Actualizado: 26/05/2017 13:27
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La Editorial Capiro y el «control obrero»

Es imposible justificar que las instituciones culturales de una provincia gasten en promocionar a los libros y autores de Capiro cantidades de dinero que superan en varias veces el producto de las ventas anuales de dicha editorial

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Si en una industria, una granja o un establecimiento de servicios la efectividad del control obrero para promover la productividad es discutible (en todo caso el aumento de la productividad no es el fin último de los esfuerzos del hombre), en el caso de una editorial es inviable y contraria al logro de todos los fines legítimos concebibles en una institución semejante. En un taller, en una vaquería, o en un café, es evidente que en condiciones normales los trabajadores impedirán la creación de camarillas al promover el ingreso a la plantilla de cuanto joven demuestre habilidades productivas superiores al promedio. Ya que el aprovechamiento de esas habilidades los ayudará a impulsar el fin deseado por todo el colectivo: el aumento de la producción y de los beneficios personales que de ello se desprenden.

En una editorial controlada por los escritores ocurrirá exactamente lo contrario. Con más claridad si la editorial en cuestión no tiene que ocuparse de sus cuentas al ser por entero subvencionada por algún mecenas (persona, institución o Estado), cuyo interés final no sea ni la calidad, ni la recepción de las obras publicadas por aquella, sino que solo ejerce su mecenazgo en interés del beneficio que en imagen pública puede traerle el mantener un grupo de escritores a su sombra, o como recurso capcioso para justificar u ocultar ante ojos ajenos el cierre de los espacios de diálogo que deben imperar en toda sociedad sana.

La editorial Capiro es una buena muestra de todo lo dicho: fundada en 1989, en las postrimerías de la gran década de la literatura santaclareña, cual no cabía esperarse de otra manera fue puesta desde un inicio en manos de un compañero, Ricardo Riverón, cuyo único aval literario era haber obtenido uno de esos premios que tantas carreras apalancaron en los grises años posteriores al Congreso de Educación y Cultura de abril de 1971: El 26 de Julio.

Este señor, que en un inicio mal que bien debió asumirse como lo que en definitiva era, un funcionario al servicio del mundo literario que la ciudad había heredado de los Maravillosos Años Ochentas, no tardó sin embargo en descubrirse sin frenos ni contrapesos para mediados de los noventas.

Para entonces muchos de los poetas del grupo de los ochentas, entre ellos Frank Abel Dopico, su principal exponente, y sobre todo los dos narradores con un alcance que excedía en todos los sentidos mucho más allá de los límites de la carretera cincurvalante de Santa Clara, Agustín de Rojas y Félix Luís Viera, habían emigrado; en el caso del primero a esas brumas más lúcidas, pero desgraciadamente incomunicables, de las que ya no volvería nunca más. En cuanto a los poetas que se habían quedado, o se retrajeron de la creación al dedicarse a una vida bohemia con la que pretendían por sobre todo dárselas de émulos tropicales de Dylan Thomas, o simplemente se marchitaron definitivamente en unos tiempos en que la mera sobrevivencia requería casi toda nuestra atención hacia el siempre empobrecedor reino de lo cotidiano.

Gracias a ello, y a esa natural atracción que los mediocres ejercen los unos sobre los otros, que no tardó en crearle alrededor suyo una camarilla de escritores espurios, de algunos que de casualidad habían soplado la conocida flauta y ganado allende algún premio importante, o de otros que en su momento habían sido realmente escritores con un futuro en nuestras letras, pero a quienes o la terrible vida de los noventa, o la vida simple y llanamente, había terminado por pasarles la cuenta, impuso Riverón el Riveronato. Una forma aguada del Feijosato[i], que a su vez no era más que una idealización de lo popular y en especial de lo guajiro.

De más está decir que a las autoridades políticas de la provincia, y del país, semejante régimen literario no pudo resultarles más apetecible: En la corte luminosa de Riverón incluso los más contestatarios no tardaban en cogerle el gusto a lo de pasar por escritor sin a la vez tener que padecer las cargas, ni asumir los siempre peligrosos deberes de todo intelectual sin apellidos. Fundamentalmente los relacionados con el preocuparse por mantener bien afeitada la lengua. Y es que si se dejaban de lado los temas incómodos, si se jugaba si acaso con la cadena, pero nunca con el mono, incluso si echaba una mano en la magna obra de construir ese mundo de ilusiones maravillosas que cada día presentaba el Noticiero de Televisión o el de la CMHW, la emisora de radio provincial, podía disfrutarse con apacibilidad y reconocimiento oficial del estatus de escritor “popular”.

Estatus al cual gracias a la aprobación de la Resolución 35 en 1996 se le abrirían ciertas facilidades monetarias, nada despreciables, sin contar las otras muchas que en especie la dirección política de la provincia se ocuparía de asegurar a lo que ellos a partir de entonces llamaron, en su rimbombancia inmanente, su “vanguardia literaria”: casas, viajes, computadoras, jabitas con comida, gestiones facilitadas para la atención médica propia o de algún familiar cercano, automóviles con chofer incluido cedidos para esas gestiones, espacios fijos de lectura de narrativa o poesía, no importa si en la sala de sordos de algún hospital… Solo había que ser fiel al espíritu de Feijoo, que el Riveronato elevó a la categoría de canon.

Las malas tendencias que el joven periodista y narrador Yandrey Lay menciona en su artículo de Vanguardia del sábado 8 de abril maduraron por aquellos tiempos. En el interés del régimen por mantener bien controlados los espacios de diálogo, sin dudas, pero también en interés de una camarilla de logreros y escritores espurios que les hicieron el juego.

Así, gracias al Riveronato, la dirección política pudo mantener la labor de represión intelectual a un nivel casi invisible, y a la vez obtener importantes resultados en el reencarrilamiento del mundo de las letras villaclareñas “por el camino correcto”. O sea, por el que conducía a extirpar la capacidad crítica de la intelectualidad villaclareña, mediante la retracción de la actividad creativa al campo de la recuperación y en todo caso recreación de lo “popular”. Bien lejos de todo lo que se inmiscuyera en esa amplísima y vital área solo reservada a las voliciones y evoluciones estomacales de los “intelectuales” capacitados para tratar tan trascendentes asuntos: los dirigentes políticos y de masas.

Tan eficiente se demostró el Riveronato como herramienta en el control de los espacios de pensamiento y diálogo, que tras 1996 la dirección política de la provincia no temió en dejar a Capiro por completo en manos de su director, y tras el retiro de este en 2006, en las de la camarilla que había sabido dejar atrás; con unas habilidades dizque artísticas dignas de mejor propósito. La dirección política tenía la suficiente confianza en la mediocridad de esa camarilla, pero sobre todo en los equilibrios de intereses que dentro de ella se creaban en la persecución, mantenimiento y consolidación del estatus escritural, o en la obtención de los beneficios materiales relacionados (prebendas). En esos grupos de intereses, tan preocupados por obtener su cuota en el plan editorial, la dirección política podría encontrar con facilidad los aliados, y aun hasta los que proveyeran las razones “intelectuales” y en apariencias apolíticas para excluir obras incomodas de extraños o conocidos, sin necesidad de echar mano de la represión política evidente: Y es que un libro menos en el plan editorial para el año por venir era siempre uno más a distribuir entre la camarilla.

De más está decir que, en cuanto a los mismos miembros de la camarilla, no se atreverían a presentar obras incomodas que pudieran poner en peligro las cuotas que lo consuetudinario les asignaba, y que cada año se consensuaban en un muy educativo ejercicio de cómo grupos de intereses no coincidentes pueden llegar a sólidos acuerdos básicos; o que los pocos escritores de calidad que habían conseguido mantenerse publicando en aquel mefítico ambiente prefirieran reducirse cada vez más a sus castillos interiores, para no exponerse a los rejuegos en su contra de las élites político-culturales de la provincia y sus aliados naturales, los miembros de la camarilla amamantada durante el Riveronato.

Factores externos, pero sobre todo internos al mundo de las letras de la provincia, han comenzado a erosionar ese control por la camarilla a partir más o menos de 2012.

El principal factor externo son los necesarios recortes económicos al subvencionado mundo de la cultura por el Estado cubano: Es imposible justificar que las instituciones culturales de una provincia gasten en promocionar a los libros y autores de Capiro cantidades de dinero que superan en varias veces el producto de las ventas anuales de dicha editorial. Mas cuando la inmensa mayoría de esas actividades promocionales, pagadas, se dan sin la asistencia de nadie más que algún que otro miembro solidario de la camarilla[ii]; o cuando por alguno de los libros publicados se han llegado a entregar 8.000 pesos en derechos de autor, sin que al final se logre vender más que los que le corresponden al autor[iii].

Situaciones inexplicables en una ciudad como Santa Clara, en que, contrario a lo sostenido por Yandrey en su artículo, sí existe un público lector que alimenta a las familias de un número proporcionalmente alto de libreros de viejo. De hecho no otra explicación tiene el que aquí sea imposible encontrar un día después de lanzados El Decimerón de Yamil Díaz, El libro más triste del mundo, de Otilio Carvajal, o aquel admirable de Mildré Hernández, sobre una vaca en tiempos de Perestroika, o que en cada esquina de la ciudad te encuentres por estos días a ciudadanos ávidos por dar con Libertad y Enajenación, una colección de ensayos políticos de no tan fácil lectura, que de manera inexplicable nunca puso un pie en las librerías[iv].

El factor más importante es, sin embargo, el relevo de una nueva generación, asociada a la otra tradición editorial santaclareña.

Creada por cuenta propia hacia 1995, por quien también sería determinante en el surgimiento de casi todas las demás editoriales de la AHS, Juan René Gonzáles Coyra, Sed de Belleza mantuvo siempre esa amplitud de miras que su fundador le insufló a puro pulmón y mucho talento. Contribuyó a ello sus menores recursos, que se prestaban menos para atraer a los logreros habituales, y a la vez la menor atención que las autoridades políticas y la camarilla le dedicaron siempre, al considerarla como algo jerárquicamente muy inferior y en definitiva de “muchachos”.

Sed de Belleza, gracias a ello, no tardó en publicar desde Nadja de Bretón, o Los cantos de Maldoror, del uruguayo-francés Isidore Ducasse, hasta las formidables traducciones de poetas románticos ingleses de Edelmis Anoceto. Al mismo tiempo que en Capiro el control de la camarilla llevaba a que algunos, por publicar anualmente, presentaran este año en formato testimonio las mismas historias de su barrio que para el próximo publicarían en el de cuento y en el de más allá en el de novela (¿faltará todavía la versión ensayo?).

¿Podrá la nueva dirección de Capiro, procedente de esta tradición, lograr revertir definitivamente el daño causado al mundo de las letras villaclareñas por el Riveronato?

Algunas muestras esperanzadoras ya ha dado en este sentido, al diversificar el catálogo de esta editorial a un nivel impensable hace 4 años. Por ahí tenemos ya la colección de ensayos de Roberto Gonzáles Echeverría que gestionó en persona Jorge Luís, pero que injustamente fue puesta en manos de Isaily Pérez, quien se lució con su pésima edición de la misma[v], o ese magno proyecto, solo concebible por esta dirección, de entregar al público lector villaclareño la hasta ahora nunca vuelta a publicar, tras su primera edición en 1857, Memoria Histórica de la Villa e Santa Clara y su Jurisdicción, de Manuel Dionisio González, con prólogo del historiador Félix Julio Alfonso y traza bibliográfica del intelectual y cura católico Juan Manuel Fernández Triana. Y todo ello a contrapelo de la camarilla, a la cual tales diversificaciones solo pueden saberle a pérdidas.

Buena suerte.


[i] Samuel Feijoo, un guajirito que no encontró otra manera de exorcizar los complejos de su condición rural que al sublimar sus limitaciones, y que en tiempos de Revolución, ya Camaján viejo, supo sacar muy buen provecho de sus orígenes “humildes”. Un “artista del pueblo”, que le fue tan ridículamente útil a la política cultural del régimen que cuando todavía se podía lo botaron por ello de la Universidad Central de Las Villas: Porque a Samuel no lo botaron por heterodoxo, ni por pertenecer a Somos Más, sino por ser veinte veces más castrista que Castro.
[ii] Que recuerde, en cuanto a un personaje de ringorrango el caso más vergonzoso y risible de tal situación le aconteció a Iroel “Risitas” Sánchez, en la Feria santaclareña de 2013: En la mesa de presentación, junto a él, Omar Valiño y Jorge Ángel Hérnandez Pérez (HP, Logrero Mayor), en el público, Idiel García, responsable de la sala, la muchachita de la librería encargada de venderle el libro al público (in)asistente, un colombiano a quien me pareció entender lo llevaron engañado con lo de que se trataba de un comandante de las FARC, y quien esto escribe. Perdón… también una gata barcina adoptada por las trabajadoras de la institución. Ella tampoco se animó a comprar nada.
[iii] Capiro publica como promedio 500 ejemplares. No obstante este exiguo número, que se distribuye a todo el país, no es infrecuente que usted descubra que la tirada de libros de hace 15 años permanece casi intacta en las librerías de la provincia. Libros por los cuales de entonces acá se han pagado medio centenar de actividades promocionales, por cierto. Por ahí anda todavía El callejón de las ratas, o los plomos del compañerito Hebert Toranzo, avileño tan premiado por los concursos de acá como escasamente vendido.
[iv] Los tergiversadores de siempre ya andan regando que recogieron la edición completa. ¡Repugnantes calumnias! La verdad es que la tirada de 3000 ejemplares no salió a tiempo, que en menos de un mes podrá adquirirse, y que al autor le tienen preparado un amplio programa de presentaciones y charlas.
[v] Y con todo le dieron el Premio de la Crítica… cuestión de política, se entiende.


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