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Actualizado: 22/10/2014 14:49
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Literatura

La isla de papel

En Enero en Cuba, el escritor español Max Aub dejó sus impresiones de compañero de viaje leal pero crítico, que aunque observa y elogia, no deja de alertar sobre algunos posibles peligros de la revolución cubana

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Tiempo atrás, en realidad bastante tiempo atrás, publiqué en este periódico la primera entrega de una serie a la que llamé La isla de papel. Como entonces expliqué, su propósito iba ser rescatar y comentar libros en los que varios escritores extranjeros dejaron plasmadas sus impresiones sobre su visita a Cuba. Dediqué aquel primer trabajo a San Cristóbal de La Habana, de Joseph Hergesheimer, un autor norteamericano que en su época fue famoso, pero cuyas obras hoy no se leen ni se reeditan. Por diversas razones, después la serie no tuvo continuidad. Hasta ahora, cuando finalmente logro retomarla.

Entre la publicación del libro de Hergesheimer y el que en esta ocasión voy a reseñar, median prácticamente cinco décadas. Son los años transcurridos entre 1920 y febrero de 1969, cuando salió de la imprenta Enero en Cuba (Editorial Joaquín Mortiz, México, 122 páginas, 1,500 ejemplares). Se trata del diario que llevó el escritor español Max Aub (1903-1972), durante su estancia en la Isla. En la nota que incluye al inicio, el autor de El laberinto mágico explica cuál era el propósito de su viaje: “Fui a La Habana a ver a mi hija Elena, a Terete, al Güero, a Fede y lo que había hecho Fidel; a conocer a españoles jóvenes y volver a ver a otros que ya no lo son tanto; a darme cuenta de cómo vivían los cubanos, a conocer la Casa de las Américas; a ver esa revolución que, con lo hecho en Israel, me interesaba ver antes de dejarlo todo en paz”. Y concluye: “Este es mi diario de enero de 1968 en Cuba. Cuento; no miento”. Aub llegó a Cuba el 23 de diciembre de 1967 y permaneció hasta el 16 de febrero de 1968. Había sido invitado para participar en el Congreso Cultural de La Habana, así como para formar parte del jurado de teatro del Premio Casa.

Cuenta Aub que ese era su tercer viaje a Cuba. El primero fue en septiembre, y como él anota, entonces “venía de la muerte”. Procedía de Casablanca, pero no le permitieron desembarcar por no tener el visado exigido. El segundo fue en 1946, para recibir a su mujer y sus hijas, que venían en barco. Se quedó en La Habana por ocho días, y durante ese tiempo se reencontró, entre otros, con Juan Chabás y Manuel Altolaguirre, compatriotas suyos exiliados. En cuanto a su tercera estancia, arribó en un vuelo de la aerolínea soviética que tomó en México. Eso da pie a su primer apunte crítico: el avión, “con todo su lujo, no pasa de triste imitación de lo occidental. ¿Por qué copiar y mal, o, por lo menos, sin ninguna nota que demuestre ingenio? ¿Cómo podrán, en esto, alcanzar jamás lo que por lo visto es su modelo? (…) ¿Miedo de equivocarse? Sea lo que sea: triste”.

Al llegar, sus nietos lo convencen de que no se hospede en el Habana Libre, sino en el Hotel Nacional. El primero está reservado para los participantes del Congreso Cultural de La Habana, a celebrarse del 4 al 12 de enero de 1968, y por tanto no les iban a permitir entrar a visitarlo. Una vez en el hotel, Aub encuentra situaciones que ya antes había conocido: “El clásico desbarajuste de los países socialistas, sin precios de costo: cinco veces más camareros de los necesarios, lentitud, a veces buena voluntad; otras, indiferencia total, pero, desde luego, mucho mejor humor que v. gr. en Checoslovaquia”. Sin embargo, sus impresiones de la realidad cubana son en general favorables. Antes de viajar, la revolución cubana cuenta ya con sus simpatías. Ante todo, porque a diferencia de la china, que le resulta distante, esta “es una revolución en castellano. Con acento cubano, tal vez, pero en español”.

Parte de las páginas del diario están dedicadas a su participación en el Congreso Cultural de La Habana. Estas son las primeras líneas que anota sobre ese evento: “Traer quinientos intelectuales para discutir tonterías, cuando debieran traer quinientos generales o quinientos ingenieros”. Asimismo para el sexagenario escritor la mayoría de los temas que se debaten “no dejan de ser candorosos”. Acerca de la inauguración, escribe: “Discurso medido, monótono, con voz demasiado estentórea, de [Osvaldo] Dorticós. Discurso de abogado defensor de una causa que no lo necesita y desde luego no a la altura de algunos de los presentes. Las tesis de Cuba, bastante edulcoradas. Sin demagogia, queda poca cosa”. Sobre el otro discurso, del vietnamita Nguyen Van Linh, expresa que repite “los conceptos de su gobierno, que no tienen gran cosa que ver con las funciones del intelectual en la paz y en la guerra, como es natural”. Con todo, justifica ambas intervenciones por razones políticas.

Incluye comentarios más mordaces cuando se refiere a algunos términos acuñados en el Congreso. “Nunca creí que había (sic) tantos intelectuales revolucionarios (no acabo de convencerme de ello: conozco a alguno). Son simpatizantes, ‘hombres de izquierda’; entonces ¿por qué emplear la palabra ‘revolucionario’? ¿Revolucionario de qué? Partidarios, a lo sumo (…) Existe una tremenda equivocación que se emplea aquí a troche y moche: confundir la palabra ‘revolucionario’ y ‘defensor de la libertad’”. Otro vocablo que, a juicio de Aub, está muy presente, se repite en el Congreso y le da un tono netamente decimonónico, es guerrillero. “El ‘guerrillero’ es una figura del siglo pasado. Su mejor pintor fue Galdós… (El primero que la empleó fue Moratín.)”. Y también hace notar que “ha ido desapareciendo —tal vez por arte de magia, cosa que en Cuba no tiene nada de particular— lo de ‘dos o tres Vietnams’. Menos mal”.

Le molesta el silencio sobre algunos temas

Asimismo Aub no se corta en señalar “la evidente mediocridad de la mayoría de las intervenciones”. De acuerdo a él, no hay quien sepa escoger entre unas y otras. O bien “el que escoge fue mal escogido”. Le molestan que se silencien algunos temas. Cita a un delegado que comenta que el “cartabón rígido” se impone, con el pesar —y a pesar— de muchos. “Nadie se atreve a hablar de [Yuli] Daniel y [Andrei] Siniavski, nadie de España. La razón es evidente: Cuba mantiene relaciones comerciales excelentes con España, su revolución vive gracias a la URSS. Es triste, es verdad y, ahí, sí, no hay más que callar”. Menciona también el caso del nicaragüense Edelberto Torres, quien sacó a relucir el problema de la Iglesia, de la cual depende toda la educación de su país. “El sencillo nicaragüense daba lástima pidiendo: ‘Una frasecita en la resolución final’, respecto al problema”. Y luego Aub registra: “No le hacen caso. No está al orden del día”.

Considera la resolución final del Congreso enorme y pésimamente redactada. Y escribe: “Me niego a levantarme a aprobar un documento que emplea dieciséis veces la palabra masiva, y que tiene párrafos tan elocuentes e ininteligibles como este: ‘Esa urgencia transformadora en la post-liberación exige de inmediato realizar la revolución científico-técnica’ (…) ¿Por qué no han preparado ese documento con cuidado, de antemano, dejando para última hora los retoques indicados por los asistentes, ya que, al fin y al acabo, todos los que aceptaron venir aquí sabían perfectamente que se trataba de condenar al imperialismo y mantener en alto los derechos y las glorias del Vietnam?”.

Aub quedó impresionado por el Innombrable, a quien escuchó hablar en dos ocasiones. La primera, en la Plaza de la Revolución, durante el acto por el 1º de enero. Sobre esa intervención, escribe: “Discurso de Fidel, medido y comedido. Más interesante por lo que calla que por lo que dice. Anuncia el racionamiento de la gasolina. Lo analiza con claridad y lo explica con eficacia”. Y agrega: “Ya es lugar común el que Fidel no sea (sic) un gran orador, pero es, para los suyos, perfectamente convincente. En esta plaza cuenta con el gran recurso de oírse cada frase, por los altavoces. Tiene, a la fuerza, que hablar con oraciones cortas para no cabalgar sobre su eco, lo que le permite enlazar bien sus razonamientos”.

La segunda vez es en la clausura del Congreso Cultural de La Habana. Acerca de ese discurso, Aub hace estas anotaciones: “Parece que no sabe lo que va a decir y lo sabe perfectamente. Aparenta dudar y va derecho a su meta. Sin contar que sabe bien su castellano y le ayuda su figura y la gallardía de su voz. ¡Con qué habilidad construye su discurso, matiza sus efectos, conoce y siente a su público, aun desconocido, como hoy! ¡Cómo dice lo que quiere pareciendo decir más sin pasarse nunca de la raya!// Baraja demagogia y verdad como jugador profesional. Se enfada, burla a luz de todos”. No deja, sin embargo, de hacer esta objeción: “Al discurso le sobra media hora. Se embarulla y repite el comentario de unos telegramas de agencias norteamericanas. Lástima. Con todo y todo, ahí queda: impar homenaje a la inteligencia en boca de un caudillo”.

Aparte de participar en las sesiones del Congreso, Aub asiste a algunas presentaciones artísticas y aprovecha para pasear por la ciudad. El 31 de diciembre cena en la Plaza de la Catedral. Eso incluye además un espectáculo folclórico que tiene como estrella a Rosita Fornés, y que le parece “perfectamente medido y organizado”. Resalta la hermosura de la plaza, el cielo purísimo, el espectáculo aceptable, en resumen, un éxito. Pero se pregunta: “Mas, ¿qué tiene que ver con lo que sedicentemente hemos venido a hacer aquí? ¿Cuánta electricidad habrá gastado el grupo generador esta noche? ¡Qué derroche de vinos extranjeros —pagados en azúcar— es este! ¿En nuestro honor? Sin duda. Pero nuestro honor sería no aceptarlo, y nuestra mala educación”.

Pasea por la Habana Vieja, en busca de libros de segunda mano. Librerías, anota, hay muchas, y pese a la escasez del papel están bien surtidas. Por el contrario, hay “cerradas muchas tiendas; en otras, pocos géneros y, para nosotros, dólar igual peso, carísimos (…) Poca o ninguna circulación de automóviles (para lo que no fueron hechas estas calles). No hay librerías de viejo (tampoco las había hace veinte años), o de tan poca importancia que da grima. En cambio, en las otras todavía se encuentran libros que compraría si, aun no habiendo sido aumentados, por el solo hecho de mantener la paridad del dólar no estuvieran fuera de mi alcance. Lamentable estado de muchas vitrinas —que poco les costaría arreglar con solo limpiarlas y arreglarlas con plantas y flores”.

Destaca el sabor tan particular de la Habana Vieja. “No se parece a Veracruz, esta más ciudad, más de piedra, más vieja, más sensorial, más estrecha en sus calles a pesar de la identidad de árboles, flores y yerbajos. Ni el Morro es San Juan de Ulúa, a pesar de la Cabaña y del Puerto. Hermanos sí, pero de diferente padre: el uno tierra, el otro isla. Y los negros, que le van tan bien al color de la piedra y al verde y al azul”. Aunque no especifica a cuáles se refiere, comenta: “Lástima de palacios abandonados”. Es evidente que lo llevaron a alguna zona rural cercana a la capital, pues en su diario se lee: “El campo —Veracruz— en perfecto orden de producción. Maquinaria importada, lista para su uso. El campo que —¡oh novedad de novedades!— va a invadir la ciudad. Por de pronto no la dejará crecer; la rodea el estupefaciente Cordón de La Habana”.

El hecho de estar en contacto con escritores lo lleva a incluir algunos apuntes en donde expresa sus comentarios sobre ellos. Por ejemplo, reproduce una breve charla con André Pierre de Mandiargues y al final expresa: “¡Con lo que me gusta lo que escribe este hombre cuando no quiere gustar a los demás!”. Asimismo opina que la literatura de las últimas décadas no es comparable a la de la generación anterior (Malraux, Hemingway), porque ninguno de esos autores “ha estado en la cárcel o en trance de muerte violenta”.

A juicio suyo, ni Julio Cortázar ni Carlos Fuentes, a menos que cambien, serán “escritores tan populares como pueden serlo Carpentier o García Márquez. ¿Por qué? Porque como Butor, o Robbe-Grillet, se empeñan en darle a la estructura una apariencia que debe de quedar a oscuras. Estoy en contra de los escritores que adoran que les adivinen, que les lean las líneas de las manos de sus obras para descifrar el futuro (…) Me tienen sin cuidado el homosexualismo, la marihuana; lo que sucede es que no añaden nada esencial a la vida y, menos, a la literatura”. A propósito de esa última afirmación, a lo largo del diario Aub no hace el más mínimo esfuerzo para disimular su recalcitrante homofobia. Antes bien, lo hace evidente.

Leer, comer, dormir, leer, reunirse

Una vez finalizado el Congreso Cultural de La Habana, pasa a formar parte del jurado de teatro del Premio Casa de las Américas. Los otros miembros son Manuel Galich (Guatemala), Hiber Conteris (Uruguay) y José Celso Martinez Corrêa (Brasil). Sobre la labor que le espera, escribe: “¡Ochenta obras de teatro para leer y valorar antes del 7 de febrero! ¡Y Haydée Santamaría pidiéndonos que las leamos todas y que dictaminemos acerca de cada una de ellas! En la reunioncita que sigue hago que nos distribuyan diez obras a cada uno y propongo que escojamos las que juzguemos decorosas”. Y más adelante: “Leer, comer, dormir, leer, reunirnos, sopesar opiniones; estamos más o menos de acuerdo: el promedio no es malo; ninguna obra sobresale”.

Pero no todo es leer, comer, dormir. Junto con los otros escritores, visita museos, planes agropecuarios, además de asistir a la “conversación ritual de todos los jurados con Dorticós”. Le parece “asombroso lo que están haciendo con la tierra y para ella. En cambio, las casas nuevas son tan feas como las que construyen en el mundo entero, con el mismo fin de encajonar a la gente”. Va a comer a la Bodeguita de en Medio (sic), con Claude Couffon, Max Pol Fouchet y Nicolás Guillén. Sobre este último, cuenta: “Tres veces ha hecho preparar las cámaras de la Televisión Francesa y otras tantas no se ha presentado. A su vejez, viruelas académicas. ¿Se le ha subido la importancia a la cabeza? No es el caso de los europeos; sí, en general (…) de los hispanoamericanos”.

Va de visita a Trinidad y deja este apunte: “Dejando aparte la casa de Cortés, lo demás es folclor. Aquí donde no lo hay”. Lo llevan a un taller de sombreros y bolsas de yarey para la exportación. Intenta comprar uno, pero le dicen: “No, compañero. Son divisas”. De las mujeres que laboran allí, comenta que parecen felices. “Una vez más no hay más remedio que rendirse a la evidencia: Fidel es un genio: les ha convencido de que el dinero carece de importancia. Por el momento, así es. Pero el día de mañana, cuando empiecen a tener bienes de consumo, ¿sucederá igual? Nadie es adivino, ojalá se salga con la suya”.

A través de los medios sigue el juicio contra la “microfracción”. Al respecto, se pregunta: “Ahora bien, ¿qué fin se proponen los cubanos con tanta alharaca —en el fondo antisoviética— alrededor de este incidente? ¿Qué repercusión tendrá el asunto? Aquí y allá. Nadie lo sabe. O callan”. En cuanto a la prensa escrita, observa: “El periódico es la Biblia, allí se beben noticias, saber y conocimiento del mundo. ¿Cómo escoger si no tienen más que esa fuente?”. Alguien le cuenta que el día anterior, casi frente a la Casa de las Américas, un muchacho resbaló en el Malecón, cayó al mar y como la marea era muy fuerte, desapareció. “Como es natural, los periódicos no dan la noticia. No hay notas rojas ni sociales ni casi internacionales. Todo el espacio de los diarios se dedica al esfuerzo revolucionario, al trabajo, a sus resultados”. Y en otra parte escribe: “Alfabetizar. Bien. ¿Para qué? Para leer. Para leer ¿qué? ¿Granma, Bohemia? ¿Cuentos, pies de dibujos? ¿Algunos a Marx y Lenin? Todos a Fidel. Pero ¿Garcilaso?”.

Finalmente, llega el momento de escoger la obra ganadora (fue Dos viejos pánicos, de Virgilio Piñera). En su diario, Aub apunta: “Discusión exhaustiva (para mí: K.O.) para el premio. Los maricas —el marica— no se sale con la suya pero ¡qué empeño!, ¡qué vehemencia!, ¡qué talento! al servicio de su mafia. De todos modos, saca tajada.// Premiamos, como siempre que hay discrepancias y no se da con una obra importante, a la más decorosita, que no le hace daño a nadie más que un poquito a todos por lo redicho. (No pude sacar adelante mi opinión acerca de la obra sobre los judíos; no por el asunto: les parece demasiado tradicional. Vieja. Como yo. ¡Qué le vamos a hacer!)”.

En un acto de despedida, “alegre, esperanzada”, en la Casa de las Américas, tiene la oportunidad de charlar brevemente con Virgilio Piñera. “He recibido, por el Instituto del Libro —me dice, elegante y parsimonioso—, una obra de usted, San Juan, muy interesante. ¿Ha escrito usted más para el teatro?// Piñera es un hombre fino, cincuentón, enterado de lo suyo y, por lo visto, no tanto de lo de los demás. Evidentemente no ha leído mi libro. (Basta el prólogo de Canedo para no hacerme esta pregunta.)”. En el diario, se pone de manifiesto que Aub tenía una alta opinión de sí mismo. En varias ocasiones deja constancia de su sorpresa por el hecho de que entre los escritores que encontró en La Habana, unos cuantos no conocían sus obras. No obstante, tiene que admitir que tampoco él había leído los de muchos de ellos. Por eso anota que para él, “este viaje a Cuba ha sido una buena lección de humidad”.

El 13 de febrero ofrece una charla en la UNEAC. Al terminar, un grupo de estudiantes de Cubanacán lo aborda y él promete visitarlos al día siguiente. Cumple su promesa y deja estas impresiones: “Cubanacán: disparate del principio de la Revolución, Alegría. Convento para maricas. Se fueron —los echaron—, quedan los edificios y el antiguo, inglés, club de golf. Lo moderno y lo, digamos, antiguo, del mejor gusto (…) Charla con los muchachos actores. Su ignorancia total. Su falta de tablas: ninguno ha pisado un escenario. Todo es teoría; actores en potencia. ¿Cómo saber quién es bueno, quién no? La música, en cambio, parece cosa seria: un maestro por alumno”.

Entre sus anotaciones de sus últimos días en Cuba, figura esta: “Cena en casa de la ‘condesa’. ¿Era esta la mansión de los Gómez Mena donde yo vine el año 46 con Manolo Altolaguirre, con sus sótanos llenos de plata? Cuentan que, ahora, cuando enseñan la casa a los visitantes, la guía dice: —Por aquí entraba la compañera condesa”. Asiste también a una cena de despedida en el restaurante La Torre. “Nos hacen firmar una adhesión más al Vietnam, como si lo necesitaran o sirviera de algo. Los comunistas no escarmientan en este aspecto. Demasiado respeto a los ‘papeles mojados’”.

El diario se cierra con unos apuntes correspondientes al 24 de febrero, cuando Max Aub ya estaba de regreso en México. Prefiero, sin embargo, concluir este repaso de Enero en Cuba con este fragmento que aparece en unas páginas anteriores:

“Entrega de los premios. Cena general en la Bodeguita de en Medio (sic). Música y músicos, cubanos. ¡Hasta qué punto está metida en el alma de la mayoría de este pueblo la música negra y la negra-norteamericana! Les saltan pies y manos, se contonean, retuercen, siguen el ritmo con palmas, bailan todos por fuera y por dentro. Un comunismo mágico les anima (¿qué poco o qué mucho tiene que ver con la política?). Los viejos, las viejas, los jóvenes, los guapos, las feas… ¿Pasará igual con los negros norteamericanos? Lo ignoro y lo siento (…) Se embargan y embriagan en su tam tam interior y arrastran a los demás —el alcohol ayudando o viceversa—. Pero el alcohol es secundario. Todo lo hace el ritmo. Es un espectáculo de dentro y fuera, completo, en el que el espectador se convierte insensiblemente en actor. Una religión”.