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Actualizado: 18/04/2014 14:32
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Literatura, Poesía

“De la luz su fondo”, de Efraín Riverón

La soledad, la invalidez física que una vez padeciera, llevó a Efraín Riverón a concebir este poemario

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Efraín Riverón (La Habana, 1942) nos ha entregado recientemente, por medio de la Editorial Silueta, otro libro de décimas… pero ahora son décimas de cinco sílabas; así mismo. Cultor, estudioso de la métrica, la estrofa, el poeta, que desde hace años vive en Miami, da a la luz 87 páginas que incluyen 57 poemas breves, muy breves, dispuestos en cinco secciones.

La soledad, la invalidez física que una vez padeciera, llevó a Riverón a concebir este poemario donde, de nuevo, nos entrega poesía rimada —de tono menor, según los cánones que establecen el “tono” de acuerdo con la extensión del verso— y de nuevo nos hallamos con el candor del hombre que parece nacer cada mañana. Hay escritores que esconden su personalidad y, así, hallamos la verdadera —personalidad— en su obra. Hay otros, como Efraín Riverón, que son la copia viviente de lo que escriben; o, si quieren, viceversa. El ser que, en su adultez, resulta totalmente adulto, no suele ser gran cosa; el que sigue siendo un poco, al menos un poco niño, suele ser gran cosa.

De la luz su fondo, por lo antes dicho, viene a ser un poemario en el cual el talento, o la inteligencia, o la erudición dan paso momento a momento a esa inocencia con que los poetas suelen decirnos verdades impactantes y sentencias rotundas. Como en uno de sus poemarios anteriores, Después de la ceniza —en mi opinión superior al que ahora nos ocupa—, en este el poeta logra muchas ganancias cuando asume el hecho poético a partir de un lenguaje fresco, en ningún momento impostado por la circunstancia de la rima (ya sabemos de los tantos asesinatos poéticos que se han cometido en nombre de la rima). Algo que permanece en De la luz su fondo es el amor por la naturaleza, pero de ningún modo esta maravilla la hallamos atiborrada de zunzunes, sinsontes, palmas reales, cocuyos, caminos rurales y esas cosas que, claro, pueden formar parte de un predio humano-poético pero que, al inscribirse en demasía en este, han hecho que la décima cubana se “aguajire” demasiado.

En la primera sección del poemario, homónima del título del libro, el poeta se decide por definir, sobre todo, esos elementos de la naturaleza que antes yo señalaba y asimismo de ciertas concepciones del ser humano. Ardua tarea que nunca tendrá consenso positivo puesto que, precisamente, cada cual define lo que fuere —valga agregar: lo indefinible— de la manera en que mejor lo conciba, es lógico. De esta sección me quedo con “Parque” (Sientes celoso/ Lo licencioso/ De un beso blanco.), “Papalote” (Una sonrisa/ Del mismo viento.), o “Camaleón” (Manigua en flor,/ Soy del color/ De cada cosa). Si en esta sección, que con unos leves cambios se tornaría en poesía para niños, el poeta alcanza momentos descollantes, esto se debe a que no obstante abordar asuntos genéricos, les imprime una notable singularidad.

“Paréntesis”, la segunda sección, compuesta por solo siete piezas, resulta en mi opinión la más lograda. En esta al autor rememora, vaticina, se lamenta por sitios perdidos y la nostalgia crece (debemos suponer que estos asuntos, claro, resultan una materia poética más productiva). Aquí hallamos al hombre ahorcado que De mi pasado,/ Sigue colgado/ De mi memoria, o a esa Infusión larga, /La vida amarga/ De tu colmena, referido a la isla de Cuba.

“Senos y muslos” está dedicada a varias poetas que han tenido influencia en la vida y obra de Riverón. Para mí los textos más logrados son los dedicados a Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, el muy delicadísimo destinado a Juana Borrero y los muy sentidos para sus compatriotas Elena Tamargo y Belkis Cuza Malé.

En “Reincidencia” el poeta, encimándose al romanticismo, se mueve en las aguas que creo mejor lo representan: la belleza de la mujer, el amor hacia ella. Temblor/ de carmín en mi camisa, en “Tu risa”; Rocé su blusa/ (música al vuelo), en poema II; Y enmudecida/ La voz del broche/Viví en su noche/ Siglos de vida, poema III.

“Epilogo” incluye un solo poema, sobre la ciudad que “carga muerte”, “Realidad/ de sueño inerte”.

Quiero terminar esta nota pidiéndole al poeta que en la próxima entrega incursione en vuelos mayores, que para eso se encuentra preparado desde hace mucho tiempo. Y deseándole suerte a este buen poemario; suerte, algo que siempre ha necesitado un libro y que en la actualidad necesita aún más, como están las cosas…


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El escritor Efraín Riverón. (Foto: Revista Conexos)

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