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Actualizado: 15/04/2014 18:44
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Literatura, Narrativa

País de la ausencia

El título de este libro nos da la pista de un pueblo destrozado, tanto en una dolorosa diáspora como en una miserable permanencia en la Isla

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La opera prima de Mariana Lendoiro, Cuba: no hay tal lugar[1] hace honor a la nostalgia fina de Eliseo Diego y lleva la espada flamígera del Arcángel Gabriel; En “Placidez”[2] afloran los dos; las mariposas y los flamboyanes, el alma quieta se contraponen a “reuniones hipócritas”, “limosnas parcas”, “ataúdes baratos”. La huella de Diego está en todo el libro, y en particular en “El tiempo”[3] como justo homenaje al cantor del tiempo y de los extraños pueblos.

Su título nos da la pista, de un pueblo destrozado aquí, allá en una dolorosa diáspora o en una miserable permanencia en el país.

El libro abre con una viñeta dura —“Mi purga”— de denuncia, por la represión contra los “diferentes”, los “judíos alemanes”, que les llama la autora: “lesbianas, gays, músicos jóvenes, gentes de otra fe, eunucos con el alma rasgada, sin zurcido”. Gentes que se incorporaron a la “utopía redentora” y quedaron después perseguidos y apartados, con el miedo como “pasión constante”. Para la autora, después de las persecuciones y de la UMAP, solo quedó un “hueco febril y desolado y los años ausentes de significado”. Todo se había transfigurado.

Creo que debe haber sido Cabrera Infante quien inició una oda luctuosa por la Habana; el presente libro es parte de esa oda colectiva.

Para poder llevar la carga de “no hay tal lugar” hay que mirar al pasado y hacer catarsis; no es por casualidad el título. “Muy suyo” es una reafirmación de que aunque se le hayan arrebatado el pasado, “a pesar de todo la amo.”[4] El propio título implica que esa realidad ya no está; Cuba es “sin pasado”, porque si hubiese pasado, habría presente y futuro.

Pero esta obra, a diferencia de la de Infante, es literatura para los cubanos de hoy, en la Isla y en su diáspora. Es a través de la Habana ausente que Lendoiro emprende una triste jornada; La ex sirvienta que también recuerda un pasado en el cual “por diez quilos comíamos todos. Vea bien usted bajó y nosotros nunca pudimos subir”.[5] La misma idea se expresa en “Dádiva”, logrando con un lenguaje muy sencillo una ira a la que me referiré más adelante.

La prosa sencilla y sin “adornos” inútiles y la recreación de un pasado que no está llevan un color doloroso, desde la mecedora, los domingos en familia, hasta el minúsculo detalle doméstico del papel de cartucho (ya inexistente) que ayudaba a acabar de secar el arroz, ese plato que no podía faltar en ninguna mesa cubana, ni en la más humilde. Quizás la autora no esté plenamente consciente de ello, pero el “color local” como elegía a una nada se encuentra hasta en los títulos de las viñeta (¿poemas?), como “Las penas que se agolpan”[6].

Lendoiro desea que la tragedia de su país se conozca en el mundo; el libro está ilustrado magistralmente a ese propósito, aunque haya que poner un glosario para los lectores no nacidos en Cuba. La autora enumera el humillante léxico de la libreta[7] de racionamiento y los horribles alimentos a que tienen alcance los cubanos. Tan horribles que una ex sirvienta se iría hasta en una palangana si no fuera nonagenaria. Porque no se trata de una obra para los nacidos en Cuba; el grito de dolor e ira debe ser escuchado por el mundo entero.

Finalmente, la ira y el dolor tienen matices, desde la surrealidad en “El pueblo”[8], hasta la nostalgia de todo lo que pasó, “la casa de la niñez… (porque) el pasado se metió en una botella y se tiró al mar[9]. En ella no falta la humillación a la que los cubanos son sometidos, el pan en las manos, sin cartucho, el denigrante racionamiento de más de medio siglo, los deshumanizantes “(…) bebida a granel, vino seco, vino peleón, guarfarina, chispa e’ tren…”[10].

El dolor cubano nunca está exento de humor, y como anota una persona que comentó este libro, “me soltó las carcajadas los cubanismos de la cotidianidad que están tan pegados a una.” Está también la ironía triste de la paráfrasis del poema de Nicolás Guillén, “Tengo”.

Pero el luto, la destrucción, la deshumanización, la falta de higiene, viviendas u horizontes no tienen tregua, y surge entonces la ira desnuda, de un fuego que enceguece. “En esta guerra de lo romo contra lo agudo se perdieron (…) el alma pura de las personas[11]. “Nadie quiere a nadie”. Recorremos las ratas, el mar tan contaminado, violado, que en las noches habaneras se percibe su hedor, las carencias, la gramática en donde “las cabezas se declinan”[12]. Advierte, no obstante que no siempre se van a declinar. “El odio intenso se huele. / Esa loca se va a zafar. Dios no lo quiera”[13].



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