Actualizado: 23/03/2017 10:50
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Juan Gabriel: el amaneramiento que el machismo mexicano aplaudió

Las fronteras del machismo se borraban en los conciertos del autor de “Abrázame muy fuerte”

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Puede uno estar de acuerdo o no con el compositor y vocalista Alberto Aguilera Valadez (Parácuaro, Michoacán, 7 de enero de 1950 – Santa Mónica, California, 28 de agosto de 2016): Juan Gabriel. Juanga en el cariño de millones de latinoamericanos. Los puristas siempre son puristas: ¿qué pueden decir?, además: no nos interesa lo que digan; pero, para nosotros, adeptos de la canción espontánea, esa que nos hace llorar cuando el amor nos abandona o nos visita: Juan Gabriel es un patrimonio concluyente de la música mexicana. ¿Quién no ha tarareado al menos, una vez en su vida las sugerentes melodías del Divo de Juárez? Para los que tienen dudas todavía: basten estos ejemplos: “Hasta que te conocí”, “Amor eterno”, “Querida” y “Así fue”.

Y aún más: que los puristas escuchen detenidamente esa pequeña obra maestra de la canción hispana: “Se me olvidó otra vez” en que se conjunta la inspiradora melodía con versículos de raigambre posmodernista en apuntes de cautivadora perfección lírica: “Probablemente ya de mí te has olvidado / Y sin embargo yo te seguiré esperando / No me he querido ir para ver si algún día / Que tú quieras volver me encuentres todavía // Por eso aún estoy en el lugar de siempre / En la misma ciudad y con la misma gente
/ Para que tú al volver no encuentres nada extraño / Y sea como ayer y nunca más dejarnos // Probablemente estoy pidiendo demasiado / Se me olvidaba que ya habíamos terminado / Que nunca volverás que nunca me quisiste / Se me olvidó otra vez que solo yo te quise”. Vayan estrofas en que los lugares comunes se convierten en imágenes incitantes.

Un país entero está de luto. En las cantinas, cabarets, bares, mercados, esquinas y puestos de fritangas y quesadillas grupos de mariachis entonan temas del hijo de Michoacán. A Garibaldi, la explanada más grande del centro de la capital mexicana, patio de cientos de agrupaciones rancheras, llegan miles de personas a cantar las piezas del divo. “¡El mejor compositor de México!”, exclama una muchacha con el tatuaje de un guitarrón en el hombro izquierdo. “Me vengo a emborrachar en honor a Juanga”, grita un moreno de bigote espeso, blue jeans apretado, botas de granjero y camisa de charro abierta. El tequila corre furtivamente. Está prohibido tomar en esta villa: la policía se hace de la vista gorda.

En el salón de baile de la calle de enfrente, El nuevo Tropicana, se escucha más de una vez la versión en mambo-chá de “Hasta que te conocí” de Willy Colón. En el kiosco del pasillo central varias parejas se besan y canturrean los números más sonados del cantante fallecido la mañana del domingo 28 de agosto en Santa Mónica, California. El tufo de la tristeza mezclado con la algarabía delirante se expande por toda la avenida Lázaro Cárdenas.

La Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) registra en sus archivos más de 1.800 composiciones suscritas por Alberto Aguilera, las cuales transitan por el pop, ranchero, flamenco, huapango, bolero, afrocaribeño, banda, chicano, bolero ranchero, son de mariachi y esquemas de balada, entre otras variantes sonoras del entorno melódico-rítmico hispano. Pero, el autor del popular éxito de los 80, “El noa noa”, concordó un cosmos híbrido, en que el ánimo de las raíces musicales de México siempre está presente. Dicen las estadísticas que ha vendido más de 195 millones de discos (45 millones en colaboraciones que realizó con la española Rocío Durcal).

Uno de los soportes clave del atlas del cancionero moderno mexicano, junto a Agustín Lara, José Alfredo Jiménez y Armando Manzanero. Juan Gabriel ha sabido calar hondo en el pueblo. Sus atajos melódicos-armónicos de atrayente frescura renovaron el repertorio de la música romántica hispana. Tenor ligero de falsete cautivador, fraseaba con un prodigioso sentido del tempo desde un imaginario de precisa recitación.

Recuerdo la vez que recabé de Juan Formell su opinión de la música mexicana contemporánea, el director de Los Van Van me dijo: “Me gusta mucho toda la música mexicana, pero los boleros de Manzanero y los temas rancheros con insinuaciones pop de Juan Gabriel me parecen geniales”. José Luis Cortés, el director de NG La Banda, me comentó en uno de sus viajes a México: “Muchacho, ese tema de ‘Querida’ tiene tremendo swing, si consigo los derechos, lo voy a montar para la banda”.

Los puristas guardan silencio. Nunca le perdonarán a Alberto Aguilera Valadez esos cánticos que los derrotados y enaltecidos por el amor canturrean a todas horas. El poema de amor se teje en cifras de un habla común y familiar (“Tú eres / la tristeza de mis ojos / que lloran / en silencio por tu amor / me miro en el espejo / veo en mi rostro / el tiempo que he sufrido por tu adiós / (...) / Cómo quisiera / que tú vivieras / que tus ojitos / jamás se hubieran cerrado nunca / y estar mirándolos // Amor eterno e inolvidable...”).

Los enamorados se columpian en los vaivenes de la congoja. Mis vecinos del apartamento de al lado están ebrios: entonan desafinados las canciones del compositor fallecido. Me invitan a un trago. Acepto. Que todo sea por Juanga. Me ‘dedican’, en coro etílico discordante, “Siempre en mi mente”: saben que me gusta.

Las fronteras del machismo se borraban en los conciertos del autor de “Abrázame muy fuerte”: confluían los sombreros charros con las camisas rosadas de seda, el hedor del tequila con el bálsamo de Coco Chanel. Juan Gabriel: el amaneramiento que ha sido capaz de convencer a los machos y convertirse en el himno de los otros.


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