Actualizado: 26/05/2017 13:27
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Literatura, Literatura infantil, Cuentos

Sin posibilidades para el bostezo

En su segunda incursión en la literatura infantil y juvenil, María Elena Llana busca, ante todo, entretener y divertir, y para ello potencia el humor y la imaginación

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Se ha de escribir para niños, sostenía Máximo Gorki, igual que para adultos, pero mejor. En el caso de María Elena Llana (Cienfuegos, 1936), dudo que lo de mejorar la escritura sea posible, pues como cuentista ha alcanzado un nivel de excelencia difícilmente superable. Pero en todo caso, hay que decir que en sus incursiones en la literatura dirigida al público infantil y juvenil mantiene cotas de calidad estética similares a las conseguidas por ella en sus obras para adultos.

Desde que se dio a conocer en 1965 con La reja, bajo el sello de Ediciones R, Llana llamó la atención por recrear un mundo propio, en el cual se adentra en el costado invisible de la realidad cotidiana y hace que el lector dialogue con la sombra de las cosas (cito palabras de Alberto Garrandés). Aquel promisorio estreno fue el inicio de una sobresaliente trayectoria en la narrativa breve, de la cual dan buena cuenta títulos como Casas del Vedado (1983), Castillos de naipes (1998), Ronda en el malecón (2004), Apenas murmullos (2004), Casi todo (2006), En el limbo (2009), Tras la quinta puerta (2014). La alta estimación por parte de la crítica la ha logrado con unos textos que se distinguen por esa misma sencillez y esa misma discreción que como persona la caracterizan. En una entrevista, declaró que aborda la redacción de sus cuentos “con humildad, sin buscar virtuosismos técnicos y tratando que los recursos que empleo cumplan su función de vehículo, sin ocupar posiciones protagónicas”.

¿Qué la llevó a incursionar en la literatura infantil y juvenil, un género que algunos autores miran por encima del hombro y desdeñan por considerarlo menor? Cuando presentó Sueños, secretos y sorpresas (2011), su primer libro destinado a ese público lector, Llana confesó que algunos de aquellos cuentos los redactó cuando era una adolescente. Incluso contó que en la etapa cuando estaba por ingresar en el bachillerato escribió una novela de misterio por entregas. El rescate de aquellos textos surgió en un momento de balance de vida, “una furia de ordenar gavetas y botar papeles que estuve a punto de romper”. En la limpieza del archivo personal, apunta, “me dispuse a botar todo lo que había guardado «para escribir algún día», pues me dije que ya no tengo tiempo para tanto. Pero cuando abrí el file de «infantiles», me pareció que este cuento estaba bien y este otro también. Acabé liberándolos del auto de fe. Los guardé, repensé cada anécdota y surgió Cuca”. Digitalizó entonces los textos, los pulió y los entregó a la Editorial Gente Nueva. Fue así como Sueños, secretos y sorpresas llegó a manos de los lectores. A Llana la ilusionó el hecho de que, pese a su edad, haya podido saltar a “un vigoroso tren en marcha como es el de la literatura infantil en nuestro país”.

No he leído ese libro, de modo que no puedo referirme a él detalladamente. De acuerdo a las reseñas y notas informativas que aparecieron en la prensa de la Isla, se trata de una noveleta en ocho capítulos y un epílogo, en los cuales la autora narra los simpáticos sucesos que va hilvanando la tía Cuca. Un día, su sobrino Paquito debe acompañarla en un viaje a provincias, debido a la ausencia de los padres del niño. Allí este descubre que en el pueblo de la anciana todo se hace al revés. Pero su tía, que tiene mucha gracia para hablar, acaba por convencerlo de que “esas cosas ocurren” y que lo mejor es respetar y crecer con disciplina.

Con Sueños, secretos y sorpresas, Llana parece haber iniciado una saga que de momento prosigue con Desde Marte hasta el parque (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2014, 118 páginas). Digo esto porque en este segundo título el lector reencuentra casi todos los personajes que aparecieron en el primero: Paquito, Chuchín, Muma, Crisanto y, por supuesto, la tía Cuca, que mantiene su condición de protagonista. A esa numerosa y alegre familia se ha sumado ahora Anto, un niño que llegó de manera inusual: cuando era un recién nacido, fue dejado en una cesta en el patio, cerca de la casita de Aníbal, el perro de la familia. Pronto comienza a sorprender a todos por ser un niño muy adelantado para su edad. Por ejemplo, cuando al hijo de Tere le brotó el primer diente, a Anto le salieron todos los suyos de una vez. Por el contrario, demoró mucho en aprender a caminar. A los doce años, apenas pesa sesenta libras, es feo, torpe, incapaz. Y en la cabeza, en lugar de pelo tiene alambres, como si fueran antenitas.

Y es que Anto resulta ser un marciano y su verdadero nombre es Gzzgzz. Fue enviado a la Tierra a cumplir la operación “terrícolas por dentro”, cuyo fin era estudiar a estos. Antes de salir, recibió instrucciones muy precisas: cualquier acercamiento emocional a los humanos inmediatos es peligroso. En otras palabras, encariñarse con ellos entraña una grave amenaza. Gzzgzz ha enviado todos los informes solicitados y los ha hecho con gran minuciosidad. Gracias a él, en su planeta disponen de una información sobre la Tierra como nunca antes se había acopiado. Pero no ha respetado la regla de mantenerse distante de los terrícolas. Se le considera un infractor-traidor y han mandado a un marcianito para que lo lleve de vuelta.

Un toque de fantasía para balancear

Narrar las experiencias vividas por Gzzgzz con la familia que lo prohijó, es un tema idóneo para Llana. En su obra cuentística, ha logrado un natural y perfecto equilibrio entre las situaciones cotidianas y lo fantástico e inusitado. Ella no ve dicotomía ni divorcio entre esas dos opciones, y en una entrevista en la que fue interrogada acerca de la inclusión de su obra dentro de la literatura fantástica que dominó en las décadas de los 60 y los 70, contestó: “Entre nosotros, la disyuntiva entre el realismo y lo fantástico a estas alturas debía estar reciclada como la mayoría del papel que se empleó en esos años. Aferrarse al unívoco valor de determinada estética no deja de ser una equina devoción por las antiparras, pero, ¡en fin!, tales valoraciones, por suerte sectoriales, son misterios tan respetables como la Santísima Trinidad o el Triángulo de las Bermudas”.

Pese a lo que lleve a suponer el breve sumario que antes hice, De Marte hasta el parque no es una novela de ciencia ficción. Las referencias a la civilización de los marcianos y a sus avances tecnológicos brillan por su ausencia. Estas últimas se reducen únicamente al zzchchzz, el aparatico con que Gzzgzz anuncia a su familia adoptiva su inminente visita. El de Llana es, por el contrario, un libro hecho, en buena medida, a partir de situaciones cotidianas y de personajes tan comunes como aquellos con quienes a diario convivimos. Eso sí, la autora tiene muy en cuenta a su público lector y añade una conveniente dosis de sucesos disparatados y “un toque de fantasía para balancear el torrente de realidad que supone el aprendizaje de la vida, tanto en lo escolar como en la indagación de sí mismo y del mundo de adultos en que se inserta la infancia”.

De la galería de personajes, se distingue de manera especial, por lo bien trazado y lo simpático, la tía Cuca. Es “la reina en hacer cuentos de su pueblo, un pueblo que nadie sabe dónde queda, pero ella lo describía con tantos detalles —las flores, el parque, el viento— que podía estar ahí mismo, al doblar de la esquina”. Lo dejó para venir a la ciudad a vivir con su sobrina Ángela, aunque por supuesto trajo consigo sus cosas de valor. Una de ellas es la cama plegable de cuando era jovencita. A primera vista, se parecía a todas las camas plegables, pero “podía achicarse hasta quedar del tamaño de una cartera para llevarla colgada del brazo”. Tenía además otra cualidad: en ella solo se soñaba con el pueblo de la tía Cuca, “un pueblo donde los perros caminaban moviendo la cabeza a un lado y otro y ladrando con el rabo, las tortugas eran campeonas de velocidad, los árboles crecían con el follaje hundido en la tierra y las raíces elevándose al cielo, las banderas ondeaban en dirección contraria al viento y… ¡bueno!, todo era más o menos así”.

A la tía Cuca le gusta narrar historias sobre su pueblo. Quien más disfruta al escucharlas es Paquito, el hijo de su sobrina Ángela. Las cuenta utilizando refranes, aunque ella prefiere llamarlos dichos, y los usa porque así hablaban por allá:

“—A Mariañañá la conocí cuando ya era una señora muy seria, pero había sido una negrita refistolera como ella sola.

“—Tía Cuca, ¿tú tenías una abuela negra? —se extrañó Paquito.

“—¿Y tú no has oído que en Cuba el que no tiene de congo tiene de carabalí?

“Él afirmó con la cabeza para no interrumpirla pues ya ella le hablaba del enamorado de Mariañañá, que prometió bajarle las estrellas, tan pronto como averiguara la forma de hacerlo.

“Ahí mismo ella lo puso de patitas en la calle por mentiroso, pues hasta el gato sabe que para subir al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita.

“—¡Es verdad! —la apoyó Paquito, pero la tía se quedó callada, como pensando en otra cosa y él tuvo miedo de que se hubiera terminado la sesión de cuentos, por eso la animó a seguir:

“—¿Y no tuvo novios?

“Ella pareció regresar de sus pensamientos y le dijo que, andando el tiempo, las tres hermanas se comprometieron, aunque surgieron inconvenientes cuando llegó al pueblo Marisabidilla, una jovencita muy conservadora, y los novios se salieron del plato.

“—¿Sabes por qué? —miró muy seria a Paquito.

“—No, ¿cómo iba a saberlo?

“—Porque los hombres buscan novias formales y tranquilas, pero se alborotan cuando aparece una pizpireta pintándoles monos y haciéndose la sabelotodo”.

A pesar de que se trata de su segunda obra dirigida a niños y jóvenes, Llana demuestra un conocimiento de la sicología de ese público y un dominio de las reglas de oro de ese género, propios de una autora ya curtida. En primer lugar, elude la ñoñería y los tópicos simplificadores. Asimismo y aunque en De Marte hasta el parque no faltan las enseñanzas implícitas, no da cabida al didactismo de los textos edificantes, en los que de cada página parece que se levantase un dedo amenazante. Ante todo, busca entretener y divertir, y para ello potencia el humor y la imaginación. En ese sentido, aunque no lo conozca aplica algo que dijo el escritor y Premio Nobel Isaac Bashevis Singer:

“Los niños no leen para hallar su identidad, para liberarse de un complejo de culpa, para satisfacer su ansia de rebelión o para deshacerse de la alienación. No les importa la psicología. Detestan la sociología. Todavía creen en Dios, la familia, los ángeles, los demonios, las brujas, los enanos, la lógica, la claridad, la puntuación y otras trasnochadas manías. Les gustan las historias interesantes, no los comentarios, las guías o las notas a pie de página. Cuando un libro es aburrido, bostezan sin disimulo. No esperan que el escritor arregle el mundo y dejan a los adultos esas ilusiones infantiles”.

Resta, por último, resaltar el magnífico nivel literario con que está escrito el libro. Pero, como expresó el alemán Erich Kästner en uno de los suyos, alabarlo sería ir a vendimiar y llevar uvas de postre.