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Actualizado: 02/09/2014 16:11
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Literatura, Poesía

Siempre, afortunadamente, habrá poesía

Entre la buena cosecha poética que dejó el 2012, figuran los libros publicados por Reinaldo García Ramos, Laura Ymayo Tartakoff, Juana Rosa Pita, Magali Alabau y José Yanes

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Ante todo, quiero comenzar con una aclaración. El propósito que anima estas líneas nada tiene que ver con esas listas que se hacen al finalizar el año, y en las cuales se recoge un resumen de lo mejor o más significativo del campo en cuestión, ya sea cine, literatura, música, teatro. No tengo el hábito de hacerlas, pues aparte de que ni por asomo alcanzo a ver, escuchar ni leer todo, las listas que se publican me parecen en muchos casos incompletas e injustas. No debe dársele, pues, otra connotación al hecho de que en este trabajo reseñe cinco libros de poesía editados en 2012, ya que no la tiene. Es cierto que algunos de esos títulos merecerían figurar en la nómina de los mejores editados el año pasado, pero dejo a otros esa tarea.

Voy a comenzar precisamente con una obra que, por sus sólidos valores literarios, es una apuesta segura para figurar entre las mejores que vieron la luz el año que acaba de finalizar. Se trata de Rondas y presagios (Obra poética, 1969-2012) (Editorial Silueta, Miami, 2012, 262 páginas). Su autor es Reinaldo García Ramos, quien ha concentrado aquí más de cuarenta años de creación. En realidad, su trayectoria se inició antes: hace medio siglo que publicó, bajo el sello de las Ediciones El Puente, su primer cuaderno, Acta (1962). Pero al hacer este resumen de su viaje por los terrenos de la expresión poética, optó por iniciarlo a partir de los libros editados por él tras su salida de Cuba, en 1980. En total, son cinco: El buen peligro (1987), Caverna fiel (1993), En la llanura (2001), Obra del fugitivo (2006) y El ánimo animal (2008). A ellos ha incorporado un cuaderno inédito, Únicas ofrendas, así como ocho textos dispersos, correspondientes a distintas épocas.

Poeta de designio unitario

“Cuando se dobla el papel que usas en tus cartas,/ las letras quedan del otro lado de la vida,/ se vuelven oscuros relieves,/ desplazan una respiración temerosa,/ y el negro de la tinta comienza a detenerse/ en las regiones donde se esconde el lila,/ se enturbian los violetas,/ y hay reflejos verdosos, metales vivos, rojos”. Estos versos pertenecen a “Cartas de A.M.S.”, uno de los cinco poemas que García Ramos escribió en La Habana entre 1969 y 1974, y que él recogió después en El buen peligro. Cuando se leen esas páginas y se contrastan con las escritas por su autor en los últimos años, se advierten dos cosas: que poseía ya desde entonces un buen dominio de sus recursos y que, como señala Lilliam Moro en la contraportada de Rondas y presagios, unos y otros comparten una coherencia estilística y una concepción decantada de la poesía. Por supuesto, a lo largo de los años ha habido un proceso de crecimiento, de madurez, de afinación de los medios expresivos. Pero García Ramos lo ha hecho sin desviarse de su poética.

Estamos, pues, ante un poeta de designio unitario, cuyos textos responden a un principio afín. Eso se confirma y se aprecia con nitidez en Rondas y presagios, al dar la posibilidad de leer en secuencia su obra. Ese recorrido en perspectiva hace evidente además sus marcas distintivas. En primer, hay que decir que es una escritura que apuesta por el equilibrio, la medida y el control. García Ramos es un poeta a contrapelo de cualquier estridencia. Eso lo lleva a emplear una cadencia pausada y un lenguaje limpio y preciso: “Es una mano de madera, gastada y diminuta,/ que perdió el santo al irse trasladando/ de altares con los años,/ las persecuciones y las guerras.// Es un objeto entre mis libros, algo oscuro,/ una presencia devastada, con sus dedos/ que apuntan hacia el techo, a la pradera de otras nubes,/ a los dibujos de la cal, que nunca cambian.// Pero también es un aviso intransigente,/ un misterioso envío”.

En esos poemas las referencias temporales son siempre mínimas o sencillamente se soslayan. Asimismo García Ramos no se permite concesiones a la emoción explícita y es poco dado a esa poesía confesional, que se nutre de las experiencias personales de quien la escribe, así como a la poética de la cotidianeidad, de “lo que pasa en la calle”, como la llamaba Antonio Machado. En algunas ocasiones, una leve referencia indica que ha partido de situaciones y hechos ordinarios: un viaje a Portugal (“Señor de la Piedra”), una visita al Metropolitan Museum (“Por Daguerre”), la visión de unas fotos de la guerra de los Balcanes (“Fotografías aéreas”), la lectura de una nota en el periódico (“Tumba mejor de las alas del príncipe”). Sin embargo, en todos los casos solo se trata de mecanismos que han servido para activar el proceso creador. En ninguno de esos textos el autor desarrolla un discurso poético que cuyo eje temático son esos hechos o esa situaciones.

Quien recorra las páginas de Rondas y presagios se verá recompensado con unos textos escritos con rigor, sensibilidad, buen gusto y diestro oficio. En ellos además habla una voz mesurada, pero no fría. En ese sentido, cito una vez más a Lilliam Moro, para quien la clave de la escritura de García Ramos radica en su tenue equilibrio entre la mente y la emoción. Esos poemas se distinguen, como antes señalé, por la férrea vigilancia aplicada por el autor, tanto en el plano literario como en el temático. Eso lo lleva a refrenar cualquier desborde sentimental, pero esa contención no despoja a su poesía de calidez humana y latido existencial. Entre los varios textos que servirían para ejemplificar lo que digo, escojo “Las llamas de un relato (en la casa de Carlos Victoria, tras su muerte)”, del cual copio estos versos: “Reina ahora el silencio,/ pero hay algo en la quietud de los papeles,/ una luz polvorienta, un súbito destello/ que salva los instantes y los sella:/ bajo este mismo techo se encontraron/ el pavor y el coraje;/ en esa ventana el cauteloso explorador/ quemó sus naves, levantó sus murallas;/ en ese asiento defendió sus reinos”.

Rondas y presagios es, en suma, una magnífica ocasión para releer o descubrir, según sea el caso de cada uno, la producción literaria de Reinaldo García Ramos. Aquí están reunidos en un volumen los textos con los cuales ha cimentado una relevante obra poética. Es un libro que recomiendo con toda convicción, y que constituye una estupenda prueba de que la escritura puede ser una labor de iluminación delicada, intensidad y coherencia.

Desenvoltura y sencillez de la dicción

También Laura Ymayo Tartakoff decidió hacer un balance de su labor como poeta. A diferencia de García Ramos, no ha recogido en un volumen la totalidad de su obra publicada, sino que ha realizado una selección integrada por sesenta y seis textos. El resultado de esa criba aparece plasmado en Inventario y otros poemas 1976-2011 (Editorial Verbum, Madrid, 2012, 108 páginas). Aunque no se especifica en qué libro apareció originalmente cada uno, buena parte de los poemas proceden de Mujer martes (1976), Entero lugar (1994) e Íntimo color: Cuaderno de pausa, música y viaje (2002). Asimismo el hecho de que la muestra antológica abarca hasta el año 2011, como indica el título, significa que la autora incluyó además poemas inéditos.

Aunque cuando redacto esta nota no tengo a mano sus libros anteriores, puedo decir que en total los tres suman 248 páginas. Eso quiere decir que Ymayo Tartakoff fue extremadamente severa a la hora de hacer el tamizado de su propia obra. Algo que no es frecuente entre los creadores, y mucho menos lo es cuando, como en su caso, es una escritora que se prodiga poco en su comparecencia ante los lectores. A esto precisamente se refiere Juana Rosa Pita en el Pórtico de su antología: “Cada tantos lustros la Mujer martes deja por unas horas la atmósfera protegida de su Entero lugar y sale a la intemperie de la poesía errante en el aire de los tiempos a ofrecer sus poemas. Pocos libros nos ha entregado Laura Ymayo Tartakoff, pero hay que celebrar que existan fieles a la poesía que, como ella, además de hacer de caja de resonancia a otros, tomen la palabra para elevar su voz de vez en cuando en la sutil República de los poetas, de la que es indiscutible ciudadana”.

En “Inventario”, texto con el cual se abre el libro, la voz poética hace una relación de objetos y recuerdos: “El cuero gastado de las sillas./ Los rostros de la Kollwitz./ El sombrero incansable de Magritte./ El ángel de alas cortas/ con cien años más que Cristo/ (y el busto de Minerva/ con trescientos menos)./ Trece pinos, tres magnolias./ El autógrafo de T.S. Eliot./ Los afiches de Rodin/ y de Matisse./ Un arce de nombre gloria-de-octubre/ y otro japonés”. Pertenecen a su casa, a la que “no le pesan/ ni arte ni alas”. El de la casa es un motivo que está presente a lo largo de todo el libro, unas veces de modo explícito y otras sugerido a través de elementos asociados a ellas. Su valor aparece expresado con claridad en “Fuerte”. Es un sitio hermético y seguro, a prueba de asedios, a la vez que isla, castillo, ataúd, fortaleza, cementerio.

A la casa, que constituye una de las preocupaciones de la poesía de Ymayo Tartakoff, se agregan otras como el amor, la vida esencial y sencilla, la exaltación de la naturaleza. En especial, esta última tiene en los poemas un particular significado. La voz poética despliega una mirada contemplativa y reveladora, e indaga y lee en la naturaleza como si se tratase de un libro, al que acude en busca de las líneas del sentido: “Los árboles/ centinelas verticales/ de los nidos,/ pasan el tiempo/ contando las nubes,/ memorizando los astros./ Son demasiado largos.// Los mares no se desnudan./ No se detienen./ Se aproximan sin descanso./ Son demasiado amplios.// Y los pájaros,/ demasiado efímeros.// Y el agua/ requeteveleta.// La estrella,/ demasiado alta”.

El dato de que la autora ha viajado por distintas ciudades y países, que se lee en la ficha biobibliográfica, explica su presencia en textos como “En Italia”, “Catedrales II”, “Vézelay”, “Caminos de Toulouse”, “Cosolata en Turín”, “Miami”, “Ambler Heights”. Sin embargo, la admiración que esos sitios le suscitan no hace que la voz poética olvide que en todos es irremediablemente una extraña: “No me pertenecen:/ no les pertenezco- ni Londres con su Westminster/ y villancicos de Navidad,/ ni Cleveland con su cielorosa/ ni Ginebra en su largo espejo/ ni del todo San Juan”. Incluso sabe que en su Santiago de Cuba natal sentiría lo mismo. Tras esos viajes y errancias, tiene el convencimiento de que “imposible hallar patria/ más olorosa y fértil/ más sabihonda/ que esta casa en abril”.

Los textos recopilados en Inventario y otros poemas atraen, en primer término, por la desenvoltura y sencillez de la dicción. La escritura de Ymayo Tartakoff adopta un tono de delicada confidencia, ajeno a todo énfasis. Asimismo hay una clara predilección por el verso corto, lo cual lleva a la autora a aplicar una severa reducción en el lenguaje expresivo. Estamos, no hace falta decirlo, ante una poesía esencialista, en la cual se cumple el principio de que menos es más. El resultado son unos textos despojados y ricos, diáfanos y complejos, breves e intensos.

Acercamiento al inglés con humor festivo y agudo

Reproduje antes unas palabras de la introducción de Inventario y otros poemas, redactada por Juana Rosa Pita. Ella también integra el registro de los fieles a la poesía, pero a diferencia de la autora de Mujer martes, publica con mucha más regularidad. Lo hizo el año pasado, aunque para quienes hemos seguido su obra el nuevo título que ha incorporado a su bibliografía constituyó una verdadera sorpresa. Pese a que reside en Estados Unidos desde 1961 y a que se desenvuelve en inglés con perfecto dominio, Soul Alphabet (CreateSpace Independent Publishing Platform, Charleston, 62 páginas) es su primer libro escrito en ese idioma. Como ella misma admite, constituye un libro anómalo, que surgió por circunstancias personales, y no piensa que tendrá continuidad.

En la breve nota que aparece en la contraportada, se dice que en Soul Alphabet Pita “se acerca al inglés con un humor festivo y agudo. El libro es un divertimento en el que cada letra se presta, a su vez, para ser vehículo de idea, sentimiento y visión. Gracias a la autenticidad de la fuente, razón e imaginación, música y compasión se funden en los poemas hasta ser translinguísticos: incluso un idioma extranjero accede y responde”. En efecto, los veintiséis textos están animados por una intención lúdica. En cierta medida, se dirigen a la sensación y la fantasía. Cada uno está escrito a partir de una letra del alfabeto, que además sirve de pie forzado, si cabe aquí emplear esa frase, a la palabra con la cual se inicia cada verso. Para ilustrar, copio a continuación uno de los poemas: “Islands of your mind are/ interchanging/ images,/ ideas,/ impulse:/ inaugurating zones of deep/ insight through time, for/ inventing fresh experiences and/ inviting friendly words to/ instants full of weal./ Immovable life was never,/ inscribed once upon a book:/ I Ching”.

No creo, sin embargo, que Soul Alphabet merezca el calificativo de divertimento. Según lo define el Diccionario de la Real Academia, este es una obra artística o literaria de carácter ligero, cuyo fin es solo divertir. En el libro de Pita, las palabras casi juegan solas, como expresó Alfonso Reyes acerca de las jitanjáforas. Pero a diferencia de estas, buscan una finalidad útil. En esos textos hay imaginación y destreza verbal, pero en modo alguno se reducen a un discurso insustancial. Ahí podemos encontrar algunas de las preocupaciones e indagaciones que constituyen el núcleo temático de la obra de Pita. Solo que en Soul Alphabet están a manera de fulguraciones, de ráfagas. Por lo demás, quienes hayan leído sus libros más significativos saben que la capacidad de síntesis, la concisión simbólica y la economía expresiva son características consustanciales a su producción poética. Algo de lo cual son buenas muestras títulos como Sorbos de luz y Meditati.

Suelo vívido y escalofriante

“Poema extenso, conformado por poemas de intenso aliento que actúan como un texto único de ritmo entrecortado, a ratos asfixiante, agónico, donde el manejo de la ironía —raya en la autoparodia, el sarcasmo y el cinismo— es audaz y, a la vez, apunta a la lucidez de un sueño más vívido, escalofriante”. Las palabras anteriores las firma Ileana Álvarez y las he tomado de su prólogo a Volver (Editorial Beatania, Madrid, 2012, 86 páginas), el libro más reciente de Magali Alabau. En mi opinión, es otra de las mejores obras que vieron la luz en el año que acaba de finalizar.

Volver es el octavo libro de Alabau, quien desde la publicación de Electra, Clitemnestra (1986) se ha consolidado como una de las voces más personales de la poesía cubana actual. Es además una creadora que posee un mundo poderoso y propio, que se plasma en una escritura cuyos rasgos más característicos son el desarraigo, el dolor, los registros emocionales, la transgresión del lenguaje y la crudeza de los temas. Tiene muy poco que ver con lo que suele relacionarse con la poesía escrita por mujeres, sobre todo aquella que se identifica con el intimismo, la delicadeza, la elocuencia lírica o el tono sentimental. En una entrevista reciente, Alabau fue interrogada sobre su obra y esta fue su respuesta: “¿Poesía traumática? No, es poesía que descubre zonas que casi siempre permanecen escondidas y le dan sombras dolorosas y algunas veces violentas, como en el caso de Electra que asesina a su madre. Sí, mi poesía es tocada por la muerte. Es esta consciencia de nuestra finitud la que nos empuja a crecer, a construir, a sobresalir, a pelear, a trabajar”.

El regreso al cual alude el título del libro tiene que ver con los oscuros rincones de la memoria. En esos textos, Alabau emprende un viaje de retorno a su pasado, “ese pasado inquietante/ que no puede devolverse,/ que no tiene intercambios,/ que no puedes pagarlo en dólares/ ni puedes sustituir con pesos”. Sin embargo, no vuelve a él como un ejercicio de nostalgia, sino como un diálogo inquisitivo y provocador, con el lector y consigo misma, en el que más que escuchar una respuesta, aspira a formular nuevas preguntas (cito de nuevo las palabras de Ileana Álvarez).

Alabau parte del yo como instancia de un discurso, en el cual hay además un autobiografismo no disimulado. Ahí están, transmutadas en poesía, su infancia en Cienfuegos, su etapa en la Escuela Nacional de Arte, su expulsión junto con otros estudiantes bajo la sospecha de que eran homosexuales, la prohibición de su montaje de Los mangos de Caín, su salida del país, su exilio en Estados Unidos, donde es “la exiliada del mundo,/ la petrificada en su cubo de agua,/ la que no quiere oír la música de Troya,/ la que no renunció a ese acento peculiar,/ alfiler incrustado/ en la piel que desangra”.

Además de un proceso de comunicación, la poesía es para Alabau un acto de autoconocimiento. Su exploración dentro de sí misma y de sus recuerdos le reporta algunas certezas, pero también otras tantas interrogaciones y dudas: “¿Qué soy en esta bruma?/ ¿Semilla enterrada que se hincha,/ larva que el agua no soporta?/ ¿Soy sonido o temblor?”. Eso hace de Volver un testimonio poético atravesado por una doliente sinceridad, cuya lectura estremece por la lucidez de su confesión y la oscura profundidad de sus verdades.

En ese discurso poderosamente autobiográfico, Alabau incorpora diferentes claves, sin que por ello se afecte la coherencia del libro. Así, en una escritura concebida como una honda vivencia existencial incorpora la orientación coloquial del lenguaje: “¿Usted por casualidad es pariente/ ahijada, hija/ o la atemorizada terrorista/ sobrina de los Trelles?/ No, qué va,/ soy Pérez,/ Pérez de la tribu judía./Una de las trece tribus, señor”. De igual modo, integra elementos y recursos característicos del teatro y la narrativa. Estos últimos tienen su ejemplo más claro en el bloque que se inicia con estas líneas (en esas páginas Alabau emplea además la estructura de la prosa): “Se vio llegando al aeropuerto sórdido como las noches invadidas de sombras. No podía vestirse. Trató de ordenar la ropa y no pudo. Tengo que sentarme. De todas formas, tengo que vestirme. Ya tengo el pasaje y me están esperando”.

Resulta difícil, en fin, resumir la impresión que suscita en el lector, o por lo menos en este lector, el último libro de Magali Alabau. Estamos ante una escritura que debe más a las experiencias vividas que a los libros de su biblioteca, y en ese sentido le viene bien el calificativo de poesía humana, que acuñó César Vallejo. Posee una honda intensidad emocional, aunque sin necesidad de acudir a gimoteos ni sacudidas. Volver es, en suma, un excelente libro de madurez de una talentosa creadora que merece tanto aplauso como respeto.

Textos rescatados de la gaveta

El último poemario que voy a reseñar es Poesía engavetada 1970-1993 (Eriginal Books, 2012, 150 páginas). Como el título adelanta, reúne la producción literaria de su autor, José Yanes, a lo largo de más de dos décadas. Pero como también se deduce, es una obra que, a diferencia de la de García Ramos, Ymayo Tartakoff, Pita y Alabau, no llegó a ir a la imprenta. Por eso para la inmensa mayoría de los lectores José Yanes ha de ser un autor totalmente desconocido. Unos pocos, no obstante, recordarán que en 1968 publicó su primer libro, Permiso para hablar, con el que dos años antes había obtenido una mención en el Premio UNEAC.

Pocos años después de la salida de Permiso para hablar, se produjo el caso del poeta Heberto Padilla. Una vez que este fue puesto en libertad, tras varios días de arresto, tuvo lugar en la sede de la UNEAC la penosa mascarada de su autocrítica. En aquellas palabras instó a algunos de sus colegas a que aprendieran de su experiencia. Entre otros “compañeros que iban camino de esa misma situación”, se refirió a José Yanes. Copio a continuación un fragmento de lo que entonces dijo el autor de Fuera del juego:

“Por ejemplo, yo pensaba —y voy a decir aquí su nombre, porque le tengo un gran cariño y porque sé que sería incapaz tampoco de contradecirme—, yo pensaba en cuánto se diferencia la poesía de José Yanes que nosotros conocemos, de hace dos años, del último José Yanes que todos hemos oído en los últimos poemas, de cuánto se diferencia. Porque Yanes, el poeta que escribió aquel poema a su madre porque se había ido de Cuba a Estados Unidos, y era un poema lleno de desgarramiento, pues José Yanes reaparecía con una poesía indigna de su edad y de su época, una poesía derrotista (…) Yo decía: qué lástima no poder ir ahora, no poder hablar con Yanes, no poder decirle: ¿Tú no te das cuenta, Yanes? ¿Tú no comprendes que la Revolución a ti te ha dado todo? ¿Tú no te das cuenta de que esa poesía no te corresponde, que esa poesía es de un viejo viejísimo? (…) No se daba cuenta Yanes, ese muchacho formidable, inteligente, que estaba escribiendo una poesía que no se correspondía con él, el joven pobre que había vivido en el barrio de Pocitos, el joven que tenía un dignísimo empleo en La Gaceta de Cuba, a quien la Revolución le ha proporcionado los bienes materiales —que los tiene—, que tiene un empleo, que escribe, que hace su literatura, que tiene una esposa formidable, inteligente, una doctora en medicina que puede ayudarle a rectificar. Yo me preguntaba: ¿No se da cuenta? Y yo decía: ¡Sí, se va a dar cuenta!”.

Vino entonces el Congreso de Educación y Cultura de 1971, en el que, como comentó el poeta español José Ángel Valente, se visibilizaron las entidades diabólicas que habían de ser sometidas o eliminadas. En la lista negra de los Torquemada de pacotilla, ocupaban un lugar preferente los escritores e intelectuales. Entre los numerosos creadores cuya trayectoria fue cercenada por aquella guillotina, estuvo José Yanes. En el prólogo a Poesía engavetada 1970-1993, Ana Julia Yanes narra los avatares que a partir de entonces vivió su padre. Lo acusaron de “escribir cosas que el enemigo podía utilizar”, fue suspendido de su empleo como periodista y enviado a trabajar como simple obrero en la 7ª Brigada de Construcción Industrial. Y apunta la prologuista: “Condenado a no poder comunicar lo que de verdad tenía dentro, fue escribiendo para la gaveta los poemas de este libro”.

Poesía engavetada 1970-1993 recoge 65 textos inéditos y pertenecientes a nueve colecciones o bloques. En los dos primeros, cronológicamente los más antiguos, Yanes vuelve la vista atrás y recuerda: “A mi generación le pidieron la juventud/ qué más podría darse/ como no fuera la vida misma,/ y la entregó feliz, creyente, sin miseria,/ envuelta en la austera consigna de estudio,/ trabajo y fusil;/ se le fue montada en la plancha de un camión;/ se le quedó girando en un albergue de recién conocidos,/ dando vueltas por el frío de la noche/ sin madre/ atravesada por la nostalgia”. Y luego se pregunta: “Aquellos años iniciales, ¿en verdad fueron ingenuos,/ puros como el alma de los niños,/ como el fuego crepitando,/ inconcebibles velas hinchadas de esperanza,/ certidumbre de luz para siempre/ o, simplemente, confundimos ilusiones/ desesperación, buena fe, ignorancia,/ candidez con verdades imperecederas?/ ¡Qué manera aquella de perdernos!”.

En otras páginas, esa dolida reflexión generacional se expresa a través de una voz inconforme y contestataria en poemas como “La Habana es una ciudad que espera”, “No quiero despertar y descubrir que todo fue en vano”, “Libre albedrío” y “Hay que dejarle la puerta al diálogo”. Yanes asume un lenguaje más directo y llano, en unos textos transidos por una profunda amargura y una mirada crítica de la realidad social. Él mismo se refiere a ello cuando escribe: “Quizás solo sé componer estos poemas a contrapelo/ a menudo con prosaísmos, hirsutos/ irreverentes, de loco/ de suicida/ desde los que pego gritos desaforados;/ en los que se escuchan golpes de corazón/ dudas, contradicciones/ explosiones del alma/ que no siempre caben en palabras,/ de los que no siempre uno está seguro ni para qué sirven”. Es una buena muestra de lo que algunos críticos denominan poesía cívica o social, atenta al decursar histórico, y a la cual muchos autores le sacan el cuerpo.

En los restantes bloques, que ocupan más de la mitad del libro, Yanes trata otros temas. Uno de ellos es el propio ejercicio poético, sobre el cual se centran los textos que integran Miseria de la poesía, Ambivalencias y Elogio de la poesía. Esa preocupación se prolonga en cierto sentido en Homenajes, donde se pueden leer páginas dedicadas a José Martí, Rubén Martínez Villena, Juan Francisco Manzano, José Lezama Lima y Regino Pedroso. Asimismo en Ambivalencia figura el hermoso “Ya Julián del Casal acabó, joven y triste”. No quiero dejar de mencionar, finalmente, ¿Quién desenreda el alma?, donde se pueden encontrar textos de tan buen nivel literario como “Olivia”, “La mujer desnuda del espejo”, “Arpegio pianísimo de guitarra” y “¿Quién desenreda el alma”, al cual pertenecen estos versos: “Mi amigo Otto Fernández/ está muriendo de hospital, de silencio/ de sí mismo, de nostalgia./ Cae solísimo, sin remedio al parecer,/ sin vislumbrar cosa alguna en qué aguantarse,/ al abismo del recuerdo/ y lo que pudo ser.// Mi amigo Otto Fernández, si no escapa,/ se va a pagar”.


Libro de poemas de Laura Ymayo TartakoffGalería

Libro de poemas de Laura Ymayo Tartakoff.

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Rondas y presagios (Editorial Silueta, 2012), obra poética de Reinaldo García Ramos

El Koubek Center del Miami Dade College y la Editorial Silueta invitan a la presentación del libro Rondas y presagios del escritor Reinaldo García Ramos. La presentación tendrá lugar este viernes 8 de febrero a las 7:00 pm. Presentación a cargo de Juan Carlos Valls. En Koubek Center, 2705 SW 3rd Street, Miami, FL 33135. Entrada gratis. Se ofrecerá un cóctel después del evento.

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