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Actualizado: 28/11/2014 16:18
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Política

El Comandante ha muerto, ¡Viva el General!

Raúl y el ruido de botas: La nueva doctrina castrense es más fácil de pronunciar que de creer.

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¿Estará, no estará, estará…? La margarita fue finalmente deshojada con precisión militar a las 07:00 horas del sábado 2 de diciembre: Fidel Castro no asistió a su cita en la Plaza de la Revolución.

El esperado desfile militar, trasmitido en vivo en algunas partes del mundo, complació más bien los gustos de su hermano Raúl, instaurado ya más que simbólicamente en el lugar del gran ausente. Hora temprana, alocución breve, diseño de bloques a la usanza soviética, fusiles AKM con visor "Vilma", AK-47 para francotirador del tipo "Alejandro" —como muchos de los Castro—, y su aire preferido de Beethoven, justo cuando los marciales cadetes de la Marina de Guerra Revolucionaria marcaban el paso frente a la tribuna principal. La era de Fidel ha terminado.

Desde las cinco de la madrugada, 300.000 habaneros designados para acompañar las muy modestas pero bien conservadas armas del ejército cubano marcharon hacia la Plaza. Mucho más tarde, 2.500 invitados extranjeros ocuparon sitio en las tribunas. Lo único común a ambos grupos era la curiosidad o el anhelo por ver a Fidel Castro, aunque fuera por última vez.

En su lugar, oyeron al general de Ejército Raúl Castro machacar consignas y proclamar la "invulnerabilidad" militar del país, la nueva doctrina castrense isleña, más fácil de pronunciar que de creer.

De su monólogo, el único párrafo que logra levantar alguna ceja reafirma la disposición a resolver en la mesa de negociaciones "el diferendo prolongado entre Estados Unidos y Cuba", siempre y cuando se respete la independencia de la Isla. Una propuesta en busca de un diálogo improbable que legitime la sucesión y cuya respuesta conoce de antemano el nuevo gobernante de Cuba, a quien el Departamento de Estado norteamericano se apresuró en describir como un "Fidel light".

Sólo es cuestión de tiempo

El ruido de botas en Santiago de Cuba y La Habana marcó el comienzo del ¿nuevo? gobierno y su decidida vocación de unidad ante las circunstancias. Desde el oriente y en nombre de los uniformados, Raúl Castro recibió una extraña profesión de lealtad de su antiguo adversario, el comandante Ramiro Valdés —hoy sin mando de tropas—, quien lo llamó "cancerbero de la revolución", sin saber qué decía, o quizás de común acuerdo, para gruñirle un poco a la oposición y al imperialismo.

En La Habana, el bloque de los futuros integrantes de la CIM, la poderosa Contra Inteligencia Militar, la misma institución que ocupó el Ministerio del Interior formado por Ramiro Valdés, desfiló en lugar prominente, aunque bajo la discreta denominación de "oficiales de perfil jurídico" de las Fuerzas Armadas.

Ahora todo es cuestión de esperar. Por la definitiva muerte del Comandante, por la toma de posesión de Hugo Chávez en Venezuela, porque la marea demócrata llegue a la Casa Blanca o el olor de los pozos petroleros del Estrecho de la Florida rompa el embrujo del embargo norteamericano.