Actualizado: 27/03/2017 10:38
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Disidencia, Oposición, EEUU

La disidencia y Washington

Tanto la oposición como el exilio tienen ahora la posibilidad de comenzar a transitar por una vía independiente

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Al igual que el embargo. Como ocurrió con las incursiones armadas y los actos de sabotaje. De la misma forma que viene sucediendo en la arena internacional. La política de Washington hacia la disidencia es un fracaso.

El fiasco se hace manifiesto en momentos en que la oposición pacífica cubana continúa enfrentando un constante hostigamiento por parte del régimen, sin que el “deshielo” en las relaciones entre Washington y La Habana logre influir en lo más mínimo en un cambio de actitud por parte de la Plaza de la Revolución.

Nacida con total independencia de Estados Unidos, la disidencia conforma un cuerpo heterogéneo. Pero en cuanto a imagen en el exterior, siempre enfrenta igual problema: mientras algunas organizaciones no reciben fondos del Gobierno estadounidense, el argumento del dinero sirve para demonizarlas a todas. Al mismo tiempo, el tratar de silenciar las críticas respondiendo que sirven a los fines de La Habana es repetir la vieja táctica de aprovecharse de la conveniencia política para obtener objetivos personales.

La amenaza de una excesiva dependencia política al dinero norteamericano no ha provocado ni un rechazo generalizado —por parte de la oposición en la Isla—, ni una respuesta emotiva y efectiva en el exilio. No hay el intento de suplantar con fondos cubanos la mayor parte del dinero destinado a los afanes democráticos en Cuba, lo que no niega que organizaciones privadas realicen envíos.

También la imagen en el exterior de la disidencia la ha mostrado con una mayor preocupación por las libertades políticas en muchos casos, que con un interés por destacar la urgencia de un programa de justicia social.

Una cosa es aspirar a que se adopten los beneficios de un sistema democrático similar al norteamericano —cuyas virtudes y defectos lo sitúan por encima del actual régimen cubano—, y otra muy diferente es empeñar la gestión opositora con la sospecha de una dependencia excesiva a la política de un gobierno extranjero.

Si bien el Gobierno de La Habana no ha logrado establecer un programa de desarrollo económico que satisfaga las necesidades de la población, sí ha sido capaz de mantener al pueblo bajo el régimen de una economía de subsistencia. Ni el desarrollo ni la miseria extrema generalizada en tiempo y espacio.

Mientras la disidencia pudo en un momento enfatizar sus demandas sobre las diferencias en los niveles de vida, incrementadas en los últimos años, en su lugar encaminó el discurso hacia la lucha por una alternativa política y reclamos en favor de la libertad de expresión. Este esfuerzo se vio afectado por la represión en Cuba, pero tuvo una amplia repercusión internacional.

La situación, sin embargo, ha derivado hacia un panorama en que elementos dispersos y contradictorios contribuyen al statu quo: la obligatoria mención a la disidencia de los gobiernos extranjeros —desde los europeos al norteamericano—, mientras en la Isla impera el hecho de que el movimiento continúa sobreviviendo en medio de la apatía de la mayor parte de la población.

De ahí que resulte poco afortunada cualquier comparación, desde el exterior, entre el papel del movimiento disidente cubano y la función que desempeñaron en su momento organizaciones como Solidaridad en Polonia.

La discrepancia entre la proyección internacional de la oposición en Cuba y su bajo relieve en la Isla ha sido un factor que ha contribuido a perjudicarla por vías diversas.

Desde la acusación injusta de recibir fondos que en realidad se gastan en Miami hasta la promoción de figuras menores a partir de sus afinidades con el exilio de ultraderecha.

Sin embargo, donde los opositores han resultado más afectados es en la repetición de errores por parte de Washington. Tanto cuando financió la lucha armada contra Castro como cuando ha apoyado la vía pacífica, Estados Unidos ha impuesto no solo su ideología sino también su política. Son los cubanos quienes han pagado por ese error.

El cambio de estrategia del Gobierno de EEUU, ya conocido pero reafirmado ahora con una directiva presidencial, que enfatiza claramente que la administración no buscará “un cambio de régimen” en la Isla, permite al exilio y a la propia disidencia desarrollar una vía en que podrán demostrar si su interés es realmente el avance de la democracia en Cuba. O al menos dejar en claro su capacidad o no para conseguir dicho objetivo.

Si el plan de Washington es proseguir apoyando el intercambio entre los pueblos, la expansión del comercio, los cambios económicos en la Isla, y dentro de ese marco intentar un mejoramiento del respecto de los derechos humanos, la disidencia y el exilio tienen todo su derecho a desarrollar una vía alternativa para lograr sus objetivos. Alternativa que, por supuesto, puede cuestionar la efectividad del plan del presidente Barack Obama, y priorizar sus propios objetivos, pero que en tal caso no debería contar —pedir o exigir— el apoyo financiero estadounidense para lograr sus fines.

El desarrollo de este plan independiente, por parte de los opositores y las organizaciones del exilio —tanto en EEUU como en Europa, especialmente en España— debería, a partir de ahora, desarrollar fuentes de sustentación financiera propias para sus fines.

A partir de tomar en cuenta la capacidad económica del exilio cubano, dicho propósito no debería ser difícil de alcanzar, salvo que exista una falta de interés en llevarlo a cabo.

Si realmente hay tanto exiliado que verbalmente se declara favorable —y dice apoyar— los esfuerzos de la disidencia en Cuba, y que por otra parte considera que en buena medida las labores llevadas a cabo por dichos grupos opositores en la Isla han sido adecuadas, tomando en cuenta la represión que enfrentan, es de esperar que estén dispuestos a meter la mano en sus bolsillos y contribuir con una pequeña cuota, en la medida de sus posibilidades, a la continuación de estos objetivos.

Tomando en consideración que lo planteado por la nueva directiva presidencial mantendrá una vigencia a mediano plazo, con independencia de quien ocupe la Casa Blanca a partir del próximo año, lo lógico, tanto para la disidencia como para el exilio, es comenzar a desarrollar una vía alternativa y propia con independencia de Washington.

Aferrarse a la óptica de que el cambio en Cuba pasa por la anuencia o el apoyo de EEUU es repetir un esquema de dependencia que solo garantiza, para unos pocos, el respiro emocional de achacar a otros las limitaciones propias. Aunque ampararse en las culpas ajenas puede aliviar el espíritu, en la práctica lleva a resultados nulos. Es cierto que por un tiempo persistirá el espejismo en Miami de ver al alcalde de la ciudad asistir a actividades donde supuestamente se busca ese “cambio de régimen” que el Gobierno federal ha eliminado de su agenda, pero ello no es más que una característica de la división de poderes en EEUU, las diferencias claras entre los gobiernos locales y el nacional que siempre han imperado, y de la cual los estados sureños —como Florida— siempre se han caracterizado en sentar pautas, para bien y para mal.

En la práctica, y ello rige para todas las dependencias federales —entre ellas el FBI— el Gobierno de EEUU ha dejado en claro que no busca un cambio de régimen en la Isla, sea por la vía que sea. Aquí radica —más allá de la eliminación de límites a la compra de ron y tabacos para los viajeros que vienen de Cuba— lo fundamental de la nueva directiva de Obama. Y más allá de gestos simbólicos y protocolares, la oposición y el exilio deben prepararse para comenzar a transitar su propio camino. Lo que no se sabe aún es si ello será, en última instancia, una bendición o todo lo contrario.


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