Actualizado: 20/01/2017 14:43
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Reformas, Economía, Cambios

Fidel Castro murió, pero su estilo de gobernar vive

El próximo año enfrentará a Cuba, como nunca antes, a la dicotomía entre economía y política

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Un resultado importante, durante los años en que Fidel Castro estuvo ausente —públicamente y en las decisiones cotidianas— del poder en Cuba, es que el castrismo, no en cuanto a manifestación ideológica sino en lo que respecta a mecanismo para perpetuarse en el poder, no terminó ni incluso da muestras de debilitarse incluso ahora que ha muerto.

No deja de resultar asombroso que una figura que durante décadas ejerció el poder de forma tan personal pudiera pasar a un aparente segundo plano y no ocurrir nada en la nación en que impuso sus criterios hasta en los aspectos más triviales.

Entonces fue lógico formular al menos dos preguntas indispensables: ¿era realmente tan personal su mandato? y ¿hasta qué punto dejó de ejercer un papel guía en esos años transcurridos en que se supo tan poco de su padecimiento, de sus posibles recaídas —que sin duda ocurrieron—, y en que sus subalternos prosiguieron con una fidelidad absoluta un guion que parecía trazado desde mucho tiempo antes, aunque mantenido en el más absoluto secreto, pese a declaraciones y advertencias conocidas?

Respecto a la primera, tanto ahora como ayer caben pocas dudas. Fidel Castro determinó por años desde los sabores de helados hasta las diversas estrategias en la arena internacional. Fue todopoderoso y omnipresente.

Cabe entonces buscar en la segunda interrogante las claves de esa limitada transición sin sobresaltos y sumamente controlada.

Lo que presenciamos con la transición de mando fue el fin de un estilo de gobierno, sin que ello implicara el final de ese Gobierno. Es decir, el abandono o transformación de una forma de gobernar unipersonal al extremo en los detalles del hacer cotidiano, pero al mismo tiempo la preservación, aunque con los requeridos ajustes, del mecanismo necesario para mantener el poder.

Desde la perspectiva del exilio, a partir del 31 de julio de 2006 —con la entrega temporal del mando de Fidel Castro— el proceso ha tendido a verse con una óptica pendular, cuando la realidad y la historia cubana tienden al círculo o a la espiral. Se acumularon discusiones sobre dos conceptos supuestamente antagónicos: sucesión y transición. La sucesión es el legado hereditario, el paso de un monarca a otro, el feudalismo cubano en su mejor representación. La transición tiende a definirse como todo lo contrario: el paso o el salto de un sistema a otro. En este sentido, quizá mejor que hablar de transición, sería apropiado utilizar el concepto de transformación. Cuba entre la estática (sucesión) y la dinámica (transición).

Solo que la realidad es mucho más compleja. Asistimos a una sucesión que fue, hasta cierto punto, también una transición. Si la sucesión se produjo oficialmente con la presidencia de Raúl Castro, por algún tiempo se mantuvo la interrogante del alcance de los cambios, y si realmente estos iban a llegar a la categoría de cambios estructurales. La ilusión fue disminuyendo hasta desaparecer, y por ello ahora solo en Miami se ha notado un cierto renacer —de evidente corta duración— de que el final de la presencia física de Fidel Castro indique el inicio de esa ecuación ya resulta —en términos favorables para la Plaza de la Revolución— entre sucesión y transformación o transición hacia otra forma de ejercer el poder.

Lo que en estos diez años de administración de Raúl Castro ha sido el mayor cambio ideológico producido, es la desaparición del ideal de igualdad, nunca alcanzado, pero siempre esgrimido como razón de ser de la revolución durante todo el tiempo que Fidel Castro asumió el control del país.

Ahora ya se sabe que quienes gobiernan en la Isla no pretenden que todos los ciudadanos disfruten de los mismos beneficios, ventajas e incluso privilegios. Ello implica el reconocimiento de una división social y económica entre los cubanos, que el gobierno ya no tiene miedo en admitir.

El dilatado proceso de cambios, en lo que respecta a la esfera económica, ha sido dictado por razones políticas: hacer lo necesario para evitar cualquier peligro de inestabilidad que pueda llevar a un estallido social. Y es por ello que la pregunta fundamental, muchas veces no formulada adecuadamente durante estos años, ha sido la siguiente: ¿le interesa al actual mandatario cubano una transformación? Sí, en cuanto a lograr que el socialismo funcione. No, si ello implica una pérdida del poder o el fin del sistema que se comenzó a implantar el primero de enero de 1959.

Pero si a Raúl Castro no le interesa una transición política, enfrenta graves dificultades para lograr una transformación económica.

Durante el Gobierno de Fidel Castro se impuso el criterio de no guiarse por una mentalidad empresarial, preocupada por el rendimiento y las ganancias, sino lograr ventajas económicas como resultado de los objetivos políticos.

Raúl Castro parece ser todo lo contrario: el hombre que quiere que “las cosas funcionen”. Solo que en diez años poco ha logrado avanzar en este terreno, y la eficiencia continúa siendo una frontera y no una conquista. Por ello el próximo año —porque lo poco que resta de éste transcurrirá apresado en remorar el fallecimiento— enfrentará al país como nunca antes a la dicotomía entre economía y política.


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