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Fidel Castro, Trump, Deshielo

Fidel Castro, Trump y el “deshielo”

La muerte del mayor de los Castro es el fin de una era. Pero, ¿cuándo se podrá en marcha la siguiente?

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La muerte de Fidel Castro abre una interrogante adicional —y fundamental— sobre el rumbo que tomarán las relaciones entre Washington y La Habana.

La respuesta a la pregunta no se conocerá de inmediato, pero hay un hecho cierto: la muerte del mayor de los Castro es el fin de una era. Pese a que se mantenía alejado del mando sobre los asuntos cotidianos en Cuba, y pese a su enfermedad, continúo siendo un referente, no solo para el sector más conservador e ideológico dentro de la elite gobernante, sino de supuesto “arbitro simbólico” dentro del complejo —y oculto— pugilato por inclinar hacia una tendencia u otro el rumbo económico de la sociedad cubana. No se trata, simplemente, de verlo todo en términos de una lucha por el poder —sobre la cual, hasta el momento, ha actuado con decisión y eficacia Raúl Castro— sino de abrir o cerrar los límites establecidos para un desarrollo económico que logre prescindir de ciertas trabas “ideológicas” que impiden su avance.

“Los cubanos ya enterraron hace tiempo a Fidel”, dijo a la AFP un diplomático occidental que vivió varios años en Cuba. “Ellos tienen la cabeza puesta en el futuro, para muchos no es más que un glorioso recuerdo”, agregó bajo condición de anonimato.

Sin embargo, es difícil minimizar el impacto que tendría en la Isla la desaparición del padre de la revolución cubana. La figura paternal del “Comandante en Jefe”, tan respetada como temida, ha permanecido incluso después de que este abandonara el uniforme verde oliva por un atuendo deportivo. Quizá no tanto en la mente de las jóvenes generaciones, pero sí en el imaginario divulgado por la prensa y otros centros de poder. No es que a los jóvenes les importara poco —o incluso desconocieran en muchos casos— todo lo relativo a Fidel Castro, lo decisivo aquí es que los funcionarios medios y otras fuerzas activas y determinantes en la Isla permanecían atemorizadas por esa presencia que “no estaba”, pero seguía vigente como una sombra poderosa.

Así, mientras a los efectos de gabinete del Gobierno y del órgano partidista no hay que esperar de inmediato cambio alguno, sino recordar que tales mandos vienen siendo ocupados, desde hace diez años, por figuras escogidas, cercanas o de acuerdo a los patrones establecidos por Raúl Castro.

Pero además la muerte de Fidel Castro anuncia, de manera aplastante, ese final de una generación que por décadas ocupó las principales posiciones de mando y cuyos valores intereses —incluso con las sustituciones por motivo de edad efectuadas en los últimos años— han mantenido su vigencia.

“Con la muerte de Fidel, la situación política y económica probablemente se abrirá. Le quitará un peso a Raúl. El no tendrá que preocuparse más por las contradicciones con su hermano mayor, una personalidad avasalladora”, dijo a la AFP Michael Shifter, presidente de Inter-American Dialogue, un centro de estudios estadounidense.

“La expectativa de cambio va a crecer entre la mayoría de los cubanos. La muerte de Fidel muy ciertamente abrirá la puerta a mayores conflictos y confrontaciones entre quienes ejercen el poder. Se habrá ido el supremo árbitro de todos los conflictos en Cuba. Raúl tendrá más, mucho más espacio, pero también lo tendrán sus adversarios políticos”, agregó Shifter.

Aunque más prudente, la opinión de Arturo López Levy, especialista en asuntos cubanos del Centro de Estudios Globales de la Universidad de Nueva York, coincide en el aspecto de que se abre una posibilidad para mayores cambios.

“Después de la muerte de Fidel Castro, ganarán ímpetu la reforma orientada al mercado y la erradicación de las políticas comunistas más impracticables. Sin el carisma de Fidel, las disposiciones del Partido Comunista descansarán en los resultados económicos”, dijo a la AFP.

Aunque “el impacto sobre el ritmo y la naturaleza de las reformas de Raúl será limitado. Raúl ya tiene la última palabra en la aplicación de su agenda de reformas. El no necesita probar su legitimidad”, añadió López Levy.

La muerte de Fidel Castro brinda además la posibilidad de un necesario compás de espera al presidente estadounidense electo, Donald Trump. Si bien Trump no ha declarado al caso cubano como una prioridad, al menos durante los primeros cien días de su Gobierno, ahora tiene un argumento adicional, tanto para actuar en favor de un cambio de política, por parte de la Casa Blanca, como para dilatarlo.

Hasta ahora la única señal evidente de que Trump parece dispuesto a cumplir las promesas formuladas, durante las últimas semanas de su campaña, con el exilio histórico de Miami, es el llamado al cabildero Mauricio Clever-Carone para formar parte del grupo que lleva a cabo la transición gubernamental en Estados Unidos.

Pero la entrada de Clever-Carone a dicho grupo admite, al menos, dos lecturas. En su calidad de experto dentro del equipo que perfila el futuro del Departamento del Tesoro Clever-Carone vuelve a una función que ya llevó a cabo durante la transición hacia la presidencia de George W. Bush. Por otra parte —y este es el aspecto que ha despertado las ilusiones del anticastrismo más “vertical”— precisamente es el Departamento del Tesoro quien tiene a su cargo, junto con el de Comercio, el cumplimiento de la Ley Helms-Burton y la evaluación de hasta dónde se puede llegar en las flexibilizaciones vigentes tras las órdenes ejecutivas de Barack Obama. Solo que también es bueno recordar que durante el mandato de Obama muchas de las regulaciones impuestas por la ley no solo se han cumplido, sino que han aumentado —por ejemplo— las multas.

Así que, en el caso de que Clever-Carone —conocida figura en favor del mantenimiento del embargo— pasara a desempeñar un cargo o ejerciera algún papel en un aspecto tan especifico, dentro de dicho departamento, ello no puede considerarse como único factor decisivo en una posible marcha atrás de las directivas formuladas por Obama.

Lo más importante —dentro de la nueva situación creada tras el fallecimiento de Castro— es que Trump, el futuro “presidente buen negociador”, tiene ahora un marco distinto de referencia —no se sabe aún cuánto podría cambiar al respecto— a la hora de lograr un “mejor acuerdo” con La Habana, como ha expresado en más de una ocasión. Y que la “pelota”, que al parecer estaba en manos de Washington, vuelve a colocarse en el terreno habanero.


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