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Actualizado: 31/10/2014 17:24
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| Cultura

Lecuona, Música

Excelente libro y crónica, pero…

A propósito de Ernesto Lecuona: cartas

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Recientemente y en estas mismas páginas, Carlos Espinosa Domínguez, como nos tiene acostumbrados, hizo una cuidadosa y detallada crítica al libro editado el año pasado en Cuba, Ernesto Lecuona: cartas, selección y anotaciones de Ramón Fajardo Estrada. La obra, en dos tomos, con un total de 772 páginas (no sé por qué, Espinosa menciona 676 páginas), es como señala su comentarista, un epistolario crítico, porque el investigador, nos da, dice Espinosa, “numerosas notas e introducciones, que revelan intenciones y significados oscuros para el lector de hoy”. Como si esto fuera poco, en el segundo tomo dedica 224 páginas a lo que llama “Notas biográficas de personalidades mencionadas” y es en realidad un Diccionario biográfico que además de ayudarnos a comprender mejor las cartas, es un aporte importante a la historiografía de Cuba y su música.

Además de ser un excelente cultivador de este perdido arte de la correspondencia, como señala Espinosa, Lecuona se retrata asimismo en sus cartas: su generosidad, su sentido del humor, la mezcla poco común de un músico entregado de lleno a su carrera como compositor e intérprete, pero al que aún le queda tiempo para ser un astuto y cuidadoso empresario, que calcula objetivamente riesgos y posibilidades, que sabe “engatusar” a sus artistas, a “la cuadra de Lecuona”, como en el ambiente de la época se señalaba a la pléyade de artistas que bajo sus órdenes y consejos, hicieron brillantes carreras. Así, cuando está preparando alguna nueva producción, le escribe a su gente, les va contando los preparativos, decorados, vestuario, etc.; en fin los va enamorando…

Hay otros detalles interesantes de su epistolario, cómo sabe describir en breves líneas, como todo un señor periodista, el ambiente de Hollywood, (como bien resalta Espinosa), el de Buenos Aires o el de otras ciudades. Además, en cada país por donde pasa, menciona a los músicos cubanos existentes en el mismo, da detalles sobre ellos, y muchas veces los incorpora a sus presentaciones; gracias a ello, sabemos de artistas cubanos totalmente olvidados en Cuba, e inclusive de giras por esos países de orquestas cubanas, como la Havana Casino, de lo que no teníamos detalles.

Hay mucha tela por donde cortar en este epistolario que comienza con una carta suya a Gonzalo Roig de 1918, y termina con una a Hortensia Coalla en 1963: Mucho que aprender, y pensar. Pero quedan varias dudas. Fajardo señala en el prólogo, las fuentes a las que acudió para hacer su trabajo y comienza diciendo: “Mas con su definitiva partida de Cuba hacia Estados Unidos, el 6 de enero de 1960, Ernesto Lecuona se llevó una cuantiosa porción de sus legajos, incluidas numerosas cartas”. Pero no cita de qué fuente saca esa información.

Lecuona regresó a Cuba en enero de 1959, como señala Fajardo en su libro, quien sigue reseñando en la p. 81: “Los cambios que en todos los órdenes ocurrirían en la Isla a partir de enero de 1959 repercutieron también en la Sociedad Nacional de Autores de Cuba, que llegó a esa fecha con José Sánchez Arcilla y Ernesto Lecuona, en los respectivos cargos de presidente y vicepresidente, pero de manera provisional”. Es bueno que en esta etapa semi-revisionista que permite el Gobierno cubano, en que se “recuperan” figuras que fueron borradas de la cultura cubana, el autor toque este tema, y continúe narrando los ataques y acusaciones falsas que sufrieron entre otros, Gonzalo Roig y Ernesto Lecuona, este último renunció a su cargo en la SNAC. Sigue Fajardo reproduciendo la defensa que de ambos hicieron los periodistas de la revista Bohemia en la sección La Farándula pasa, a favor de Lecuona y Roig en septiembre de 1959. Sigue el desfile de ataques y defensas, que en definitiva culmina en la salida del país de Lecuona el 6 de enero de 1960, (p.109), para lo que previamente había solicitado le permitieran sacar del país la suma de $150 de una de sus cuentas bancarias (p. 111) Lo que no dice el libro, es qué pasó con el resto de las cuentas bancarias en Cuba.

En ese ambiente, es difícil que Lecuona se atreviera a sacar documentos, y menos, que se los dejaran pasar; todos sabemos las estrictas medidas de esa época en términos del equipaje.

En cuanto a los dejados en Cuba, Fajardo explica en la p. 7 del tomo 1: “Partituras, fotografías y otros documentos… quedaron entonces bajo el cuidado de Elisa Lecuona, pero lamentablemente, casi la totalidad del archivo de ella —así como la papelería que le dejó su hermano— fue lanzada a la calle por los ocupantes de la vivienda de la también pianista y compositora, tras su fallecimiento”.

Y agrega Fajardo: “Debemos considerar además que luego de morir Lecuona en España, la documentación acumulada en su casa de Tampa,… pasó a manos de familiares o íntimos amigos que designara herederos, entre ellos el abogado John Sperry, quien desde 1945 lo representó en asuntos legales en Norteamérica, mantuvo un largo epistolario con el maestro y custodiaba una alta cifra de expedientes del compositor y pianista”.

Fajardo no comenta si realizó alguna gestión con estas personas o sus herederos, en pos de los documentos de Lecuona… Cuando narra cómo consiguió la documentación usada, dice en la p. 8: “…así como (los fondos) del Archivo Nacional, donde el Departamento de Recuperación de Valores del Estado depositó un lote de ellas junto con disímiles documentos encontrados en la última morada habanera del maestro, en El Chico Country Club”.

En qué quedamos, ¿se quedaron los papeles en los documentos que botaron de casa de la hermana, o se los llevó Lecuona en el barco, o los confiscó el Departamento de Recuperación de Valores (antes llamado de Bienes Malversados) que era el que incautaba las propiedades de los que abandonaban el país y no regresaban?

Del total de 193 cartas que incluye el libro, solo 19 corresponden al periodo 1960-1963; es lógico. 6 están escritas a María de los Ángeles Santana y 7 a Pedrito Fernández, ambos artistas cubanos residentes en Cuba; en ellas, Lecuona habla mayormente de lo que parece ser su obsesión: montar sus obras líricas en teatros de España e invitar a estos y otros artistas cubanos residentes en Cuba, para que participen. En ellas, Lecuona no comenta sobre Cuba; es lógico que así lo hiciera, pues posiblemente podía haber censura y sus comentarios perjudicar a los recipientes.

Es lástima que no haya correspondencia de Lecuona con otros artistas cubanos exilados como él, hay indicios de que en ellas, hablaba con libertad, de lo que pensaba del régimen cubano, y también de algunos artistas de los que se habían quedado. Sin embargo, la última carta de Lecuona sí existe, y es bien conocida: no sabemos por qué el autor no la incluyó. De hecho, hay acceso a ella fácilmente en internet; basta buscar bajo “Ernesto Lecuona, Last will and testament”. En efecto, el testamento es la última carta que escribimos, pues comienza a surtir efecto, precisamente desde el día de nuestra muerte. Otorgado el de Lecuona el primero de junio de 1963 ante tres testigos, en su casa de 5004 North Tampania, Tampa, Florida, se convierte el día de su muerte, el 11 de noviembre de 1963, en Santa Cruz de Tenerife, Canarias, España, en su última carta, la que contiene sus disposiciones testamentarias, y en ella ordena en su acápite tres:

“I direct that I be buried in an appropiate mausoleum in accordance with the judgment of my Executor hereinafter named and provided the cost thereof be practicable. I further provide that my interment be in New York in the event that Fidel Castro or any other head of government in Cuba be Communist or represent such faction, group or clase be it governed or dominated or inspired by alien doctrine from abroad. On the other hand in the event that Cuba be free at the time of my death, I direct that I be buried there in accordance with the same standard herein ser forth”.

La traducción es mía:

“Yo dispongo que sea enterrado en una tumba apropiada de acuerdo con el criterio de mi albacea aquí más adelante nombrado y siempre que el costo sea apropiado. Además dispongo que mi entierro sea en Nueva York en el caso que Fidel Castro o cualquier otro jefe del gobierno en Cuba sea comunista o represente dicha facción, grupo o clase que sea gobernada, dominada o inspirada por doctrinas extranjeras de afuera. Por otra parte, en el evento de que Cuba sea libre al tiempo de mi muerte, dispongo ser enterrado allí de acuerdo con las mismas condiciones antes señaladas”

Creo que es un buena idea que en Cuba se vaya conociendo la verdadera historia de muchas figuras importantes de nuestra cultura que estaban en el “infierno de censura y olvido”, como señala Espinosa, pero vamos a hacerlo bien, en pos de un buen comienzo de una distinta forma de relacionarnos y entendernos; pero sobre la base de que lo pasado se puede obviar, pero no olvidar.


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