Actualizado: 18/08/2017 11:02
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O’Farrill, Música

La muchacha de Santa Clara que componía boleros

Ela O’Farrill fue creadora de piezas de perfección armónica que no tardaron en integrar el repertorio de exigentes vocalistas

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En la mañana del pasado viernes, 24 de octubre, en medio del implacable y seco frío otoñal de la capital de México, murió —sin ningún acompañante de guardia, sin nadie en su cabecera y con las brújulas médicas midiendo puntualmente sus frágiles pulsaciones— la guitarrista y compositora cubana Ela O’Farrill. Parece que la soledad es el sumario que sella la vida de muchos músicos cubanos exiliados. Ela O’Farrill se fue desamparada y triste: viuda de amor, agonizando sobre las almohadas de la cama de un hospital con penetrante olor a metanol y paredes de mosaicos azules manchados de orfandad borrascosa.

Nadie sabía nada. Indagué con sus amigos músicos cercanos la tarde del viernes. El pianista Daniel Herrera me dio algunas pistas mínimas: “Me acabo de enterar, me dicen que murió después de un mes de estar en terapia en un hospital”. Llamé al departamento del DF de la compositora y nadie contestaba el teléfono.

Me comuniqué vía e-mail con su amiga, la compositora y vocalista cubana, residente en Miami, Gema Corredera: “Gema: nada sé del lugar donde velarán a Ela; sé de la soledad que la abrumaba después de la muerte de su pareja, sé de sus angustias... Quiero ir a los funerales, quiero despedirme de ella. ¿Sabes algo, tienes alguna información del lugar del velorio?”.

La intérprete de “Derramando luz” me contestó de inmediato: “Lo sé. Ésa era una de las cosas que más nos preocupaba aquí en Miami: desde que Marta (su pareja de muchos años) murió, hace unos meses. Ela estaba desesperada por venir para acá porque allí sin Marta, ya estaba totalmente sola, sin amparo; la familia de su compañera sentimental (mexicanos todos) parece que no la miraban con muy buenos ojos. Cuestiones de herencia: dinero y el asunto de la propiedad del apartamento donde vivían ambas agobiaban a Ela… Aquí por lo menos tenía amigos que la quieren y la cuidaban cada vez que venía. Todos la agasajábamos en nuestras casas y algunos la llevaban a pasear por ahí… Allá en México no tenía a nadie más que a Marta. En Miami estamos consternados por su partida. Además de la soledad y el desamparo, Ela llevaba más de un mes en el hospital en terribles condiciones físicas, incluso le habían inducido un coma. En fin, un drama que acaba de echar el telón. Ahora sí, Adiós felicidad”.

Ela O’Farrill nació el 28 de febrero de 1930 en Santa Clara, Las villas. Amiga de César Portillo de la Luz (1932 - 2013), descubrió con él los primeros secretos de la ejecución de la guitarra. Alumna del Seminario de Música Popular, se interesó por la composición y la armonía bajo lecciones y consejos del pianista y musicólogo Odilio Urfé (1921 - 1988). Cantante en el hotel St. John’s (cuartel de los intérpretes del filin), hizo amistad con José Antonio Méndez (1927 - 1989) y juntos consumaron la música de la revista/show Canciones en la noche, de gran éxito en el Parisién del hotel Nacional con la bailarina Sonia Calero como estelar.

Emblemática integrante del Movimiento del Filin (Ángel Díaz, Tania Castellano, Grecia Domenech, Marta Valdés, Niño Rivera, Frank Domínguez, Ignacio Villa, Piloto y Vera, Ñico Rojas, José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, D’Aida, Ela Calvo, Elena Burke, Omara Portuondo, Meme Solís, Pablo Milanés...), a finales de los 50, las canciones de “la muchacha de Santa Clara”, empezaron a sonar en los espacios del filin habanero.

Piezas de perfección armónica que no tardaron en aflorar en el repertorio de exigentes vocalistas en busca de novedosos temas que los apoyara en la obstinación de afinar sus cualidades. “No tienes por qué criticar”, “Son cosas que pasan”, “Cuando pasas tú”, “Nada son mis brazos” o “Adiós, felicidad” (primeros años de su carrera de compositora), conformaron el prontuario del cancionero más escuchado de los años sesenta: modulaciones de Elena Burke, Pacho Alonso, Fernando Álvarez, Oscar Martin o Bola de Nieve. La misma Ela con su guitarra y voz —al frente de un grupo de esplendidos músicos (Orlando Vega, clarinete/guitarra; Armando Viañes, guitarra/contrabajo; Luis Domenech, batería; Luis Lagarde, piano)— dejó huellas en la prodigiosa atmósfera bohemia nocturna de La Habana, ejecutando sus composiciones en clubes y múltiples espectáculos de cabaré. Su presencia en recitales y conciertos por todo el país se hicieron familiares entre los amantes del filin.

Hay que hacer una parada en su canción “Freddy” (“Soy una mujer que canta / para mitigar mis penas / de las horas vividas y perdidas. / Me queda sólo esto: / Decirle a la noche / todo lo que yo siento”), escrita para la mítica solista Fredesvinda García Valdés (Camagüey, 1935 - Puerto Rico, 1961) —recreada por Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes Tigres, “Ella cantaba boleros”, como Estrella Rodríguez, la cantante del Bar Celeste de Humboldt e Infanta—; después de cinco décadas, la guarachera/timbera Haila (exintegrante de Bamboleo) acomete una versión muy singular de esa composición que gana espacio en el gusto de los jóvenes cubanos.

Sara González, en el Volumen II de su Cantos de mujer, rescata Nada son mis brazos; la cantaora española Martirio, en el álbum Primavera en Nueva York —parlamento con un grupo de jazzistas de primera línea (Paquito D’Rivera, Dafnis Prieto, Claudio Roditi, Houston Person—, dispensa Son cosas que pasan: arreglo en concordias flamencas y dibujos filinescos de total fidelidad o’farrilliana. Omara Portuondo entra a los sigilos de “Adiós, felicidad”, en Gracias, CD ganador en 2009, del Premio Grammy Latino.

Cuando Francisco Céspedes decide hacerle un tributo discográfico a Ignacio Villa en Con el Permiso de Bola (Warner Music, 2006) —Gonzalo Rubalcaba, piano; Ignacio Berroa, batería; Carlos Del Puerto, contrabajo; Dagoberto González, violín— no dudó un segundo en incluir “Adiós, felicidad”. Localiza a Ela y la invita a la presentación del álbum en el Auditorio Nacional, Salón Lunario, de la capital mexicana. Esa noche, después del concierto, en el camerino, Pancho me dijo: “Carlitos, te presento a Ela O’Farrill, tienes que hacerle una entrevista y publicarla en la primera plana de tu periódico. Esta señora vive en el DF y ninguno de nosotros, los cubanos que vivimos aquí, ni la visitamos ni le rendimos tributo. Una de nuestras grandes compositoras...”. No me lo creía: tenía frente a mí a la autora de “Buscando un perfil amigo”, que Meme Solís cantó con Elena Burke de manera única en los 70, y confirmó de manera concluyente mi amor por la canción cubana.

Le hice la entrevista días después. La fui a buscar a su apartamento una tarde y conversamos de música cubana durante casi dos horas. Sus ojos nostálgicos, sus manos de muchacha triste, su inquieta serenidad y sus palabras de moderada efusividad protagonizaron unos instantes inolvidables.

“Yo no sé las razones por las cuales me acusaron de decadente en Cuba por ‘Adiós, felicidad’. Es una simple canción de desamor que Bola interpretó como nadie: ‘Adiós felicidad / casi no te conocí / pasaste indiferente sin pensar en mi sufrir // Todo mi esfuerzo fue en vano / no quisiste estar conmigo / y ahora me queda más honda / esta sensación de vacío’, de verdad que no lo sé; me tuve que ir y radicarme aquí en México. Viví muchos años editando, en una revista de divulgación musical para principiantes, partituras con acordes para autodidactas de guitarra. Vivo en el anonimato. Me refugio en mis boleros. Yo le agradezco mucho a Pancho Céspedes esta versión que ha hecho, con Gonzalo Rubalcaba al piano, de una canción que marcó mi vida”, me susurró —melodiosa, casi llorando— con dulce altivez villaclareña.

“Acuérdate de Cuba”, “Al final de la noche”, “Cuando pasas tú” o “Ni llorar puedo ya” rondan por mi cabeza: las canturreo siguiendo al tocadiscos. Se funden en el abatimiento que me acorrala. Nunca más fui a verla. Cuánto lo siento ahora que vuelvo a escuchar a Elena y a Meme en “Buscando un perfil amigo”. Bola llora en “Adiós, felicidad”. Estrella Rodríguez/Fredesvinda García inunda el domingo con sus fraseos desbordados en “Freddy”: una aspereza clemente brota de la 350 libras de su voz. Ela Calvo sospesa los escollos del olvido en los conformes de “Cosas que pasan”... Qué fue mi vida desde siempre, / solo trabajo y miseria, / por eso cantaba a las estrellas / y quizás me oyó hasta Dios // Pero tal vez llegue el día / en que pueda retenerte / mientras con la esperanza de ese día / he de vivir. La muchacha de Santa Clara que componía boleros dijo adiós, definitivamente, a la felicidad.


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