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Actualizado: 24/07/2014 15:32
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Cine, Arte 7

Retrato del espía envejeciente

Por primera vez se ve un Bond introspectivo, en que el director se atreve a indagar en su pasado, a informarnos acerca de su infancia

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Los filmes de James Bond están anclados en una fórmula inviolable y prácticamente infalible, que por 50 años y 23 producciones ha conseguido entretener, mantener satisfechos a sus fanáticos —casi todos reincidentes—, y arrasar con la taquilla. Todas las películas comienzan con una secuencia de acción vertiginosa, que precede a los títulos y que casi nunca tiene que ver con el resto del argumento. En casi todas Bond tiene dos objetivos amorosos, una es peligrosa, enemiga titubeante, traidora; la otra es alguien a quien tiene que salvar o con la cual se ve obligado a trabajar y a la cual muchas veces tiene que rescatar. Ambas son siempre bellas. De Bond sabemos poco o nada. No importan sus motivaciones más intrínsecas, es un hombre de acción al servicio de la corona británica, dispuesto a hacer lo que sea necesario por salvar a Occidente y tiene licencia para matar. Su cuerpo es su mejor arma. Todas sus misiones transcurren en locales exóticos o lujosos. Siempre tiene a su disposición lo último de la tecnología, provisto por el Q (por Quartermaster) de turno, que siempre es un genio científico, viejo y extravagante. Pero lo más importante: nunca se toma en serio.

Confieso mi adicción a las películas de Bond que descubrí una vez que llegué a Estados Unidos, ya que en Cuba estaban prohibidas. Me divierten. No les pido otra cosa, acepto la fórmula. Muchos directores, en su mayoría habilidosos artesanos como John Glen, que dirigió cinco de ellas, Guy Hamilton, que dirigió cuatro, y Lewis Gilbert y Terence Young, que dirigieron tres cada uno, han trabajado la formula con éxito. Young, que entre otras cosas era el favorito del realizador cubano Tomás Piard (El viajero inmóvil) aunque confesaba nunca haber visto ningún Bond, fue quien dirigió la primera película (Dr. No) y la que hasta ahora estaba considerada como la mejor (From Russia with Love). Seis actores han encarnado al espía: Sean Connery (mi favorito) y Roger Moore lo interpretaron siete veces, Pierce Brosnan, cuatro veces, Daniel Craig, tres veces, Timothy Dalton solamente dos y George Lazenby una.

Para esta vigésimocuarta entrega, la productora Barbara Broccoli, quien tomó las riendas de la franquicia a partir de Golden Eye tras la muerte de su padre Albert Broccoli, que produjo todas las anteriores, escogió como director al inglés Sam Mendes, quien tiene gran experiencia dirigiendo teatro en Londres y que en el cine ha trabajado dentro de los confines de un tipo de cine comercial que pretende ser audaz y significativo pero que termina siendo paternalista y didáctico, enjaulado en lo políticamente correcto. Ejemplo de ello son sus pretenciosamente intelectuales American Beauty, Jarhead y Revolutionary Road. En su defensa, es un hombre que quiere hacer lo que él entiende por buen cine. En principio, la selección me asustó un poco pues no veía como un realizador con los antecedentes de Mendes podía asimilarse a la fórmula.

Con la ayuda de dos veteranos guionistas de otros Bond anteriores, Neal Purvis y Robert Wade, y añadiendo al equipo al muy nominado, muy respetado y poco laureado John Logan (Hugo, The Aviator, Gladiator), Mendes se dio a la tarea de hacer algunos cambios osados a la fórmula, aunque respetó muchos de sus elementos.

Esta vez la secuencia inicial tiene todo que ver no solo con el resto del argumento, sino con la esencia del filme. Bond enfrenta su mortalidad y su vulnerabilidad. Por primera vez se ve un Bond introspectivo y Mendes se atreve a indagar en su pasado, a informarnos acerca de su infancia. De hecho el título de Skyfall, se refiere al nombre de la propiedad y la mansión en la cual creció Bond en Escocia. La película se atreve a contrapuntear los valores de la tecnología más sofisticada y la del elemento humano. Hay renovación en MI6, los nuevos agentes son jóvenes y el nuevo Q parece acabado de quitarse los pañales. Ante la creciente evidencia de que se está convirtiendo en un dinosaurio, Bond se vuelve sentimental y se ve obligado a extraer lo mejor de su condición humana, mayormente su destreza, su astucia y su sentido común, para vencer a un enemigo que no solamente está apertrechado de la más moderna tecnología, sino que además conoce muy bien su pasado. Todo esto puede aterrar al fanático de Bond, pero asombrosamente, Mendes hace que funcione a la perfección.

Bond debe enfrentar a Silva, un ciberterrorista que posee una isla y que fue por una década el espía mimado de M (Judi Dench), la jefa de Bond, quien por gajes del oficio, lo traicionó. Silva está excelentemente interpretado por Javier Bardem, que aparte de incorporar unos cuantos tics de su Anton Chigurh de No Country for Old Men, para establecer la crueldad sin límites del personaje, también es capaz de añadir elementos dramáticos que conceden cierta fragilidad a Silva quien oculta en su pecho herido la pena que se lo hiere y lo mueve a la venganza sádica.

Mendes también rinde homenaje a filmes anteriores, haciendo aparecer el legendario Aston Martin de Bond y bautizando a la nueva secretaria de M como Moneypenny, una de las primeras secretarias del primer M, con uno de esos apellidos de double-entendre como Honey Rider (Ursula Andress) y Pussy Galore (Honor Blackman), que salpican de humor literario las películas de Bond. La película rodea el tema de las intrigas palaciegas en las luchas por el poder dentro de las instituciones políticas. Contar la trama de Bond sería una traición al lector, porque aunque el elemento de sorpresa es poco, el disfrute de no saber lo que uno va a ver y de dejarse llevar por la acción, es parte fundamental de la experiencia de ver un Bond.

Por lo demás la película cuenta con todos los elementos de la fórmula. Breves apariciones de actores estelares como Albert Finney, la introducción de nuevos personajes interpretados por actores de relieve como Ralph Fiennes, los dos intereses románticos de Bond encarnados por la actriz francesa Bérénice Lim Marlohe y la inglesa Naomie Harris, la canción de Adele que respeta los cánones bondianos, la filmación en locales exóticos y lujosos como Turquía, Shanghai, Londres y Japón y el habitual debonair de Bond, que nunca pierde su sentido del humor. Mendes deconstruye al símbolo del macho inglés, pero lo repone y lo deja intacto.

A pesar de la audacia de romper la fórmula clásica de Bond, Mendes no solo abre la puerta para la creatividad en las próximas entregas, ya que al envejecerlo, lo rejuvenece pues lo antepone a un universo excesivamente tecnologizado, sino que le concede a Craig o al futuro Bond, nuevas posibilidades interpretativas. También ha conseguido realizar probablemente el mejor de todos los Bonds. Una cinta con cierto peso que no pierde su carácter de entretenimiento, disfrutable para todos aquellos que no se la quieran tomar muy en serio.

Skyfall (E.U.A./Gran Bretaña 2012). Dirección: Sam Mendes. Guión: Neal Purvis, Robert Wade y John Logan, basado en la obra de Ian Fleming. Director de Fotografia: Roger Deakins. Con: Daniel Craig, Javier Bardem, Judi Dench, Ralph Fiennes, Naomie Harris, Bérénice Lim Marlohe, Ola Rapace, Ben Whishaw y Albert Finney. De estreno mundial en Europa y todas las ciudades de los Estados Unidos.


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