Actualizado: 19/08/2017 15:37
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Literatura, Literatura cubana, Cuentos

Entre el dolor y la caricatura

Tras más de quince años sin comparecer ante los lectores, Rafael Zequeira Ramírez publica un volumen de cuentos que configuran un retablo delirante y absurdo de esa realidad de ruina, vacío y desilusión que es la realidad cubana de hoy

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A juzgar por los primeros pasos que se le conocen en la creación literaria —en 1994 obtuvo el premio de cuento convocado por la revista mexicana Plural—, Rafael Zequeira (Camagüey, 1950) escribe desde hace más de dos décadas. Sin embargo, su bibliografía es sumamente exigua. En 1999 dio a conocer el volumen de narraciones El Winchester de Durero, aparecido bajo el prestigioso sello editorial de la Universidad Veracruzana. Tras eso, ha demorado diecisiete años en comparecer de nuevo ante los lectores. Lo ha hecho con Ópera bufa (Editorial Pliegos, Madrid, 2016, 139 páginas), título que será objeto de las líneas que siguen.

Integran el libro cinco cuentos: “Las parejas del diluvio”, “Un mariscal ruso en la isla de San Brandán”, “Los novios del Muro de Berlín”, “La paradoja 41 de Zenón” y “Ópera bufa”. Todos son bastante extensos (van de las 17 a las 32 páginas) y van precedidos por el subtítulo de capítulo primero, segundo, etc. A propósito de ese detalle, en la contraportada se señala que “Ópera bufa puede leerse como una novela en cinco capítulos, o bien como historias perfectamente separadas e independientes”. La primera de esas lecturas la sugiere el hecho de que algunos personajes aparezcan en más de un texto. Incluso en el último, se puede leer: “Estuvo tentado de contarle a la sueca la historia de Rina Lázara, de su hija producto del jineteo con un español, de otra española a la que le había robado hasta los blúmers en un surrealista viaje en tren Camagüey–Habana”. Unas referencias que remiten a cuentos anteriores. Pero, sobre todo, el libro admite ser leído como un retablo de “esa realidad de ruina, vacío y desilusión en que se ha convertido la vida cubana de las últimas décadas”.

Zequeira Ramírez relata un puñado de historias por las que hace desfilar un variopinto muestrario de personajes. Hallamos así a niños con nombres imposibles de nombrar, menos aún de recordar. A un par de amigos que se mal ganan la vida escribiendo esperpénticos novelones para una emisora provincial, y que no aceptan beber otra cosa que no sea “chispa de tren”. Cincuenta y tantos años inútiles de una revolución más inútil todavía les han enseñado que “con los principios no se juega, aunque con los finales a lo mejor sí, que nunca se sabe”. A un mulato graduado en Lenguas Clásicas en la Universidad de La Habana, que coprotagoniza en el distinguido barrio madrileño de Salamanca un episodio que tuvo mucho de zarzuela. Y a un sobreviviente de la UMAP, que se hace llamar Tolbujin, el apellido de un militar ruso de alto grado que existió realmente. Un detalle que, como él mismo confiesa, lo salvó en más de una situación:

“Nos amargaron y nos jodieron bien jodidos, corazón. Pero yo logré liberarme de lo peor gracias a mi querido mariscal: cuando la policía me detenía por mi inconfundible pinta de loca, yo les mostraba el libro como crucifijo a vampiro, recitaba con mi mejor tono masculino párrafos enteros que narraban las heroicidades del camarada Tolbujin en Transcaucasia, al frente del invencible Ejército Rojo, me declaraba a gritos prosoviético, macho remacho, y me dejaban en paz. Solamente una vez estuve a punto de ir a parar detrás de las alambradas, cuando en un arrebato declamatorio, en vez de decir mariscal dije mariscalón”.

Otro personaje al que quiero referirme es Domingo, protagonista del último cuento. Al inicio, está a punto de tomar en Barajas el avión de Cubana que lo ha de llevar de nuevo a la Isla, tras realizar su primer viaje al extranjero. “Soy feliz a pesar de que sé que regreso al Infierno”, piensa. La mujer que va a su lado y que durante todo el tiempo él estaba seguro de que era sueca, no comprende su insólita decisión. Ha escuchado su descarga y no logra explicarse que prefiera volver a aquel sitio en el cual sus perseguidores siempre van a estar ahí. Tanto es su estupor, que finalmente le pregunta: “Hay algo que no entiendo, Domingo, ¿por qué regresaste a Cuba?, podías haberte quedado en España, o en cualquier otro país”. La respuesta que Domingo da no la escucha ni la mujer ni nadie, pues la dice para sí: “No podía y no quería quedarme en España, porque estoy convencido de que son todos ustedes los que se tienen que marchar, no yo, coño, no yo, que este también es mi país, cabrones; aunque lleven décadas movilizando a los perros para que salgan a la calle a dar golpes y a gritar esa mierda de «¡que se vayan!», es mi país, tan mío como de ustedes, hijos de puta”.

En esos cuentos, los cubanos comparten espacio y protagonismo con los españoles. Una cubana y un hombre nacido en Guipúzcoa son la pareja que vive una love story en la extinta RDA, “a escasos cien metros de un muro que ya tenía fecha de caducidad y nadie lo sabía”. Asimismo, la realidad cubana aparece vista desde la óptica de españolas y españoles que por distintas razones viajan a la Isla. Por ejemplo, Iziar, Arantxa y Neus lo hacen como turistas. Allí, entre otras cosas, disfrutan de “las arenas más finas y blancas, las aguas más cálidas y los hombres más sibaritas y mejor entrenados para el amor que pudieran existir en el mundo”. En La Habana, los viejos autos norteamericanos de los años 50 se encargan de las transportarlas a “un mundo Disney en ruinas”. La capital cubana les admira por ser una ciudad deslumbrante y crujiente de tanta luz, “a pesar de que en algunas zonas parece que acaba de padecer el paso de una flota de Messerschmitt enviados por la Luftwaffe para asolarla y derruirla”.

El trío de españolas recorre La Habana a bordo de bici-taxis, conducidos por mulatos que sueltan el bofe dándole a los pedales. Para ellas están vedados los autobuses renqueantes, que sueltan unas espesas columnas de humo negro. Eso queda para los nativos que los atiborran. Una “gente exhausta o aburrida o agresiva o vociferante o con ganas de tocar un culo, una teta, un pene, o con deseos de morirse cuanto antes y terminar de una vez con aquella locura inútil”.

Los fragmentos que antes he citado pueden inducir a que se piense que Ópera bufa es la consabida obra de denuncia o que pretende dar un registro naturalista del día a día en la Cuba de hoy. Nada más lejos de esos cuentos. Zequeira Ramírez escribe literatura en estado puro, con todo el despliegue imaginativo y la elaboración estética que eso exige. Aunque no deja de incorporar ingredientes de la realidad, se nutre más de la fabulación. Crea unas historias cuyos argumentos resulta difícil, casi imposible, resumir. En primer lugar, porque desarrollan unas tramas repletas de pliegues y ramificaciones, en las que lo insólito y lo hilarante se mezclan con lo cotidiano y lo dramático. Son además cuentos que poseen una considerable complejidad estructural y un diestro uso de los recursos técnicos. Eso, sin embargo, no los hace perder amenidad, gracias a las estupendas dotes de narrador de Zequeira Ramírez, así como a su atractiva frescura verbal y a su efectivo empleo de las formas orales de expresión.

Ópera bufa salda, pues, con creces el prolongado silencio de su autor. Su publicación aporta una obra muy personal, que recupera para nuestra narrativa una ambición a la cual no muchos aspiran.