Actualizado: 23/09/2017 15:02
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Los culpables y nosotros

El adentro y el afuera, destino colectivo y destino individual: Las claves del nuevo poemario de Alexis Romay.

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Quien no necesita o no puede vivir en sociedad podrá ser un bruto o un dios, pero no un hombre, razonaba Aristóteles. Conviene averiguar qué le sucede a los hombres cuando la sociedad se enrarece y sólo resulta propicia para un dios y algunos brutos.

Alexis Romay, el ubicuo, viene de esta experiencia y la recrea en Los culpables (Editorial Linkgua, 2008), su último libro de poemas. Culpables de qué, me pregunto, mientras recorro sus sonetos —¿tras quién?— y me demoro en la cadencia irregular de algún verso, dejado ahí seguramente para sacarnos de paso.

Las nociones espaciales escamotean el dilema que nos propone Los culpables. El adentro y el afuera que señalan los vocablos "exilio", "insilio" o "destierro" distraen más que iluminan. Las fronteras no previenen ni imponen nuestra orfandad. La sociedad es un vaivén o un sistema de presiones espontáneas y recíprocas que no pueden dirigirse o interrumpirse a voluntad sin dejarnos a su vez interrumpidos, disociados en nuestra vida personal:

"Los simulacros diarios no resisten / la lava incomparable que nos baña. / Traficamos con sangre y plata falsa. / Alabamos a aquellos que subsisten. / Hemos visto nacer cada patraña, / flotando a la deriva…".

La deriva es el ámbito y condición de Los culpables. Es la temporalidad desprovista de sentido y es también, para nosotros, un lugar tan familiar como el castillo del Morro o el malecón de La Habana. No se trata de plantear o replantear el conflicto entre individuo e historia. Cincuenta años después, ninguno es ya reconocible. Leyendo el libro de Romay, uno advierte que de aquello sólo queda una grieta y que por ella se deslizan el destino colectivo y el destino individual.

Resistir la inmolación en la exaltación de un credo —un credo que es todo un dios— o en maniobras más básicas de abandono e inconsciencia quizás fue un modo eficaz de preservar la integridad, al menos a corto plazo. A la larga, ya se sabe, todo resulta insuficiente. No hay ser sin pertenecer (como sospechaba Aristóteles) ni pertenecer sin ser (como decidimos nosotros). Son las dos formas humanas de nuestro imposible insular. La imposibilidad, con el tiempo, se va tornando una amenaza, una embestida creciente de irrealidad en nuestra vida. Es frente a ella que surgen las palabras más felices y necesarias de este libro.

Reinventarse, luchar, mentirse, cambiar de tema son "salidas de emergencia" que Romay no ensaya aquí. Las suyas, más que estrategias, son contorsiones y fintas, piruetas existenciales que van de la antropofagia (autorreferencial) a la ataraxia del perdón, pasando por una póstuma proyección de la esperanza o por el esbozo de un gesto que emula la dignidad del animal malherido:

"Nos hemos inventado los colores / de un tiempo inalterable que regresa. / Inventamos el vino, el pan, la mesa, / la distancia absoluta, los dolores. / Hemos perdido el árbol, la bahía / y la certeza del amor temprano. / Perdimos las estatuas y el verano, / el parque, la canción, la cofradía. / Hemos ganado poco en este empeño. / La piel se nos marchita dulcemente / y el lujo de morir en otra aldea / bajo este cielo inmenso y tan pequeño / nos hace erguir el pecho, alzar la frente / ante el rugido fiel de la marea".


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