Actualizado: 26/04/2017 9:36
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Exilio, Miami, Cubanos

Los cubanos, Miami y la olla

El exilio cubano ha logrado una transformación que le permitió darle la vuelta a la olla sin caer en ella

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Pocos recuerdan al escritor inglés y líder sionista Israel Zangwill, salvo por el tema de una de sus obras de teatro, The Melting Pot. Para Zangwill, a principios del siglo pasado, Estados Unidos era el crisol donde los inmigrantes de todas las naciones venían a fundirse. Pero si hubiera imaginado que varias décadas después más de un millón de cubanos se iban a establecer en este país, habría cargado con su caldero para otra parte.

Las naciones y razas que se mencionan en The Melting Pot proceden de Europa; los asiáticos, negros, caribeños y latinoamericanos quedan fuera de la definición, como los mexicanos en el recuento de los 21 asesinatos de Billy The Kid.

Cuando en 1959 se inició la diáspora cubana, los primeros en llegar no pensaban como Zangwill ni tenían el menor interés de fundirse en el pot. Creían que su permanencia en este país sería breve. Pronto los acontecimientos les hicieron modificar ese punto de vista, pero ello no evitó el surgimiento de una leyenda, donde Miami pasó de ser un sitio de veraneo a una ciudad moderna, al tiempo que se transformaba en la “capital del exilio”.

Esta dualidad ha definido la vida en la ciudad por más de cinco décadas, a través de cambios donde la beligerancia ha adoptado diversas formas, aunque siempre con un éxito limitado.

El exilio cubano ha logrado una transformación que le permitió darle la vuelta a la olla sin caer en ella: los cubanos se han convertido en una minoría influyente en la política exterior estadounidense mediante los mecanismos de la política nacional: cabildeo, poder electoral y presencia en el Congreso.

Nunca Miami ha resultado un fenómeno fácil de asimilar por el resto del país. Primero fueron las luchas intestinas de los grupos de exiliados, los ajustes de cuenta y los atentados dinamiteros. Luego la convulsión creada por las diferentes avalanchas de refugiados.

A los intentos de considerarla una ciudad tropical, una especie de avanzada de la civilización, donde existen oportunidades de hacer negocios y disfrutar de unas vacaciones placenteras, se han opuesto siempre aspectos más sombríos: corrupción política, años de elevadas tasas de criminalidad y una intransigencia en cuestiones que van de lo banal a lo esencial, pero que siempre resulta incomprensible para los otros.

La realidad es que al tiempo que el exiliado demuestra una enorme capacidad para desenvolverse y triunfar en el trabajo cotidiano, su vida, su memoria y su futuro giran sobre un círculo de esperanzas nunca realizadas: vive guiado por la ilusión de un futuro improbable y de un pasado espurio.

Así nació el estereotipo, bajo el cual se le percibe: un ser que se niega a ser catalogado como inmigrante, y reclama siempre el título de exiliado, pero acosado por las contradicciones o las disyuntivas entre ambos modelos de conducta, aunque ello a veces parece no preocuparle.

Por eso actúa como si tuviera múltiples personalidades. La publicidad y la propaganda se mezclan indisolubles en su vida. La arenga y la discusión política con la tarjeta de negocios y el comercial oportuno. Acude a los actos políticos y está pendiente de las noticias, pero no despega el ojo de la caja contadora.

Aunque en la mayoría de los casos es solo un cubano. Un ciudadano que vive una vida extraña en una ciudad conocida, la única donde su desarraigo se hace más llevadero: no pertenece a Estados Unidos ni a la Cuba donde ahora gobierna Raúl Castro. Para él, la patria es solo una realidad emocional, producto de la fantasía y la nostalgia. Por ello el cubano dentro y fuera de la Isla siempre se ha jugado su última carta a Miami, donde cree poder conservar su identidad.

Ningún exilio puede convertirse en un fin en sí mismo. Quienes se apoyan en los instantes de victorias y derrotas, para seguir aguardando el retorno al pasado, terminan atrofiados en la espera. Cada hora señala que solo quedan abiertos dos caminos, que por momentos se cierran para los que están renuentes a transitarlos: desarrollarse como una comunidad integrada al resto del país y apoyar la lucha de los que buscan una sociedad democrática en la Isla. Esta última es la única alternativa que ayuda a sentar las bases de una Cuba poscastrista, no la importación del modelo miamense.

De The Jazz Singer (1927) a La Bamba (1987), la lección del cine estadounidense siempre es la misma: el triunfo del inmigrante o hijo de inmigrante es mayor a medida que se integra más al país de adopción. Hasta hace unos pocos años, recorrer La Pequeña Habana era visitar las ruinas del primer enclave cubano, donde los nombres de los establecimientos pretendieron perpetuar una ciudad perdida. Ahora las ruinas también van desapareciendo. No son los restos de un fracaso: son las huellas de un triunfo. Los logros de los cubanos, la expansión a toda la ciudad, han contribuido a la pérdida de una identidad con la que se quiso encasillar a todo un pueblo, y que solo representa un estereotipo.

Sobre los cimientos anglos, establecidos por Henry Flagler, Carl Fisher y Julia Tuttle, los cubanos le otorgaron la inicial característica latina a la ciudad, que en los últimos años ha ido expandiéndose y transformándose, convirtiéndose más y más en un ámbito latinoamericano.

El cine de nuevo: de Wind Across the Everglades (1958) —esa obra maestra de Nicholas Ray casi olvidada en espera de que algún ecologista la rescate; si tanto ecologista no fuera tan insensible y despistado en su ideología extremista y su búsqueda desesperada de los donativos del Gobierno y las grandes corporaciones—a las diversas películas que años atrás se filmaron o tuvieron por escenario a Miami, la ciudad se ha representado como un centro de vanidad, corrupción y delito en que el heroísmo y el amor luchaban por abrirse paso.

La disyuntiva entre asimilación e identidad (o estereotipo de la identidad) es fue el tema de la película que mejor aborda el drama del exiliado en Estados Unidos, El super (1979), donde el cubano enajenado, al borde de la locura y el suicidio, coloca su esperanza final en Miami.

¿Un salto al vacío? Si bien es cierto que, en sus elementos más visibles y superficiales, restaurantes, “botánicas”, una sola que sobrevive de las tres emisoras de radio que durante una época dominaron el espacio radial, Miami conserva una fuerte identidad cubana tradicional, en cuanto a la composición poblacional la va perdiendo.

Los hijos y nietos de inmigrantes forman parte de la cultura norteamericana, los cubanos llegados después del Mariel tienen una mayor disposición a integrarse al país de adopción.

Surge de nuevo el ejemplo del cubano medio llegado a los comienzos del éxodo, que ha permanecido por décadas en Miami, que ha desarrollado en ella una gran parte de su vida y criado a sus hijos. No es solo una forma de comportarse, es sobre todo un trauma emocional. Aunque con el tiempo haya disminuido su participación activa en las luchas locales, en sus sentimientos se mantiene detenido en la llegada. Este cubano aún es el predominante como estereotipo adoptado por otras nacionalidades y grupos étnicos, entre ellos los anglos y negros.

Para este cubano exiliado, los sentimientos de fidelidad hacia un país u otro no parecen preocuparle: tiene dos patrias, pero no son una las dos. Como definición legal y práctica ha adoptado la ciudadanía estadounidense (por su renuencia a viajar al extranjero con un pasaporte emitido por el régimen castrista, debido también a que la misma en ocasiones le facilita oportunidades económicas y beneficios sociales, o por simpatía hacia Estados Unidos), pero no por ello ha dejado de sentirse cubano.

Asimilación y desarraigo que son dos monstruos con dos cabezas (¿o son uno los dos?).

Por mucho tiempo, el debate sobre el exilio giró sobre conceptos que ya no son suficientes para explicar la diversidad alcanzada durante décadas. No se trata simplemente de si cada vez los miembros de la comunidad cubana se comportan más como inmigrantes y no como exiliados o de si los conceptos de patria, bandera e himno nacional —por citar los más obvios y también los más esquemáticos— son mejor reverenciados por los que llegaron primero.

Admitir la diversidad —la existencia de diversos códigos de valores en individuos y grupos que han tenido un distinto desarrollo— no es una concesión: es la única forma de supervivencia. No es, como aseguran algunos, considerar funesto todo lo que procede de Cuba tras el régimen castrista, ni tampoco —como se atreven a decir unos pocos— salvaguardar los “logros de la revolución”.

Ningún plato de la cocina cubana ha logrado extenderse por Estados Unidos. Ninguno va más allá de los restaurantes étnicos. Las “medianoches” no dejan de ser una evocación miamense. El “sangüiche” cubano ha ido perdiendo terreno en Nueva York, a medida que los emigrantes más viejos han emprendido un nuevo éxodo hacia Miami. No es fácil encontrar un “cubano” verdadero en la ciudad, se quejaba años atrás un periodista de The New York Times. Solo en Miami, el último enclave. La ciudad del pasado o del futuro. Un lugar único en Estados Unidos.


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