Actualizado: 28/04/2017 12:52
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Tarará, Estudiantes, Memorias de la Revolución

Los cuatro aspirantes a escritores de la Calle 11

CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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La Calle 11 está en Tarará, si es que no le han cambiado la numeración. Tarará sigue siendo aquella urbanización espléndida al este de La Habana y cercana al mar; muy próxima también a mi historia personal. Tengo entendido que le han cambiado su nombre por el de Villa Armonía para uso y disfrute de los extranjeros.

Nunca he podido olvidar los atardeceres en Tarará caminando por la calle Cobre paralela a la playa o cuando permanecía mirando las aguas de la pequeña bahía que tomaban un color plateado brillante en aquellos atardeceres. Estábamos casi terminando el último curso que nos preparaba para llegar a la universidad. Fue en el año 1967 en aquella casa-albergue de la Calle 11, donde coincidimos cuatro estudiantes del último año de “Pre”, que compartíamos sueños y atardeceres.

Por aquellas épocas no había muchas razones para los sueños, pero jóvenes como éramos, estábamos ocupados en prepararnos para convertirnos en “el hombre nuevo”, lo que ya había sido decretado. No había muchos espacios para poesías ni vuelos literarios. Cuando marchábamos, actividad obligatoria dentro de aquella odiada disciplina semimilitar, el jefe del pelotón gritaba como un poseso: “¿Quién va?” y nosotros transitando la insania revolucionaria gritábamos a todo pulmón: “¡Juventud de acero!”.

Terminado los ejercicios, las clases y los cambios de miradas con las chicas; quedaba ese tiempo de la tarde antes de sentarnos por dos horas en lo que era el horario de estudio obligatorio, eran los momentos con que contábamos para tener un mínimo de relación con nuestros semejantes.

Los aspirantes a escritores, en aquella casa de la calle 11, éramos Arturo, Bartolomé, Carlos y Eloy, este último el mismo que hoy escribe estas notas. Arturo, Bartolomé y yo compartíamos el mismo grupo y estábamos en la misma aula. Influía sobre nosotros de manera muy especial, una profesora de Literatura que hacía de las clases algo más que un ejercicio obligatorio y aburrido. Beatriz Briseida, la profesora de Literatura, nos enseñaba con entusiasmo las obras literarias y nos motivaba a que visitáramos los museos y las exposiciones; insistía en que no perdiéramos el tiempo “Rampa arriba, Rampa abajo” cuando salíamos de pase o permiso los fines de semana. Carlos, estaba en otro grupo y en otra dimensión, taciturno, de andar desvaído y con el rostro marcado por la tristeza, se sentaba en el muro del frente de la casa a ver caer la tarde; “ese sí es ya un escritor”, me dijo en cierta ocasión Bartolomé, y me lo creí.

Lo cierto es que Carlos hacía apenas unos meses había recibido el Premio Nacional de Cuento de una conocida publicación periódica cubana. Esta fue la razón por lo cual cada tarde me le acercaba para conversar con él sobre literatura, algo que siempre resultaba difícil dado su carácter retraído. Un día me dijo que escribiría un cuento para mí, así lo hizo y me lo regaló. He guardado éste manuscrito por cerca de cuarenta años, aún lo conservo. La historia de Carlos y su cuento: “El suelo de adentro”, será motivo de un artículo en su momento.

Arturo Pérez y Alonso, más cercano a Beatriz Briseida, era un lector insaciable, leía de todo; además era un estudiante muy disciplinado. Su aplicación era motivo de aversión colectiva. Decía que en el futuro cualquiera que fuera la carrera o profesión que escogiera se dedicaría a escribir. Nunca leí nada de lo escrito por él. Estudiamos juntos hasta el segundo año de la carrera de Medicina, y no lo vi hasta unos diez años después; amargado y cargado de pesares, me contó que era especialista de medicina física y rehabilitación. En cuanto a la literatura, no le interesaba para nada. En aquella ocasión nuestra conversación fue intrascendente y solo me quedó un recuerdo amargo de ella.

En mi caso, por aquella época en que residía en la casa de la Calle 11, estaba interesado en llegar a ser crítico de cine, algo lógico siendo el cine de tal predilección que se convertía en una actividad casi obsesiva. Leía todos los artículos de crítica de cine que aparecían en la prensa periódica, los recortaba y guardaba. Unos años después escribí una serie de poemas de temas intimistas y algunos largos relatos. Nunca más escribí hasta la década de 1990, que lo hice escribiendo una serie de artículos en contra del Gobierno que terminaron en la basura, cuando después de haber sido detenido no tenía donde esconderlos. Desde hace años retomé mis viejos anhelos de escribir, muy distinto ahora después de vivir más de medio siglo, y siendo sorprendido por caliginosos periodos y tristezas irreparables.

Carlos Victoria —¡ah a este sí lo conocen!— era aquel joven de hombros caídos y algo encorvado, de aspecto triste y que un día me regaló uno de sus escritos. Escritor novel en aquel momento, no lo vi más desde 1967. Cuando me encontraba próximo a viajar al exilio, hallé en casa de un amigo un libro de su autoría traducido al francés, con el título de El resbaloso. Lo vi y esta vez lo pude saludar en el año 2003 en ocasión de un encuentro del PEN Club en Miami; no fue necesario hablar, ya lo habíamos hecho un año antes por teléfono. Carlos Victoria fue un conocido narrador cubano, residió en Miami y trabajó en la redacción del periódico El Nuevo Herald por muchos años. Murió en el año 2007.

He dejado para el último lugar y con toda intención a Bartolomé Morales Cervantes, ¡y es que hasta nombre de escritor tenía! Este aspirante a escritor también vivió en aquella casa de la Calle 11. De constitución pícnica, cabezón (no por obstinado); tenía un raro aspecto que recordaba a una persona proveniente de alguna tribu desconocida y remota; incluso el color de su piel era indefinido. Eso sí, mostraba una sonrisa franca y amplia y un hablar que revelaba mesura y educada dicción. Venia del extremo oriental de la Isla, pero nunca hablada de sí o de su familia. Fuera de las actividades habituales, se mantenía encerrado en el cuarto independiente que tenía la casa.

Era un personaje paradójico. Aunque mostraba disciplina y buen orden, se confinaba en el cuarto para no cumplir con el horario de estudio. En el aula ocupaba los últimos pupitres donde dormitaba hasta que algún profesor le dirigía alguna pregunta, se levantaba y contestaba con rapidez y de manera correcta. Tenía una inteligencia privilegiada.

Fue Bartolomé Morales y Cervantes quien me dio la noticia de la condición de escritor de Carlos Victoria y fue él quien, sin proponérselo, un día me dijo que me daría a leer algunas de las cosas que escribía. Esto me resultó una sorpresa, porque si bien Bartolomé demostraba dominio de la Literatura, como asignatura, no hablaba mucho de autores, libros y menos de actividades culturales de fin de semana. De hecho, los fines de semana cuando todos salíamos de pase a La Habana, él permanecía en la casa, sí en ésta, la de la Calle 11.

Bartolomé Morales Cervantes tenía su tesoro, dos gruesos cuadernos de notas o libretas, con sus escritos. Un día me entregó uno de estos cuadernos, medio centenar de hojas escritas con letra pequeña, de trazos claros y firmes. Leí con fruición cada una de aquellas páginas y no salía de mi fascinación ante aquellas líneas donde se expresaban pensamientos variados, pequeñas anécdotas, epigramas y prosa poética que reflejaban el hacer de un escritor cabal. ¡Bartolomé era ya un escritor!

Después que ingresé en la universidad nunca más supe de Bartolomé Morales y Cervantes. Muchas veces pregunté por él cuando me encontraba con alguno de los excondiscípulos que estudiábamos el último año de “pre” en Tarará, aquel año de 1967. Ni una referencia, ni noticia alguna de él.

Muchas veces me he preguntado que caminos tomó Bartolomé Morales y Cervantes, aquel excepcional personaje que siendo un aspirante ya era un escritor completo; habiendo superado la condición de escritor novel. Nunca habló como era usual entre los alumnos de último año de sus planes futuros.

Para muchos que lean estas notas que hoy escribo. Si algún día encuentran alguien de nombre: Bartolomé Morales y Cervantes, oriundo de la zona de Manzanillo, en Cuba, díganle que espero leer su segundo cuaderno. ¡En eso quedamos aquella tarde de agosto del año 1967!


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