Actualizado: 24/03/2017 15:48
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Memorias de la Revolución, Beatles, Música

Los Beatles, Cuba y los que querían una revolución

CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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You say you want a revolution, well you know…
(Revolution, The Beatles).

No, no queríamos una revolución esta llegó sin esperarlo; se metió en nuestras vidas, en nuestras familias y en la sociedad en su totalidad. Terminó desplazándonos, arruinándonos, distorsionando la realidad y provocando un nauseabundo estado de cosas incapaz de cambiarse o superarse. Solo queríamos que las cosas cambiaran, las que eran necesarias cambiar y para bien; solo que no todos, algunos querían una revolución, bien ustedes saben.

La revolución nos la endilgaron un grupo, que no era ni representaba una mayoría, de exaltados “tiratiros”, que ganaron una guerrita de opereta donde hasta las victimas escasearon, y tuvieron que inventarse un listado fraudulento de muertos. Llegado el caso se ingeniaron enemigos, se adjudicaron una doctrina y se pusieron a reescribir la historia como bien les parecía; se hicieron de enemigos que pudieran justificar sus excesos y comenzaron dicen que a gobernar. ¿Queríamos revolución?… pues aun la tenemos como una costra adosada a la conciencia, como una realidad tangible, como una justificación necia y terriblemente cruel. Aún está para escarnio de nosotros como pueblo, para indignidad colectiva como nación.

Con la llegada de la revolución, llegaron los enemigos. Cualquiera o cualquier cosa podía ser peligrosa, la desconfianza de un régimen recién estrenado dado a inventarse querellas. Claro que buscaban una “limpieza social”, porque los nuevos engendros no admiten competencia; y en esto les echan mano tanto a enemigos jurados como a personas o grupos de personas que para nada representan un peligro.

Comenzaron fusilando, maltratando y despojando de los bienes a muchos; la arbitrariedad era ley. Miraron para los de abajo y se inventaron una noche, “la noche de las tres p”, para limpiar las ciudades de pederastas, prostitutas y proxenetas. Pero fueron aún más lejos, es así que el dictador que apenas llegaba a tres años en el poder, y que cuenta con muchos seguidores que repiten su nombre en la Plaza hasta el paroxismo, ve que cualquiera puede ser un peligro. Manda a los sicarios de la ley a inventarse la situación “pre delictiva”, como sea que se quiera interpretar. En uno de sus encendidos discursos dice… ¡óiganlo! porque ha pasado mucho tiempo y olvidamos, claro que olvidamos; en esto que más que discurso parece un vomito callejero, espetó:

“Por ahí anda un espécimen, otro subproducto que nosotros debemos combatir (…), muchos de esos ‘pepillos’ vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos, algunos de ellos con una guitarrita en actitudes ‘elvispreslyanas’. Y han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública, a organizar sus ‘shows feminoides’ por la libre (…), todos son parientes, el lumpencito, el vago, el ‘elvispreslyano’, el pitusa”.

Aquí cabe cualquier cosa, pero sobre todo las influencias “extranjerizantes”, la moda, la música; tanto como el deseo natural de los jóvenes a una libertad que no admite condicionamientos tan estrictos y que socaba el desempeño en una sociedad de libertades. En algo así no había lugar para la música de Los Beatles, ni de nadie que no fuera lo que el régimen establecía sin pausa y con mucha prisa.

Se estableció la prohibición de Los Beatles y se atribuyó esto a un tenebroso personaje que fuera presidente del Instituto Cubano de la Radio y la Televisión; años más tarde dijo “que no que él solo siguió orientaciones de gente muy por encima que le dieron órdenes”, en tanto que él, en privado, disfrutaba de la música de la banda de Liverpool. Actitud típica de un comunista rastrero e hipócrita.

No había música de Los Beatles, nada de bleatemania y si atención a las conductas desviadas, corte de pelo, pantalones ajustados, pullovers o playeras con rayas trasversales, jazz, jeans o pitusas y un largo etcétera. Para todo esto y más estaban el manido asunto del “diversionismo ideológico”; si no se podía hablar de “conductas inapropiadas o contrarrevolución”.

Ya estábamos en Tarará, en el Plan de Becas revolucionario. Miles de jóvenes de ambos sexos venidos de toda la Isla, germen del hombre nuevo, cantera del Partido. Con marcha firme caminábamos en fila en tanto que alguien preguntaba “¿quién va?” y todos contestábamos “¡juventud de acero!”. Pero en los ratos libres alejados de las miradas y los oídos de los aprendices de comisarios, otras cosas de hablaban y se decían.

Terminando el curso de 1966, alguien se me acercó, creo que José Luis, para decirme que un zapatero en su barrio hacia botines de Los Beatles a partir de botas de trabajo o militares. Como ya tenía dos pares de botas que me dieron junto a los nuevos uniformes de becarios, en una de esas salidas me llegué al barrio de Santos Suárez y por un precio muy bueno en una semana tenia mis botines, imitación de los que usaban Los Beatles, que bien pulidos eran todo un acontecimiento; pronto me di cuenta que no debía mostrarlos. También por ese tiempo me dieron la información de que en el edificio Alaska en la Rampa una persona hacia excelentes copias de discos de Los Beatles, que llamaban “placas” allí me fui, pero no sé qué ocurrió que en los dos apartamentos que toqué “nadie sabía nada de esas placas”.

La más amarga experiencia estaba por venir.

Había sido electo como responsable de plenos estudiantiles para el grupo de alumnos al que pertenecía. Fue una experiencia única que tendré tiempo de contar en algún momento. Los plenos estudiantiles eran una especie de círculo político, pero más animado que los que hacían las organizaciones políticas o de masas. La líder de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), por aquel tiempo ya convirtiéndose en las Brigadas Estudiantiles José Antonio Echevarría (BEJAE) y también líder de la Juventud Comunista (UJC), se entrevistó conmigo en varias ocasiones. Mi ingenuidad no tenía límites y esto era muy peligroso. En aquellos tiempos no había lugar para la ingenuidad, pero ¿que se podía esperar de un joven de apenas 16 años?

En una de las conversaciones me orientó, como parte del trabajo de plenos estudiantiles, hacer una libreta llevando el listado de cada alumno, uno por cada página, y poner todo lo concerniente al alumno y su participación en las discusiones. No me fue difícil. El asunto no era poner los datos generales del alumno sino ir agregando más datos. Entre la lista de los alumnos estaban dos que eran muy buenos amigos, hablaban frecuentemente de música, el baile del momento, las modas y sobre todo me hablaban de Los Beatles. Ya por ese tiempo comenzaba a oírse algunos temas de rock y pop y temas de Los Beatles en la voz de grupos musicales españoles. Solo que estos dos jóvenes estudiantes mostraban “demasiado interés”, sobre este y otros temas, y eso había llamado la atención de los comisarios de ocasión, jóvenes comunistas y posiblemente de los instructores militares.

Fue así que Santana, apellido de la líder y persona amable como pude ver, me pidió sin equívocos que buscara información sobre Jorge Cherta y José Luis Velis, y en esto no se refería a su participación en los plenos estudiantiles. Cherta era un joven que gustaba de la música, el baile y la moda de Los Beatles, en tanto que José Luis solo le interesaba la música del grupo de Liverpool. Eran muy amables y buenos compañeros de aula y de estudio.

Aquella “orientación” fue algo que caló hondo en mi conciencia. Por varios días estuve caminando solo y reflexionando en lo que debía hacer. Estaba por terminar el curso, ya no había más plenos estudiantiles, la libreta la deseché porque a nadie le interesaba y todos, incluyendo los militantes, estaban metidos de lleno en los estudios; se trataba de los exámenes finales. Una tarde les dije a Jorge Cherta y a José Luis Velis lo que ocurría; se mostraron muy contrariados, mostraban un semblante de agradecimiento y preocupación, nada más hablamos. Días después pude conocer que el hermano de Jorge Cherta había viajado desde Cienfuegos y se había entrevistado con la dirección de la escuela, el hermano era en ese momento miembro del Ministerio del Interior (MININT), quién sabe con qué jerarquía. También ayudó en este asunto tan comprometedor que la escuela, en su totalidad, fue trasladada para Miramar (Arbelio Ramírez) y allí terminamos el curso.

Estoy seguro que el asunto no llegó a mayores. Ambos, Cherta y José Luis, los de la bleatemania; terminaron el curso sin problemas. Como ocurrieron las cosas no sentí presión alguna y ya de regreso al último año del preuniversitario nadie más me volvió a hablar de plenos estudiantiles ni de nada.

La categorización de estos dos jóvenes, buenos condiscípulos como de “conductas inapropiadas” solo porque le gustaba los ritmos nuevos, la música de Los Beatles y algunas modas que por aquellos tiempo aparecían, pudo dar al traste con las aspiraciones de ambos y con la mía por no querer convertirme en un informante como hábilmente lo manejó la líder de la juventud (UJC) en aquel momento. “Usted me pide una contribución bien, usted sabe estamos haciendo lo que podemos…” (Revolution, The Beatles).

Hoy leo de nuevo la letra de la canción Revolution de Los Beatles, también Imagine, entonces pienso si vale la pena releer estas canciones, porque la ingenuidad ya ha sido superada hace rato, mucho rato. “Debes decir que soy un soñador”, pero tal vez camine un día por el parque que hay en La Habana; allí donde hay una estatua muy original de John Lennon sentado en una banca como esperando… esperando que un día un caminante pueda detener su andar allí, sabiéndose como es o era… un soñador.

Porque ya… “no hay infierno debajo nuestro; sobre nosotros, solo el cielo” (Imagine, The Beatles).


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