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Actualizado: 20/12/2014 5:25
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Crónicas

Apego a la tradición

Fosas desbordadas, balcones y casas cayéndose, baches en las calles, conforman el paisaje típico de La Habana, su memoria histórica.

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Fue Orvelleiro Carvajal, pródigo escritor radial, quien descubrió el alma de las cosas. En un popular programa que tenía sobre las dos de la tarde, allá por los años cuarenta, ponía a hablar a los armarios, las carteras de las pobres señoras asesinadas, la cuna del fracasado que de niño prometía mucho, el caldero donde hirvieron los grandes arroces con pollo de la señora legítima del marqués, los zapatos colorados de la muchachita de buena familia que terminó en la cárcel.

En fin, Orvelleiro tenía un fino oído para escuchar las domesticidades del objeto que a la gente común le es negada. Yo no me lo creía, lo pensaba una fantasía, un ingenioso pretexto de autor para vender jabones de lavar manteniendo al oyente atado al aparato de radio.

Y engañado de ese modo he vivido hasta el otro día, en que sentí reír las aguas de una fosa desbordada corriendo a todo meter por dos calles paralelas de Nuevo Vedado, la 41 y la 39, hasta que en la horizontal 24, afectuosas, tras formar un mar oscuro y de un olor inconfundible, se juntan para correr con pretensiones desconocidas hasta 39 y allí doblar hacia la avenida 26, por donde seguirán corriendo hasta 37, donde, a veces, si la alcantarilla no estuviera tupida, cosa que a veces ocurre ("acontece", dirían los periodistas de la televisión, y esta vez tendrían razón porque eso sería un acontecimiento), desaparecerán no sin antes dejar un charco de varios días.

No es una fosa común, es una fosa de fosas, la fosa (o tal vez el desagüe) por donde bajan las aguas albañales de un complejo de rascacielos en miniatura. Es algo que viene sucediendo con puntualidad religiosa todos los meses desde veinte años atrás. Todos los meses se desborda la fosa, sus aguas corren alegremente durante quince o veinte días por su ruta histórica hasta que el Poder Popular las reprime, y días más tarde, repitiendo su ciclo, ahí están de nuevo. Es una lucha entre el Poder Popular y ellas, en las que ellas, gozosas, democráticas, dueñas de las calles, como dicen con júbilo, terminan ganando.

Por lo que les oí decir, temieron por su existencia hace algunos años, cuando por fin fue autorizado el retozo público con el dólar, y en la esquina de 41 y 24 fue abierta una tienda recaudadora de divisas que convirtió aquel punto de la ciudad en un pequeño Times Square. Pero no. El Poder Popular mandó pavimentar la calle 24, desde 45 hasta 37, y a ellas las dejó seguir fluyendo mensualmente con su peculiar olor, para no interrumpir la tradición, mantener viva la memoria histórica de esa parte del Nuevo Vedado.

Inclusive, años más tarde, vieron abrirse frente a su paso por 41 (veinte metros más allá del pequeño Times Square) una segunda tienda recaudadora de divisas, tal vez porque ya el Poder Popular comienza a considerar esas aguas un espectáculo digno de promoción como el del Cañón del Colorado o el de las cataratas del Niágara, al ver que en las vacaciones algunos padres van allí con sus hijos a contemplarlas.

En otro tiempo, por lo que ellas les han oído a sus antepasadas, los alcaldes de la podrida burguesía que sufría La Habana, las perseguían con saña. Era un odio, una persecución, nacido no tanto de la decencia de los alcaldes como del miedo que le tenían al periodista, ese molesto personaje que se mete en lo que no le importa.

Tanto miedo llegaron a tenerle en La Habana, que hasta malbarataban los dineros del tesoro municipal aquellos asustadizos politiqueros de triste memoria pagando cuadrillas de empleados que semanalmente salían, gastando gasolina y gomas y salarios, en camiones con grandes barretas y ganchos a levantar las tapas del alcantarillado de la ciudad, de modo que diez minutos después de llover no viera el periodista en las calles un humilde charquito de agua.

Hoy, en cambio, mezcladas las albañales con las llovidas, jubilosas se meten ellas en las casas, en las partes bajas de la ciudad, en los días de torrenciales aguaceros, a participar de la alegría familiar, a ver la televisión y sentir el apetitoso olor de la comida, mientras afectuosas lamen los pies de los moradores como partes esenciales que por su composición material son de la memoria fecal de la gran familia habanera.

Y en general, sean las que pasan frente al pequeño Times Square de 41 y 24 o las otras, no desearían esas aguas que el pasado, con sus alcaldes asustadizos, volviera a nuestra patria nunca más. Para completar la felicidad que vienen disfrutando a todo trapo con sus hermanos los balcones y casas cayéndose, los baches de las calles y las demás cosas ya típicas de La Habana actual sólo necesitarían, por lo que les he oído, el aeda de poderoso estro que las cantase, incluso que se diera al grave empeño de pasar a la posteridad inmortalizándolas como lo haría el numen elegíaco de Orvelleiro Carvajal.


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