Actualizado: 20/02/2017 9:08
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Audrey Hepburn, Memorias de la Revolución, Cine

Con Audrey Hepburn en el Central Dos Ríos

CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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Había terminado el curso correspondiente al tercer año de la carrera de Medicina. Esto en el Hospital Universitario Calixto García, en la Sala Clínicas Altos. Fue y sigue siendo un año del cual no se han apartado mis recuerdos.

En el curso entre los años 1969-1970, la Revolución llegaba a su décimo aniversario y este tiempo que ocupa mi memoria fue para aquella sociedad, en permanente conmoción y asombro, el año del Esfuerzo Decisivo (1969) y el Año de los Diez Millones (1970). La Zafra de los 10 millones marcó aquel tiempo, pero no fue solo eso. La sociedad en su conjunto, la dirigencia de la Revolución, todos, fueron convocados a un empeño que consolidaría el proyecto revolucionario y nos sacaría de las nuevas miserias y privaciones que ya nos había dado el ensayo aquel de socialismo real, con sus ventajas según mostraba y sus carencias.

La Revolución aquella, ajena y parte del tejido social de una nación comprometida y gobernada por una dictadura que ya se consolidaba, requería de eventos que la legitimaran y la presentaran como una sociedad exitosa y en nada fallida; es por eso que se hizo un esfuerzo decisivo y la nación toda se propuso como meta hacer una Zafra donde se produjeran 10 millones de toneladas de azúcar; fue la Zafra de los Diez Millones.

Fue así que a principios de mayo de 1970 los estudiantes de medicina en La Habana fuimos movilizados para esa última etapa decisiva de la zafra hacia las provincias del oriente; tal vez ya muchos altos dirigentes sabían que aquella excelsa y gloriosa meta acabaría en un rotundo fracaso. Nosotros también éramos parte de aquel entusiasmo condicionado y aprehendido, queríamos nuestra parte de gloria. Fue así que temprano en la mañana abordamos aquellos ómnibus vetustos, que nos recordaba el plan de becas, para emprender un largo viaje que nos llevaría a Palma Soriano en el extremo oriental de la Isla.

Atrás quedaba una ciudad casi marchita; las constantes movilizaciones a la agricultura y el llamado a la Zafra fue la estocada más cruenta que hacia la revolución a la capital, que años antes aún mostraba un especial encanto. También quedaban atrás las experiencias personales de un año intenso de prácticas clínicas, la fe en medio de un entramado antirreligioso, la novedosa experiencia del compromiso social del cristiano en un evento inusual y creativo y por último la sorpresa y el enojo de un círculo político en el aula de Clínica Bajos, que marcó mi paso por la Universidad.

Jornada de encanto, alegría y bromas fue aquel viaje donde en la mitad del camino di cuenta de un abultado folleto sobre enfermedades comunes y manejos de estas; que sería sin dudas lo que iba a encontrar cuando me desempeñara como médico designado y enfermero ocasional. Este sería nuestro trabajo, en aquella histórica zafra, entre las decenas de miles de cortadores de caña que ya estaban, hacia muchos meses, en los cañaverales.

El Palma Soriano bajamos de los ómnibus cansados de un viaje prolongado y agotador sin perder el ánimo y dispuestos a incorporados a las labores que nos designaran en aquella zafra. Los funcionarios locales y nuestros dirigentes estudiantiles se movían entre los estudiantes de Medicina y algunos ya se subían en algunos vehículos para ser llevados a sus destinos.

No sé de dónde salió aquel sujeto de andar rápido y hablar igual de rápido que se me presentó como administrador del policlínico del Central Dos Ríos y me dijo, preguntando “si ya estaba listo para salir”. Entonces mi destino era el Central Dos Ríos, un central azucarero en el municipio de Palma Soriano a escasos kilómetros de esta ciudad hacia el oeste y teniendo de por medio el río Cauto.

En una cercana bocacalle tenía estacionado un jeep descapotable donde pusimos mi equipaje detrás y justo en el momento que tome asiento al lado del conductor, apareció de la nada, con pasos agiles y resueltos una joven de delicada belleza, con una delgadez distintiva; estaba vestida con ropas de miliciana, pantalón verde sin los grandes bolsillos laterales, ligeramente ajustado a su cuerpo grácil y hermoso y una camisa blusa de tono azul, calzaba unas botas rusticas. De un salto subió al asiento posterior en tanto que el administrador me decía como con desgano… “ella va con nosotros”. El camino era corto en tanto que miraba de soslayo aquella belleza miliciana” que por un momento me recordó una foto de aquella actriz británica, que, entusiasmada con un viaje a Cuba, apareció vestida de miliciana en un evento en la ciudad de Londres; Vanesa, si Vanessa Redgrave es su nombre.

Pero más que nada yo no paraba de preguntarle al administrador del policlínico de Dos Ríos como iba la zafra, cuál era el entusiasmo por esta y sobre todo si sabía cuál sería nuestro trabajo en el policlínico; dando por seguro que ambos ya estábamos ubicados allí. Con fastidio contestaba a mis preguntas, pero lo que no quedaba claro era dónde íbamos a trabajar; entonces me preguntaba por qué nos llevaban al policlínico de esta localidad tan cercada. Le dije, “no sé ella, si tiene tanta hambre como yo..., que apenas comí en el camino y ya está cayendo la tarde”. El asintió y me dijo que antes de llegar al Policlínico iríamos a un comedor obrero muy cerca. Llegamos al lugar y en poco tiempo estábamos sentados delante de una mesa de cemento propia de los comedores obreros dando cuenta de una escasa pero bien preparada “bandeja proletaria”. En aquel momento no tuve tiempo de reparar en aquella belleza que me sorprendió como una agradable aparición en aquella calle de Palma Soriano y que suponía una estudiante más de medicina, llegada como yo desde La Habana.

Llegamos al Policlínico, como era usual, una casa de las confiscadas, espaciosa y de madera, haciendo esquina y bien adaptada para los propósitos de una facilidad de salud. El sujeto abrió la puerta y pronto estuvimos en un patio central donde de nuevo pude mirar, esta vez con detenimiento, aquella joven bonita como pocas, que caminaba delante de mí con soltura y elegancia. Sin duda tenía un especial candor y delicadeza que superaba sus rustica vestimenta; mostraba una belleza de la que muy pocas pueden presumir, de esas que con muy poco están simplemente espectacular.

El administrador nos dejó en la puerta de lo que sería la habitación que ocuparíamos. Al fondo había un baño pequeño que era el único que en aquella hora de la tarde aparecía iluminado. Entramos y dejamos los equipajes, el de ella más escaso que el mío, algo que me sorprendió. En tanto que, con una voz dulce y apagada por el cansancio, aquella encantada inocencia me dijo “lo cansada que estaba y que quería tomar un baño”. Tenía una atrapante mirada enmarcada por unas cejas bien oscuras, angulares e intensas y un rostro de esos tan hermosos que suelen molestar; el pelo negro corto muy corto y un cerquillo a mitad de frente que hacía más sencillo su precioso rostro.

No, no podía ser…, sí que lo era; tenía delante de mí como una aparición la figura icónica y única de Audrey Hepburn en aquella habitación…, velado escenario de una tarde que ya llegaba en aquel distante poblado de Dos Ríos.

La turbación me llevo a tomar, en amable gesto, un cubo que allí estaba en tanto que le decía que iría por agua para que pudiera bañarse y así lo hice. Ya en el patio interior donde había una toma de agua me encuentro con el administrador que esta vez, en tono más en serio que en broma, comenzó una sarta de comentarios lascivos sobre ella, Audrey, sin escapar detalles lo que me molesto. Ella aguardaba en la habitación.

…y de qué forma. Cuando entro a la habitación Audrey estaba de pie al lado de la litera completamente desnuda, su mano izquierda descansaba en el borde de la litera con ligereza y su brazo derecho descendía asiendo sin proponérselo una prenda de ropa. Extrañado mire aquella preciosidad dada en desnudez, sin que el instante y la incómoda perspectiva que se me ofrecía encontrara alguna reacción a una realidad que superaba el asombro. No sé cuanta intencionalidad había en mostrase así y si aquello desafiaba mi ingenuidad. Se dice que la desnudez refiere por un lado a la pureza física, moral y espiritual. Se asocia al estado original, primigenio y puro del ser humano; refleja un retorno a lo primordial. Lo real es que ella estaba allí, desnuda, superando su inocencia si es que la había; pero a fin de cuentas siempre hay la ternura y exquisitez en un cuerpo de mujer.

Hice un breve gesto de aprobación sin palabras para salir de inmediato de aquella habitación. Caminé sin sentido en el patio una y otra vez para regresar a la habitación donde ella ahora estaba descansando en la cama y cubierta con una sábana que mal resguardaba su desnudez. Fui al baño me desvestí y me lancé de un tirón el agua, para vestirme con rapidez y buscar, como lo hice, un lugar donde dormir en una de las consultas que permanecía abierta.

Dormí sin que pensamiento alguno me asaltará en la noche, llegando a una mañana algo tardía donde encontré al administrador en el patio, nos vamos, me dijo en tanto que fui a recoger mi equipaje a la habitación donde Audrey ya no estaba. Había en la habitación una sensación de extrañeza y ese raro estremecimiento que se siente como algo que está presente, como detenido en el tiempo e impalpable, en un lugar donde no están solo objetos inanimados. Nada se me dijo, desapareció como había llegado, como una encantadora aparición.

Ya en el jeep, le pregunte al administrador-chofer, a donde íbamos…. “Pa’ el Central Oriente”, me dijo. Por aquel camino de agreste terraplén no se habló ni una palabra. Atrás quedaba aquella tarde de mayo del año 1970 cuando encontré a Audrey Hepburn en el Central Dos Ríos…, le vi desnuda.


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