Actualizado: 23/08/2017 14:28
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Nobel, Medicina, Médicos

Luces en la oscuridad

Cuatro glorias de la medicina cubana

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El debate acerca del desarrollo y calidad de la medicina cubana en los últimos sesenta años ha traspasado, por mucho, las fronteras de la Isla.

El propio Gobierno cubano, organismos internacionales, gobiernos extranjeros, ideólogos de todo tipo, cubanólogos, periodistas y personas particulares de diversos lugares han tomado, de una u otra forma, parte en el mismo, algunos para magnificarla hasta extremos inconcebibles y otros para denigrarla de una manera que no siempre se ha ajustado a la verdad.

Es cierto que en la segunda mitad del siglo XX se formaron en Cuba una gran cantidad de profesionales de la medicina, algunos de ellos muy calificados, y también se avanzó en terrenos antes relativamente limitados como la vacunación extensiva, la atención materno-infantil y el desarrollo de facultades médicas en todas las provincias. De hecho, la esencia del susodicho debate estriba en dilucidar el nivel que hubiera alcanzado la medicina cubana de no haber ocurrido ese fenómeno llamado Revolución Cubana.

Pero ese debate también ha servido, por intereses propagandísticos de una u otra orilla o simplemente por desconocimiento u olvido, para atenuar el significado o incluso ocultar al público figuras de épocas muy anteriores que brillaron científicamente a niveles más altos que todas las posteriores.

Mencionamos en el título de este breve trabajo la oscuridad porque el período histórico en el que brillaron las cuatro figuras médicas a las que particularmente nos referimos no fue nada feliz desde el punto de vista político y económico para los cubanos, una felicidad que por otra parte y lamentablemente casi nunca ha estado al alcance de ese pueblo.

No obstante, estos cuatro hombres, moviéndose en entornos diferentes y muchas veces ajenos a la Isla, estuvieron muy cerca de alcanzar incluso el Premio Nobel de Fisiología y Medicina para el que fueron propuestos por lo menos dos de ellos, hecho que no ha vuelto a repetirse en ninguna otra ocasión ni circunstancia.

Repasemos pues, muy brevemente, algunos datos relevantes de estas cuatro vidas de científicos nacidos en Cuba dedicadas en cuerpo y alma a las ciencias médicas, no los únicos, pero sí los más reconocidos internacionalmente.

Doctor Carlos Juan Finlay y Barrés (1833-1915)

En la enciclopedia en línea Wikipedia Carlos Finlay aparece como hispano-cubano y de cierta manera es correcto denominarlo así pues casi toda su vida transcurrió siendo Cuba una colonia española. Sus raíces eran también escocesas por parte de padre (el padre fue, como un buen grupo de británicos, médico militar en el ejército de Simón Bolívar) y francesas por parte de la madre.

Y por razones que tuvieron mucho que ver con las burocráticas limitantes coloniales de las autoridades españolas —no reconocían en Cuba ni permitían revalidar en la Universidad de La Habana sus estudios secundarios franceses— estudió medicina en la Universidad de Philadelphia, Estados Unidos. Pero él mismo, a pesar de las incomprensiones y dificultades que enfrentó tantas veces en la Isla, siempre se consideró cubano y así lo expresó repetidamente.

Siendo justos, fue muy bueno para la formación científica de Finlay que hiciera su carrera de medicina en el reputado centro docente norteamericano, que no por gusto dicen que lo que pasa conviene. En 1853, año en el que el muy joven Finlay comienza su formación en el Jefferson Medical College de la Universidad de Philadelphia, esta universidad estaba considerada la más avanzada y moderna en Estados Unidos. Allí tuvo por maestros a científicos como el afamado clínico Robley Dunglison, el patólogo John Kearsley Mitchell, considerado el padre de la teoría parasitaria de las enfermedades infecciosas y el epidemiólogo Daniel Drake, el primer norteamericano en relacionar las epidemias con las condiciones geográficas.

Todo esto nos parece hoy obvio, pero no olvidemos que estamos hablando de hace unos 160 años atrás y tampoco olvidemos que estos enfoques, sumamente novedosos y muy discutidos para entonces, tendrían mucho que ver con el desarrollo de la posterior teoría metaxénica de Finlay, o sea, con apuntar a un tipo específico de mosquito como agente transmisor (vector vivo) de la Fiebre Amarilla. Hoy, por supuesto, sabemos que la teoría de Finlay se corresponde absolutamente con la verdad y que no es solo la Fiebre Amarilla la enfermedad que transmiten los mosquitos, pero llegar a estas certezas requirió mucho trabajo, enormes esfuerzos investigativos, vidas inmoladas y muchos años.

Pocos saben que, en ese centro universitario, el Jefferson Medical College, existe hoy un busto de Finlay, que en 1902, en vida del sabio, se le concedió el título honorario de Doctor en Ciencias Médicas por dicha universidad y que el 22 de septiembre se celebra «El Día de Finlay» en el estado de Pennsylvania. Es procedente recordar todo esto porque siempre se ha jugado con la existencia de un cierto desprecio norteamericano hacia la obra científica del cubano y eso no es del todo cierto.

Por ser mucho más conocida, no entraremos en la historia del desarrollo de la teoría del mosquito como vector de la Fiebre Amarilla de Finlay, ni tampoco en la serie de largos experimentos, tanto personales como por parte de personal militar norteamericano radicado en Cuba, que llevaron a su confirmación definitiva.

Citaremos mejor, por exactas y justas, las palabras del General Leonard Wood, médico él mismo, y gobernador militar norteamericano de Cuba en el año 1900: «The confirmation of Dr’s Finlay doctrine is the greatest step forward made in medical science since Jenner’s discovery of the vaccination».

Carlos Finlay, que contrario a lo que muchos creen sí recibió honores y reconocimientos en la última parte de su vida, fue galardonado con la Legión de Honor francesa en 1908 y fue postulado siete veces al Premio Nobel de Fisiología y Medicina. El Premio Nobel no siempre es justo ni todos los que lo merecen lo alcanzan, pero las repetidas nominaciones están ahí para recordarnos que la obra del Doctor Finlay sí fue debidamente valorada y apreciada por muchos científicos de gran nivel en vida de este médico cubano.

Doctor Juan Guiteras Gener (1852-1925)

Juan Guiteras fue uno de tantos médicos cubanos que por razones políticas tuvo que formarse fuera de la Isla, en este caso también en Estados Unidos, y luego en Alemania. En realidad, comenzó a estudiar la carrera de Medicina en la Universidad de La Habana, pero el separatismo militante de toda su familia y de él mismo, justo en los turbulentos años de la Guerra Grande, le obligaron a emigrar muy pronto.

Insistimos que, aunque resultara lamentable que estas cosas ocurrieran en Cuba, y de hecho siguen ocurriendo siglo y medio después, la formación científica obtenida por estos hombres fue muy superior a la que eventualmente hubieran logrado en su patria de origen.

Guiteras, graduado ya con honores en la Universidad Estatal de Pennsylvania, se inclinó primero por la medicina clínica, pero en poco tiempo sus intereses pasaron a la anatomía patológica, especializándose en enfermedades infecciosas transmisibles. Pocos médicos conocieron tan a fondo la Fiebre Amarilla como Guiteras, lo que le valió ser incluido años después en el grupo de investigadores norteamericanos —ya era médico militar para ese entonces y había combatido contra el ejército español— que fueron a Cuba a colaborar en la erradicación de la Fiebre Amarilla y en el saneamiento intensivo de la Isla.

Además de Finlay, un fraterno amigo desde que lo conoció, Guiteras se codeó con muchas figuras importantes de las letras, José Martí entre ellos, y de las ciencias: Robert Koch, Rudolph Virchow, Richard Pfeifer, Paul Erclich, Karl Weigert y muchos otros.

Es curiosa y muy descriptiva la observación que José Martí escribió sobre él: «Juan Guiteras es primero en Washington y persona mayor en la medicina del ejército».

Para el año 1900 Guiteras estaba considerado uno de los epidemiólogos y especialista en enfermedades tropicales más importantes del mundo y ni que decir tiene que de haber continuado practicando la enseñanza y la investigación en su patria de adopción, Estados Unidos, hubiera alcanzado cotas mucho más altas, pero entonces él, ignorando el consejo de muchos de sus colegas, decide regresar a Cuba, colaborar en su reconstrucción y asentarse definitivamente en ella.

Ocupó diversos cargos en la Isla, incluyendo el de director del Hospital Las Animas y Secretario de Sanidad (ministro de Salud Pública). Fue el primero en describir el dengue en Cuba y ocupó la primera presidencia de la Federación Médica Nacional.

Sus últimos años de vida fueron hasta cierto punto amargos pues, enemigo incansable de la corrupción y la politiquería, sufrió marginaciones y ofensas por parte de los primeros gobiernos republicanos.

Doctor Arístides Agramonte y Simoni (1868-1931)

Las raíces profundamente mambisas de Arístides Agramonte y Simoni eran impecables. Fue hijo del general Eduardo Agramonte Piña —muerto en el combate de San José del Chorrillo en 1872— primo este último de Ignacio Agramonte, y de Matilde Simoni, hermana de Amalia Simoni, la estoica esposa de Agramonte. Pero además vino al mundo en las precarias y enfebrecidas semanas previas al comienzo de la Guerra de los Diez Años.

Los avatares de la guerra llevaron al niño, aún en los brazos de su abnegada madre, a Mérida, en Yucatán, y en breve a la ciudad de Nueva York, donde creció, estudió y se graduaría de médico en la Universidad de Columbia en 1892. Arístides, ya un médico brillante y muy respetado a pesar de su juventud, se unió al ejército norteamericano en 1898, con el que participaría como médico militar en la contienda y posterior ocupación de la Isla.

Se unió desde el principio a la Comisión Militar Norteamericana para el estudio de la Fiebre Amarilla, donde colaboró activamente con los doctores Walter Reed, James Carroll, Jesse Lazear y Carlos Finlay. Agramonte, sin dejar de colaborar estrechamente con su jefe, Walter Reed, tuvo mucho que ver en la aceptación de las ideas de Finlay y la implementación de estas en la práctica sanitaria, primero en Cuba y luego en la zona de construcción del Canal de Panamá.

Es históricamente cierto que Arístides Agramonte fue propuesto para el Premio Nobel de Medicina en 1903, antes que Finlay, pero a partir del siguiente año siempre fue nominado junto al hombre que había sido el padre de la teoría metaxénica.

Igual que Juan Guiteras, Agramonte decidió quedarse a trabajar y enseñar en Cuba y al igual que Guiteras ocupó cargos importantes en la isla, incluyendo el de Ministro de Sanidad. Su vida de casi treinta años como profesor de parasitología y medicina tropical en el denominado Hospital # 1 (Luego Calixto García) estuvo llena de honores y distinciones, tanto nacionales como internacionales.

Falleció en New Orleans (1931), aún en plenitud de facultades, cuando colaboraba en la fundación de una nueva escuela de parasitología y medicina tropical, muy necesaria en las zonas bajas y cálidas de la desembocadura del Mississippi.

Doctor Joaquín Albarrán y Domínguez (1860-1912)

Muy probablemente es Joaquín Albarrán el médico cubano más conocido y mencionado internacionalmente.

Albarrán, nacido en Sagua la Grande en 1860, quedó huérfano de padre y madre en la niñez, y luego se convirtió en otro de esos jóvenes impulsados por sus familiares a salir al exterior para evitarle los peligros y sinsabores de una guerra y de la represión colonial subsiguiente. En el caso de Albarrán su salida se precipitó por el bárbaro fusilamiento, en La Habana, de los ocho estudiantes de medicina el 27 de noviembre de 1871.

Termina la carrera de medicina en Barcelona a los dieciocho años de edad y por decisión propia vuelve a estudiar medicina en París y se gradúa con los máximos honores (el primero entre 400 alumnos) a los veinticuatro años. Culmina el doctorado a los 29 años y se especializa en bacteriología con Pasteur y en anatomía patológica con Ranvier, las dos cumbres en ese momento de ambas especialidades.

Pero él busca algo más novedoso y menos explorado. Descubre así la urología, una especialidad aún en pañales. Se une entonces, como residente y al mismo tiempo cirujano general especialista, al profesor Guyon, el llamado padre de la urología, en el Hospital Necker, en París. De aquí en adelante, junto a su maestro primero y superándolo después, eleva la urología francesa, y por qué no, la cubana, a la primera categoría internacional.

La descripción de los aportes científicos de Albarrán —el primero en cateterizar los uréteres empleando un equipo diseñado por él, por ejemplo—, de sus importantísimos libros de texto y de consulta, de sus centenares de trabajos de investigación, de los síndromes y enfermedades que describió por primera vez, de la multitud de magníficos urólogos que contribuyó a formar, etc. rebasarían con mucho este brevísimo recorrido.

He oído decir muchas veces que Albarrán fue propuesto más de una vez para el Premio Nobel de Medicina, pero la profesora cubana Marlene Fernández Arias, que ha estudiado exhaustivamente la vida de este insigne investigador, señala en su interesante biografía (que he utilizado con provecho para este artículo) que no ha podido encontrar la prueba de nominación, pero también apunta que es muy posible que fuera en 1912 cuando se concretara esta junto con la de Guyon, truncándose la formalidad por la prematura muerte del cubano.

El 17 de enero de 1912 al amanecer, fallece Joaquín Albarrán a causa de la tuberculosis pulmonar agravada por una diabetes mellitus ya incontrolable.

La vida, injusta como tantas veces, le permitió alcanzar los más altos reconocimientos, la gloria y la fortuna en menos de treinta años, y luego le envió dos enfermedades que no tenían un tratamiento efectivo en aquel tiempo, matándolo a los 51 años de edad, justamente en el momento más maduro y productivo del científico cubano.


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