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Actualizado: 21/11/2014 14:39
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Literatura

La vida provinciana con relieve de mito

Desde su publicación, hace ahora 45 años, la primera novela de Luis Agüero permanece condenada a un inmerecido destierro por razones que nada tienen que ver con sus méritos literarios

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Heme aquí ante una labor paradójica: hablar de un libro al cual los lectores difícilmente van a tener acceso. Circunstancias aciagas, que nada tienen que ver con los méritos literarios de la obra en cuestión, la condenaron a un inmerecido destierro en el que permanece hace ya la friolera de cuarenta y cinco años. Eso, en parte, explica aunque no justifica la condición de invisibilidad que hasta hoy la acompaña. Pero como se dice en inglés, first thing first.

En 1967, Luis Delfín Agüero (Pinar del Río, 1938) solo tenía publicado un volumen de cuentos, De aquí para allá (Ediciones R, La Habana, 1962). No obstante, por esa misma época ya había empezado a escribir una novela. En el número de enero-abril de 1963 de la revista Unión, dio a conocer su primer capítulo bajo el título de El paseíto de todos los días, aunque es evidente que no llegó a terminarla. En el mundo intelectual de aquellos años Agüero era bastante conocido por su actividad primero como guionista y después como periodista. Escribía críticas de radio y televisión, que firmaba como Luis Orticón. Esos textos aparecieron en Revolución, La Gaceta de Cuba, Lunes de Revolución, Cuba y otras publicaciones. Ese año, sin embargo, su escueta bibliografía se incrementó. Agüero no se limitó, como él ha dicho, a conectar un modesto hit por encima de segunda. Lo suyo fue un doblete, por razones que más adelante quedarán tan claras como el agua clara.

En enero, al darse a conocer el resultado del Premio Casa de las Américas, se supo que Agüero había obtenido con La vida en dos, una de las dos menciones otorgadas en novela (la otra fue para Adire y el tiempo roto, del fallecido Manuel Granados). El de aquel año era lo que se dice un jurado de lujo: Leopoldo Marechal (Argentina), Juan Marsé (España), Mario Monteforte Toledo (Guatemala), Julio Cortázar (Argentina) y José Lezama Lima (Cuba). En el número correspondiente a febrero, La Gaceta de Cuba recogió opiniones de algunos de los miembros de los jurados de los diferentes géneros. Además de referirse a la obra ganadora, Los hombres de a caballo, del argentino David Viñas, Cortázar declaró: “La novela de Luis Agüero es un libro exigente, ceñido, realizado con una gran economía de medios, cosa que me parece muy valiosa en un joven sobre todo en Cuba, donde los jóvenes malogran muchas novelas por falta de control de los materiales que manejan”.

Por su parte, Marsé expresó: “El libro de Luis Agüero, por su tema, a mi entender es un hallazgo temático. Cuenta el despertar de la adolescencia con todos sus sueños y mitos y el primer contacto con la realidad, que siempre contiene una frustración. Es muy interesante este libro: en las cualidades de síntesis y de ritmo, particularmente en este momento de la joven literatura cubana, que a pesar de sus buenas intenciones, adolece de un poco de frondosidad, de descuido de la construcción, de la unidad que tiene que tener un libro”.

En ese mismo número de La Gaceta de Cuba también se incluye una entrevista a Agüero. Interrogado sobre qué supone para él el reconocimiento concedido a su novela, respondió: “Para mí es como coger un bate por primera vez frente a Rigoberto Betancourt y conectarle un modesto hit por encima de segunda” (supongo que el tal Rigoberto Betancourt debe ser un pelotero o algo así, pero uno no está nada puesto en cuestiones de béisbol). En cuanto a qué libros tenía publicados, menciona De aquí para allá, “algo así como un pecado de adolescencia”. Y agregó que espera que La vida en dos “no sea un pecado de juventud”. Por último, a la pregunta ¿Algún proyecto futuro?, Agüero contestó: “Una novela de media duración que se titula Dayaniguas y la continuación de Bebita Alvarado cuando aparece en La Habana, bailando en el antiguo Cabaret Marocco” (más adelante se sabrá quién es la susodicha).

Ese mismo año, la Casa publicó, además de las obras galardonadas, otras ocho que habían recibido mención en poesía, cuento y novela. Entre ellas estaba La vida en dos, y de acuerdo a lo que se lee al inicio, la edición se terminó de imprimir en el mes de junio. El diseño lo realizó Umberto Peña, quien además incluyó anuncios, fragmentos de una fotografía, volantes, papeles manuscritos, cartas, documentos, consignas escritas en una pared. Son las “pruebas” correspondientes a hechos que se cuentan en la novela.

A solicitud suya, Edmundo Desnoes redactó la presentación que se reproduce en las dos solapas del libro. El autor de Memorias del subdesarrollo comienza así esas palabras: “Yo también —vamos a confesarlo— soy otro terco enamorado de Bebita Alvarado. No me quedó ya ni la más mínima duda cuando llegué a esa escena frívola y alucinante: tres amigos se revuelcan en la cama saturada del perfume y las huellas de Bebita. El mundo adolescente transcurre dominado por la imaginación; todo es posible porque la experiencia no sirve ni para reconocer por dónde anda uno”. Y más adelante apunta: “La vida en dos ha tomado la mezquina vida rural y le ha dado los relieves del mito. Casi sin quererlo crea un mito mágico y luego lo destruye. Termina la realidad adolescente y comienza la dura madurez”.

Pérdida de la inocencia

En la entrevista que antes cité, Agüero da esta breve descripción de su novela: “Puede ser algo así como la prehistoria de la revolución. Abarca un período de más o menos veinte años, finalizando alrededor del año cuando empezaba a arreciar la represión batistiana”. Las historias que confluyen en La vida en dos tienen como escenario a Bailén del Sur. Según se aclara en la Prueba No. 1, es un término municipal, partido judicial y distrito fiscal de la provincia de Pinar del Río. Su superficie es de 1.209 kilómetros cuadrados y tiene una población de 52.689 habitantes, de los cuales 42.720 son blancos. Pero no pierdan el tiempo tratando de localizar Bailén del Sur en el mapa de la Isla: es un invento del autor.

Aludí antes a las historias que se cuentan en la novela. En efecto, son varias, aunque hay una que viene a ser el núcleo alrededor del cual se articulan casi todas las demás. Es la que tiene como eje a Bebita Alvarado, hija del pastor de la Iglesia Bautista, y de quien tres adolescentes del pueblo están rendidamente enamorados. La primera vez que estos tuvieron contacto con ella ocurrió un mediodía en el parque. Ese día no solo los miró, sino que se detuvo frente a ellos y les dijo: “Se les van a caer los ojos de tanto mirar”. Desde entonces, apunta el anónimo narrador, “no solo fue un sueño, una revelación. Ahora era además un desafío”.

A partir de ese momento, todos los mediodías del domingo los adolescentes iban al cine y se sentaban una fila detrás de Bebita. Por fin, un mediodía ella decidió que había transcurrido ya el tiempo suficiente para pasar a una segunda etapa. Entonces se volvió al grupo, los fue mirando a todos con sus insolentes ojos azules y al final se dirigió a uno: “Te puedes sentar conmigo”. Así hizo cada domingo. Era ella quien escogía al elegido. Era también ella quien tomaba la iniciativa, al rozar accidentalmente la rodilla del adolescente, acercar demasiado su boca al comentar una escena de la película o cruzar provocativamente las piernas. Aquello, apunta el narrador, “nos hizo daño a todos. Pero en este momento no sentimos más que la viscosa sensación de placer, los húmedos calzoncillos que todavía no habíamos aprendido a usar. Ya éramos hombres”.

Esta última idea, el sexo como vía para ingresar en la adultez, está muy bien desarrollada en la novela. Es lo que hace que para aquellos tres adolescentes el despertar sexual pase a ocupar un lugar primordial en sus vidas. No deja de ser, sin embargo, algo que está por encima de ellos, algo que todavía no alcanzan a comprender. Finalmente, nunca llegan a conseguir de Bebita Alvarado más que aquella sensación con la cual regresaban a sus casas, una vez que terminaba la película. Para ellos significa la pérdida de la inocencia. Termina la fantasía adolescente y empieza la cruda madurez.

En un último y desesperado intento, los tres amigos acuden a una negra santera, para que consiga que Bebita Alvarado vaya al baile del Liceo con ellos. Tras consultar el empaca, la mujer les hace saber que la joven no va a ser para ninguno de ellos. Les confiesa que lograr lo que ellos le piden va a ser muy difícil, pero accede a hacerlo si le llevan una prenda íntima de Bebita Alvarado. Los adolescentes vigilan a que en la casa del pastor no haya nadie, entran y se ponen a buscar lo pedido por la santera. Es entonces cuando el lector asiste a la excelente escena a la cual alude Desnoes.

Ante la vista de la cama donde dormía la joven, los tres amigos se acercaron lentamente. Palparon la suave sábana de lino que cubrió su cuerpo, “la sábana que rozó la piel de su rostro, el leve vello de sus muslos, los rozados pezones de sus pequeños senos”. Y se revolcaron todos en el lecho, “tropezando unos contra otros, todos encima de aquella cama donde apenas ya cabía ella, escarbando en el colchón, metiendo las manos debajo del bastidor, dentro de la funda de la almohada”. Era un vano esfuerzo por reconstruir aquella imagen que se les había escapado de entre las manos, y que ya no podrían retener ni un minuto más con ellos. La imagen de la mujer de sus sueños poseída por un extranjero fue para ellos la consumación de un crimen horrendo, como si de repente la vida se les hubiera partido en dos.

Sin embargo, La vida en dos es una obra coral, y como ya apunté la de los tres amigos enamorados de Bebita Alvarado es solo una de las historias que se cuentan. Entre las otras, voy a dedicar unas líneas a las de Feo Orbay, el fotógrafo Abelardo Azuquita y el chino Enrique Chong. Al primero se le describe como “un hombre de casi cuarenta años, solterón empedernido, con una expresión de afabilidad iluminándole el rostro”. En la primera escena en la cual aparece, se presenta en la estación de policía dispuesto a entregarse. “¿Y se puede saber qué has hecho ahora?”, indaga el capitán. “Pienso meterme a revolucionario”, es su respuesta. A lo cual su interlocutor riposta: “Entonces vuelve aquí cuando te hayas decidido”. Feo Orbay, otro enamorado secreto de Bebita Alvarado, representa una resistencia política tan absurda como ingenua. Su pequeña historia de locura provinciana se une así a la pequeña historia de los amores adolescentes imposibles.

Azuquita es el típico seductor desvergonzado, que se dedica a engañar campesinas incautas. “Es puro melado de caña con las mujeres”, comenta sobre él la gente. Su técnica consiste en hablar a las jóvenes en un lenguaje que ellas jamás habían escuchado: “¡Nunca he visto nada igual! ¡Lucen ustedes como dos capullitos de rosa!”. En otras ocasiones las compara con Venus, Mata Hari, Cleopatra o María Estuardo. Una vez que las ingenuas mujeres caen en la trampa, venía la invitación final: “¡Ustedes tienen que retratarse! No me pueden decir que no. Tengo que tirarles una plancha a cada una”. Cuando las campesinas llegaban al cuartico, Azuquita desplegaba todas sus armas de seducción. De ahí surgieron las fotografías que empezaron a circular por Bailén del Sur.

El problema por el cual se vio obligado a escapar del pueblo fue a causa de Brígida. La mulatica hija de Enrique Wong, quien tenía alquilado el cuarto al fotógrafo, se empeñó en que este le tomara una foto. Por supuesto, tras la foto vino lo otro, es decir, las visitas por la madrugada al cuartico de Azuquita. Como era inevitable, el padre vio la foto en la que su hija está completamente desnuda, sentada en un banquito y mirando a la cámara. Ese hecho vino a sumarse otra aflicción a ese hombre solitario y profundamente triste, agobiado por las desgracias del mundo.

Trama humilde y envoltura poética

Como hicieron notar Cortázar y Marsé, La vida en dos es una primera novela que, entre otros hallazgos, sorprende por su economía de medios y su ceñida estructura. Agüero aplica también ese estricto control al uso del costumbrismo y al color local. Algo que admira en una obra cuya madeja argumental se desarrolla por completo en un pueblo de provincia. Se trata además de una novela que emplea con inteligente moderación recursos modernos como las técnicas elusivas, pero lo hace de modo que no resultan gravosas para el lector. Asimismo Agüero, como señaló Desnoes, ha tomado la vida rural y le ha dado los relieves del mito. De igual modo, logró recrear ese microcosmos cerrado con toda su tristeza, su mezquindad, su frustración.

Causa perplejidad que una obra con valores tan notables y que estaba avalada por las elogiosas opiniones de autores como Cortázar, Marsé y Desnoes, haya tenido tan escasa resonancia crítica. En el texto que se puede leer en esta misma edición de CUBAENCUENTRO, Agüero señala las razones extraliterarias por las cuales fue condenado al ostracismo durante varios años. Como entonces era norma, ese castigo se extendió también a su obra. Eso, sin embargo, no alcanza a explicar el sonoro silencio que en su momento acompañó a La vida en dos. Entre su llegada a las librerías y la fecha en que él solicitó la salida del país, mediaron unos diez meses. ¿Por qué en todo ese tiempo no aparecieron reseñas críticas, como hubiese sido lo lógico? Revisé publicaciones periódicas como Unión y La Gaceta de Cuba y puedo dar fe de que en ambas la novela de Agüero fue olímpicamente ignorada.

Años después, cuando Agüero fue rehabilitado en Cuba, esa situación varió muy poco. En su Breve historia de la novela cubana (1980), Imeldo Álvarez, tan generoso con otros autores de escaso valor, apunta: “Es la vida de un pueblo de provincia descrita y pintada sin complejidad técnica; la vida de un grupo de jóvenes y adolescentes en el período prerrevolucionario, con todas sus aventuras pintorescas, sus puerilidades y desconciertos, en medio de una sociedad rebosante de prejuicios”. Muchísimo menos espacio se le dedica en el tercer tomo de la Historia de la literatura cubana (2008). En el “Panorama de la novela entre 1959 y 1988”, Rogelio Rodríguez Coronel se limita exclusivamente a mencionar La vida en dos en una lista de obras de la década de los 60. No es de extrañar que lo hiciese, pues antes le había dado idéntico tratamiento en su libro La novela de la revolución cubana (1986).

Entra las contadas excepciones está Julio Miranda, quien al no estar condicionado por las cortapisas ideológicas por residir fuera de la Isla, en su Nueva literatura cubana (1971) escribió: “La vida en dos retoma el costumbrismo renovado que ya Agüero inició, aunque en tono muy menor, en sus cuentos de De aquí para allá, entregando los hechos del pequeño pueblo tamizados por el humor y la ternura, a la vez trama humilde y envoltura poética. Memoria cotidiana del pasado, centrada en una pandilla juvenil cuyo eje es el embobado amor por la figura maravillosa de Bebita Alvarado —uno de los personajes ganados para siempre por la narrativa cubana—, la existencia de la dictadura queda al fondo, pero será lo suficientemente actuante como para clausurar la adolescencia de los muchachos, con la muerte de uno de ellos”.

Una vez que concluí la relectura de La vida en dos, me di a la tarea de rastrear los orígenes y la existencia posterior de Bebita Alvarado. Descubrí así que inicialmente fue la protagonista de un cuento. El mismo formaba parte de una colección llamada Cinco, que fue finalista en el Premio UNEAC 1966. En el número de enero del 67, La Gaceta de Cuba dio a conocer un fragmento de aquella narración, titulada con el nombre del personaje (el texto aparece tal cual en La vida en dos). En una breve nota introductoria, Agüero apunta que los redactores de La Gaceta de Cuba le pidieron uno de las narraciones dE Cinco. Y luego explica así por qué escogió esa: “Razón fundamental: este es, en opinión del autor, el mejor cuento del libro. Además, ya el libro no se llama Cinco. Ahora le he incluido dos cuentos más y se titula Bebita Alvarado y otros nombres que no pasarán a la historia. Nadie podrá negar que si no es hermoso es, por lo menos, extenso”.

Cuando La vida en dos salió de la imprenta, Agüero estaba escribiendo ya la que iba a ser su siguiente novela. En ella continuaría las andanzas de su famoso personaje y por eso pensó titularla Descarga por Bebita Alvarado. Entonces se hallaba trabajando a la vez en tres proyectos. Así se lo reveló en la entrevista de La Gaceta de Cuba a Raúl Palazuelos, quien a propósito de ello apuntó: “Una vieja costumbre de Luis Delfín que ha demostrado cómo se puede escribir simultáneamente un libro de cuentos, una novela, un reportaje sobre el Che Guevara, y aun disponer de tiempo para escribir cada semana un programa de televisión que en nada se parece al anterior y tiene la misma calidad humorística”.

Y llegó el momento de explicar lo del doblete de Agüero. En diciembre de ese mismo año se dieron a conocer los ganadores del Premio UNEAC. El de cuento fue compartido por dos originales: Se dice fácil, de José Miguel Garófalo, y Cuatro relatos intolerables sobre una catástrofe cotidiana, de Agüero. En esos textos, su autor volvió al escenario de su novela, el pueblo de Bailén del Sur, y también retomó algunos de los personajes (el padre Bouza, Nomelleves, Feo Orbay, Perico Arteta, los tres adolescentes enamorados de Bebita Alvarado). Como él declaró, ese libro venía a ser una coda de La vida en dos, en la que algunas cosas se habían quedado un tanto esbozadas. Por otro lado, el humor pasó a adquirir otra dimensión. Un buen ejemplo es “Primer día del año en la casa de los muertos”. Su protagonista, Matías Abril, ha tratado de suicidarse 17 veces, pero en ninguna ha tenido éxito. Al final, cuando está convencido de que sus esfuerzos por quitarse la vida están condenados al fracaso, muere por una ráfaga de ametralladora, el 1º de enero de 1959.

El libro estaba ya impreso cuando su autor presentó la solicitud de salida del país. Como era entonces la política, la edición completa fue hecha pulpa. Lo que muy pocos saben es que años después, cuando llegó para él la rehabilitación, Agüero recogió aquellos cuatro cuentos, junto a otros ocho escritos posteriormente, y envió el original al mismo concurso. (En uno de estos últimos, “Te acompaño el sentimiento”, hallamos a Bebita Alvarado algunos años después, cuando era una viuda reincidente.) Tal vez entonces Luis Delfín Agüero debió decirse mentalmente la frase que repetía Feo Orbay: “Esta vez me la van a tener que mamar”. Y vaya si se la tuvieron que mamar. En 1986 aquella colección de doce cuentos, titulada Duelo a primera sangre, recibió el Premio UNEAC. Así que a la segunda fue la vencida. Y esta vez los cuentos sí llegaron a las manos de los lectores.