Actualizado: 24/06/2017 12:00
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El doctor Félix Martí Ibáñez y la revista «MD»

Una revista en principio solo para médicos, pero con una proyección cultural enorme

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El primer número de la revista MD que cayó en mis manos, fue como un amanecer.

Releo la frase anterior y me parece un tópico. Estoy a punto de borrarla, pero después de pensarlo bien la dejo donde está, porque es la pura verdad. Me había graduado de médico un par de años antes, me consideraba un profesional bastante actualizado —eran otros tiempos y disponíamos de buena información científica— y una persona regularmente leída, y qué les digo, no tenía ni idea de que una publicación como aquella existiera.

MD (Acrónimo de Medicine Doctor), publicada en Estados Unidos con una edición en idioma inglés y otra en español, era en principio, una revista médica, quiero decir, una publicación solo para médicos, pero gracias a su creador, editor y sostén económico, el doctor Félix Martí Ibáñez, que nació con una proyección cultural inédita: literatura, buen cine, viajes y aventuras, arquitectura, pintura, historia, música y decenas de otros temas fascinantes, por lo menos para mí. Y cuando digo inédita es porque nunca había leído nada que reuniera semejante volumen de información cultural, actualizada y manejada de una forma tan coherente, interesante y bella, pero también —eso lo supe mucho después— porque a cuarentaicinco años de la aparición del último número de MD, sigue sin verse por ninguna parte una publicación médica con esas características, por lo menos en idioma español, salvo, y con mucha modestia con respecto a MD, la revista puertorriqueña Galenus —ahora iberoamericana— gracias a internet.

Pero la historia, mi historia con MD, con su creador y editor, el profesor español, afincado después de la Guerra Civil en Nueva York, Félix Martí Ibáñez (1911-1972), es un poco más complicada.

Se las narraré sucintamente.

Los años sesenta y setenta, y esto no es noticia, fueron muy duros para la libertad cultural en la Cuba revolucionaria. Pero paradójicamente, los libros básicos de medicina que utilizábamos en la carrera, el internado y la residencia eran todos de procedencia norteamericana —una de las muchas razones por las que se nos consideraba profesionales muy bien preparados—, y todos esos libros, prácticamente sin excepciones, eran “fusilados”, o sea, se copiaban y se editaban sin pagar derechos, una justa retribución, según el Gobierno cubano, al embargo (también denominado entonces y ahora “bloqueo”) norteamericano.

Lo mismo ocurría con algunas revistas de circulación internacional, en realidad no muchas, aunque en los institutos de investigación contábamos entonces con un sistema, obsoleto hoy en el mundo entero gracias a los servicios en red, que nos permitían el acceso a ciertos reprints, siempre y cuando estuvieran relacionados con las materias que trabajábamos y en las que nos especializábamos.

Esto estaba bastante bien para los intereses científicos que teníamos los nuevos médicos, de acuerdo, pero MD era diferente. Una publicación con esas características no resultaba imprescindible para la formación “puramente científica” de un profesional de la medicina (la famosa afirmación de Letamendi: “El que solo medicina sabe, ni medicina sabe” no formaba parte, por supuesto, del acervo revolucionario) por lo menos desde un punto de vista estrictamente utilitarista, pero sí lo era, y mucho, para elevar la cultura y el espíritu, eso que los burgueses de entonces denominaban humanismo.

¿Y a quién podía interesar semejante blandenguería en un país bloqueado por el imperio y con una orientación militar y comunista?

Pues a mí, por ejemplo.

Pero yo no conocía MD, casi nadie en la Isla la conocía, y su entrada al país, aunque no formalmente prohibida —muchas otras publicaciones, incluso puramente médicas, sí lo estaban, y de manera tajante—, se hacía casi imposible ante la supuesta carencia de divisas para pagarla y las enormes dificultades —la correspondencia debía viajar a Canadá o México primero, y entonces desde esos lugares a Cuba— que padecía el servicio de correos estatal, el único, entre la mayor de las Antillas y Estados Unidos.

Y, por tanto, mi destino, como el de todos mis compañeros médicos y el de los millones de ciudadanos que no lo eran, consistía, como hubiera dicho el poeta José Ángel Buesa, en pasar por el mundo sin llegar a toparnos nunca con un número, aunque fuera uno, de MD.

Salvo, que todos alguna vez tenemos un día de suerte, que existían César y Violeta. Sí, un matrimonio de otra era, de esos, como se decía vulgarmente en la Cuba que yo viví, “de los que ya no vienen”.

César Rodríguez Expósito, un caballero cervantino de leontina con lenguaje exquisito, un periodista de hablar pausado y un historiador de los de verdad, de los que no mienten ni embaraja para lograr prebendas, cosa rara, muy rara en un medio tan dado a las consignas, la chabacanería y las amenazas ríspidas, se pagaba él mismo la suscripción anual a MD, y eso no era poca cosa en un país y una época donde el cambio del peso cubano en ocasiones alcanzaba los 150 pesos cubanos por un dólar.

De hecho, César mantuvo esa afiliación gracias a Violeta que, protegiendo el enorme aprecio de él por la revista, aceptó sin una queja las limitaciones económicas que tal suscripción le imponía a ambos y lidió con las carencias y los avatares de la bolsa negra que les permitía el casi religioso ritual de brindar al visitante de su lindo hogar una taza de buen café cubano, no mezclado, recién colado.

Y gracias a ellos, a esa pareja separada de mí, generacionalmente, por cuatro décadas, pero unidas al mismo tiempo por la cultura y la buena conversación, descubrí MD. César me las prestaba —no dejaba de producirle alguna extrañeza que un tipo tan joven se interesara por aquello, pero, como buen caballero, no lo demostraba— con recomendaciones y quién sabe si hasta temores pues aquellas publicaciones de papel fino y brillante constituían uno de sus tesoros bibliográficos, de los que, por cierto, tenía maravillas que creo pueden verse aún hoy en el Museo de las Ciencias Médicas Carlos J. Finlay en la Habana Vieja.

Cuando podía —guardias hospitalarias infinitas, pases de visita, seminarios, clases, preparaciones combativas y un poco de playa muy de vez en cuando de por medio— pasaba un minuto en la tarde por la casa de César y Violeta. Vivían relativamente cerca de la mía en un apartamento no muy grande, pero de una claridad, en todos los sentidos, que aún hoy me maravilla. Recogía la revista, solo una, y yo, previo inalterable compromiso, se la devolvía a Cesar, en mano, en un par de días, lo que significaba gastar las pocas horas de sueño que le son concedidas a un médico interno en sus primeros años en leer, a toda velocidad y escogiendo lo que creía mejor y sufriendo por lo que no tenía tiempo de absorber. Muchas veces devolvía una MD y le pedía a Cesar de nuevo el mismo número, y así, poco a poco y demostrando con los hechos mi seriedad, fui alargando el tiempo de los préstamos.

Pero aquel caballero, que a mí me parecía desde mi “inmortalidad” de jovenzuelo, un señor muy mayor —no llegaba a los setenta, aunque estaba cerca— murió un día repentinamente, fallecimiento que coincidió, casualmente, con el cese de la publicación de MD (1972) y de la muerte, prematura también, del doctor Félix Martí Ibáñez.

Aunque amigo de Violeta, una de esas amistades que trascienden los años y los intereses generacionales, no volví a tocar con ella, por pena, el asunto MD. Y pasaron unas semanas de su duelo —Violeta y César eran como dos perfectas mitades, ahora separadas— hasta la bendita tarde en que Violeta me llamó por teléfono para invitarme a un café o quizás a una champola, gusanear un poco, eso no me lo dijo por el teléfono, y recordarme que no había recogido la herencia que César me había dejado, una herencia que desconocía y que no esperaba.

¿A mí, cuál herencia, Violeta?

—Ven, ven y verás, te va a gustar. —Pensé en algún libro, César tenía miles, pero en verdad no se me ocurría nada.

Y claro que fui, no recuerdo si al día siguiente o al otro, pero en cuanto pude fui. Y allí, en un par de cajas de cartón cuidadosamente selladas y colocadas en un rincón de la espaciosa y fresca sala del apartamento que Violeta cuidó y mantuvo con esmero hasta el último día de su vida, estaba la colección completa, repito, completa, de la revista MD. Del primer número al último, un tesoro.

Fue, como dije al principio, un amanecer, y cuando me viene a la mente aquel momento de júbilo me doy cuenta que la frasecita puede ser un tópico, pero esta vez no lo es. Hay regalos, herencias en este caso, que pueden medirse en acres de tierra, en el valor de mercado de determinadas propiedades, en pesos y centavos, en fin, de muchas maneras, todos materiales, pero como medir esta. No sé, pero sí sé que aquello marcó mi vida, por lo menos mi vida literaria, para siempre.

Y así, termina la historia, mi historia. Aprendí a respetar a un hombre, Félix Martí Ibáñez, que fue revolucionario y anarquista en su temprana juventud, funcionario (ministro) de la República Española, perseguido político en su tierra natal, España, pobre refugiado y luego un exitoso médico y editor en Estados Unidos, pero sobre todo el creador de una revista, y de una forma de escribir, que me delineó el gusto literario y cultural para siempre y que tiene mucho que ver con mi estilo de divulgador científico.

¡Cuánto les debo a Martí Ibáñez, a Cesar y a Violeta!

Mucho, tanto, que de no ser por ellos quizá yo no sería exactamente el escritor que soy, o que trato de ser, para hablar con corrección.

Pasaron los años, Violeta murió, yo me fui de Cuba y la colección de MD quedó por detrás —vaya usted a saber qué fue de ella— pero quedó lo material, el papel, ya un poco amarillento, leído una y mil veces, porque lo aprendido, el espíritu y el agradecimiento se fueron conmigo, y creo que de alguna manera fructificaron.

Otra vez, a los tres, gracias, muchas gracias.


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