Actualizado: 24/06/2017 12:00
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Literatura, Comunismo, Nazismo

Aviso de lo que estaba por venir

Al escritor checo Jiří Weil, le tocó sufrir en carne propia la inhumanidad y las atrocidades de los dos sistemas totalitarios del siglo pasado: el comunismo y el nazismo. Esa sobrecogedora experiencia vivida la narró en sus libros

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La traducción al español de Moscú: Frontera (Ediciones del Oriente y el Mediterráneo, 2005) casi no tuvo eco en los medios de prensa y los críticos, lo cual debe haber sido una de las razones de que pasara inadvertida para los lectores. También pudo haber influido el hecho de que saliese bajo el sello de una editorial pequeña. Mucha mejor suerte han corrido otras dos novelas de su autor, el checo Jiří Weil: Mendelsson en el tejado y Vida con estrella, ambas publicadas por Impedimenta. La primera viene avalada con un prólogo del renombrado escritor norteamericano Philip Roth.

A Jiří Weil (1900-1959), le tocó sufrir en carne propia la inhumanidad y las atrocidades de los dos sistemas totalitarios del siglo pasado: el comunismo y el nazismo. Esa sobrecogedora experiencia vivida por él la narró en sus libros. Era hijo de un pequeño empresario judío y desde joven simpatizó con las ideas revolucionarias. En 1921 ingresó en las Juventudes Comunistas y al año siguiente realizó su primer viaje a la Unión Soviética. Allí entró en contacto con la vanguardia rusa y con las teorías de los formalistas. Había estudiado Filología Eslava y Literatura Comparada en la Universidad Carolina de Praga, donde se graduó con una tesis sobre Gógol y la novela inglesa. En 1924 publicó La literatura revolucionaria rusa, uno de los primeros estudios sobre ese tema que se escribieron en Europa. A él se debe además la primera traducción al checo de la poesía de Maiakovski, así como la difusión entre la intelectualidad de su país de varias publicaciones futuristas, que tuvieron una gran influencia entre los pioneros de la vanguardia artística checa.

En 1933 viajó de nuevo a la Unión Soviética, esta vez para cumplir una tarea del Partido Comunista de Checoslovaquia: traducir las obras de Lenin (debido a los problemas que después tuvo, aparecieron firmadas por… un zapatero checo). Esta segunda estancia suya coincidió con la muerte de Serguéi Kirov, que desató una ola de arrestos, procesos y muertes que dio inicio a las purgas orquestadas por Stalin. El propio Weil se convirtió en víctima del terror estalinista a causa de un incidente kafkiano. Fue contactado por un agente del NKVD, el servicio secreto soviético, para que como militante realizara una tarea. Esta consistía en viajar a Alemania y entregar cierta suma de dinero a las familias de los comunistas encarcelados por los nazis. Era una misión secreta y debió jurar que no revelaría nada sobre su viaje. Antes de salir, dijo en la editorial del Comintern donde laboraba que se iba de vacaciones por tres semanas a Crimea. Arriesgando la vida, fue a Alemania y cumplió la tarea que le habían asignado. A su regreso a Moscú, lo detuvieron. En la editorial descubrieron que no había ido a Crimea, sospecharon y como él no pudo justificar su ausencia fue detenido.

A lo anterior se sumaron unas cartas que había enviado a Moscú, y en las cuales reflejaba su desencanto con el régimen soviético. Su proceso tuvo lugar por la misma etapa en la que se realizaban detenciones masivas. Consiguió escapar de la pena de muerte gracias al apoyo de sus compatriotas de la editorial. Fue expulsado del Partido y lo enviaron a un “campo de reeducación” en Kazajistán. Tras varios años allí, en 1935 le permitieron volver a Checoslovaquia.

A partir de esas vivencias, escribió dos obras que vieron la luz en 1937: Los checos construyen en el país de los planes quinquenales, una recopilación de reportajes, y la novela Moscú: Frontera, uno de los primeros testimonios sobre la represión y las purgas en la Unión Soviética. Esta última, en particular, tuvo una muy mala acogida en el ambiente político e intelectual checo de entreguerras, y generó un violento debate. Eduardo Fernández Couceiro, su traductor al español, comenta que “fue recibida con gran inquina tanto por la crítica marxista como por la de orientación burguesa. Para la primera, Weil era un traidor, un burgués disfrazado que se había arredrado ante las incomodidades materiales de la vida diaria en la Unión Soviética, para la segunda, Weil seguía siendo un comunista. Salvo contadas excepciones, los críticos trataron la novela como un documento político y no como una obra literaria”. Weil escribió también otra novela, La cuchara de madera, ambientada en un campo de trabajos forzados. Pero prefirió no publicarla para no dañar la imagen de la Unión Soviética (permaneció inédita hasta 1970, cuando apareció una traducción al italiano). De nada le valió, pues los comunistas checos no le perdonaron que se hubiese atrevido a revelar el reverso tenebroso de la sociedad soviética, y lo persiguieron y hostigaron hasta su muerte.

Por otro lado, en Checoslovaquia le aguardaba otra etapa igualmente terrible, debido a su origen judío. En 1939 los nazis invadieron Moravia y Bohemia. Weil perdió su empleo y su mujer, por estar casada con él, también tuvo que renunciar al suyo. La pareja fue despojada de su apartamento y fue acogida por un amigo. Cuando estaba a punto de ser deportado a un campo de trabajo, Weil decidió escapar del exterminio. Una noche dejó en uno de los puentes de Praga su cartera y desapareció. Minutos después, unos miembros de la resistencia antinazi, amigos de su esposa, llegaron al lugar y empezaron a gritar: “¡Alguien se está ahogando!”. Acudieron varios transeúntes que, sugestionados por los gritos, creyeron ver a una persona que era arrastrada por las aguas del río Moldova. Los testigos entregaron la cartera en una comisaría de la policía. Después fue hallada una carta de despedida del escritor, que fue declarado oficialmente muerto. Weil pasó en la clandestinidad el resto de la guerra. Al terminar esta, pesaba 44 kilos y su deteriorado estado de su salud exigió una prolongada atención médica.

Cuando el Partido Comunista llegó al poder en 1948, a Weil le esperaban nuevos sufrimientos. Nunca la perdonaron el pecado de haber escrito Moscú: Frontera. Al año siguiente publicó Vida con estrella, que fue duramente criticada por los ideólogos del nuevo régimen. Estos la consideraban un ejemplo “decadente de existencialismo pernicioso” y a él lo calificaron de “enemigo del pueblo”. Su novela fue retirada de las bibliotecas, sus obras fueron prohibidas y fue expulsado de la Unión de Escritores (cuando comenzó el declive del estalinismo, el poeta y Premio Nobel Jaroslav Seifert logró que lo readmitieran). Pasó el resto de su vida en el Museo Judío de Praga, donde se dedicó a reunir los dibujos hechos por los niños judíos internados en el campo de Terezín. Trabajó de manera continua hasta su muerte, a causa de la leucemia. En 1960 apareció Mendelsson en el tejado, un libro que fue su testamento literario y que tardó quince años en terminar. Durante la Primavera de Praga de 1968, se estaba preparando la edición de sus novelas, pero la llegada de los tanques rusos lo impidió. Solo después de la Revolución de Terciopelo de 1989 Moscú: Frontera y La cuchara de madera pudieron llegar al a los lectores checos.

Dogmas, convicciones y burocracia

Las tres novelas de Weil accesibles en español son todas merecedoras de atención, por su calidad literaria. Acerca de Mendelsson en el tejado, por ejemplo, Philip Roth escribió que su autor “escribe sobre la brutalidad y el dolor con una sutileza que es en sí misma el comentario más feroz que puede hacerse sobre el lado más oscuro de la vida”. Y sobre Vida con estrella, escritores como Harold Pinter y Arthur Miller expresaron su admiración. Sin embargo, la razón por la cual he optado por referirme a Moscú: Frontera responde a que aborda una realidad más cercana a los cubanos, pero sobre la cual en la Isla sigue habiendo un severo e interesado silencio. Conviene decir, no obstante, que Moscú: Frontera no se desmarca del todo de las otras novelas de Weil. Esto lo ha señalado Fernández Couceiro, al comentar que en la misma aparecen los temas centrales del resto de su producción narrativa: las dificultades de insertarse en la sociedad sin perder la individualidad, el enfrentamiento del individuo con las estructuras, el desfasaje entre los ideales y su realización práctica.

Weil escribió esa novela a partir de las vivencias acumuladas por él en sus dos estancias en la Unión Soviética, aunque es obvio que tienen más peso las de la segunda. Así, cuando se conoce su biografía, resulta fácil darse cuenta de que la peligrosa misión secreta en la Alemania nazi que en Moscú: Frontera cumple el personaje de Jans Fischer, fue la encargada a él. Otros dos caracteres, los de Ri y Robert, están basados en Hella Galasová y su esposo, el ingeniero Fischl. Tan claras eran las referencias a ellos, que la policía estalinista los identificó y ambos fueron ejecutados. Pero aunque está construida a partir de ese flujo entre realidad y ficción y de una mezcla de reportaje y literatura, su lectura como novela no defrauda, además de que posee unos valores estéticos muy encomiables.

La novela está dividida en tres bloques, llamados “Libro primero: Ri”, “Libro segundo: Jans Fischer” y “Libro tercero: Rudolf Herzog”. Esa distribución corresponde a la importancia que esos personajes tienen en cada uno. Pero en ellos, el autor desarrolla una urdimbre argumental en la que todos intervienen. Se inicia el libro cuando Ri sale de Praga rumbo a la Unión Soviética, para unirse a Robert, quien trabaja allí como ingeniero. La joven piensa que “va a ser difícil vivir en un país desconocido, extraño, sucio, insufrible (…), que ni siquiera es un país, sino una abreviatura —URSS— (…), donde la gente no toma café, no baila, no tiene coche, no va a esquiar a las montañas, no va a las cafeterías y en lugar de eso construye el socialismo, como lee Ri en los periódicos”. Pero estuvo antes en Palestina, en una colonia judía donde la vida también era dura, y al fin y al cabo ella sabe amoldarse a las estrecheces.

Durante su período de adaptación, Ri tiene que acostumbrarse a muchas cosas: las ropas desagradablemente bastas y de espantoso diseño, los tranvías llenos de personas que se empujan unas a otras, el ritmo abigarrado y confuso de la ciudad, las largas colas, el idioma incomprensible, el hedor de los cuerpos desaseados y los gabanes impregnados de naftalina, el frío demasiado cruel, las camareras que no sonríen servicialmente y ponen cara de estar realizando alguna labor administrativa. Pero poco a poco se fue habituando, aunque sin dejar de asombrarse. Comenzó a trabajar en una fábrica de rodamientos. Empezó a asistir a las asambleas.

A través de una amiga común conoce a un compatriota, Jan Fischer. Es miembro del Partido, y además de escribir labora como traductor. Cuando llegó a su departamento intentó protestar contra las rígidas normas que imperaban, pero lo sucedido a un colega brasileño lo hizo desistir. Este era diseñador de cubiertas de libros y cuestionaba que se le obligase a ir todos los días, aunque no tuviera nada que hacer. También preguntó: “¿Por qué tengo que ir a comedor a las cinco y media en punto y, si no, no me dan de comer? A lo mejor no tengo hambre precisamente a las cinco y media. Igual tengo hambre a las cuatro y media o a las siete y media. No puedo poner en hora mi estómago como si fuera un reloj”. Debido a comentarios como esos, el brasileño fue despedido y enviado de vuelta a su país.

Fischer trabaja durante todo el día. Se pasa todo ese tiempo sentado frente a su escritorio. Por las noches va a las asambleas y a los círculos de estudio, pasa a máquina artículos para el periódico mural y, en su casa, estudia y llena estadísticas. Lleva mucho tiempo en Moscú, pero solo ha ido al teatro un par de veces. Los días laborables no tiene tiempo y para los festivos las entradas ya están vendidas hasta con un año de antelación. Solo puede ir al cine, pues la última sesión empieza a las diez y media. Pero la mayor parte de las asambleas acaban a la una de la madrugada. Se celebran con cualquier motivo y en ellas habla el que quiere. A Fischer le echan en cara que no interviene. Y él no comprende por qué debería hablar sobre la necesidad de aumentar la población equina. ¿Qué puede él decir sobre ese tema? Piensa que “quizá fuera mejor trabajar sin discursos triunfalistas, después se vería si su trabajo contribuía de verdad al aumento de la cantidad de equinos”.

Cualquiera puede ser el enemigo

Ha logrado ir a pasar unas semanas de vacaciones en un sanatorio en Sochi. Allí todo es agradable y apacible: la comida, las habitaciones, el servicio. Es como si el sanatorio y el paisaje que lo rodeaba pertenecieran a otra sociedad y a otro orden. Al principio, la gente llegada de todos los confines de la Unión Soviética, en su mayoría ingenieros y jefes de construcción, no se acostumbraba a aquello. Tenían “miedo de cometer algún error, porque la vida ociosa y sin preocupaciones es algo imposible: evitan las diversiones sociales, tienen miedo de que se conviertan en una asamblea en la que tengan que responder por los días de inactividad (…) Después, cuando consiguen creerse que de verdad tienen derecho a descansar, no saben cómo expresar su alegría: se quedarían cantando toda la noche, jugarían juegos de sociedad, se ven parejas besándose en cada esquina”.

Aquellas vacaciones paradisíacas estaban casi por finalizar, cuando Fischer recibió un telegrama: lo reclamaban con urgencia en Moscú. Al llegar un miembro del NKVD le pidió cumplir una misión secreta para salvar a un compañero que se halla en prisión preventiva en Alemania. Hace falta una persona inocente, con maneras de hombre rico, para llevar unos documentos. Es una misión peligrosa, pues si cogen a esa persona significará su muerte. Fischer es cobarde, teme morir, pero tras pensarlo acepta. Todo está preparado, ni siquiera necesita pasar por su casa, pues tiene reservada una habitación en un hotel. Nadie debe verlo en Moscú, y a la vuelta fingirá que regresa de las vacaciones. En Alemania todo sale bien, y a él le parece que no ha hecho nada significativo.

Su regreso a Moscú coincide con el asesinato de Kirov, que de acuerdo al editorial de Pravda tiene un trasunto político. En las calles, los ciudadanos claman venganza, hay que descubrir y aniquilar al enemigo. En las asambleas, ya nadie habla de los planes de producción ni de las metas diarias. Toda la atención se centra en la búsqueda del enemigo: “Encontrad al enemigo, quizá sea un amigo vuestro, recordad cualquier conversación sospechosa, cualquier palabra de duda, cualquier risita irónica. Cualquiera puede ser el enemigo, haced memoria y comunicadlo a la asamblea, el que oculta al enemigo es igualmente culpable”.

El arresto de un compañero con quien últimamente había charlado con frecuencia, hizo que Fischer se pusiera nervioso: no había entregado a un enemigo del pueblo. Era tan culpable como él, pues el encubridor es más criminal que el propio ladrón. Pero, ¿cómo iba a saber que ese camarada estaba implicado en una conspiración, si una vez hasta le comentó que pronto volvería a ingresar en el Partido? Advertido por un colega de que en su departamento conocían su relación con el detenido, fue a hablar con uno de los jefes. Este le preguntó qué había hecho en las fechas que coincidían con su viaje a Alemania. Contestó que entonces aún estaba de vacaciones, pero el hombre le comunicó que en el balneario habían informado que salió del balneario antes de tiempo, tras recibir un telegrama de Moscú. Su situación era ahora peligrosa, pues no podía confesar dónde estuvo. Ante su imposibilidad de dar una respuesta, el hombre le dice: “Entonces le voy a decir lo que hizo usted en Moscú. En esos días se celebró en Moscú un congreso de opositores en el que se preparó el atentado a Kirov. Sería mejor que confesara”.

Tras eso, Fischer tuvo que entregar sus documentos e irse para su casa, a esperar que alguien fuese a detenerlo. Le advierten que intentar ir al consulado de Checoslovaquia no le servirá de nada, pues no llegaría muy lejos. Asimismo, le sugirieron que fuera al comedor de su trabajo en otro horario: “Causa mal efecto entre nuestros trabajadores, sabe, entre nuestros trabajadores honrados, que vienen aquí a almorzar. Por supuesto que le tenemos que dar el almuerzo hasta que termine la investigación, pero debería elegir una hora en la que no haya nadie aquí”. Esa hora no existía, puesto que el comedor estaba siempre lleno. “Eso significaba que ya no tenía derecho a almorzar, igual que no tenía derecho a comprar en el economato, igual que no tenía derecho a vivir”. Para él, sin embargo, lo más terrible de todo era el silencio. Todos sus compañeros lo despreciaban, nadie debía hablar con él.

Como era de prever, Fischer fue obligado a comparecer a una purga. Allí el presidente de la mesa da por sentado, sin que aporte una sola prueba, que participó en el congreso de los opositores. A partir de ahí, todos saben lo que se esperaba de ellos y cumplen servilmente su parte del guion. Era un enemigo del pueblo, trabajaba mal, era engreído, expresó uno de los asistentes. Y de inmediato se justificó: “Sospechaba de él, pero era demasiado astuto, no podía demostrar nada (…) Hace mucho tiempo que hubiera pedido a la dirección del departamento que lo despidiera, pero no podía encontrar nadie para su puesto, ya sabéis la escasez de gente que tenemos”. Otro dijo conocerlo desde Checoslovaquia y allí todos lo odiaban. También él había sospechado de Fischer, pero no dijo nada porque “ya sabéis que no llevo mucho tiempo en el departamento y no tuve la oportunidad de hablar de ello”.

Pero a Fischer aún le quedaba por someterse a otra asamblea. “Así que aquí no ha acabado todo. Vas a estar de nuevo en la picota, vas a ser otra vez observado con odio, insultado y maldecido, vas a verte obligado otra vez a hablar y a mendigar una confianza que nadie te va a dar. Muerto, vas a pedir la misericordia de los vivos”. En esa segunda asamblea, no le permiten hablar. Allí se va a dar la noticia de que el camarada que debía salvar con su misión a Alemania ha muerto “como un héroe a la vuelta de un viaje al extranjero”. Y sería una vergüenza que él hablase. Ahora nadie podrá atestiguar su honradez, nadie intercederá en su favor. Ha pasado a ser la mera sombra de una persona, es sencillamente nada.

Si bien es cierto que no alcanza los niveles de excelencia de Vida con estrella y Mendelsson en el tejado, en Moscú: Frontera despunta ya el talento de Weil como escritor. Pero aunque sus valores literarios son muy apreciables —personajes veraces y bien trazados, atinado uso de diferentes perspectivas, historia narrada con fuerza y eficacia—, su gran mérito es el de haber dado uno de los primeros testimonios de la orientación totalitaria que iba a tomar el régimen soviético. En el momento en que fue escrita, Stalin aún no había puesto en marcha la ola de terror, pero sí proliferaban ya las purgas, que devinieron uno de los instrumentos más eficaces para la instauración de su política represiva. Cuando muchos —casi todos— desviaban la mirada u optaban por el silencio cómplice, Weil tuvo la valentía de captar con mirada lúcida y contar lo que estaba sucediendo y, sobre todo, advertir de lo que estaba por venir.