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Actualizado: 01/09/2014 11:14
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Cine, Literatura

¿Caín resucitado?

Elizabeth Mirabal y Carlos Velasco muestran en esta obra a Guillermo Cabrera Infante, quien estableció pautas en la crítica de cine en Cuba hasta ahora no superadas

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Es saludable y muy necesario que una serie de situaciones y personajes hasta ahora tapiadas en el ámbito cultural por el Gobierno cubano salgan a la luz pública. Es el caso de lo que sucedió con el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante.

Elizabeth Mirabal y Carlos Velasco muestran en Buscando a Caín a esta figura problemática, sin pelos en la lengua y anticomunista, aunque no tanto como muchos piensan, y quien estableció pautas en el periodismo cubano hasta ahora no superadas.

En la obra, a través de diferentes personalidades que merecen ese calificativo y otros no, que por suerte algunos iniciaron el viaje final, criticaron y se desatienden de la actitud casi iconoclasta de este profesional cubano de la comunicación, cuando optó por abandonarnos, porque adivinaba lo que le caería encima si continuaba con su irreverente posición dentro de la Isla.

En la serie de entrevistas que aparecen en el libro se refleja que, hasta por el apodo de Caín, con el cual es recordado el escritor desde que lo usaba como seudónimo en su época de crítico de cine, Cabrera Infante fue un tira tiros de madre y muy señor mío, ganándose todo tipo de opiniones buenas y adversas por el mosaico de su labor —que por cierto hasta estos momentos nadie ha podido superar—, máxime también, que los momentos no son los mismos; y segundo, que nuestra prensa oficial, donde las opiniones en el sector cultural provocan el bostezo de un mediodía caluroso, su periodismo al menos alcanzó la categoría de incentivar en la población el interés de leerlo, no como sucede en la actualidad, que esas secciones, son pocos los que la consultan, a no ser los perteneciente a ese ámbito.

Muchos de los entrevistados son, hasta cierto punto, amigos, conocidos y enemigos que no podían faltar. Edith García Buchaca con su interés en lograr que el Gobierno cubano se inclinara al comunismo prosoviético (página 137) y Harold Gramatges, que caracteriza a Cabrera Infante como un “personaje tenebroso” (página 19). Estos dos lanzan sus dardos quizás sutilmente envenados con la saliva venenosa de una cascabel, y se apartan de otras opiniones que se mecen entre verdades y conjeturas sobre la persona conflictiva que fue Guillermo Cabrera Infante : un clásico inconforme con todo o con parte de ese todo que oliera a sectarismo. Otras, a pesar de que en un momento determinado no pensaron igual que él, no pueden negar la importancia que adquirió Cabrera Infante, principalmente debido a sus opiniones y críticas de cine, donde algunas películas no salían muy bien paradas, según sus criterios expresados en muchas ocasiones mediante retruécanos verbales inesperados y muy personales. Trabajos que hasta ahora no han sido superados por nuestros críticos, quienes carecen de originalidad e incluso lo copian. Algo que no es nada nuevo en el periodismo cubano, donde la solapada censura existente no ha decaído.

Unos años antes de 1959 surge Guillermo Infante y su Caín, que adquiere quizás más brío al apoyar el proceso político que continúa en la actualidad, y trabaja para lograr el sueño de que la prensa cubana alcanzara un auge que llamaba la atención y enseñara a pensar y pensar (¡ojo con ese vocablo de pensar!). Sin embargo, todo se vino abajo en este sector con Palabras a los intelectuales, de Fidel Castro, y sus cláusulas de condicionamientos políticos, que propició y casi hasta incentivó entonces que muchos artistas, directores, plásticos, escritores, periodistas y demás, tomaran el triste camino del EXILIO (así con mayúscula), que en la actualidad, y perdónenme la franqueza, esos años sesenta del pasado siglo fueron grandiosos, creando una atmósfera artística como nunca en nuestra historia cultural , gústele a quién no le guste reconocerlo.

Buscando a Caín, escrito por estos dos jóvenes autores, es una obra para considerar. Obra de consulta, de entrever que entre los personajes que aparecen entrevistados, uno se percata que algunos quisieron decir más, pero sabían lo que les pudieran esperar, o los propios autores del libro optaron por quitar lo que no convenía. Eso es más o menos de lo que este comentarista percató, aunque por supuesto puede equivocarse también, porque Mirabal y Velazco tratan de que todo parezca como una ficción y no por gusto, porque uno no entiende y no comprende en su cabalidad y se pregunta cómo pudo suceder todo lo acaecido en esos años, que hasta los mismos jóvenes de la actualidad les costará trabajo entender y entender por qué ese desmembramiento en dicha clase ya no sólo del periodismo cubano sino en el sector artístico en general , donde cierta y muda tristeza y su poco de nostalgia se mantiene, porque una cantidad de ellos se opusieron a lo que se implantó, cuando la divergencia entre los hombres podía arreglarse de tú a tú, cuando hay o hubo deseos que todo se arreglara; o puede también que todo fuera un ardid, y propiciar de que los que tenían otro punto de vista se alejaran de la Isla para siempre, que en la actualidad casi ni se les nombra, a no ser en un libro como éste, cargado de sutilezas, pocas expresiones contra el Gobierno, etc., etc., etc.

De todas formas, se agradece a Elizabeth Mirabal y Carlos Velasco esta obra. Y qué casualidad, editada por Ediciones ICAIC 2012, feudo hasta no hace tanto de Alfredo Guevara. ¿Ironías o que la conciencia prevaleció en los que lo atacaron, o que esas inquisiciones no los dejan aún dormir?


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