Actualizado: 28/04/2017 12:52
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Ortiz Tirado, Frida Kahlo, Música, Pintura

La inolvidable voz del cirujano de Frida Kahlo

Alfonso Ortiz Tirado, el cirujano ortopeda que le practicaría a Frida Kahlo unas treinta intervenciones quirúrgicas correctivas, fue además un magnífico cantante

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En la mañana del 17 de septiembre de 1925, la que sería andando el tiempo una pintora mundialmente reconocida, la mexicana Frida Kahlo (1907-1954), fue víctima de una tremenda colisión entre un tranvía del transporte urbano y un automóvil en una concurrida avenida de la ciudad de México.

Frida viajaba despreocupadamente en el tranvía y toda la fuerza del impacto del auto se proyectó sobre el espacio que ella ocupaba en el interior del vehículo, lo que le produjo lesiones que en un principio parecía que acabarían con su vida en unas pocas horas o a más tardar, en uno o dos días.

Los médicos que la trataron de inicio, después de administrarle transfusiones de plasma y sangre además de mantener a duras penas sus funciones vitales básicas, apreciaron en sus exploraciones clínicas y en las radiografías iniciales múltiples fracturas en la columna vertebral de la víctima que se extendían desde el cuello hasta la región del sacro, roturas de la pelvis ósea, del tobillo derecho y de varias costillas, además de una luxación de hombro izquierdo y severas lesiones orgánicas causadas por una barra de madera —un soporte del tranvía— que penetró en su cavidad abdominal por el lado izquierdo de su cuerpo, empalándola.

Aunque felices de que Frida siguiera respirando, el asombro ante aquella especie de milagro era general, nadie contaba con la vida de ella en esas horas cruciales.

Sin duda que los doctores que la atendieron en esos primeros momentos hicieron un trabajo formidable salvándole la vida a Frida, aunque su constitución física y sus dieciocho años de edad ayudaron de alguna manera, pero no hacía más que comenzar para ella un calvario que solo terminaría con su muerte, tres décadas después.

En ese largo y muy doloroso camino la acompañó un cirujano ortopeda que le practicaría a Frida unas treinta intervenciones quirúrgicas correctivas y que en buena medida fue el artífice, teniendo en cuenta las limitaciones de la medicina en aquellos tiempos, de que ella pudiera expresar plenamente su arte y vivir una vida con una calidad más o menos aceptable. Ese cirujano ortopeda, mexicano y magnífico cantante, fue el doctor y profesor de la cátedra de ortopedia en la Universidad Nacional Autónoma de México, Alfonso Ortiz Tirado.

Don Alfonso, el Chino Ortiz para sus amigos, nació en la ciudad de Alamos, estado de Sonora, México, el 24 de enero de 1893. Desde la adolescencia demostró grandes dotes para el canto, un tenor lírico natural con un amplio y matizado registro, y la medicina estuvo a punto de perder a uno de los suyos, pero la vocación médica, heredada de su padre, también cirujano ortopeda, prevaleció, aunque paralelamente al canto.

Alfonso se graduó de médico cirujano en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México en el año 1919, pero su primer contrato económicamente viable fue, sorprendentemente, en el hotel Waldorf Astoria de New York como cantante. Cantó en aquel hotel para una audiencia de lujo, cobró sus haberes y se fue acto seguido a Denver, Colorado, a hacer una residencia en ortopedia que había ganado por oposición.

Al regreso de Estados Unidos fue sucesivamente residente, jefe de residentes y profesor en el Hospital General Nacional del Distrito Federal, en México, donde tuvo a Frida Kahlo como paciente por primera, pero no por última vez.

Pero Don Alfonso tenía un sueño que iba más allá de la facultad médica y del canto; construir un hospital propio para dedicarlo a la ortopedia infantil, una especialidad aún ausente en el territorio mexicano, y para lograrlo contaba con un arma poderosa, su voz. Comenzó a cantar profesionalmente en teatros de la Ciudad de México, del interior del país y del extranjero, con el fin de recaudar dinero y poder hacer realidad su quimera.

Así comenzó a forjarse, canción a canción, la que sería, unos años después, la Clínica Primavera de Ortopedia Infantil, institución que sería rebautizada con su nombre, Clínica Alfonso Ortiz Tirado, posteriormente.

Por aquellos años de intenso trabajo tuvo como paciente al compositor Agustín Lara, del que ya Alfonso tenía en su repertorio varias canciones inolvidables. Para 1930 se le conocía como “el embajador lírico de la canción mexicana”, y en verdad que lo era, pues ya había dado conciertos en todos los países de habla hispana de Latinoamérica, en Estados Unidos y en muchos países europeos.

También por esa época estaba considerado el especialista más calificado en cirugía de la columna vertebral y en el tratamiento quirúrgico de la osteomielitis (una infección de los huesos sumamente frecuente por entonces, cuando aún faltaban unos años para la aparición de la Penicilina) de la nación mexicana.

Cuando acudió a la ceremonia de investidura de miembro de número de la Academia Americana de Cirugía, en la ciudad de Nueva York, tuvo que quedarse por varias semanas, a petición de su fanaticada, en un programa diario de una importante estación de radio de la Gran Manzana y ofrecer varios conciertos en teatros y centros culturales de Manhattan.

El doctor Ortiz Tirado fue galardonado con el doctorado honoris causa en varias universidades de países de habla hispana, incluyendo Cuba y Brasil.

En su institución privada había una tarja de bronce que decía: “Levanté con mi canto este templo para aliviar el dolor”.

Murió en la ciudad de México el 7 de septiembre de 1960. Frida Kahlo se había marchado seis años antes.


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