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Fortún: Una entrevista con Marcos Miranda

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una entrevista de Denis Fortún

La primera vez que vi a Marcos Miranda -recién llegado yo a Miami- fue en la librería Books and Books, de la ciudad de Coral Gables. Sentí que redescubría a alguien que suponía olvidado. Sin embargo, los innumerables personajes que interpretó en la televisión cubana, lo mismo en programas de corte infantil o dramatizados para adultos -sobre todo en el serial “En Silencio…”-, me dio el fácil pretexto para recordarlo enseguida, sin apenas cruzar palabra con él. Hoy, cuatro años después, le hago una entrevista al que considero un artista, dramaturgo y profesor que sin dudas cuenta con un sólido espacio dentro de la cultura cubana en general, sin importar orillas.

¿Por qué Marcos Miranda se va de Cuba en un momento donde la vanguardia artística cubana aparentaba un compromiso fuerte con la Revolución?

El año 1980 fue definitorio para todos los que de una forma u otra disentíamos del proceso. A mí se me acusó de ser el cerebro de una especie de conspiración en la que se pretendía sacar a varios artistas de Cuba, y por eso, lógicamente, fui citado a Villa Marista. Después de semejante acusación, opté por el exilio, y acerté. No sé a quién se le ocurrió aquella descabellada idea, pero quien haya sido, cambió el rumbo de mi vida. Pues aunque mi familia en el ochenta envió un barco a través del puerto del Mariel para recogernos a mi esposa y a mi hija menor, las autoridades jamás fueron a buscarnos. En verdad, el gobierno fue quien nos conminó a irnos.

¿Vienes directamente a Miami o tienes tu “largo viaje” como muchos otros cubanos?

Mi salida definitiva de Cuba no pasó hasta 1984, y lo hice por España, donde viví 7 años. Una experiencia extraordinaria, que me devolvió la fe en la humanidad, que casi pierdo en Cuba. Desde año 1980 hasta el 1984, fue una época muy dura en la isla para todos los que presentamos nuestra salida del país. Nos sacaron del trabajo y sin posibilidades de recuperarlo o encontrar nuevos. Recuérdese que el sistema comunista no permite la actividad laboral privada de manera oficial, y en aquel momento no existían empresas mixtas ni corporaciones extranjeras donde pudiéramos prestar nuestros servicios ni mi esposa ni yo. La única posibilidad o camino a tomar cristalizó en hacernos artesanos (más bien zapateros) y vender nuestra producción en La Plaza de La Catedral.

¿Entonces puedo asumir que te arrestaron en la famosa “Operación Adoquín”, donde muchos artesanos, sin prueba o delito aparente, fueron a parar a los calabozos del DTI en La Habana?

No. Nunca me di a conocer como artesano. Jamás me inscribí como tal. Y aunque lo hubiese querido, como era mi deseo realmente, mi condición de “gusano” que se iba del país, me lo impedía. Mi hermano Carlos, y mi amigo, el actor Mike Romay (e.p.d.), vendían mi producción. Creo que me salvé porque nunca fui a La Plaza, a pesar de que a Norma, mi esposa, y a mí, nos interesaba aquel peculiar movimiento artístico, y también empresarial, donde el arte y la gestión de ventas se pusieron de manifiesto, y de manera muy próspera e independiente, como no había pasado antes del 59. Además, mis pocas apariciones en la calle como cualquier ciudadano de a pie y sin acceso a los medios, que hice luego de mi renuncia al ICRT como director, escritor y actor, bastaron para que fuera llamado nuevamente al Departamento de Seguridad del Estado, donde se me “aconsejó” que no saliera a la calle porque el público me reconocía como El Ingeniero de “En silencio ha tenido que ser” o El Abuelo Paco de “Variedades Infantiles”. Eso, según “ellos”, “ponía en peligro” el permiso para mi salida definitiva de Cuba. De modo que, a partir de ese momento, comenzó mi condena de cuatro años de prisión domiciliaria.

En el serial “En Silencio…” interpretas un personaje “negativo”, que la gente disfrutó, aún cuando se trataba de un tipo “cobarde”. Cuéntame de esa experiencia en general.

Abelardo Vidal, escritor de la serie y amigo mío, me habló para que interpretara El Ingeniero, y cuando me leí el guión, lo rechacé a pesar de ser un excelente personaje. La razón fue simple, estaba aburrido de que me encasillaran en personajes negativos: nazis, alzados, drogadictos, proxenetas, asesinos, desafectos al sistema, etc., etc. La tendencia a ese tipo de rol, aún cuando me ofrecía una excelente posibilidad de desdoblamiento en el trabajo actoral, le ocasionaba a mis dos hijas menores conflictos en la escuela, al extremo de que en una oportunidad tuve que hablar con la directora del plantel para que tomara medidas encaminadas a controlar las reacciones de los alumnos con las niñas. Al final acepté el papel a instancias de Vidal, quien me afirmó que El Ingeniero tendría un cambio radical en su comportamiento en el transcurso de la serie, y que terminaría siendo un personaje positivo. Esto jamás ocurrió. De todas maneras, se trató de una gran experiencia, y tuve la oportunidad de convertir a un personaje desafecto a la revolución, en un hombre de carne y hueso, libre de esquemas, y con una proyección humana que trascendió al público, a pesar de sus contradicciones personales.

Recién la Editorial Baquiana publicó “Desde las dos orillas”, una trilogía de tu autoría -de muy buena factura, además- que incluye a “Lina”, puesta en escena a la que cierta crítica no le dio muy buen trato, sobre todo por considerar fuera de contexto el hecho de que a un artista cubano le negaran la salida en 1959. ¿Cuentas con elementos que aseguren lo contrario, y que en fecha tan temprana ya existían las órdenes específicas para que frenasen un supuesto éxodo de artistas cubanos al exterior?

Por supuesto, no es menos cierto que durante los primeros meses del mal llamado triunfo revolucionario, el éxodo no fue sólo de artistas, sino de muchas personas que tuvieron la claridad de atisbar el futuro, y tomaron el camino del exilio; muchos que quisieron viajar no pudieron por diversas razones. En aquel momento el régimen no avistaba la masividad que vendría después, pero ya imponían ciertas restricciones para salir del país. En aquel maremagno, los intelectuales y artistas no fueron una excepción.

Ahora bien, el tiempo en una obra de teatro se da, a diferencia de la obra literaria, de muchas maneras: cambios de vestuario, maquillaje, utilería, etc., o distanciando al espectador de otros elementos gráficos, como proyecciones, carteles… que no es el caso. Resulta imposible en una hora y cuarenta y cinco minutos hacer una cronología en tiempo, y de todos los acontecimientos que afectaron a los artistas de la televisión cubana. El régimen, cada vez más, empezó a “apretar” las posibilidades de salir del país, y en esa enmarañada situación se vio la protagonista de mi obra. No sé si son muchos o pocos los actores y actrices que se quedaron atrapados. Yo, personalmente, conozco algunos casos (que me reservo por razones obvias, pues viven en Cuba). Respeto a los críticos, su trabajo es criticar. Pero es el público quien tiene siempre la última palabra.

¿El personaje de Ricardo es una referencia a una alta autoridad cultural o política de la Isla?

No. Ricardo no es un dirigente, es un creador. Un individuo convencido de que su talento está por encima del bien, el mal, y en el fondo es víctima de sí mismo, de su egocentrismo, de su falta de tolerancia, de su soledad, de su ambición, y de su gran inseguridad frente a la vida y a sus relaciones personales. Es un personaje patético, amoral, lleno de contradicciones, defectos; con un gran talento que no alcanza a palear su terrible personalidad.

¿Lina, acaso es una Rosita Fornés, tal vez una Gina Cabrera, otra gran actriz de las tantas que se quedaron en Cuba luego del 59?

En todas las entrevistas que me han hecho, sostengo que Lina es un compendio de personalidades de las muchas actrices cubanas que desafortunadamente se quedaron por una u otra razón en la isla, y que yo tuve el privilegio de dirigir en televisión. Lina no tiene su homónima en Cuba. Las razones por las que muchas de nuestras primerísimas actrices se quedaron, responden a problemas económicos, familiares, personales, etc. Lina es mi homenaje a todas esas mujeres que dedicaron sus vidas al arte dramático: a las que se fueron y ganaron la libertad, pero perdieron su país; y a las que se quedaron, y sin embargo perdieron la libertad y toda posibilidad de retomar sus carreras en un mundo libre.

Todo escritor se nutre de experiencias personales al momento de escribir su obra. ¿Hay mucho o poco de ti en los personajes que conforman a “Lina”?

Yo soy un escritor comprometido con mi tiempo y con mi entorno. No sé, ni quiero aprender, a desprenderme de lo que fui, de lo que soy, y de lo que persigo cuando escribo. No me propongo, cuando surge el maravilloso fenómeno de la creación de una obra o un personaje, agregarle algún rasgo mío. Si lo hiciera, rompería ese proceso. Ahora, considero que de alguna manera la obra en sí siempre tiene mucho del intelecto y las propias vivencias del autor.

Amparo y Clementina, ¿una historia del ICRT?

Para nada, es un juego escénico. Una tragicomedia donde dos mujeres enfrentan su sexualidad y luchan por lo que quieren alcanzar en sus vidas. Es una obra para dos primeras actrices.

Aunque hoy se anuncian en las carteleras de Miami numerosas presentaciones de teatro, ¿consideras que esta manifestación cuenta con “salud” suficiente como para mantenerse en la preferencia de un determinado público y ser asimismo rentable?

¡Definitivamente sí! Soy un ferviente, y convencido, defensor del teatro en Miami. Considero que una ciudad como ésta debe y tiene que contar con muchas opciones teatrales. Aquí hay espacio para dar cita a todos los géneros. Hay un público diverso sin dudas.

Mi opinión es que muchas personas no asisten más al teatro porque lo que prefieren ver no está en los escenarios con que habitualmente contamos.

Dirigí en el Teatro Bellas Artes la obra “Entre Mujeres”, del autor español Santiago Moncada, que estuvo en cartelera ocho meses, con un éxito absoluto. Se trataba de una pieza. Algunos años atrás, “Mi hijo no es lo que parece”, protagonizada por Pedro de Pool, estuvo un año en la escena del Teatro Martí -tristemente demolido y sin visos de que levanten otro espacio teatral en ese lugar-. En este caso, era una divertida comedia. Miami es la puerta de Latinoamérica en los Estados Unidos, por eso necesita multiplicar y diversificar sus espacios teatrales para verdaderamente convertirse en una capital cultural.

¿Por qué Marcos Miranda está ausente de la televisión en Miami? ¿Qué haces actualmente?

Después que cerré el ciclo (1999-2004) de “Luna Verde”, el programa nocturno que conduje durante esos años y que salió al aire por América Teve, Canal 41, me propuse un receso en la pequeña pantalla local. Estaba agotado, pues entonces era productor de los segmentos humorísticos de “Sábado Gigante” y, además, escribía “Teté Comité” y “Qué pasa en casa”, para Radio Martí, donde continuo escribiendo y dirigiendo un programa de sátira política: “Diario Grampa”.

Actualmente, en TeleMartí, conduzco “En el marco de Marcos”, un programa de entrevista a personalidades de la cultura cubana y latinoamericana en general. El año pasado, después de casi veinte años retirado de la pequeña pantalla como actor, retomé mi carrera en la Telenovela “Pecados ajenos”, para la CadenaTelemundo. Ese mismo año, MegaTV me llamó para interpretar a Roberto, el padre de Gabriel, donde tuve la suerte de trabajar junto a Chayanne, lo cual significó para mí una grata e inolvidable experiencia. En este momento empiezo a grabar la telenovela “El rostro de Analia”, una producción de Telemundo. Como ves no estoy tan ausente de la televisión.

Marcos, para cerrar lo que al final se ha convertido en una extensa entrevista, la que te agradezco sin dudas. ¿Eres una persona comprometida con la reconciliación de una Cuba diferente?

Mi compromiso es con la libertad de Cuba. Comunismo y libertad son antagónicos. Mientras existan los Castro, yo no puedo reconciliarme con ellos, ni con su camarilla. Te cuento algo que me ocurre frecuentemente: cuando llega alguien de visita o que viene a quedarse definitivamente, y me reconoce, me expresa palabras de admiración, de respeto y cariño.

Yo no puedo reconciliarme con un pueblo con el que nunca me disgusté. Ellos, por su parte, jamás se disgustaron conmigo. Yo no me alejé de ellos. No los abandoné. Fue el comunismo y los Castro quienes nos separaron. En mis actuaciones en Miami, quienes asisten a las funciones, me expresan iguales muestras de afecto. Ellos son ese pedazo de pueblo que, como yo, ha venido en contra de su voluntad, huyendo del sistema. Conmigo no hay arreglo. Regresaré a Cuba sin los Castro y sin comunismo.



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