Actualizado: 23/09/2017 15:02
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Juan Rulfo, Literatura, Literatura mexicana

Centenario de Juan Rulfo/Rulfianas

Cien años del nacimiento de un hombre que nos enseñó a advertir “cómo el cielo se adueñó de la noche y cómo la madrugada fue apagando los recuerdos”

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El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) integran esencialmente la obra de Juan Rulfo (Sayula, 16 de mayo de 1917 – Ciudad de México, 7 de enero de 1986), las dos creaciones de la literatura mexicana de mayor aprobación dentro y fuera de nuestro país. Reconocimiento universal y aclamación de millones de lectores. La obra del jalisciense es patrimonio de todos los mexicanos: nadie puede apropiarse de ese legado. Hoy celebramos y leemos con fervores al escritor que transitó por la neblina y la estepa en busca de la esperanza.

Los directivos de la Fundación que lleva su nombre se han visto obligados a ceder frente a la exigencia de los lectores. Los homenajes se multiplican por todo el mundo. La palabra del autor de Nos han dado la tierra se difunde en los pliegos de impresiones de más 50 lenguas. Rulfo mío de mí, de todos los que habitamos estos cuatro hendidos costados del mundo donde los ladridos de los perros continúan iluminados por la luna.

Las muertes de su padre (1923) y de su madre (1927) propicia que sean sus abuelos los que se encarguen de su crianza. Años en San Gabriel: descubrimiento de la biblioteca de un sacerdote depositada en la casa familiar. El niño Rulfo se refugia en la lectura para ahuyentar el desamparo que lo acosa. Aquellos libros serán determinantes en su disposición de ser escritor.

Traslado a la Ciudad de México donde asiste a cursos y seminarios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Autodidacta interesado en la literatura histórica, antropológica y geográfica de México, se convierte en un conocedor autorizado de esos asuntos. Viaja por todo el país durante los años 30/40 y se sostiene de empleos esporádicos en Guadalajara o Ciudad de México. Su amigo Efrén Hernández lo ayuda a publicar los primeros cuentos. Etapa en que se inicia como fotógrafo.

Años 50: becario del Centro Mexicano de Escritores fundado por Margaret Shedd, quien lo anima para que publique El llano en llamas en 1953, y, dos años después, Pedro Páramo, la novela que lo consagraría como un clásico de la lengua española. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Antecedentes del boom, la desventura y el destino infausto del campo mexicano, la geografía rural: telón de fondo de estas dos publicaciones sustanciales de las letras hispanoamericanas.

Silencio, polvo y neblina. Crónica de una larga tribulación. Estilo intermitente y abreviado en que la pronunciación poética conforma un espacio de oscilante belleza: “Me di cuenta que su voz estaba hecha de hebras humanas. […] Y si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces” (Pedro Páramo). Soledad entrelazada con el sueño como invocación de la infancia. “Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones” (Pedro Páramo).

“Juan Rulfo recupera el espacio vivencial de su infancia y adolescencia, un mundo marcado por las circunstancias geográficas e históricas, un mundo en que los personajes adquieren un relieve especial al ser presentados bajo la opresión de una serie de fuerzas” (Juan Carlos González Boixo, edición crítica de Pedro Páramo, Cátedra 1999). Tiempo de violencia enmarcado en una abominación descarnada y procaz. Los personajes de Rulfo, huraños y lacónicos, se cobijan en los meandros de rencores que se subliman en las excomuniones del polvo latente y perturbador. “Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano” (Luvina).

Discurso edificado desde voces internas en un rompimiento del equilibrio entre la forma de expresión y la forma del contenido. Seductoras las relaciones que establece Rulfo en el binomio Padre-Hijo que se muda a la dicotomía Madre-Hijo: “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselos caro”. Todos somos hijos de Pedro Páramo, dijo en una ocasión Carlos Fuentes. Desandamos buscando una identidad borrada. Caminamos envueltos en el celaje de una estación de frutos agrios que caen como si el cielo estuviera lloviznando lumbre.

Cien años del nacimiento de un hombre que nos enseñó a advertir cómo el cielo se adueñó de la noche y cómo la madrugada fue apagando los recuerdos. “En la literatura buscamos la certeza de un mundo que las restricciones nos han vedado. El conocimiento de la humanidad puede obtenerse gracias a los libros; mediante ellos es posible saber cómo viven y actúan otros seres humanos que al fin y al cabo tiene los mismos goces y sufrimientos que nosotros”, le confesó Rulfo al poeta José Emilio Pacheco. Cien años y una obra literaria en todo su esplendor.

Rulfianas

La escritura de Juan Rulfo conforma un retumbo que se queda dándole volteretas a uno en la cabeza: música que da bandazos. Ahora que regreso a El llano en llamas y a Pedro Páramo me atrapan los subrayados que hice en mi lectura: principio de los años 70. Edición Casa de Las Américas, La Habana. Trazados que volqué en un cuaderno bajo el título de Rulfianas.

De Luvina: “...ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas...”; “...ya no hay quien le ladre al silencio...”; “...el silencio que hay en todas las soledades...”; “...allá el tiempo es muy largo”; “...figuras negras sobre el negro fondo de la noche”.

De La Cuesta de las Comadres: “...todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo”; “Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto”; “Fue cosa de un de repente”.

De Es que somos muy pobres: “Bramó como sólo Dios sabe cómo”; “...los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición”.

De La noche que lo dejaron solo: Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche”; “Abrió los brazos como si quisiera medir el tamaño de la noche”.

De Acuérdate: “Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas”.

De No oyes ladrar los perros:“La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda”.

De La herencia de Matilde Arcángel: “Está bien que uno no esté para merecer. Ustedes saben, uno es arriero. Por puro gusto. Por platicar con uno mismo, mientas se anda en los caminos”.

De Anacleto Morones: “¡Viejas carambas! Ni una siquiera pasadera. Todas caídas por los cincuenta. Marchitas como floripondios engarruñados y secos”.

De Pedro Páramo:“Yo imaginaba ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiro”; “En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde traslucía un horizonte gris”; “Conoce usted a Pedro páramo —le pregunté / Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza/ ¿Quién es? —volví a preguntar. / Un rencor vivo —me contestó él”; “Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día”; “Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer”; “Tu madre era tan bonita, tan, digamos tan tierna, que daba gusto quererla”; “…el siseo de la lluvia como un murmullo de grillos…”; “…llegando hasta el lugar donde anidan los sobresaltos”; “No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire”; “Déjenme aunque sea el derecho de pataleo que tienen los ahorcados”.

Cien años del nacimiento de Juan Rulfo, un narrador con sentencias extraídas de un manojo de cuentos y de una novela-poema que me siguen repicando por su acompasada habla: rondó, liturgia: partitas bachianas.


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