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Actualizado: 22/10/2014 11:58
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Literatura, Narrativa

Risa convulsa y sin alegría

Idalia Morejón Arnaiz debuta como escritora de ficción con una novela transgresora y divertida, en la que hace volar por los aires varias de las convenciones del género

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A Idalia Morejón Arnaiz (Santa Clara, 1965) se le conoce como crítica y ensayista. En ese campo se ubican los dos títulos que hasta ahora integraban su bibliografía: Cartas a un cazador de pájaros (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2000) y Política y Polémica en América Latina. Las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo (Ediciones de Educación y Cultura, México, 2010). Por cierto, acerca de este último, Jorge Ferrer escribió: “Exhaustiva con las fuentes y dueña de una escritura diáfana y un argumentario que junta la precisión académica con la savia del insider, Idalia Morejón ha escrito, me parece, libro definitivo sobre materia del pasado que aún colea, y cuánto, en el presente”. Este año ha marcado su ingreso en la literatura de ficción. Desde hace pocos meses circula Una artista del hombre (Linkgua, Barcelona, 2012, 98 páginas), y se anuncia la próxima publicación de su poemario La reina blindada.

Como se suele decir en estos casos, en Una artista del hombre Morejón Arnaiz por primera tantea sus posibilidades en la narrativa. Aquí se podría emplear la frase solo a condición de que se agregue de inmediato que se inicia con paso seguro y firme. No hay en el libro los balbuceos y yerros típicos del novicio. Por el contrario, su autora demuestra un nivel de escritura y una capacidad imaginativa muy notables. Algo doblemente digno de elogio, pues se trata de una obra formal y temáticamente rompedora, que asume riesgos propios de un escritor curtido y experimentado.

Para se debut como narradora, Morejón Arnaiz optó por la novela. En ese género se inscribe Una artista del hombre, aunque hay que advertir que su autora no siempre se muestra obediente y respetuosa con sus reglas y hace volar por los aires algunas de ellas. Su protagonista se llama Poquita Cosa y es una joven con ambiciones literarias. Está empeñada en redactar sus memorias, a las que piensa titular Hombres de mi vida. Y en efecto, predominantemente masculina es la nómina de personas que se mueven en torno a ella. Además de su hijo Vulgarcito, están sus amigos Willy Larrata y Elperro Uría, así como Hombrenuevo y Orlandito el Poeta, los dos hombres de quienes ha estado enamorada. En la novela asistimos a sus aventuras en La Habana, de finales de los 80 a inicios de los 90.

Aunque está contada en tercera persona, por un narrador heterodoxo omnisciente que comenta e ironiza, en Una artista del hombre la condición femenina de la protagonista es una clave de lectura importante. Poquita Cosa no desea la liberación de la mujer, ser miembro de la FMC le parece suficiente (“Mis esencias son machistas, piensa algo preocupada”.) Pero de igual modo, no deja de tener ideas que incorporan otras aristas a esa opinión: “¿Mujer detrás de hombre famoso? Pues no: mujer debajo, o por abajo, que no es lo mismo ni se escribe igual. La estrategia editorial de las que escriben que en la cocina del amor, para ser eternamente felices apenas debemos mezclar los ingredientes, me deja pensando si no debería dedicarme únicamente a bordar pañuelos para mí misma”. Eso parece haberlo aprendido ya Vulgarcito, quien pese a su corta edad expresa: “Mami, las niñas se ponen debajo de los niños, las mamás debajo de los papás y los amigos… ¿Los amigos también van en ese odden?”.

Poquita Cosa aspira a escribir una obra más compleja que Crimen y castigo, más realista que La Comedia Humana y áspera como la mano de un hombre. Quiere ser culta, pero no le interesa ser una mujer emancipada: “¿Feminista para qué, si voy a continuar cocinando para el marido de turno?”. Confiesa sin rubor que “quiere tener un alma chea y kitsch para amar a un hombre cheo y kitsch con quien construir una vida chea y kitsch. Quiere tener unas nalgas enormes y un joven soltero con motocicleta que le ofrezca un lugar para plantarlas”. Pero lo tiene crudo: los hombres que ella desea solo piensan en jóvenes sedosas, tetonas y rubias, con parientes en el extranjero. Ella, por el contrario, es bajita no tiene familiares en el exterior, ni carne de la UJC que le facilite un viaje internacional.

Sordidez de una experiencia individual

El humor constituye uno de los ingredientes esenciales de la novela, además de que contribuye a hacer muy disfrutable la lectura. Una de sus expresiones es el registro irónico, que aparece desde las primeras páginas, cuando Poquita Cosa no se ha mudado aún para La Habana y vive con su madre en Covadonga. Así, acerca de su nacimiento, el narrador apunta: “Llegó al mundo con quince días de retraso en una época en que todo era programado compulsivamente, y su primera experiencia en tierra fue un lavado estomacal (…) Del 24 de septiembre al día de su nacimiento, cuando le lavaron el estómago, se alimentó de bolo fecal. Este dato le ha evitado el camino de las cartománticas y de las santeras. Sabe que además de haber llegado tarde al mundo, y en consecuencia a los propios conocimientos de su vida, nació comemierda”.

Asimismo las referencias cultas y populares se integran a la narración: “Recuerda al bebé Rocamadour, al bebé de Rosemary, al bebé sonrosado de las compotas rusas”; “El de Orlandito palpita a un ritmo que Poquita Cosa no consigue desentrañar ni tomándole el pulso; porque nadie quiere a nadie se acabó el querer, el hit que mojadito en salsa impide que hoy se cante un blues”; “El calor que le sube al rostro y no es vergüenza, puesto que el mundo en las afueras de Santos Suárez siempre es ancho y ajeno”. El de Morejón Arnaiz es además un humor inteligente y nunca gratuito, pues tiene asignado un cometido específico dentro de la novela. Por eso la risa que provoca en el lector es, como señala Edgardo Dobry en el prólogo, una risa sin regocijo, con mucha convulsión y poca alegría, que “sacude la sordidez de una peripecia individual, pero en la que se cifra el desmoronamiento de una ilusión continental americana que (¿casualmente?) aconteció en una isla”.

Aunque Una artista del hombre tiene como núcleo central las peripecias de Poquita Cosa, el contexto social y político de la Cuba de los 80 y los 90 está presente. Pese a que su autora no pone énfasis en ello, en la vida cotidiana de la protagonista gravitan las estrecheces materiales y penurias que sufren sus compatriotas. Asimismo está el control policial que ejerce el Estado, y que se ilustra de manera más explícita en el texto titulado “Sector 40”. Poquita Cosa se dirige a L´Habaguanex, la revista en donde trabaja, para revender entre sus colegas unas camisetas. Un Lada 1600, chapa amarilla, se detiene y la recoge. Al volante va un mulato en pantalón de camuflaje, que inmediatamente le muestra una pistola. Conduce entonces el auto a un costado del Parque de 26 y lo estaciona a la sombra. Cierra las ventanillas, baja el radio y pregunta a Poquita Cosa:

“¿Qué llevas ahí?
“Un par de camisetas.
“¿No serán los papeles de Mi Única Opción?
“¿Mi única qué?
“Tu grupito de amigos, los que quieren cambiar el mundo. ¿Quieres pasarte el resto de la vida vendiendo unos trapitos para comprar pan, o me cuentas dónde se va a reunir hoy esa gente?
“¿Me estás ofreciendo empleo?”.

Morejón Arnaiz ha estructurado su novela en capítulos o segmentos muy heterogéneos. Junto a aquellos que precariamente se pueden calificar de narrativos, hallamos otros que se apartan por completo de los patrones tradicionales. Así, “Todos los hombres son iguales” comienza con una lista de obras literarias y cinematográficas en cuyo título aparece la palabra hombre. “Opinión de familiares y amigos” responde con exactitud a su nombre y está integrado por lo que esas personas piensan acerca de la separación de Poquita Cosa y Hombrenuevo. E “Imágenes de una reconciliación” se reduce a dos palabras: “no existen”.

Por otro lado, los cinco bloques en que está dividida Una artista del hombre están precedidos por epígrafes firmados por Doris Lessing, Cesare Pavese, Charles Bukowski, Jane Austen y Fray Luis de León. El lector no debe pasarlos por alto, porque su inserción en la novela dista de ser gratuita. Establecen un diálogo con los textos que luego siguen, ya sea para glosarlos, expandirlos o refutarlos. Todo esto resulta perfectamente coherente en una obra que rechaza el conformismo y la complacencia con el lector. Y que, entre otros méritos, precisamente posee el de ser un regalo para la inteligencia.