Actualizado: 23/09/2017 15:02
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Elogio de Napoleón

Fue él quien me enseñó a montar bicicleta, a jugar pelota, a nadar y a fajarme en el barrio si tenía que hacerlo

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Mi padrino Napoleón —Abuela le puso así porque era el último de sus hijos y dijo que él sería su Waterloo, su derrota ante la preñez— fue una de las dos o tres presencias tutelares de mi vida y el padre que nunca tuve.

Desde muy jovencito demostró que tenía dotes para el deporte —cualquier tipo—, lo mismo pelotero, ciclista y corredor de 100 metros que nadador, pescador submarino y boxeador. Ya yo leía sin parar revistas, magazines y periódicos cuando una tarde me enseñó una revista Carteles donde se hablaba de las medidas de Rocky Marciano, en esa época indiscutible campeón mundial de los pesos pesados:

Muñecas: 7½ pulgadas,
Biceps: 14 pulgadas,
Cintura: 32 pulgadas,
Pecho: 39 pulgadas,
Cuello: 16 pulgadas,
Piernas: 15 pulgadas,
Tobillo: 10 pulgadas,
Puño: 11½ pulgadas,
Antebrazo: 12 pulgadas,
Estatura: 5 pies, 11 pulgadas,
Peso: 185 libras.

Y me dijo con el orgullo del retador que no fue: «Tengo esas mismas medidas».

Fue él quien me enseñó a montar bicicleta, a jugar pelota, a nadar y a fajarme en el barrio si tenía que hacerlo. «Los golpes no matan», me decía, «y con la cobardía no se puede vivir». Más de una vez me dejaron sin aire por un derechazo en la barriga, me rompieron un ojo o yo partí en dos un labio. Todo el mundo en el barrio lo respetaba, porque, aunque era campechano, simpático y muy familiar, no le aguantaba nada a nadie y se enredaba a piñazos con cualquiera. Los peores tipos del barrio —el Bulldog, el Negro Carburo, Felo Fechoría— lo respetaban casi con devoción. Años después yo iba a conocer que ocurría en las películas de la Mafia; una especie de don siciliano en pleno Lawton.

Intrépidamente exhibicionista, era muy atrevido para todo y a sus veintipico de años se tiraba desde el trampolín más alto, se lanzaba en picada en una bicicleta de niño por una loma hacia abajo o manejaba un carro por las calles del Vedado a una velocidad vertiginosa. Cualquier riesgo valía la pena con tal de ganar, y más de una vez ganó. Habanero empedernido invariablemente decía la misma frase: «Soy la candela».

Siempre enamoradizo, parrandero —le pusieron Bacardí por las cantidades ingentes que tomó del ron— y un bonitillo mujeriego con mañas de seductor, era también un cazador compulsivo de ladrones, carteristas y, sobre todo, rascabucheadores. Una madrugada, después de un tiempo de estar vigilándolo, capturó a un mirahuecos que tenía aterradas a mi madre y a mi madrina Yolanda, las hermanas que, aun siendo más joven que ellas dos, protegía con celo de macho mexicano. Cuando lo tenía en el suelo, ya con la cabeza rota le preguntó por qué iba noche a noche a mirarlas por la ventana.

—Es que las dos están muy buenas —le respondió desde el pavimento el rascabucheador ensangrentado.

Hizo falta cinco hombres para quitárselo de entre los puños porque lo iba a matar.

No sabía bailar, pero cantaba los boleros de moda con buena voz, con gracia y con un estilo que se movía entre Daniel Santos, Orlando Vallejo y Panchito Riset. Cuando ya él tenía setenta años y yo me conocía palante y patrás la letra y los intérpretes de medio millón de boleros, lo puse a prueba tarareándole la canción y me respondió sin un fallo: «Cómo fue, Beny Moré; Miénteme, Olga Guillot; Cenizas, Toña la Negra; Humo y espuma, Fernando Álvarez; Sin egoísmo, Orlando Contreras».

Para mi hermano y para mí fue ejemplo de buen hijo, de buen hermano y de mejor padre; un sinónimo de valentía y un modelo feroz a seguir. La mitad de mi vida se la debo a él y mis fobias, obsesiones y manías también vienen de él.

Un día llegó a la casa con un cuento de película. Había salido de madrugada lleno de tragos de un bar del puerto y mientras esperaba la confronta para regresar a la casa, sintió cerca de la nuca una brisa que lo heló. En la oscuridad no se dio cuenta de que tenía a un mulato de ojos verdes de más de seis pies y 200 libras con cuerpo de gladiador romano que lo miraba abiertamente provocador. Estaban solos en la parada y en un instante, el mulato sacó la lengua, se la pasó por los labios y le tiró un beso promiscuo. Padrino no lo pensó dos veces y se fue de allí lo más rápido que pudo. Mi hermano y yo, sorprendidos de que a pesar de su fama no lo enfrentara y se enredara a golpes con el tipo le preguntamos por qué no lo hizo. «No coman mierda», nos dijo. «Me hubiera desbaratado. Era un jabao enorme, un animal de fuerte y, de contra, experto yudoka al que le decían la Reina». Más tarde, supe que la Reina era uno de los amigos más íntimos de Marlon Brando en sus frecuentes viajes a La Habana.

Conoció a Fidel Castro en el Vedado meses antes del asalto al Moncada, cuando reclutaba jóvenes antibatistianos, pero no quiso meterse en la aventura. Toda su vida dijo ser revolucionario, pero sin ser chivato ni hijoeputa, aclaraba. En los últimos años de su vida, reconoció virilmente que lo habían estafado sentimentalmente. «Aquello es un caos, un crimen y un desastre», me dijo con amargura.

Padrino se murió el 22 de julio de 2015, justamente una semana antes de cumplir 85 años, en Morón, Camaguey, adonde se había mudado desde 1961, renunciando a su incuestionable derecho de habanero reyoyo.

Creo que supo que era una de las personas que más he querido y que yo hubiera dado media vida por ser como él.


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