Actualizado: 16/08/2017 17:36
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Lichi Diego, Literatura, Literatura cubana

Carta para Lichi cinco años después en domingo

El domingo 31 de julio se cumplieron cinco años del fallecimiento del escritor cubano Eliseo Alberto, “Lichi”, Diego en México

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Lichi: es domingo, iríamos contigo: a verte, a escuchar tus novelas reinventadas o tus cuentos de Maceo impecable con su uniforme militar seduciendo a Panchito, el hijo de Máximo Gómez. Tu Martí en Dos Ríos lazándose sobre las tropas españolas: “Es la imagen más quimérica y crucial de la lucha por la independencia cubana...” Iríamos contigo. Se llenaría tu apartamento: Rafa Rojas, Ailym, Peyi Rodríguez, Rubencito Cortés, Cecilia Bobes... Yo pondría el tocadiscos a todo volumen pa’ bailar con Los Van Van a pesar de tus regaños y pa’ que no me dijeras nada pondría después un CD de Lecuona con “La Comparsa”.

Este domingo pinta mal: entra un sol húmedo por la ventana de mi cuarto que no me gusta nada: tiene tonalidad inversa. Es 31 de julio: cinco años: 240 domingos sin tu respiración sin tu guayabera embarrada de aceite con una mancha bermellona rojiza de cascos de guayaba en el bolsillo izquierdo de los cigarros Populares... tu tenis rojo y tus manazas de carpintero.

Lichi, te veo en la sala de tu apartamento, el último en la colonia del Valle de la calle Tejocote: ese espacio que me sé de memoria. María José duerme en la habitación del pasillo, al fondo la computadora y tus libreros desordenados: en ese rincón, ahí escribías... Estás dedicándome Esther en alguna parte: Peyi te tiró la foto. Este domingo, Lichi, ta’ de tranca sin ti. Este domingo coincide con el domingo que te fuiste. Hace unos días en el edificio porfiriano de Bellas Artes la Secretaria de Cultura del Gobierno de México te preparó un homenaje en coordinación con la editorial Alfaguara, que acaba de reeditar Esther en alguna parte. Yo me puse bravo porque no cabía en el estrado de los ponentes: yo solo quería decir que te extraño, yo solo quería que el público presente supiera que yo soy el negro Carlitos de tu tropa: Bom-Bom Baró, el príncipe africano del relato Otro viaje a la luna dentro de El retablo del Conde Eros, la última novela que publicaste.

Lichi, insisto en la coincidencia. El planeta dio vuelta cinco veces a su almanaque y la ruleta cayó en domingo. Hace exactamente cinco años era domingo y no importaba el trueno de un aguacero que nunca cayó: incumbía la flama de la fogata, el bolero que reza el vendaval sin rumbo que se lleva tantas cosas de este mundo. Hace cinco años era domingo, no me canso de recordarlo. En la cineteca ponían una película de Buñuel y en Bellas Artes un violonchelista japonés estaba interpretando, a las doce del mediodía, una sonata de Bach.

No sé por qué razones, hoy se me presenta el ensueño torcido de Manuel Zequeira y Arango (“Destruirme a mí mismo, mi victoria”). Veo a Julián del Casal deambulando por esquinas oscuras de La Habana. Ernesto Lecuona entona una sevillana que trota sobre el ancladero de la Villa de Guanabacoa. Pongo en el tocadiscos un bolero santiaguero: dos o tres acordes de Manuel Corona confirman “la común aspiración de tener un lugar / donde decir que se ha vivido”. La estación abarca la tranquilidad de una almendra. El tiempo es un paisaje atolondrado con muchas vidas.

Aquí todo sigue más o menos igual. María José tiene un enamorado mexicano que la quiere mucho y la cuida. Las muchachas desandan por los parques con su cabellera negra y la sonrisa inocente en el rostro con esas cejas frágiles y esos labios carnosos como un zapote. En cada esquina hay un ventorrillo que vende batido de mamey y pedazos de melones jugosos. Tus novelas se siguen vendiendo. Informe contra mí mismo está agotado. En los cumpleaños infantiles los animadores recitan fragmentos de En el jardíndel mundo, Del otro lado de los sueños, Breve historia del mundo y Sueña. La película de Chijona, Esther en alguna parte, tuvo buena acogida en taquilla y Daysi Granado vino desde La Habana para presentarla en la Cineteca Nacional.

Lichi, sé muy bien de tu amor por las sombrillas, por los puertos desolados, por el arroyo fluyente, por los papalotes, por la página envejecida de un libro, por los abrazos (nunca los adioses), por los poemas íntimos con flores, por las canciones con cocuyos orientales, por el cursis pasaje de la telenovela estelar, por el anhelo de los amigos, por la muchacha que llega y se marcha sin decir nada, por la primavera atribulada y el sosiego de un beso: así te configuro en mis párpados cansados.

Siempre era domingo para ti, sobre todo cuando tocaba la puerta un viajero cansado en busca de abrigo. Nunca olvidamos, por ejemplo, tu versión de La Metamorfosis: Gregorio no despierta convertido en insecto, sino envuelto en un exuberante desconsuelo y aferrado a la decepción de una funesta historia de amor. Todo en ti desembocaba en el amor. Mira que hemos buscado esos diarios de José Martí con los apuntes de tu imaginación. ¿De dónde sacaste los detalles de la raza del caballo de Dos Ríos o aquel José Maceo perfumado con aromas traídas de París recorriendo la manigua cubana? La trapecista Anabelle y el mago Adrusbal siguen atrapados en un vertiginoso romance en que los espejos y los ecos se entrecruzan.

“Clemencia es una palabra que se usa poco”, inicio de tu Caracol Beach. Tú amas la misericordia de esos personajes huérfanos, desesperados, extravagantes, limpios y cordiales que moran tus libros. “Retorna vida mía que te espero”: Sindo Garay lo pidió en un bolero que te sabías de memoria: te encantaba frasearlo desentonado entre un ron y un whisky. Recuerdo Lichi, el domingo que puse una canción de Lecuona que Esther Borja canta con delirio, “Crisantemo”. Aquel domingo, gritaste varios versos de José María Heredia, y dijiste: “Beso a beso con el exilio, el autor del Niágara exclamaba al mediodía: ‘¡Qué nubes! ¡Qué furor! El sol temblando.’”

Ayer me comí en el mercado de Mixcoac una quesadilla de flor de calabaza y pedí un agua de Jamaica. Hoy me asomé al recuerdo de tus ojos. A veces la muerte nos propone un trato. A veces, no siempre: su premura no da oportunidad para el diálogo. Creo que eso pasó contigo aquel domingo de hace cinco años. Porque quién vio jamás las cosas que yo amo, decía tu papá, el poeta Eliseo Diego. Nunca se sabe. El hombre es el inventor de sus demonios y de su quebrantada felicidad. Siempre te conformaste con las entregas mínimas de tus amigos. Hace cinco años era domingo. Perdonen la letanía, así le advierto a los suspicaces: si no me creen consulten los catálogos meteorológicos. Solo sé que a todos no desguasaba el dolor, todavía nos sigue desguasando.

“La noche es simple y cotidiana / como una hoja de almácigo / por donde cruza / una hormiga redonda, / semejante / en su soledad a los sputnik / y en su minúsculo cuerpo / a los misterios de los sueños. // La noche / es el espejo / de tus oscuros ojos donde duermo”: un sendero de nostalgia abre las puertas. Tú, Lichi, caminas sobre mosaicos de dibujos de tinta negra en letanía. Tu sombra huyó por una bocacalle de la colonia Doctores de la Ciudad de México. Pediste que la enterraran en La Habana: así lo hizo María José, Fefé y unos amigos mexicanos. “El mundo se arropa con el calor de una franela”. Aquí estoy. Domingo, 31 de julio, 2016: Esta mañana corrió una brisa semejante a tu ternura.


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