercaban a preguntar si ellos eran personajes. Mi mente se transportaba, era la escapada de aquella agonía constante.
El día del juicio el Fiscal preguntó por qué me habían enviado a “prisión preventiva”, pues el delito de “encubrimiento” no se cumple entre padres y hermanos. Decidieron absolverme de cargo.
Regresé a mi casa siendo otro. Me sentía dueño de aquellas voces que padecieron sin protestar, por miedo o por desconocimiento. Mi decisión de ser escritor se convirtió en una necesidad vital.
Sin creerme un elegido, pensé que si Él existía quiso enviarme allí para que presenciara las calamidades, fuera testigo de aquellos horrores.
Desde entonces sólo cumplo con mi condición de escritor.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 06/10/2009 17:55
Los Aldeanos sin concierto, desconcierta
Ángel Santiesteban | 30/09/2009 19:23
FINALMENTE CONSEGUÍ LA MÚSICA DE Los Aldeanos. Estuve analizando la forma en que reciben la vida y luego la exponen con su estética. Antes, sólo escuché sus canciones en la voz de varios jóvenes que, de memoria y orgullosos, las entonaron. Me interesa que esa juventud emocionada necesite repetir las estrofas que les brindan aliento, que dice sus necesidades, sueños y frustraciones sin edulcorarlas. Se identifican con el lenguaje callejero, cotidiano, marginal, agresivo y no les molesta.
Encontré también la generación que rechaza el hip hop. El ritmo no les aporta porque les parece monótono, letra directa, sin sugerencia, violenta y falta de tratamiento poético. Pero desde hace tiempo me dejaron de interesar sus opiniones. Su tiempo de posible rebeldía, de presentar las dudas e inconformidades, quedó atrás. En definitiva, lo que soportaron y permitieron, lo han pagado con la miseria vivida en el transcurso de sus vidas.
Preferí regresar a la generación que espera el ahora, que no permite ser sacrificada. Que el término “internacionalismo” le parece una mala palabra. Que no confía en el sistema. Con una mueca responden a la palabra “revolución”. Que piensan que venir al mundo fue un error. Que nacieron en un tiempo y lugar equivocados. Y que el mundo en esencia es una gran mierda que intenta engañarlos, manipularlos a tiempo completo.
La manera de soportar, de sobremalvivir, los ha convertido en cínicos, mutantes de condiciones objetivas, camaleones que cambian de color según el panorama que los rodee y comprometa. En la escuela mueven las banderitas, fingen aceptar el discurso, asienten y sonríen, mientras con los audífonos de un mp3, escuchan a Los aldeanos, Silvito el Libre y Porno para Ricardo. Prefiero dialogar con aquellos que en la escuela son aplicados, y en las noches se ocultan en calles oscuras para dar servicio de sexo sin exigir preferencias sexuales, tarifas o comodidad. Conversar con los travestis que huyen cada vez que ven acercarse un auto policial. Escuchar a un joven que no se considera antisocial, a pesar de que estuviera preso por robar alimentos. Atender a los que han aceptado ser militantes de la Juventud Comunista y en las noches escriben correos a sus familiares en Miami porque hay que vivir, dicen, y sueñan con abandonar la isla. Aquellos que sin vocación estudian medicina por seis años porque es la garantía de que al graduarse saldrán de misión y puedan escapar al mundo libre.
Con esos hijos que nadie quiso, prefiero compartir. Que cuando no temen enseñan sus verdades, sus lastimaduras, desnudan sus mentiras. Y les brillan los ojos de honestidad infinita.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 30/09/2009 19:27
Ver para creer
Ángel Santiesteban | 24/09/2009 19:33
POR SUPUESTO QUE ENTIENDO A LOS Románticos, quizá alguna vez, puede que en otra vida, haya sido igual a ellos. Pero en ésta, lo único que he aprendido es a ser objetivo. A ver las necesidades directas de un pueblo resistente que se desangra. Para soñar, cambiarme la realidad, huir de tanta agonía, me invento la literatura; aunque la mayor parte del tiempo tampoco sé escapar y siento la necesidad de reproducir las voces de muchos que no saben, no pueden, o temen expresar lo que sienten y piensan; pero la realidad es como se nos presenta, por mucho que pretendamos edulcorarla a nuestro antojo, no se puede cambiar. “Medir las palabras no es necesariamente endulzar su expresión sino haber previsto y aceptado las consecuencias de ellas”, Abraham Lincoln. Estoy seguro que esas horas de concierto sólo ayudaron a mejorar la imagen del poder.
Por supuesto que los cubanos de a pie lo agradecen. Aquí se agradece todo. Al final se conoce tan poco, se sabe tan poco, se disfruta tan poco, que todo vale. El cubano se acostumbró a tomar lo que esté al alcance de la mano, está sediento de acontecimientos gratos, y gran parte de su juventud se hizo amoral y apolítica, de ahí que la prostitución se le elevara a niveles nunca antes imaginados por los sociólogos, las cárceles están llenas de jóvenes, porque para subsistir las nuevas generaciones tuvieron que reformar su manera de pensar. Ese fue el gran proyecto, la alquimia para buscar al “hombre nuevo”. Pero yo quiero más que un concierto para mi país. No me conformo con migajas de pan. Para mi país quiero el pan completo.
Juanes dijo en el concierto que deseaba que se terminaran los problemas entre las familias de Cuba y Miami. Pues entiendo que entre las familias no existe ninguna dificultad, al contrario, gran parte de este país, como en muchos otros, se mantienen gracias a la ayuda económica que envían desde los lugares más distantes. El problema de base es ideológico a nivel de gobiernos, por los que han arrastrado al pueblo cubano como rehén. Y parafraseando la canción de Juanes: “Cuba también es una isla secuestrada en el medio del mar”. No existe otra división. “Para conocer bien las cosas hay que conocer sus pormenores, y como éstos son casi infinitos, nuestro saber es siempre superficial e imperfecto”, La Rochefoucauld.
Y para ser sincero, aunque parezca contradictorio, al final del concierto, a pesar de la mala calidad del audio, pude sentir sus emociones, y agradezco su granito de arena; sólo insisto en que se debió pensar mejor para hacer el concierto más efectivo. Recordé la visita del Papa, si sabemos interpretar la historia, sabremos caminar el presente, y muchos pensaron que habrían cambios, se dijeron las mismas palabras de ahora: habrá un antes y un después. Y nada fue diferente para la realidad cubana. Con su visita estuve de acuerdo, pero sólo ganó el poder, y quizá, algo la Iglesia. Entonces aprendí que no bastan las buenas intenciones. Con la visita, el Papa, y con el concierto, Juanes, lo único que han brindado son respiros al sistema. Por maniobras como éstas llevan cincuenta años manejando los destinos de Cuba, los ajedrecistas políticos más astutos: “la monarquía socialista”.
Y evidentemente, hay tantos ciegos, que ayudarán a mantenerlos por cincuenta años más.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 24/09/2009 19:35
Perversión en la Plaza
Ángel Santiesteban | 21/09/2009 0:32
CREO QUE EN PRINCIPIO, CUALQUIER Artista está en el derecho de exponer su arte donde le plazca, y esto sirve para ambos lados que mantienen su pugna política: los que aceptan, en este caso los oficialistas de la Isla, o los que niegan, del lado de Miami.
La cierto es que Juanes debería haber escogido, y si fue impuesto, debió exigir que para cantar, como su intención es por la “Paz”, un escenario libre de historia política, de lágrimas, de leyes sangrientas. Y si para lograrlo tenía que subirse en una patana frente al malecón, debió hacerlo, o subirse sobre un globo, también. Desde un sitio que no hiriera sensibilidades. Que Juanes no apueste a la suerte que ya alguien advirtió que Dios tampoco juega a los dados.
En realidad visto desde afuera, puede llegar a ser un proyecto bonito. Supongo que Juanes no sospechaba que hacía entrada a uno de los peores círculos del infierno. Antes de anunciarlo debió estudiar las circunstancias e invitar, desde un principio, para que lograra un concierto real por la Paz, a aquellos artistas nacionales que están prohibidos: Pedro Luis Ferrer, Frank Delgado y Porno para Ricardo, entre otros. Entonces eso sí sería un concierto por la PAZ.
Pero los artistas caen en juegos políticos para los no están preparados. Surgen muchas interrogantes que de inmediato nos hacen desconfiar de su supuesta ingenuidad y buena voluntad. ¿Quién escogió a los artistas cubanos? ¿El gobierno oficialista? ¿Entonces se los impusieron? Se supone que cuando alguien organiza una fiesta invita a los que le son afines. ¿Eso es lo que ocurrió en este caso? ¿Habría que llegar a la determinación de que Juanes es oficialista, simpatizante del gobierno cubano? Entonces ya no sería un concierto por la “paz”, estaríamos hablando de un concierto de apoyo al gobierno cubano.
Infiero que por ahí anda la verdad, o lo errado. Lo cierto es que alguna intención está oculta. ¿Quién le dijo a Juanes que cualquier artista puede venir a este país a dar un concierto? Todos sabemos que es imposible mientras los jefes políticos no den el visto bueno. Hasta los artistas cubanos tienen que pedir permiso al Consulado cubano del país donde residan para entrar a la nación que les pertenece por derecho propio, y a muchos les niegan la entrada.
Cuando Juanes y sus organizadores se hayan respondido estas interrogantes, entonces habrá luces en las palabras de un artista que intenta brindarnos su arte.
De Ultima hora:
Angel Santiesteban fue citado en la unidad policial de 21 y C el sabado 19 de septiembre, con el riesgo de ser detenido hasta despues del concierto de Juanes.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 21/09/2009 0:37
Madres de la plaza de Agosto (II)
Ángel Santiesteban | 17/09/2009 17:39
LOS FAMILIARES, después de varios días de andar por la playa, aseguraban a las madres que ya no se podía hacer nada por encontrar a sus hijos, el mar no los devolvería, y lograban convencerlas de que debían abandonar la costa y volver a sus casas, no sin antes dejarlas hacer el último ritual: con sus pies hinchados, y sus cabellos despeinados de tantos halones porque no tenían otro desahogo que la rabia, se arrodillaban para mirar el mar con una mezcla de rencor por haberle arrebatado a sus hijos.
Mientras oraban, las olas iban alejando las flores que lanzaron las familias. Los padrinos, para protección de sus ahijados, movían los caracoles y los tiraban en la arena y los rociaban con humo de tabaco, miel y aguardiente; luego descifraban la letra y en plena comunicación con los dioses, rompían un coco con la esperanza de que ese acto deshiciera los maleficios y espantara los malos espíritus que pudieran rodearlos, y echaban al mar la masa blanca que contrastaba con el azul del agua y los peces acudían con prisa para probar, mientras se escuchaban los rezos desesperados y las promesas que ofrecían los dolientes. El padrino decía que en pago por sus cuidados, los santos pedían comida para la prenda con sangre de gallo y chivo. Al final, terminaban la ceremonia, ofrendando a Yemayá un pato vivo que, asustado, superaba el oleaje, movía las alas y se alejaba desesperado en un intento de escapar o festejar la libertad; mientras los niños, agazapados en el agua, esperaban a que los familiares lo perdieran de vista, para atraparlo y esconderlo en un saco junto a otros, con la intención de revenderlos o llevarlos como aporte a la comida familiar.
Y esto sucedía cuando en la arena, aún quedaban las siluetas de sus pisadas antes de montar las balsas.
Enlace permanente | Publicado en: Los hijos que nadie quiso | Actualizado 17/09/2009 21:06
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