Actualizado: 23/06/2017 19:24
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Fotografía

Cuba desde el ojo de la cámara

Desde hace varios años proliferan los libros de fotografías dedicados a documentar gráficamente distintos aspectos de la realidad cubana de hoy

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El abundante número de libros de fotografías sobre Cuba que han visto la luz resulta un fenómeno curioso. Comenzó hace relativamente poco, creo que a principios de los años 90. En las décadas anteriores fueron escasas las ediciones de ese tipo. Supongo que debido a que entonces para un extranjero habría sido muy difícil moverse con libertad con una cámara, por las sospechas que de inmediato habría despertado. Ahora, en cambio, no pasan muchos meses sin que aparezca un nuevo título. Entre los varios que ahora mismo se pueden adquirir, he escogido dos que serán objeto de estas líneas.

El primero de esos títulos es Cuba (The Monacelli Press, New York, 2010, 128 páginas). Recoge fotos de Jeffrey Milstein, quien además es arquitecto y diseñador gráfico. Su libro se distingue, de entrada, por poseer un formato y un tamaño poco usuales en las ediciones de fotografía: tiene 9 pulgadas de ancho por 6 de alto. Unas imágenes que son todo lo opuesto a las de esos fotógrafos amantes de las obras monumentales, que en ocasiones llegan a ocupar salas enteras de un museo y que intimidan al espectador. Su ejemplo más conocido es el alemán Andreas Gursky, cuyas fotografías rayan en la desmesura.

En el libro se reproducen 103 imágenes que Milstein tomó entre febrero de 2004 y mayo de 2005, durante los viajes que realizó a la Isla. Lo hizo como parte de las misiones humanitarias de Jewish Solidarity, una organización creada en 1993 y cuya sede está en Miami. En un breve texto que se incluye al final del libro, Milstein cuenta que en su tiempo libre se dedicó a recorrer, acompañado de su cámara, La Habana, Trinidad, Cienfuegos, Camagüey y Santiago. En los paseos por esas ciudades su entrenamiento como arquitecto lo llevó a captar detalles, líneas, simetrías; mientras que su faceta de fotógrafo lo llevó a sentirse atraído por los colores y la composición. Esas dos miradas se combinaron y están presentes en las imágenes captadas por él. Todas se remiten a espacios urbanos, tanto interiores como exteriores: fachadas de casas, edificios, establecimientos comerciales, oficinas, teatros, sinagogas. Por otro lado, la selección de los mismos denota un evidente designio plástico. En blanco y negro, esas mismas fotos se empobrecerían de manera notoria.

Los libros de fotos dedicados a ciudades de otros países, digamos Shanghái, Barcelona, Buenos Aires o El Cairo, retratan ante todo el esplendor urbanístico, la hipnosis y el dinamismo arquitectónicos. No es exactamente eso lo que puede captar una cámara en La Habana o en cualquiera de las ciudades visitadas por Milstein. Escenarios de una guerra ocurrida nunca, como las ha definido con acierto Antonio José Ponte, sus “calles destruidas por los bombardeos del tiempo son perfecto escenario para un discurso de plaza sitiada”. Ese deterioro producido por la desidia y el abandono está presente en las imágenes reproducidas en Cuba, pero no de modo ostensible.

Eso obedece, en primer lugar, a que no es el tema conductor. Y en segundo, porque las imágenes no ocultan la simpatía de quien las tomó. Algo que el fotógrafo declara explícitamente en su texto: “My hope is that these photographs offer a poetic glimpse of this frozen-in-time yet optimistic island. I was taken with the richness and beauty of the faded architecture that was once so grand and opulent. The decay and sculptural forms within speak to layers of history and inevitability of change. No matter how hard we try, everything, even our own bodies, slowly decays, but the effect can be very beautiful. The work in this book reflects on change while celebrating the passionate ideals of a people and the energy and light of a country in transition”.

Cubierta del libro de Alex HarrisFoto

Cubierta del libro de Alex Harris.

En ese texto hay algunas afirmaciones que valdría la pena refutar. Pero confieso que hoy no estoy por la labor, así que me limitaré a comentar sobre las fotos, que en definitiva es lo que motiva estas páginas. Milstein se ha acercado a esos espacios urbanos para descubrirles una belleza que difícilmente advertirán quienes pasan a diario ante ellos. No es que haya manipulado las imágenes, algo que actualmente se hace a menudo. Simplemente ha disminuido el ángulo para registrar sólo lo que se ajusta al propósito de su exploración formal. En sus fotos hay, pues, un gesto de reducción estética que tiene como pilares básicos la mirada sensible y atenta y la capacidad de contemplación.

Las fotos que captan fachadas consiguen crear un fuerte impacto visual. En algunas, la destrucción provocada por el tiempo, los agentes naturales y la negligencia ha dado lugar a verdaderas composiciones cubistas. Esa impresión se refuerza porque Milstein demuestra una acusada tendencia a la abstracción, lo que se pone de manifiesto en el hecho de que en esas imágenes no existe presencia humana (en el libro, no obstante, aparecen algunas dedicadas a reflejar a los cubanos en sus actividades cotidianas). Son, ya digo, fotografías que han sabido descubrir y atrapar las sutiles combinaciones cromáticas que se han formando en esas paredes. Surgen de una mirada alejada de la ordinaria, y constituye uno de los rasgos que diferencian el ojo humano del ojo de la cámara.

Historias de una promesa incumplida

En las palabras que redactó para el libro, el dramaturgo cubanoamericano Nilo Cruz hace notar el constante diálogo entre pasado y presente que Milstein hace aflorar en sus fotos. Señala asimismo que la marchita belleza de las fachadas es el testimonio de la grandeza que una vez adornó las calles de Cuba. Apunta también que las descoloridas y deterioradas paredes de los espléndidos y viejos edificios susurran historias de una promesa incumplida, de una suerte de utopía que nunca se llegó a materializar. Y expresa, en fin, que Cuba se presta a ser fijada en las fotografías, dado que la Isla ha existido en un estado de parálisis, detenida en el tiempo, como una balsa de piedra anclada por el peso de un sueño irrealizado. Esta última afirmación suya me ha hecho pensar que en la labor de los numerosos fotógrafos que, al igual que Milstein, han dejado su testimonio gráfico de la realidad cubana de hoy, hay mucho de sorprendente o de inalcanzable, según se mire: se trata de inmovilizar lo que permanece inmovilizado desde hace décadas.

Imagen de Jeffrey Milstein tomada en La Habana, en 2004Foto

Imagen de Jeffrey Milstein tomada en La Habana, en 2004.

Todo lo opuesto al libro de Jeffrey Milstein es The Idea of Cuba (University of New Mexico Press-Center for Documentary Studies ar Duke University, Durham, 2007, 136 páginas). Es una edición de gran formato, de 11½ pulgadas de ancho por 10 de alto, en la cual las fotos ocupan un espacio que duplica el correspondiente a las de Milstein. Están enmarcadas además por amplios márgenes en blanco, detalle ausente en las de Cuba. Harris acompaña las 69 imágenes con un texto que cubre 30 páginas. Al mismo se añade un ensayo, “Cubanidad”, redactado por Lillian Guerra, quien es profesora de Historia del Caribe en la Universidad de Yale. Eso hace de The Idea de Cuba un libro para ver y también para leer.

En el prefacio del libro, Harris recuerda a Walker Evans, el fotógrafo norteamericano que en 1933 tomó en Cuba unas imágenes que hoy constituyen unos valiosos referentes icónicos. A Walker, cuenta Harris, lo tuvo como profesor en un seminario que impartió en la Universidad de Yale. Comenta que en sus clases recomendaba a los estudiantes evitar los museos y, en cambio, prestar atención a lo que sucede en las calles. Ninguno de los que tomaron aquel seminario cuestionó a aquel hombre que afirmaba estar convencido de que la fotografía no se puede enseñar.

Al igual que su mentor, Harris llegó a Cuba en un momento particularmente complicado para el país. Ese primer viaje lo hizo en 1998 y luego volvió en 2002 y 2003. Su plan inicial era tomar fotos de paisajes, pero su descubrimiento de José Martí lo modificó. Llegó a él a través de las estatuas y bustos que durante sus recorridos fue encontrando en los sitios más diversos: escuelas, parques, vestíbulos de edificaciones, jardines, talleres. A partir de ese hallazgo, se dedicó a registrar esas representaciones escultóricas de Martí. Llegó a acumular casi 200, pero en The Idea of Cuba sólo incorporó treinta de ellas.

En una de las primeras fotos que aparecen en el libro, se ve un busto de Martí ubicado entre los portales de dos casas en Santos Suárez, La Habana. Su pulcra blancura y las flores que hay en su base evidencian la atención que le dedican los vecinos. Similar cuidado, aunque sin el detalle de las flores, demuestra otro situado en la acerca, frente a una escuela primaria. En la columna que lo sostiene se puede leer pintado en letras negras un pensamiento martiano: “Un pueblo culto jamás será esclavo”. En otra de las imágenes, la efigie de Martí ha sido instalada sobre un globo terráqueo hecho con tosquedad y escasos conocimientos geográficos. El busto descansa sobre una América del Norte difícil de identificar. La isla de Cuba además posee un tamaño enorme, que supera varias veces el de América Central, y aparece unida a la península de la Florida. Y en otra fotografía, un señor ya cercano a la vejez mira titubeante los dulces que se exhiben en la pequeña vidriera de una cafetería. El gesto captado por la cámara es elocuente: ¿un panqué, un masa real o una empanada? A su izquierda, un Martí de yeso parece como si desviara la vista y mirase hacia otro lado. Como el resto de las que conforman el libro, son fotos que requieren una mirada sagaz y sensible, para poder valorar la sutileza de la estrategia creativa adoptada por Harris.

Fachada de una casa en Trinidad. Foto de Jeffrey MilsteinFoto

Fachada de una casa en Trinidad. Foto de Jeffrey Milstein.

Aparte de la estatuaria martiana, The Idea of Cuba incluye sendos bloques sobre dos referentes que se han convertido en símbolos y arquetipos del paisaje cubano contemporáneo. En uno, el titulado Retratos (así, en español), se reúnen 16 imágenes de muchachas que se ganan la vida como jineteras. Comenta Harris que ese resurgimiento de la prostitución en un país donde desde hacía varias décadas no existía, le pareció una triste ironía no sólo en relación con el ideario martiano, sino también con la imagen revolucionaria que el Gobierno continúa presentando al mundo. No obstante, de no haberlo revelado el propio Harris, el lector no podría vincular a esas jóvenes con la prostitución, pues en la mayoría de ellas no hay insinuación de sexualidad, a no ser la que irradia su belleza. También intervienen los escenarios en los cuales fueron tomadas las fotos, y que en algunos casos corresponden al ámbito doméstico. Viene a ser una especie de extrañamiento, si cabe aquí aplicar el concepto aplicado en el arte escénico por Bertolt Brecht. Hay incluso una, Mother and daughter, en la cual tras la mirada de la chica permite atisbar un sedimento de tristeza.

En Panorama, el otro bloque, Harris fotografió algunos de los indómitos automóviles norteamericanos de los años 50 que aún circulan por las calles de La Habana (Jeffrey Milstein también incluye algunos de ellos en su libro). Esos carros han devenido unos de los iconos más comunes en las imágenes que los artistas extranjeros han tomado en Cuba. Aquí, sin embargo, aparecen registrados de un modo original e inédito. En esas fotografías no vemos los autos, sino que apreciamos el espacio urbano a través y desde ellos. Para ello, Harris se situó en el asiento trasero de esas reliquias que, según cuenta, le recordaban su infancia en Atlanta. Eso, naturalmente, implicó una reducción del foco, e introdujo una yuxtaposición irónica: ver la realidad cubana desde el parabrisas de Chevrolets, Plymouths, Dodges, Fords y Lincolns fabricados en Estados Unidos hace más de medio siglo.

Seguramente son esas fotos de The Idea of Cuba las que más han de llamar la atención de los lectores. Algo comprensible, dado que el punto de vista desde el cual fueron tomadas las hace muy atractivas. No obstante, los tres bloques en conjunto ofrecen una perspicaz documentación gráfica de la realidad cubana. Eso más allá de que, como apunta Lillian Guerra, en esas imágenes estén ausentes las narrativas previsibles (literales y metafóricas) de las estructuras sociales decadentes, los cimientos ideológicos fallidos y los panoramas anacrónicos que han derivado al exotismo.