Actualizado: 22/05/2017 13:14
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Lichi, Literatura

El primer libro que escribió mi hermano Lichi

La hermana del novelista fallecido hace hoy un año nos escribe sobre un libro que Eliseo Alberto, Lichi, redactó en su juventud y que ha permanecido inédito

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Mi padre, Eliseo Diego, vivió los primeros nueve años de su vida en una quinta en las afueras de La Habana, en el pueblito de Arroyo Naranjo. La casa y el jardín la construyó mi abuelo, el asturiano Constante de Diego. Cuando mis padres se casaron, mamá quiso que sus tres hijos crecieran en ese hermoso jardín y allí vivimos, desde 1953 hasta 1968. El lugar era un verdadero paraíso y fuente inacabable para realizar aventuras de todo tipo. Allí jugábamos con nuestros primos y amigos del barrio. Pero no vivíamos de espaldas al pueblo, al contrario, aprendimos a leer y a escribir en una escuelita muy humilde, Escuela Hogar Consuelo Serra, asistíamos a la misa de la iglesia que se encontraba, como tenía que ser, en medio de un parque, conocíamos todas sus callejuelas y escondites. Uno de nuestros lugares preferidos era la línea del tren que se encontraba al fondo de un pequeño barranco y la cruzaba un puente de hierro antiquísimo, el puente Cambó. Al pueblo llegaba todos los años el circo, y cada 13 de junio, día de San Antonio de Padua, el patrón del pueblo, se celebraban ferias, competencias de caballos, procesiones. Todas estas tradiciones desaparecieron con los años, se fueron apagando. Pero aquel extraño pueblito quedó grabado para siempre en nuestra memoria.

Mi hermano Lichi era el más reservado de nosotros tres. Mientras que Rapi y yo nos la pasábamos trepados en los árboles y haciendo todo tipo de travesuras, Lichi jugaba solo con sus soldaditos, se mantenía apartado y, aunque también retozaba con nosotros, siempre había momentos del día en que se nos perdía y lo encontrábamos leyendo o escribiendo. Desde muy jovencito ya se había leído la poesía de nuestro padre, conocía la de Fina, Octavio Smith, Ángel Gaztelu, aparte de, por supuesto, los imprescindibles libros de aventuras de Verne, Salgari, Stevenson y todos los clásicos para niños y jóvenes de aquella época que papá nos había comprado y que tanto disfrutó durante toda su vida.

Ya a los dieciséis años le enseñó sus primeros poemas a tía Fina, algunas décimas y relatos. Pasaron los años, Lichi empezó la carrera de periodismo, se graduó, comenzó a trabajar haciendo diferentes reportajes, escribió tres libros de poesía y un relato para jóvenes titulado La fogata roja. Durante el tiempo que trabajó en el ICAIC escribió innumerables guiones de cine, labor que continuó haciendo en México, así como telenovelas, sin abandonar nunca el periodismo. En 1997 publicó su libro de memorias, Informe contra mí mismo, y en 1998 ganó el primer premio de novela que convocó la editorial Alfaguara, con su libro Caracol Beach, compartido con el escritor nicaragüense, Sergio Ramírez. Se convirtió en un escritor famoso y de gran prestigio.

Un buen día, ya siendo él un escritor conocido, revisando cajas viejas, me encontré un libro que Lichi me había mencionado hacía muchos años, La Quinta de los comienzos (título tomado de un poema de Octavio) y fechado en 1969. Tanto él como yo lo habíamos olvidado. Estaba escrito con la letra de la vieja maquinita de escribir de nuestro padre, era la única copia. Lo mandé a encuadernar, lo transcribí en el ordenador y se lo envíe por correo electrónico. Apenas me habló de él y nunca lo mencionó en sus entrevistas. Al regreso de México, después de su muerte, lo busqué y releí. Recordaba que el libro era sobre nuestra infancia y el pueblo pero, al releerlo, ahora que mi hermano ya no estaba, fue como si lo leyera por primera vez.

El volumen, de 145 páginas, es de una ingenuidad conmovedora. Recuerda un poco la atmósfera de Celestino antes del alba, (1967), aunque sin “los demonios” de Arenas, cuya infancia en el campo fue totalmente diferente a la nuestra, y un poco, quizás, salvando las distancias, a la hechizada narración de El gran Meaulnes. Se percibe el esfuerzo del joven escritor que trata de aparentar una seguridad propia de escritores experimentados. Intercala poemas de nuestro padre relacionados con la niñez, como es El niño en su cuarto (“Tienes miedo esta noche: los ladrones / están afuera entre las hojas / mirando la ventana”), de El oscuro esplendor (1967); poemas de Fina, de Cintio, poemas suyos, con una marcada intención de acercarse, en la medida de sus posibilidades y con cierta timidez, a la poesía de papá. Una de sus primeras décimas (después me encontraría un pequeño folleto mecanografiado y dedicado a tía Fina con muchas más) aparece en el libro:

La sombra gris que tú ves
sobre la carpa de lona,
saltimbanquis, la leona,
el domador de revés…

El payaso, amigo, es
en la función, carcajada,
y va a su pobre morada,
taciturno en la caída,
con su risa destruida
y el alma, sola, cansada.

Se detiene en cada recuerdo y lo recrea, como acariciándolo, no se le olvida nada ni nadie. De la mendiga Pelegrina dice:

Pelegrina nunca comprendió por qué los hombres del pueblo se sentaban en el parque a hablar del juego de pelota, y podían pasar mil horas sin pensar en Dios. Ella nunca comprendió por qué vestían con otros colores, y no con el pardo de su túnica, las mujeres del pueblo, y no con sus sandalias, las viejas comadres. Nunca comprendió cómo los vecinos del pueblo no llevaban siempre el crucifijo al cinto y el nombre de Jesús nunca aparecía en los saludos del día, ni en los recuerdos al que se marchaba.
Y Pelegrina recogía las tablitas del pueblo y con ellas armaba su techo, construía la soledad de sus paredes y poblaba su bosque de plátanos con el olor a muerte de la madera vieja, las lloviznas de octubre, y el misterio imaginado que negaba a la luz la gloria de iluminar las ruinas.

Cuando se refiere a Pancho y Felito, dos hermanos campesinos que nos llevaban todos los días la leche fresca, acabada de ordeñar de la vaca, los recuerda así:

Quien los visitó conoce de la suavidad del mimbre y el aroma del dulce que se dora en la cocina, como un saludo en coro de cocos y tomeguines. Y cómo se acercaban los hermanos a la sala y hablaban del pueblo en tiempos pasados, del caballo del abuelo y del ternero de la vaca al que asusta la luz afuera. Y cómo reía Felito y el café de Pancho y la lámpara de colores y los colores.
Ellos no sabían que la risa del pueblo iba a dar a sus frutales, y se volvían mangos y naranjas que los niños tumbaban a pedradas. Ellos no sabían, en la penumbra, que del mimbre del arco en los sillones nacía el río al pueblo y se llenaban los pozos de agua clara.

Relata la llegada del circo, uno de esos circos destartalados que recorrían los pueblos cubanos, con un león soñoliento y unos payasos que daban ganas de llorar, pero que para nosotros era como entrar en un mundo totalmente mágico. El amor por los circos nos acompañó a los tres siempre, no solo porque un tío abuelo nuestro fue gerente de un importante circo y su esposa era la trapecista que daba el triple salto mortal, sino porque aquel circo que nos visitaba anualmente sacudía la modorra del pueblito con sus sorpresas y prodigios. Muchos años más tarde, mi hermano Rapi llevó al cine la novela de Haroldo Conti, Mascaró, el cazador americano (1991), con música de nuestro primo, José María Vitier, que trata sobre uno de estos circos que pasan por pueblos “dejados de la mano de Dios”, regalando sueños, alegrías y esperanzas. Lichi escribió su primera novela, La eternidad por fin comienza un lunes (1993), también sobre un circo, el “Cinco Estrellas”.

Uno de los momentos del día que más disfrutábamos era cuando el sol se escondía detrás del inmenso matorral a la derecha del puente de hierro y comenzaba a oscurecer. El silencio de la noche interrumpido por el sonido misterioso de grillos y lechuzas, el cielo lleno de estrellas, transformaban el jardín y lo convertía en un sitio encantado. Así lo describe Lichi:

Y llegó la noche, como una grata sorpresa.
(Sucedía que desde la ventana se veía venir a la noche como un manto sobre los pinos. Y que los pinos soñaban con los duendes. Y que había muchas estrellas, demasiadas. Sucedía que el viento entraba por el hueco de la ventana al cuarto limpio, de paredes empapeladas con dibujos de fincas, vacas, iglesias, cercas de madera blanca. Entraba a acariciar las sábanas, las maneras de acurrucarse en el frío. Y es que sucedía lo siguiente: se veía venir a la noche elegante como un tul suave).

Fue en Arroyo Naranjo que mi hermano comenzó a escribir, y fue a ese pueblo al que quiso regresar, definitivamente y para siempre, cerrando así el ciclo de su vida. Pidió que sus cenizas se esparcieran desde el puente de hierro, ese que tantas veces cruzamos en nuestros juegos y con nuestros padres. Atravesar el puente era llegar a la maravilla.

Para mí, la lectura de este cuaderno, después de la muerte de Rapi y de Lichi, fue como encontrar un tesoro. La pregunta que todos los hermanos se han hecho siempre, “¿te acuerdas, mi hermano…?”, y que yo nunca más podría hacer, encontró todas sus respuestas. Y ahora sé que mis recuerdos se encuentran a salvo de las escurridizas trampas de la memoria, celosamente rescatados y protegidos por mi hermano, en las páginas de su libro:

¿Es que acaso no ves los saltos de los duendes allá donde los árboles de la naranja? ¿Es que acaso no oyes el sonido de la cornetica en la danza pequeña, amiga, niña mía, callada? ¿Es que acaso no ves los castillos, aquellos donde el viento se entretiene y la luz cobra nuevas fuerzas y nuevos brillos para sus estrellas? ¿Es que acaso no ves su gracioso traje a manchas de acuarelas frescas, rojas y amarillas, y el extraño, cómico sombrero en punta de los duendes entre las ramas, allá a lo lejos? Y en los pinos, la curva suave de su único, largo tronco por el peso de la fiesta improvisada, y en la fuente el paso de la estatuilla, y en el pozo el reflejo de alguien que, asombrado de su cara, se ríe y se palpa, se alisa el pelo. ¿Es que acaso el atardecer, ya la noche...? ¡No te das cuenta que es imposible que todo muera! Porque ya para siempre los árboles de la naranja, el viento, la luz en la mañana, los trajes, niña, amiga mía, callada, tú misma, hermana, eres su propio aliento, su invencible sueño. Al partir dejó su ánima en la nuestra, y en ella habita. Es inútil. Nada temas. Al otro lado de la reja, donde las cosas, tus cosas, las mías, pierden irremediablemente su encanto de poderlas recordar luego en maravillas y fiestas inacabables, aguaceros, tardes donde el sol se escondía en la palma de nuestras propias manos; al otro lado de la verja, cruzando el camino, con una risa enorme clavada en la garganta, lanza inocente, recostada al único árbol, está la muerte, en su capa, muerta. No temas ya por los juguetes, tu árbol, la cornetica de la pequeña danza que recuerdas, niña, amiga mía, callada hermana, las hojas de la naranja. Con la muerte se espantó el olvido. Las cosas estarán para siempre donde las guardaste, cuando tu último mechón de cabello infantil se confundió con la primera trenza de jovencita que empieza a presumir, a solas, frente a un espejo, cuando quisiste. No temas. ¿Es que acaso no ves a tu derecha que un duende pequeñito se ha quedado dormido, y entre tus sábanas, su traje de acuarelas frescas, es la alegría eterna de aquellos días, de aquel incansable sueño donde aún vivimos cogidos de manos? ¿No lo ves, sobre su pecho?, la cornetica dorada duerme, hagamos silencio...


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A la derecha, el escritor Eliseo Alberto, de niño, junto a sus hermanos Josefina de Diego (centro) y Constante “Rapi” Diego (izquierda)Foto

A la derecha, el escritor Eliseo Alberto, de niño, junto a sus hermanos Josefina de Diego (centro) y Constante “Rapi” Diego (izquierda).