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Actualizado: 18/09/2014 13:18
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Literatura, Narrativa

El abuelo en su reino

El mayor mérito de este libro de Josefina de Diego García Marruz es su descripción de la infancia que ella y sus hermanos vivieron en Villa Berta

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Conozco El reino del abuelo desde su impresión mexicana (Ediciones del Equilibrista,1993). Me había asomado a sus predios de Villa Berta, en Arroyo Naranjo, una mañana de domingo en el lejano 1978. Ahora llega la noticia de la publicación del libro en Madrid, bajo el sello de Verbum, y su reciente presentación en el Centro de Arte Moderno de la ciudad.

Con esta segunda lectura elaboro lo que ya pensaba: creo que el mayor mérito de este libro de Josefina de Diego García Marruz, para muchos la entrañable Fefé, es su descripción —delicada, minuciosa— de la infancia que ella y sus hermanos vivieron en Villa Berta, mientras construían la identidad de su generación, con las marcas del padre y la del propio mundo del abuelo, creador de un paraje que se fue erigiendo como territorio fundacional de una época, por la familia que lo habitó y por sus más cercanos visitantes.

Su mirada conserva el aire infantil, necesario para que el relato transcurra a través de los juegos y los gestos cotidianos, los gustos, las soledades de cada quien y los modos de observar el exterior. Solo así pueden forjarse, con autenticidad total, los rasgos de los hermanos. Y en esos rasgos de los tres, que ella describe como personales, se perciben las dos fuentes de su génesis: los Diego, melancólicos, imaginativos, con una pícardía que anticipaban los ojos antes que la sonrisa; y esa parte García Marruz que representó Bella, inteligente y activa, guardiana de la casa familiar, segura y optimista frente a los embates.

Aquí los veo a ambos:

(XLI). Nos gustaba ver la lluvia tras las ventanas del comedor. Rapi y Lichi decían que las gotas de agua que rodaban por la loma frente al portal eran soldaditos que marchaban a la guerra. Construíamos barcos de papel que navegaban, tambaleantes, hasta que se nos perdían de vista, al final de la estrecha callecita de asfalto. La finca se oscurecía con el aguacero; las pencas de las palmas caían estrepitosamente y la casa parecía soportar, ella sola, toda la furia del temporal.

A partir de esta identidad, el universo de Villa Berta fue capaz de tomar caminos variados, en cuyas rutas desde entonces y hasta hoy permanece la sólida raíz adquirida en la quinta de Arroyo Naranjo. El texto de Fefé documenta la memoria del tiempo en que ella se amasaba, bajo la mirada de los niños que forjaban su propia creatividad. De ahí la solidez de una estirpe cuyo tronco común se fraguó en los árboles sembrados por el abuelo.

Reproduzco el testimonio final de este libro:

Manos extrañas transformaron la finca, construyeron edificios completos, enderezaron los senderitos, eliminaron fuentes, arecas, buganvillas, cambiaron puertas y ventanas, quebraron el equilibrio perfecto de los recintos, ordenaron el jardín.
Durante muchos años no quise regresar. Temía que mis recuerdos se alteraran, se confundieran, se extraviaran y que ya, nunca más, podría recuperarlos porque se interpondría la imagen de la casa que no era. Pero no ha sido así. La casa y sus recintos se mantienen intactos, nítidos. Puedo reconstruirlos centímetro a centímetro y minuto a minuto. Me acompañan el aroma del jardín, el rumor de los pinos, el arrullo de las palomas. Nunca los perdí, y seguirán existiendo y me seguirán acompañando, mientras “pueda llamarlos de pronto con el alba”.

Hace un año en un texto sobre la familia, escribí: “El reino del abuelo” (es) uno de esos breviarios dignos de conservarse como joyas de la bibliografía no sólo por la memoria que contienen sino por el exquisito estilo de la prosa.

Quiero ahora argumentar el valor bibliográfico de esta obra como documento que refiere la memoria de Villa Berta, la quinta de Arroyo Naranjo, que tanto tendría que aportar al recuento de la cultura cubana y de la cual, por ahora, solo se ocupan los allegados. En tal sentido este libro juega un papel trascendente, porque registra las emociones, cuyo abordaje resulta cada vez más importante en los tiempos que corren.

Hoy, estoy convencida de que la historia es un calidoscopio, en el cual cada espejo completa el panorama general, de acuerdo con el sitio desde donde la luz se proyecta. Las coincidencias ilustran la realidad; las divergencias, forman parte del color y los tonos con que ella se percibe. Cuando se superen las ideologías, con sus rígidos puntos de vista y todos podamos entendernos mejor, habrá que elaborar la verdadera historia de los hombres y mujeres que poblaron las épocas: su dolor y su llanto frente a las hecatombes, su resistencia, su regocijo, su ternura y su nostalgia. Para entonces las narraciones como El reino del abuelo, serán las que importen, pues solo ellas ofrecerán la información esencial para una comprensión de la historia, desde lo humano. Por el momento el testimonio de Fefé, además de sus valores literarios, aporta una contribución al entendimiento de que solo lo humano es eterno, lo que verdaderamente vale la pena conservar. Todo lo otro, pasa.

No hay más que saludar a los editores de Verbum por esta publicación que hará posible el acceso a los lectores hispanos, tanto como lo fue la de México. Dos ediciones de un título que aún no se conoce en Cuba. Tal vez ahora se animen allá a una reproducción sin cortapisas. Tal vez. De cualquier modo, un día habrá que recuperar el reino del abuelo, para que las sucesivas generaciones de cubanos puedan acceder al sitio habitado por una familia que es pieza angular de las letras y las artes en Cuba. Por ahora yo me remito otra vez a lo mismo: Creen que ha sido borrado / pero todo está allí perdurable bajo las palmas / a la sombra de los árboles que crecen / sembrados por el abuelo. (1978)


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