Actualizado: 20/09/2017 13:35
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Septiembre, Prío, Batista

La noche que dio comienzo a la Edad Contemporánea en Cuba

Después del lunes 4 de septiembre de 1933, el país dará un vuelco extraordinario y la historia de la nación tomará otros rumbos

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¿Puede la acción particular de un humano individual reconfigurar todo el futuro desenvolvimiento de los acontecimientos históricos, aun por encima de lo que dictan las leyes económicas? Según la visión determinista del Materialismo Dialéctico, no. Según nuestros paradigmas científicos actuales, sí. El hecho de que insignificantes acciones puedan engendrar respuestas desproporcionadas, o viceversa, que no cabía en la mentalidad científica a mediados del siglo XIX, ha sido establecido desde entonces como una de las bases de ciencias como la meteorología, la ecología o de grandes apartados de la propia física. Y de hecho ha comenzado a inundar nuevos campos como la sociología o la historia.

Lo cierto es que acciones en apariencias insignificantes, como por ejemplo el ángulo con que se golpeó por primera vez una piedra, son capaces al cabo de algunos miles de años de determinar enormes diferencias civilizatorias. O que un rumor, salido quizás de las exageraciones de una anciana algo decrépita en un oscuro callejón parisino, puede movilizar a todo un barrio como el de Montmartre y conducirlo a eliminar la supuesta amenaza de los cañones de La Bastilla, y con ello cambiar por completo la correlación de fuerzas hasta ese momento desfavorable a lo que ahora llamamos Revolución Francesa.

En este país de extremos, no encuentro mejor ejemplo de esa influencia desproporcionada de lo puntual sobre el curso posterior de la historia que la serie de acontecimientos que desencadenó el consejo con que, un 4 de septiembre de 1933, Carlos Prío puso fin a una larga noche de vacilaciones entre los sargentos del campamento militar de Columbia.

Como muy bien sabe Rolando Rodríguez, que no en balde para explicar lo ocurrido durante la llamada Mediación ha tenido que escribir media biblioteca y retroceder hasta el siglo XVIII, la verdad es que en la Cuba anterior a la citada fecha a nadie se le hubiera ocurrido, al menos de los que tuvieran a un significativo por ciento de la población respaldándolos, gobernar sin el reconocimiento de los americanos. Esta era una calaverada de unos pocos jóvenes, estudiantes o intelectuales, a la que a partir de 1923 podría mirar con admiración buena parte del país, pero que ante la eventualidad de su puesta en práctica habría provocado la deserción generalizada de la absoluta mayoría de los admiradores.

En la Cuba de junio de 1933, periodo de apogeo de la Mediación, las masas populares eran en definitivas tan dadas al anti-yanquismo militante, como lo eran, por ejemplo, muchos franceses o británicos de entreguerras mundiales. Las comisiones que se le presentaron a Sumner Welles por aquellas fechas, no ya de políticos, sino de obreros y vecinos, muchas de ellas para pedir la intercesión del diplomático en la resolución de problemas muy mundanos y hasta laborales, dan buena cuenta de ello. El propio hecho incuestionable de que esas masas populares no decidieran a unirse al esfuerzo antimachadista, en el que aquellos jóvenes andaban empeñados desde 1927, hasta que desde Washington enviaran a un embajador con el declarado propósito de sacar a Machado del Palacio Presidencial, es en extremo esclarecedor.

Lo cierto es que, si las variables económicas hubieran continuado determinando en nuestra historia como hasta aquel 4 de septiembre, la Cuba pos-machadista habría seguido ejerciendo una soberanía muy limitada, y hasta no es nada improbable que de protectorado hubiésemos pasado a algún tipo de asociación más profunda, y subordinada, en relación con EEUU.

Aquella noche, sin embargo, la Historia de Cuba tomó otros rumbos. Veamos los hechos.

El 4 de septiembre, en medio de la más profunda depresión económica mundial del siglo XX, ante los rumores de rebaja de personal y de salarios, los sargentos, cabos y soldados acantonados en Columbia se van a la huelga. Mas no son ellos asalariados cualesquiera, cuya peor consecuencia al irse a la huelga es la de perder sus empleos. Son militares, y lo que han hecho al negarse a disolver la asamblea en que se han reunido para consensuar sus demandas, al no obedecer en definitiva a sus mandos, tiene solo un nombre, que un joven dirigente del Directorio del 30 se encargará de aclararles: insubordinación.

En medio de una situación que le es totalmente nueva, el mulato aindiado que entonces funge como jefe del movimiento se vuelve hacia el grupo de estudiantes que se han introducido en Columbia, y buscando el parecer de gentes más leídas que él, les extiende una hoja de papel escrita en caracteres taquigráficos, al tiempo que les dice:

—Estas son las demandas que vamos a hacer al Gobierno.

Atónitos ante demandas, que no pasan del derecho a usar botas altas y no polainas, o por ese estilo, el más decidido de los estudiantes, Carlos Prío, le responde:

—¿Para qué nos han mandado a buscar? Con ese documento todos ustedes se condenan al fusilamiento. Es una rebelión de clases y soldados sin contenido alguno. Nosotros, los civiles, no seremos fusilados porque somos revolucionarios y ahora mismo abandonamos el campamento.

—¿Entonces qué hacemos? —Pregunta el mulato aindiado, con cara de espanto.

—Derrocar al Gobierno y poner en su lugar una Junta Revolucionaria —le replica Prío.

Con esta respuesta la historia de esta Isla de extremos vuelve a dar un vuelco a lo desmesurado. Los jóvenes estudiantes e intelectuales han encontrado casi que por carambola una fuerza que puede apoyarlos a crear un gobierno que no le pida a los americanos su bendición para gobernar: las clases y soldados del Ejército Nacional.

Con semejante apoyo podrán suplir la falta de un verdadero espíritu antiimperialista yanqui en la mayoría del país; van más bien a parir dicho espíritu. Iniciarán así una tradición que no habrá de nacer en la Plaza de la Revolución con la Primera Declaración de la Habana, a principios de los sesentas, sino mucho antes, el 9 de septiembre de 1933, cuando el flamante presidente de los estudiantes y soldados, Ramón Grau San Martín, haga esperar al teléfono a Washington porque “él está reunido con su pueblo”.

Porque si miramos bien, salvo las bayonetas el Gobierno de los jóvenes antiimperialistas no cuenta inicialmente con más apoyos. ¿Pero cómo se atreven a algo semejante entonces? Por dos razones. La primera es que son muy jóvenes en una nación que no los supera en edad, y por tanto lo suficientemente limpios de espíritu para intentar lo imposible, según sus padres. La segunda es que están, incluso los anticomunistas más furibundos, demasiado saturados del reciente ejemplo de la Revolución Rusa. Y allí, si los bolcheviques han logrado hacerse con el poder, se debe a que han contado con el apoyo del enorme ejército movilizado para combatir en la Primera Guerra Mundial.

Mas las realidades son bastante distintas. El ejército ruso solo pretendía ser desmovilizado, y por eso le ha dado su apoyo a los bolcheviques, el único partido ruso dispuesto a terminar la guerra sin condiciones. El cubano, por su parte, es profesional y si se ha decidido a actuar es por su deseo de no ser desmovilizado. Simplificando un tanto, cabe decir entonces que si Lenin se ha apoyado en el campesinado llevado a la fuerza a la guerra, los estudiantes de los Directorios del 27 y del 30 han pretendido hacerlo en los cosacos.

¿Pero por qué estos cosacos de uniforme caqui a su vez se han unido a quienes en un final están tan lejos de ellos, y no se han hecho simple y llanamente con el poder? Pues porque como todo hombre de escasas luces, principalmente en una nación en que al frente del Gobierno y el Estado siempre han estado los individuos procedentes de las clases educadas, dichas “máquinas” les resultan más que incomprensibles, ajenas. Sienten en consecuencia, al menos en un inicio, que deben buscar a alguien educado que gobierne. Pero alguien dispuesto a asegurarles el derecho recién conquistado a usar botas, o los sumarios ascensos de sargento a comandante, y los únicos que cumplen estas dos últimas condiciones son esos jóvenes locos que han tenido a Machado en jaque durante los últimos tres años de su Gobierno.

Es casi seguro que de haber podido escoger, Batista, el más inteligente con mucho de los cosacos, habría preferido a la gente del ABC. Organización en la que todo parece indicar militó. Pero la dura realidad es que ni estos ni ninguna otra fuerza política “sensata” los apoyan por dos poderosas razones: ellos, o forman parte del Gobierno provisional de Céspedes, o imbuidos en el espíritu de la Primera República, no creen que los americanos vayan a permitir que una banda de sargentos brutos se convierta en la dueña de la situación a solo 90 millas de sus costas.

Solo le quedará a la tropa una salida, al menos momentánea: la que los lleva a aliarse a los estudiantes.

Gracias a esta alianza Batista y sus sargentos ascendidos a comandantes (por orden militar el grado más elevado en el ejército septembrista será el de comandante, existiendo los de coronel y teniente coronel, pero solo como comandantes que desempeñan las funciones de tales) ganarán habilidad y confianza en sí mismos, como para convencerse de que no necesitan de nadie que gobierne por ellos, aunque no para ellos, y a su vez tendrán tiempo de convencer a las principales fuerzas políticas del país, y a los americanos, de que tras el 4 de septiembre de 1933 resulta imposible ya no tenerlos en cuenta.

Los estudiantes, por su parte, a resultas de esa alianza circunstancial tendrán la posibilidad de poner en obra mucho de su programa, recién publicado a fines de agosto: podrán dictar leyes como las de la jornada laboral de ocho horas, o las del salario mínimo de los jornaleros agrícolas (promovida y firmada por el secretario de agricultura, Carlos Hevia); leyes que modelarán una Segunda República social, a diferencia de una primera liberal. Pero lo más importante, al ser Gobierno durante 127 días, sin la aprobación de Washington, o más bien en contra de su voluntad, romperán con el contradictorio estado del alma que había mantenido al cubano en agonía profunda desde 1898: habiendo vencido a España en la más desigual guerra de independencia o de liberación que el mundo hubiera visto hasta entonces, o que después viera, ya independientes en teoría, habíamos dado en la más completa sumisión espiritual a los americanos.

Después del lunes 4 de septiembre de 1933, y a raíz de aquel arresto de un jovencísimo Carlos Prío Socarrás, se le dará un vuelco a lo anterior. Los antiimperialistas serán Gobierno durante 127 días, y en ese breve tiempo nacionalizarán empresas norteamericanas (la siguiente revolución esperará 500 días para nacionalizar la primera), varios años antes de que Lázaro Cárdenas hiciera lo mismo en México. Aquellos “antiimperialistas de antes”, como se los ha descalificado sistemáticamente en los últimos cincuenta años, darán comienzo en definitiva a nuestra Edad Contemporánea.

Edad en la que 1959 solo marcará una subdivisión más; y cuidado no la del triunfo de la contrarrevolución en Cuba, al menos en unos cuantos aspectos.


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