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Actualizado: 30/10/2014 15:19
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Música, Literatura

Las “medianoches” literarias

El Gobierno cubano, en la etapa “revisionista” en que se encuentra, ha ido reviviendo figuras completamente “ninguneadas” por años, pero sin un reconocimiento franco del error cometido

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Este es un artículo sobre tres libros y un tema:

Sygrid Padrón Díaz: La Sociedad Pro Arte Musical. Edición Unión, La Habana, 2009.
Irina Pacheco Valera: La Sociedad Pro-Arte Musical-Testimonio de su tiempo. Ediiciones La Memoria, La Habana, 2011.
Célida Parera Villalón: Pro Arte Musical y su divulgación de la cultura en Cuba.New Jersey, 1990.

El libro de la profesora Padrón es uno de pequeño formato, 8 1/4 por 5 1/2 pulgadas, y de 121 páginas. Recibió el Premio Anual de Musicología Argeliers León, pero no dice el año. Su contraportada es sumamente elogiosa de esta institución y dice así: “La orgánica dirección de su política interna la llevó a constituirse sólidamente y a merecer el respeto de los altos círculos del estado y gobierno, y a merecer respeto por lo que disfrutó de gran autoridad y autonomía durante su prolongada existencia”.

Y agrega: “Aún cuando la Sociedad Pro Arte Musical se desarrolló en el ámbito de la cultura dominante, su multiplicidad de acciones insufló a su época de un aliento de modernidad a través de una autoconciencia creadora que le proporcionó la consolidación como institución divulgadora y promotora de la cultura, legándonos un hecho cultural de particular relevancia que no podemos desconocer y que debemos conservar”.

Lo que no explica la contraportada ni el libro es por qué una sociedad creada en 1918, tan prestigiosa, sufrió la expropiación de sus oficinas por el gobierno revolucionario en 1960, y la intervención general de la institución en 1967, en que desaparece (página 76). Y menos todavía, cómo se va a conservar lo que ya desapareció y es solo un recuerdo.

El libro comienza abruptamente, sin el usual título de “Capítulo” con esta frase “La sociedad Pro Arte Musical: un hito en el sistema cultural neocolonial”, y trata de resumir en 18 páginas la larga y fecunda historia de esta sociedad. En las siguientes páginas igual, en forma suscinta, va a narrar sus diversas actividades, comenzando por la revista del mismo nombre, Pro-Arte. Dedica entonces 12 páginas al Teatro Auditorium, donde se celebraron casi todas las actividades de la misma, y 6 páginas a la escuela de declamación de Pro Arte, 6 a su escuela de guitarra y 10 a la de Ballet. En la sección llamada “Final obligado” trata de resumir en 8 páginas los logros de Pro-Arte.

En el Anexo I dedica 2 páginas a los conciertos inaugurales de la institución, en el 2 ofrece información adicional sobre el ballet, y en la página 95 hay algo interesante, aunque algo ajeno al tema del libro: una lista de 23 grupos teatrales coexistentes con la escuela de Declamación de Pro-Arte, al parecer, no estaba tan mal esta expresión cultural antes de la revolución. Siguen páginas de fotos y la bibliografía.

El libro de la profesora Pacheco, titulado igual, tiene el mismo formato, pero 350 páginas. Recibió el premio Memoria en 2007, pero fue publicado en 2011. Este sí tiene capítulos, el primero se titula “Las mujeres de Pro-Arte Musical”. En él se explica la intervención femenina preponderante, casi total, de la mujer en esta institución. El libro de la profesora Pacheco es uno de polivoces; en este y todos los capítulos, incluirá opiniones, comentarios, memorias, de innumerables personas, importantes o no; en él opinarán Harold Gramatges,Camila Henríquez, Mirta Aguirre, Luisa Campuzano, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, Fernando Alonso, Clarita Nicola, Luis Carbonell, y otros. El segundo capítulo está dedicado al Teatro Auditorium, con el mismo desfile de personas con comentarios a veces muy interesantes como el de Natalia Bolívar: “Porque ahí iba todo el pueblo”; o el de Harold Gramatges: “Y además se organiza ópera, funciones de ópera, e inclusive y aprovechando (cosa que después no ha sucedido nunca igual) las figuras prominentes de la ópera aquí en Cuba, con personas que pertenecían, por ejemplo, a la ópera de la Scala de Milán…”. El capítulo termina hablando de la confiscación del teatro por el Estado en 1961, que según nota, es remodelado en 1959 y se nombra “Teatro Auditórium Amadeo Roldán”. Sigue el capítulo 3, dedicado al Ballet, que empieza en la p. 84 y en la 85, comienza una larga contribución, encabezada con el nombre de Fernando Alonso, que llega hasta la p.91. Todas esas páginas lo que hacen es reproducir, prácticamente al pie de la letra, lo que contienen las páginas 85 a 94 del libro sobre Pro-Arte, publicado por la señorara Célida Parera, mucho antes, en 1990. Esto es grave, porque se trata de un plagio. Como todo ese texto aparece bajo el nombre de Fernando Alonso, supuestamente es él el autor del plagio; pero como la profesora Pacheco incluye en su bibliografía el libro de la señora Parera del que hablaremos más adelante, e inclusive hace una cita del mismo en la p.82, en el mejor de los casos se hace cómplice del plagiador, porque usa el texto del mismo en su libro, teniendo conocimiento de que es plagiado . Las polivoces siguen en las secciones dedicadas a a la guitarra, al cuadro de declamación y al teatro lírico de Pro-Arte o sea, no es la autora quien al parecer narra, sino otras personas. Pero aún así, solo se han llenado 159 páginas. ¿De qué tratan las siguientes?

El capítulo VII se titula “Los socios de Pro Arte” y claro, recoge opiniones favorables al mismo, que se pueden manifestar ahora, pero por años no se pudo. Además, muchas tienen el mecanismo defensivo de todos estos textos revisionistas, que yo llamo de ”Sí, pero no”, o de “No, pero sí”. “Pero” es una palabra muy socorrida en sistemas como el de Cuba: “pero”, “aunque”, “desde luego”, “sin embargo”, “por otra parte”, “no obstante”, son todas palabras con marcha atrás. Crean la antítesis de lo que se dijo antes. Este ejemplo de Angel Vázquez Millares (p.163) es típico: “todos esos conciertos, esos cantantes y solistas, yo los podía ver por dos pesos mensuales. Desde luego, yo sé que en aquellos momentos había personas que no podían gastarse dos pesos mensuales”. Y lo mismo sucede con el capítulo VIII siguiente, “Los espectadores de Pro-Arte”. El capítulo IX, “Las vanguardias musicales a la luz del contrapunteo identitario cultural de la República”, no tiene nada que ver directamente con el asunto de este libro, es un ensayo de carácter general, que después se enfoca hacia lo musical, y lo conecta casi a la brava, al hacer una comparación (p.206) entre Pro-Arte y las orquestas Sinfónica y Filarmónica, traída por los pelos, y para colmo, terminando otras vez con “opiniones” de distintas personas. Otro ejemplo de “No, pero sí”; Dolores Torres, p.217: “La gente de sociedad iba a Pro-Arte como iba a la Filarmónica, para vestirse… A pesar de esto, hay que agradecerle a Pro Arte Musical todos esos músicos, todos esos artistas importantes que vinieron, se lo debemos a Pro Arte…”.

Veamos como la autora describe la decapitación de Pro-Arte: “Ante los cambios que genera todo proceso revolucionario, en cuanto a las transformaciones del orden establecido, la Sociedad pro Arte Musical también se vio inmersa en esa dinámica, y como resultado de ello, y por decreto revolucionario, se intervino esa institución como entidad privada en 1961”.

Con todo, no le queda más remedio que admitir que muchos socios de Pro-Arte continuaron unidos por el hilo del Boletín informativo que se mantuvo publicando hasta los primeros meses del año 1962, y las actvidades reailizándolas en diferentes salas y teatros de la capital, hasta que se produce la confiscación total de la misma, en 1967.

Es admisible el breve Capítulo X, en que se habla en cuatro páginas de filiales que tuvo Pro-Arte en Santiago de Cuba y Manzanillo, pero no lo es el Capítulo XI, “Los frutos artísticos”, otras azucaradas páginas para que hablen bien del difunto Pro Arte: Eusebio Leal, Radamés Giro, Harold Gramatges y Pedro Simón, este con otro bello ejemplo del “Sí pero no”: “Pero yo creo que Pro-Arte Musical desempeñó indudablemente un papel importante en el desarrollo de la cultura cubana. Ahora, hay que ver la proyección social de esa institución, eso es más discutible…”.

Hay que seguir alargando la vida del paciente: ¿Cómo agradecer a tanta gente que ha hablado bien de Pro-Arte, muchos con el “Sí pero no”, y otros con el “No pero sí”? ¡Pues incluyendo sus biografías! A eso se dedica el capítulo nombrado “De los Testimoniantes”, divididos en grupos, comenzando con “Los familiares de las mujeres de Pro-Arte”, “Los amigos” (por cierto, uno solo), “Alumnas de las escuelas de Pro-Arte”, “Testigos de las polémicas culturales”, “Socios de Pro Arte”, “Espectadores”, “Teatro Lírico de Pro-Arte Musical”, y “Estudiosos”, para poder llegar así, angustiosamente, a la p.271. Ridículo.

Pero parece había un compromiso específico de llegar a determinado número de páginas. Viene ahora un Anexo II, Información complementaria, un cajón de sastre con biografías de bailarinas, instituciones, profesores, pianistas, teatros como el Colón; todo mezclado, como diría Guillén. A vece parece ser un listado entre otras cosas, de figuras que actuaron para Pro-Arte, pero no creo lo hayan hecho Caruso, María Callas, Manuel de Falla, Puccini, y otros. Absurdo. Siguen unas cuantas fotos y la Bibliografía, para arribar lastimosamente, a la página 350.

El tercer libro del que vamos a hablar, Pro Arte Musical y su divulgación de la cultura en Cuba” 1918-1967, lo escribe Célida Parera y se publica en 1990 por la Senda Nueva de Ediciones de New Jersey, en realidad con los fondos de la propia autora y un grupo de amigos que colaboraron al empeño. Es un libro grande, en forma y contenido, de 11 por 8 1/2 pulgadas, y 207 páginas. No le sobra ni le falta nada. El primer capítulo es un recuento histórico de las presidentas que tuvo Pro-Arte, con la debida narración de actividades desarrolladas en cada período. En la página 15 aparecen los conciertos inaugurales de la entidad, mismos que incluye en un anexo la profesora Padrón, pero a esta se le olvidó copiar que tuvieron lugar en el teatro Auditorium, como sí señala la señora Parera. En el lugar correcto, no al final del libro, sino funcionalmente al final del primer capítulo, aparecen las fotos de las figuras citadas anteriormente en el texto, y las que irán apareciendo a continuación.

El capítulo II trae la lista completa de conciertos y concertistas que actuaron en Por Arte, con fotos intercaladas en el texto. Nada parecido remotamente a esto, tienen los otros dos libros anteriores. La cantidad y calidad de los nombres es tal, que así se llega a la p.74. El capítulo III hace lo mismo con las óperas y ejecutantes que pasaron por Pro-Arte . El IV se dedica a la Escuela de baile; igual, la narración precisa y completa de las grandes figuras que fueron profesores y a su vez crearon la pléyade de grandes figuras del balllet, como Alicia, Alberto y Fernando Alonso. Este es el capítulo que en gran parte “se tomó prestado” en el libro de la profesora Pacheco… El capítulo V se hace necesario para relacionar la extensa cronología de ballets e intérpretes que pasó por Pro Arte. Y hay páginas y paginas de los que fueron alumnos de la escuela de ballet. Lo mismo pasa con el capítulo VI, dedicado a la escuela de Declamación, con la relación compacta, pero completa de la misma. En el siguiente capítulo VII las obras presentadas, con la lista completa de los artistas actuantes. Le toca a la escuela de guitarra, a la que se dedica el capítulo VIII; con el mismo cuidado de exponer el historial de ese departamento y fotos, y en el siguiente, todos los programas con sus intérpretes. También hay espacio en el Capítulo X para valoraciones, opiniones , reseñas y críticas a la obra de Pro-Arte, firmadas por figuras importantes de dentro y fuera de Cuba.

Aparece en la página 196, el programa del último concierto dado por la heroica Sociedad Pro-Arte Musical el 23 de septiembre de 1967, expulsada del Auditorium, la que se celebra en el Lyceum y Lawn Tennis Club, todavía abierto, pero que también sería cerrado. Y aparecen fotos en la 197 de como quedó el teatro después del fuego que destruyó su techo y mobiliario, pero respetó la estructura del edificio, como puede apreciarse en una foto en que la autora señala que después de 13 años del siniestro, que ocurrió en 1977, todavía no se había terminado la reconstrucción en 1990. Y faltarían algunos años más para que así fuera. Por la información que contiene, es un libro esencial en la historiografía de la música cubana, y de la historia universal del ballet.

Ese es el libro que hizo una mujer que trabajó desde 1941 hasta 1959 en las oficinas administrativas de Pro-Arte Musical, y que ya en Cuba había mostrado su habilidad para escribir reseñas y artículos para distintas publicaciones. En el exilio con su esposo y sus dos hijos, trabajó exitosamente en varias actividades, pero supo sacar tiempo para hacer este importante libro y seguir colaborando en importantes revistas de América y Europa, lo que todavía sigue haciendo a sus 91 años.

No se sabe quién inventó la “medianoche”, ese pariente pobre del suculento sandwich cubano; pero lo cierto es que se fue abriendo paso en el gusto del paladar criollo, sobre todo de las mujeres, por ser menor en tamaño y contenido que el célebre sandwich. El marido que iba a llegar tarde a su casa por estar con los amigos o con otras compañías, y además tener algunos tragos encima, encontró en la “medianoche”, una especie de bandera blanca o pipa de la paz para llegar a su casa; como a esas horas no podía comprarle flores a su mujer, la humilde medianoche aliviaba el retorno: con cara compungida, se la extendía a su mujer, sin mediar palabra, y esta, en vez de entablar una discusión en la madrugada, la tomaba, y calmaba por lo menos el hambre, aunque la procesión siguiera por dentro.

El gobierno cubano, en la etapa “revisionista” en que se encuentra, hace ya tiempo que en la esfera de la cultura ha ido reviviendo figuras completamente “ninguneadas” por años, como una especie de “pipa de la paz” tendida al exilio. Así ha hecho entre otros con Lezama Lima, Virgilio Piñera, cuyo centenario se ha celebrado a bombo y platillo, y hasta Cabrera Infante ha tenido su libro.

En estos libros, no hay un reconocimiento franco del error cometido, sino que se empieza a alabar al hasta ese momento negado, como si no hubiera pasado nada, o se hace una admisión muy general y vaga de errores cometidos en ciertas esferas, o sea, como el caso del hombre noctámbulo que mencionamos, se extiende el libro, como la medianoche, sin más.

Por eso llamo a ese tipo de libro, medianoche literaria; y con todo respeto, eso es lo que me parecen los de las profesoras Padrón y Pacheco, con el agravante en la última, que tiene ingredientes pasados de tiempo, o sea los páginas incluídas antes en un libro escrito en años anteriores por otra persona; al lado de ellos, el libro de Célida Parera, no es un sandwich, es una cena completa, sobre uno de los más bellos capítulos de nuestra historia artística, la Sociedad Pro Arte Musical.


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