Actualizado: 17/08/2017 16:54
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Memorias de la Revolución, Literatura, Narrativa

El Gato Tuerto

CUBAENCUENTRO continúa su sección de narrativa cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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El Gato Tuerto tres veces por semana. Durante un año. En la calle O, entre 21 y 19. Frente a los jardines del Hotel Nacional. Un tramo que le gustaba caminar porque se abría al mar y a la derecha era verde y azul al fondo y no faltaba la brisa. Iba al Gato Tuerto sin saber quién era Felito Ayón (su creador, porque a diferencia de otros sitios El Gato Tuerto había sido creado: un mulato acogedor al que conocería dos años después y el único coleccionista de pintura cubana que tenía colgados en su cocina cinco cuadros de Carlos Enrique capaces de estar en un museo). Sin que le gustara el filin y cuando El Gato Tuerto ya no era el centro del filin, esa versión ni siquiera aplatanada del bebop (el sentimiento se llama sentimiento en Cuba y al filin le dicen filin en La Habana: no feeling, como aparece en el diccionario de oprobios). Llegaba sin detenerse en la planta baja, donde estaba el bar. Acudía a un Gato Tuerto que ya no era El Gato Tuerto, cerrado durante la Ofensiva Revolucionaria y vuelto a abrir después de la Zafra del 70 pero sin música. Estaba en El Gato Tuerto porque Félix conseguía el turno y a veces invitaban un par de mujeres (siempre que ellas se pagaran su comida) y pocas veces lograban sacarle más de una cogida de manos o un mate.

Félix era bueno para las mujeres y los turnos. Llamaba y decía “a las siete”. Luego agregaba un nombre. El Jardín, El Volga, El Gato Tuerto. Una mujer distinta cada semana. Trató de pasarle alguna: “La muchacha (nunca las nombraba) está interesada en ti”. Rechazaba la oferta. Por timidez y orgullo. Félix también era el guía del Museo Hemingway en Finca Vigía, pero solo iba allí cuando le avisaban que llegaba una delegación y nunca hablaba del escritor.

En El Jardín (en Línea y C, decorado de acuerdo a lo que se consideraba una casona colonial: varias piezas de vajilla europea, dos o tres muebles de caoba, una o dos porcelanas de Sevres) servían una terrina que era en realidad una especie de pasta de bocaditos (queso crema, pimientos, embutidos y algo de gelatina) sólida y de forma rectangular.

Lo único que se podía comer en El Volga (casi al final de La Rampa, en 23 y P) era canelones de pollo. Un restaurante ruso (el frívolo Balalaika de antes de la revolución convertido en el combativo Volga) reducido a un pobre menú italiano. No valía la pena pensar en ello porque el lugar había estado cerrado por más de dos años. El cocinero se las ingeniaba para disfrazar el mismo plato con dos o tres nombres diferentes (al grattin, napolitanos y con salsa bechamel).

Una o dos veces pidió la sopa del Gato Tuerto (¿era una salyanka o la salyanka solo llegó a Cuba con el Moscú?) y siempre el pastel de carne (¿estaba hecho con carne rusa de lata?), aunque por lo general el hojaldre llegaba seco y medio quemado. Vol au vent de poularde en el Aux Armes de bruselles. Todavía faltaban años para que el plato verdadero se convirtiera en deleite cotidiano, al menos por un tiempo, o que los gatos se multiplicaran en Barcelona.

Félix ponía el turno. ¿Cómo los conseguía? Los daban por teléfono a partir de las diez de la noche y a esa hora estaban en la calle. Debía tener una tía o una madre. El nunca sugirió El Monseigneur, donde la comida era muy superior y tenía una mesa asegurada, porque prefería no compartir su suerte: la herencia de un tío, que por años le permitió comer en los mejores restaurantes de lujo de La Habana, era mejor que una madre al teléfono. Vestido de negro, con una barba recortada en un rostro afilado, Félix era la imitación tardía del aspirante a intelectual cubano en moda francesa. Seis o diez años mayor que él (pero más joven que el resto de sus conocidos), ambos compartían el desapego al país.

A través de Félix conoció a varios amigos que no lo fueron suyos (creía que tampoco de Félix, quien se pasaba el tiempo criticándolos, hablando de ellos como si no formara parte del círculo, porque en realidad era un grupo muy cerrado, casi una fraternidad) pero con los que salió a menudo. Estudiaban o habían estudiado geografía y eran discípulos de Juan Pérez de la Riva.

El matrimonio Pérez de la Riva hacía análisis estadísticos de la inmigración y los grupos sociales en la época colonial. Tenía un cubículo en la Biblioteca Nacional, al igual que Cintio Vitier y su esposa, Fina García Marruz. Pérez de la Riva publicaba sus estudios en revistas y libros porque los limitaba a estadísticas sobre la entrada de negros y chinos en la Isla. Con sus discípulos, en cambio, compartía su concepción histórica (fundamentada en las obras de Marc Bloch, Fernand Braudel y Lucien Febvre), mucho más amplia que el materialismo histórico.

Por un tiempo el grupo buscó la aprobación oficial, pero fue obligado a disolverse. Ya ancianos, los Pérez de la Riva eran el clásico matrimonio de académicos que se encuentra en cualquier universidad. Ella francesa, delgada, con el pelo canoso recogido en un moño y las manos huesudas, siempre inquietas. Él dedicado por completo a la investigación: enjuto, alto, con la piel blanca y seca como un pergamino (por los años pasados en bibliotecas) y vestido con ropa de obrero, no por militancia política sino porque no le daba importancia a su apariencia. Pese al fracaso para formar un grupo independiente de estudios interdisciplinarios, los estudiantes continuaron reuniéndose cada semana, solo que ahora con intereses diversos.

Esteban era un mulato claro de seis pies y dos pulgadas, rostro achinado y mirada irónica. Trataba en todo momento de mostrarse agudo e irónico. Pocas veces lograba lo segundo y siempre fracasaba en lo primero. Tras la disolución formal del grupo decidió ser novelista. Abandonó la beca y los estudios. La fe en su talento lo colocó en una situación peligrosa: sin vivienda y justificación que le permitiera eludir el Servicio Militar Obligatorio. Resolver techo no le resultó difícil. Tuvo suerte y ese año no fue llamado a filas. No se salvó. Como no era de La Habana, se buscó una mujer con casa. Fue un buen inicio para el propósito que se había trazado: escribir una novela con la que ganaría el premio Casa de las Américas. No era el proyecto de un geógrafo ni de un historiador: era un plan estratégico. Sabía que solo contaba con doce meses para llevarlo a la práctica, el tiempo entre un llamado militar y el siguiente. Como le ocurre a veces a los generales, terminó sin poder demostrar que era capaz de una victoria. La nueva ley contra la vagancia lo obligó a abandonar la novela seis meses después de comenzada. Ante la amenaza de caer preso si no encontraba trabajo, tuvo que aceptar un puesto de jornalero agrícola. Varias semanas después, agotado tras ocho diarias en el campo y cuatro de viaje de lunes a sábado, se dio cuenta que su única salida era tratar de ingresar de nuevo en alguna carrera. Sabía que de inmediato no podía cambiar su situación, que el segundo semestre estaba en sus comienzos y que solo le quedaba esperar. Luchó contra la depresión ante la impotencia. Tenía que hacer algo ese mismo día. Terminó por romper el manuscrito. Cuando lo conoció Esteban vivía con una graduada de historia que había conocido en la Biblioteca Nacional, divorciada y con dos hijos. Como carecía de cuota de alimentos, por residir ilegalmente en la vivienda, su aporte a la comida familiar se reducía a las papas que traía del campo, escondidas en los bolsillos.

Manuel era de corta estatura y usaba espejuelos de mucho aumento. Estaba en tercer año de geografía y aún visitaba a los Pérez de la Riva, aunque ya no repetía lo que decía el académico. Él lo consideraba el más inteligente del grupo. Manuel no albergaba la más mínima duda al respecto. Años después, Woody Allen le recordaría a Manuel, tanto en el físico como en el afán por convertir cualquier incapacidad en una frase ingeniosa. En este sentido era un verdadero exhibicionista, pero escogía su público. En una ocasión le preguntó por qué no estudiaba letras. “Por las mujeres. Las muchachas que estudian letras son muy brutas. No entienden un chiste”, fue la respuesta. A diferencia del cineasta, a Manuel no le interesaban las mujeres para burlarse de ellas. Tampoco las quería para acostarse. No le interesaba el sexo. Perseguía a las muchachas de la universidad, pero para hacerles chistes. No como un preámbulo sino como un fin en sí mismo. Nunca lo vio usar un juego de palabras con una camarera. Se callaba cuando estaba delante de una mujer que consideraba incapaz de admirar su talento. Tampoco le interesaba demostrarle su ingenio a los hombres. “Ya no fumo. Fumar daña mi salario”, le dijo Manuel apenas se conocieron. Fue su único chiste aquel día. Semanas después lo vería hablando con un par de estudiantes y se quedó un rato cerca para oírlo. Era raro encontrar en la universidad alguien con tanto sentido del humor, capaz de aprovechar cualquier comentario y que al mismo tiempo eludía las referencias políticas, el sarcasmo y la burla comprometedora. Sin embargo, para Manuel los dirigentes entraban en la misma categoría que las camareras. Gente con la que no valía la pena desperdiciar la ironía.

De todas sus oyentes Manuel prefería a Carla. Carla y Vanessa eran hermanas y las únicas mujeres del grupo. Vanessa, la menor, estaba en el primer año de licenciatura en arte. No se podía afirmar que era gorda, tampoco dudar que en pocos años lo sería. Alta para una cubana (le calculaba unos cinco pies y ocho pulgadas), se vestía a la moda y apretaba los pantalones para resaltar las caderas y nalgas. Como tenía el pelo largo y lacio y los ojos grandes y negros, uno podía pasar por alto su cara redonda y sin huesos y las tetas breves. Carla tenía menos estatura y no le preocupaba llamar la atención como a Vanessa. Atraía no tanto por su cuerpo (por cierto mejor proporcionado que el de su hermana, ya que el tamaño de sus pechos venía bien con el culo bien formado pero discreto) como por su mirada, viva más que inteligente (que lo era). Tenía un aire a lesbiana tímida (para él mucho más sensual y atractivo) que rechaza la putería pero se descubre indefensa en la cama.

Un lunes Félix trajo a comer a Vanessa a El Jardín. El martes llegaron cogidos de la mano. Una semana después le dijo: “Parece que la muchacha también está interesada en ti”. Quedaron en verse los tres al día siguiente. Le sugirió a Vanessa que trajera a Carla.

Las comidas en El Jardín eran a las siete. Las de El Gato Tuerto a las once. Tampoco supo nunca a qué se debía la diferencia de horarios. Posiblemente la tía, cuando no lograba turno en uno, llamaba al otro.

Eran las ocho de la noche y Carla, Vanessa, Félix y él no estaban en El Jardín ni en El Gato Tuerto.

—Dos cubalibres y dos añejos Bacardí a la roca.

—¿Número de habitación, por favor? —dijo el camarero antes de tomar la orden.

Félix dijo un número.

Siguieron bebiendo hasta las once menos cuarto.

Pidieron la cuenta. Félix firmó el vale.

Salieron del bar que el hotel Habana Libre tiene a un costado del vestíbulo, al doblar de los servicios sanitarios y los teléfonos públicos. Se dirigieron a El Gato Tuerto.

Al terminar la comida acompañaron a las muchachas, que vivían en La Víbora, hasta la parada de la guagua. Tuvieron que esperar por la confronta.

Pensó que Félix tenía una habitación en el Habana Libre. Quizá la tía no solo era afortunada con el dedo y el teléfono, y también tenía contactos en los hoteles. A lo mejor aprovechaban la ocasión para subir a Vanessa al cuarto. ¿Y a Carla? Esperó por la proposición indecente.

Seis rones a la roca cada uno y cuatro cubalibres ellas. Seis cervezas en la comida. Suficiente, suficiente.

El efecto de la bebida (Félix y Vanessa se besaban a menudo; Carla le dejaba el brazo por arriba y habían caminado cogidos de la mano: suficiente, más que suficiente) se agotó en la espera.

Cuando las muchachas se fueron, Félix le dijo:

—Hay un profesor de La Sorbona hospedado en el hotel. Cuando te dé la gana, ve a cualquiera de los bares, bebe cuanto quieras y das este número.

Le extendió un pedazo de papel.

—No lo uses para comer. Con los bares no hay problema, pero me dijo que no lo usara para comer.

Al otro día volvieron solos. Como a las diez de la noche se apareció un francés joven, de unos veinticinco años, alto y rubio. Se sentó un momento con ellos. A los diez minutos se excusó: se iba a acostar porque estaba muy cansado.

—Mañana es la conferencia en la Unión de Escritores. Pero no voy a disparármela. Me imagino que tú tampoco querrás. Vamos a aprovechar y seguir tomando a cuenta de la UNEAC, mientras dure —dijo Félix.

El día siguiente estuvieron bebiendo hasta las diez de la noche. Entonces Félix sugirió pasar por la UNEAC.

—Ya debe estar terminando.

En la puerta de la Unión de Escritores encontraron al poeta Eliseo Diego. Estaba serio y hablaba con un mulato gordo. El mulato también estaba serio y escuchaba. Ya habían cerrado el salón de conferencias. Al momento de ellos llegar apagaron las luces de los jardines y de la entrada. Pensó que el profesor francés, conocido la noche anterior, había concluido la charla. Es probable que estuviera de regreso en el hotel o comiendo con algún escritor funcionario. Habían perdido el tiempo en ir hasta allá. Lo mejor era regresar al bar.

El mulato se viró y saludó afectuosamente a Félix. Eliseo aprovechó para despedirse.

—Venimos a buscarlo, para acompañarlo al hotel.

—Muchas gracias, muy amables.

El mulato hablaba un español perfecto, pero sus modales amables lo denunciaban como extranjero.

A las pocas cuadras el mulato les dijo:

—Estoy muy preocupado.

—¿Pasó algo durante la charla?

—Parece que no gustó.

—¿Quién dice? —preguntó Félix.

—Me lo acaban de hacer saber.

La construcción verbal, demasiado elaborada, denunciaba su origen. Era el profesor de La Sorbona, especialista en Nicolás Guillén, invitado por la UNEAC para ofrecer una conferencia sobre el acento antillano en la poesía del Poeta Nacional.

—Es muy difícil. Traté de no herir las susceptibilidades. Pero uno no puede dejar de mencionar nombres.

Hubo un silencio de varias cuadras.

—Michael se retiró cuando comenzó la conversación con el señor Eliseo Diego. Debe estar muy disgustado —agregó entonces.

Al llegar al hotel el mulato se despidió en la carpeta.

—Debo ir a ver a Michael. Me imagino lo disgustado que debe estar.

Volvieron al bar. Siguieron bebiendo hasta la una. El camarero les trajo la cuenta. Les dijo que lo sentía, pero que cerraban a esa hora. Agregó que si querían podían ir al Polinesio, que estaba abierto toda la noche.

—Es un restaurante. Está en esa calle, al costado del hotel, que se llama La Rampa —les explicó.

Félix aprovechó para decir un par de frases. Por supuesto en francés.


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