Actualizado: 26/07/2017 12:02
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Jerusalén, Blake, EEUU

Nueva Jerusalem, magnífica y ausente

A veces coincidimos en un líder político para responsabilizar a un dios menor que nos construya la ciudad

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Bring me my Bow of burning gold;
Bring me my Arrows of desire:
Bring me my Spear: O clouds unfold!
Bring me my Chariot of fire!

I will not cease from Mental Fight,
Nor shall my Sword sleep in my hand:
Till we have built Jerusalem…

And did those feet in ancient time
(Fragment)
William Blake
(1757-1827)

Y cuándo vendrá, la Nueva Jerusalem, algún día entre nosotros. William Blake la soñó en Inglaterra; John Smith en las llanuras de Missouri; Lalibela quiso fundarla ocho siglos atrás en Etiopía. Pero ninguna Ciudad de Dios se levanta todavía ante nosotros.

Y cuáles serán sus dimensiones, sus inmensas arcadas y calzadas, siempre iluminadas en el éter tenue de la felicidad; cuáles sus leyes sin falta, cuales sus ángeles y cuales sus demonios si es que en su plenitud y su gloria nos permitirán conservar alguna íntima nostalgia por los hermosos prados de esta tierra donde fuimos condenados a habitar.

Enormes. Los textos sagrados nos dan sus dimensiones, dos mil doscientos kilómetros de largo y de ancho; otros dos mil doscientos kilómetros de altura[1]. Un cubo ciclópeo sin asiento concebible en este mundo; qué arquitectura y acero celestial podrían sostenerlo; quiénes habitaríamos allí rodeados de oro puro, cual límpido cristal, reluciente como una gema de jaspe y de jaspe límpido también la base de toda la ciudad y sus murallas sólidas con zafiros y esmeraldas, topacios y amatista[2]. Quién tendrá el aliento para no quedar petrificado ante toda esa belleza. Quién no morirá de espanto ante toda esa verdad. Quién podrá descansar al fin allí su alma en vilo.

Pero hasta que la Ciudad de Dios no descienda magnífica desde las alturas, o sus once mil millones de kilómetros cúbicos broten de las llanuras en Missouri o Etiopía, los humanos pugnaremos como ángeles y topos por conseguirnos la mejor Jerusalem que podamos conquistar.

Y nos vamos arreglando. Con quimeras, pasiones e ilusiones, tan desiguales unas de otras que no existe Jerusalem semejante entre vecinos. Nuestro placer particular, nuestra esperanza, lo mismo un aborto que un parto, aparecen como puertas para la legítima persecución de la felicidad. Como si fuera una bestia jíbara que debamos capturar continuamente en el coto de la vida a golpe de disparos y deleites.

A veces coincidimos en un líder político para responsabilizar a un dios menor que nos construya la ciudad. Ah, pero qué dios menor y qué ciudad. Siempre nos quedará inconclusa, fundada en lo temporal, como dijo Agustín de Hipona. Estrechas pasiones, prevaricación, el abuso, la promesa y la mentira. No hay más que contemplar al escenario nacional. La mitad de un país en contra del otro. Autocompasión perpleja y triunfalismo arrogante. Pero con tales armas, y aún más hirientes, seguimos cazando una felicidad que, precisamente por usarlas, tal vez no merezcamos.

Nada nuevo bajo el sol. Los versos de Blake vindican la violencia, aunque plenos de una belleza incapaz de ser emulada en nuestro tiempo. Conviven en ellos la poesía y el anhelo del hombre hacia una Ciudad de Dios, también conquistada en la batalla. Y por eso cantan esos versos los ingleses en su himno a Jerusalem, disfrazando en la hermosura de su melodía los sempiternos signos de la guerra.

Dadme mi Arco de oro ardiente; Dadme
mis Flechas de deseo:
Dadme mi Lanza: Oh ábranse nubes!
Dadme mi Carro de fuego!

La gloria, aunque celestial, siempre conseguida por la lucha y por la herida.

Pero tal vez ese enorme cubo de la Nueva Jerusalem ––de 2.200 kilómetros de altura–– donde sus más altos inquilinos ya respirarán el aire bendito en alguno de los siete cielos, tendría su justo lugar no en el imposible globo de esta tierra, sino en el escaso milímetro de un grano de mostaza. Para que no quepa ni una flecha, aunque fuera de oro. ¿No sería también maravilloso?



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