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Actualizado: 29/07/2014 17:55
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Napoleón

¿El primer “choque de civilizaciones”?

Según un escritor egipcio contemporáneo, Bonaparte quiso producir un “choque cultural”, cuyas “terribles ondas” no cesan de ser soportadas en Oriente y Occidente

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Un historiador napoleónico expresó en cierta ocasión que si George W. Bush hubiese leído el segundo tomo de la correspondencia de Napoleón, no habría ido a Irak. El segundo tomo, se refiere a la campaña de Egipto.

En el origen de esta contienda (la de Egipto a partir de julio de 1798, y no la invasión a Irak en 2003) se encuentra el Consilium Aegyptiacum que Leibniz le presentó a Louis XIV. El filósofo del optimismo estimaba que el Islam era peligroso, por lo que había que dirigirse en primer lugar a la joya del Islam y del Imperio otomano, Egipto, para quitársela. Era un peculiar proyecto de “guerra santa” cristiana. El ministro del Rey Sol le respondió al también matemático que los propósitos de guerra santa habían dejado de estar a la moda desde San Luis. Y Louis XIV estaba demasiado ocupado con sus guerras en Europa. Pero el plan no fue desestimado del todo, sino que tan sólo durmió. Por medio de su ministro, el duque de Choiseul, Louis XV se acordó del mismo, aunque tampoco lo implementó. Fue el zorro de Talleyrand quien lo desempolvó, en connivencia con el general Bonaparte, imbuido de su “sueño oriental”, para vendérselo al Directorio.

Desde luego, las razones de la expedición fueron estratégicas y comerciales respecto de Inglaterra, para cortarle el acceso a la India. Acaso también, de política interna, para desembarazarse del incómodo y ambicioso general Bonaparte.

La idea avanzada por Leibniz se había situado, todavía, en las coordenadas del conflicto Islam/cristiandad. Pero hubo más. Las Luces estimaban que la decrepitud del mundo arabo-musulmán se debía al despotismo otomano. Para derrocar a éste, sólo una intervención extranjera lo lograría. Lo que le servirá de justificación ideológica al Directorio para emprender la campaña de Egipto. Los conquistadores franceses de 1798 argumentaban que lanzaban una guerra de liberación, para arrancarles a los egipcios el yugo del despotismo en que estaban sumidos. ¿“Neoconservadurismo” en el Medio Oriente avant-la-lettre?

Lo paradójico es que si Leibniz estuvo en efecto animado por un espíritu de “guerra santa” cristiana (puede que haya sido otro mero cálculo matemático suyo), quien finalmente acometió la invasión que programó fue un ejército de ateos.

La principal motivación de los soldados republicanos era el universalismo de la Revolución francesa. Si la Revolución se exportaba a Europa, ¿por qué no al mundo entero? ¿No había dicho Camille Desmoulins el 12 de julio de 1789, que la “escarapela tricolor iba a dominar al mundo”?

Los franceses creyeron sinceramente en esa premisa. (Luego, la realidad sobre el terreno los convenció de que el proyecto liberador era inútil.)

El orientalista Volney, la autoridad en la materia —el Bernard Lewis de la época—, autor de Viaje en Egipto, le dijo a Bonaparte antes de que zarpara en Tolón que tendría que librar tres guerras simultáneas: contra los ingleses, contra los otomanos, y contra el Islam. Le advirtió que su peor enemigo sería el Islam. Bonaparte, siempre seguro de sí mismo, no le hizo caso.

Sin embargo, antes de desembarcar en Alejandría le comunicó a la tropa que no olvidasen que los pueblos en los que iban a vivir eran musulmanes. Pidió que éstos no fueran contradichos, y que fuesen tolerados, del mismo modo que en la campaña de Italia habían tolerado a curas y rabinos, católicos y judíos.

El 21 de julio de 1798, los franceses ganaron la batalla de las Pirámides. (Que no tuvo lugar ahí, sino cerca, pero Napoleón se apropió del nombre para rebautizar a la batalla debido a su poder evocativo.) Lo que les permitió adentrarse en territorio egipcio.

Sultán Kebir, emisario de Alá en la tierra

El general en jefe hizo todo lo posible por ganarse al pueblo musulmán. Enseguida, se unió a la celebración del nacimiento de Mahoma, festejo religioso que él mismo dirigió. Fue conocido como “Sultán Kebir”, el sultán del fuego. Las tentativas de seducción de Bonaparte fueron múltiples. A los “doctores” (como llamaron los europeos a las autoridades religiosas, faltos de otras referencias que no fuesen las suyas) de la mezquita de Al-Azhar (a su vez nombrada “Universidad”) de El Cairo, les prometió que él y toda la tropa se convertirían al Islam. Eso sí, pidieron que fuesen exentos de la circuncisión y de no tomar alcohol, ya que esto era su “costumbre nacional”. Los “doctores” reflexionaron y consintieron, a cambio de que pagasen un impuesto, destinado a la caridad.

Pero los egipcios no creían en la sinceridad de esos que denominaron “infieles”. Por su parte, lo que más temía Napoleón era el lanzamiento de la Jihad (que él tradujo como “combate sagrado”) generalizada, y todos sus esfuerzos iban en pos de evitarla. En las proclamas a la población, declaró ser el emisario de Alá en la tierra.

Cuando trabajaba en Santa Helena en la recopilación de todas sus proclamas como general, cayó sobre las de Egipto y comenzó a hacer chistes sobre aquellas donde se decía “inspirado y enviado por Alá”. “Eso era charlatanismo mío, le dijo a su memorialista Las Cases, pero del más elevado. No lo hice sino para poder ser traducido en los bellos versos árabes. Mis soldados franceses se reían con el contenido de esas proclamas, tanto que para hacerles entender que yo citara a la religión, me sentí obligado a hablar con bastante ligereza, poniendo a los judíos al lado de los cristianos y a los rabinos al lado de los obispos. No es cierto que yo me vestí alguna vez como un musulmán. Si entré en una mezquita fue como un vencedor, nunca como un creyente”.

No pudo impedir la revuelta de El Cairo, el 22 de octubre de 1798. Bonaparte la reprimió con violencia, e hizo fusilar a una quincena de jeques que la habían fomentado. La soldadesca profanó a la mezquita de Al-Azhar, entrando a caballo, botaron los ejemplares del Corán, los pisotearon. Orinaron y defecaron, tomaron vino como cosacos, tiraron las botellas vacías y se aseguraron que los fragmentos de vidrio permanecieran en el gran pasillo. Para Jabarti, cronista árabe de la campaña de Egipto, fue “el recuerdo más desagradable de la misma”.

Apareció un mahdi, un profeta, que desde luego era falso. (Curiosamente, el general en jefe como aspirante a escritor había vislumbrado a este profeta, en una narración suya que luego retomó Jorge Luis Borges.) El mahdi, reclamando descender de Mahoma, logró reunir a miles de egipcios. Jabarti dijo que condujo una jihad desesperada.

Tras la insurrección, Bonaparte extremó su prudencia. Estaba seguro que el jefe de los revoltosos había sido el jeque Al-Sadat, miembro del Diván. El general Kléber le dijo que por qué no lo fusilaba. El general en jefe le respondió: “Este pueblo es muy diferente a nosotros. La muerte de ese viejo impotente tendría para nosotros consecuencias más funestas de lo que usted piensa”.

Consciente del peligro religioso, hizo imprimir otra proclama en diciembre de 1798, donde le hizo saber al pueblo que Dios había decretado para toda la eternidad la aniquilación de los enemigos del Islam y la destrucción de las cruces “con mis propias manos”, es decir, las de Bonaparte, quien además se autoconfirió dones proféticos de ver en lo invisible lo que se ocultaba en el espíritu de cada uno.

Modernización de Egipto

Napoléon le dictó a Las Cases: “La decisión de la Gran Mezquita de El Cairo en favor del ejército francés, fue una obra maestra de habilidad por parte de un general en jefe: hizo que el sínodo de los grandes jeques declarara que los musulmanes podían obedecer y pagar tributo al general francés. Éste es el primer ejemplo y el único de ese tipo, después del establecimiento del Corán, que prohíbe someterse a los infieles”.

Otros adujeron que Bonaparte quiso “jacobinizar” a Egipto. Ciertamente, intentó obligar a todos los egipcios a usar la escarapela tricolor. No lo obtuvo, y entonces matizó con que la llevasen sólo los que estuviesen en relación con el ejército. Aun así, los nativos se la ponían en presencia de los franceses pero cuando salían a la calle se la arrancaban.

Según un escritor egipcio contemporáneo, Bonaparte quiso producir un “choque cultural”, cuyas “terribles ondas” no cesan de ser soportadas en Oriente y Occidente.

Lo cierto es que el corso fue el primero en instituir en tierras del Islam una organización democrática, el Diván, compuesto de ulemas. Lo que fue después proseguido por sus herederos egipcios, pertenecientes a una élite.

Los franceses introdujeron la imprenta, los periódicos, ¡la panificación!, sin contar que se creó el Instituto de Egipto, cuyos laboratorios de física y química estaban abiertos de par en par al pueblo, así como la biblioteca que el ejército se trajo desde Francia.

Para ese escritor, Bonaparte no quiso verdaderamente desarrollar al país sino seducir a los musulmanes con los adelantos científico-técnicos de Occidente.

Otros —egipcios también— opinan, sin embargo, que “el mundo islámico fue subyugado por Occidente, comenzando con la fácil conquista por Napoleón”, que dio inicio a la occidentalización.

Un intelectual egipcio, de los que son favorables a Napoleón (pues el asunto no ha sido zanjado, al contrario: el Instituto de Egipto fue quemado en diciembre de 2011), publicó bajo seudónimo un libro en 1990 en el que afirma que Bonaparte sí quiso la emancipación del mundo arabo-musulmán.

Gamal Abdel Nasser escribió: “Sobrevino la expedición de Egipto. Cayó la cortina. Ideas nuevas se presentaron ante nosotros. Horizontes hasta entonces desconocidos se abrieron ante nuestras miradas”. Nasser, en nombre de ese nacionalismo egipcio agradecido a la expedición francesa, quiso que la Constitución de 1962 hiciera referencia a ella: “Vino, aportando con ella algunos aspectos de la ciencia moderna que la civilización europea había perfeccionado, después de haberlos obtenidos en otras culturas, particularmente en las civilizaciones faraónica y árabe”.

Choque de culturas

Si bien los egipcios tenían razón cuando dudaban de la sinceridad de los franceses ateos respecto de su cacareada intención de convertirse al Islam, por otra parte sí eran honestos los galos cuando proclamaban querer brindarles los avances de la civilización europea, para su bienestar y no meramente para obnubilarlos. Porque en definitiva era un proyecto colonial, que se inscribía en el más vasto de la Revolución francesa de la “regeneración” de la humanidad, esto es, el “hombre nuevo”.

Creyeron a pies juntillas en que podían “regenerar” a los egipcios.

Lo que no impidió que Bonaparte quisiera asimismo impresionarlos, para mejor controlarlos. Se había traído desde Francia a globos aerostáticos, pero desaparecieron cuando el almirante inglés Nelson hundió a la flota en Abukir. El corso estimó que si los franceses se mostraban dueños del aire, podía razonarse que eran dueños de todo. Ordenó a los técnicos construir nuevos globos, y convocó al pueblo para una exhibición de su lanzamiento. Aun si estas convocaciones eran de “asistencia voluntaria” como en Cuba, muy pocos acudieron. Peor aun, los egipcios se burlaron. Los franceses se traumatizaron, ya que pese a todo habían hecho su esfuerzo, y los pocos nativos presentes ni siquiera habían seguido a los montgolfier con los ojos. No se entendió esta ausencia de elemental curiosidad.

Los soldados franceses, faltos de mujer, descubrían con horror que las musulmanas tenían el sexo cosido para preservar la virginidad. La mayoría entre ellos, buscó “esposas” cristianas. Cuando alguno pretendió la mano de una musulmana, seducido por su gracia al caminar, una vez que el padre se la dio, al levantarle el velo descubría que era tuerta.

El comportamiento público de las mujeres que acompañaban al ejército era demasiado provocativo, con la cara al descubierto, vestidas con ligereza y colores brillantes, femeninas, adornadas y emperifolladas, montando a caballo o sobre asnos. Se enfrentaban con sorna a los egipcios que pensaban obtener ventaja de su condición de no estar veladas.

Al cirujano Larrey, un emir agradecido porque lo había curado le regaló un harén. Se presentó con doce mujeres en su casa. Era una oferta que no podía rechazar. Larrey se convirtió en el hazmerreír del ejército. Larrey las fue regalando, a su vez, una a una.

Kléber, víctima de la Jihad

El “sueño oriental” de Napoleón se había desvanecido. Más aun, había roto para siempre con su otrora adorado Jean-Jacques Rousseau, disgustado, según él, con el “hombre salvaje” que había visto. Harto del pantano sin salida en que se hallaba, literalmente desertó y abandonó a su ejército, embarcando en una fragata rumbo a Francia, el 23 de agosto de 1799.

Dejó como general en jefe a Kléber, quien para su desgracia no era un político sutil como su antiguo superior.

El militar alsaciano, hombre recto, no soportaba la hipocresía, especialmente la de los ulemas, que le decían una cosa y hacían otra. Para castigar a los hipócritas, les cargó un impuesto, del que estaban exentos los pobres y los cristianos, puesto que los últimos no habían participado en la revuelta.

Kléber intentó unas conversaciones de paz. Fracasaron, y al término de las mismas comenzó a gritarse: “¡Jihad, Jihad!”. Lo que más había temido Bonaparte, se declaró.

Los musulmanes pusilánimes, o razonables, fueron tildados de apóstatas, de haberse convertido a la fe cristiana.

Tras la proclamación de la Jihad, le siguieron 33 días de combate. Ganaron los franceses, Kléber perdonó a los “jihadistas” y entró en El Cairo el 27 de abril de 1800.

Cometió el grave error de encargarle a los cristianos la recolección de impuestos, bajo la dirección del moallem Yaacoub. Continuando en sus desaciertos, puso al moallem al frente de una legión copta, integrada por un millar de cristianos y una guardia de 30 franceses. Por la primera vez, cristianos nativos tenían poder sobre los musulmanes. La ocupación francesa había ido demasiado lejos.

Solimán, un “jihadista” de 24 años, originario de Alepo (hoy en Siria), que había estudiado en la mezquita de Al-Azhar, fue convencido para regresar a El Cairo y asesinar a Kléber. A cambio, le prometieron interceder en favor de su padre, un comerciante de Alepo que tenía problemas con las autoridades. Solimán, en el camino a su misión, pasó por Gaza donde obtuvo dinero. Ya en El Cairo, se alojó en casa de un jeque de la mezquita donde había sido formado. Algunos jóvenes intentaron disuadirlo de su acto suicida.

En la tarde del 14 de junio de 1800, Kléber, en el jardín de su residencia, salía de un almuerzo con miembros del Instituto. Solimán se acercó a él, aparentando querer besarle la mano. Sacó su puñal, que hundió mortalmente varias veces en el pecho del general.

Los franceses no ejecutaron sumariamente a Solimán, sino que le hicieron un juicio. Fue condenado a ser empalado, según la tradición local. (Esta concesión bárbara, ¿se debió a que habían olvidado a la guillotina en Francia o la que trajeron en los barcos fue hundida por Nelson?)

Una élite, como ya se ha sugerido, se abrió a los aportes científicos, técnicos y culturales que instauraron los franceses. Pero la inmensa mayoría de las capas populares los rechazaron, y se volcaron con más ímpetu hacia el Islam más retrógrado y fanático, que los conminaba a expulsar a los “infieles”. De estos egipcios, descendieron ideológicamente los que fundaron los Hermanos Musulmanes en 1928.


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