Actualizado: 26/04/2017 9:36
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Terror con acento feminista

El realizador de origen iraní Babak Anvari debuta con una novedosa propuesta de cine de género, que puede interpretarse como una alegoría de una sociedad que sojuzga y discrimina a la mujer

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Una de las más útiles y nobles funciones que cumplen los festivales de cine es la de dar visibilidad a películas que, de otro modo, difícilmente se abrirían un hueco en los circuitos internacionales, generalmente copados de antemano por las grandes producciones norteamericanas. Al no venir avaladas por nombres capaces por sí solos de garantizar un buen arranque en la taquilla, esos filmes a los cuales me refiero corren el riesgo de pasar inadvertidos o sencillamente no llegar a las pantallas.

Ese ha sido, entre algunos otros recientes, el caso de Under the Shadow (2016, 84 minutos). Primer largometraje de su realizador, hecho con bajo presupuesto, obra de género procedente de una cinematografía que hasta ahora no lo había frecuentado: tres aspectos en contra que no llevaban a albergar muchas expectativas respecto a sus valores estéticos y su interés. Pero precisamente su proyección en varios festivales vino a demostrar lo contrario. La película pudo así ser descubierta por críticos, distribuidores y espectadores, y además acumuló varios reconocimientos: Bafta a la mejor opera prima; tres British Independent Film Awards, incluido el de mejor guion; premio a la mejor película en la Sección Noves Visions en el Festival de Sitges; seleccionada como mejor debut por el London Critics’s Circle; gran premio del Neuchâtel International Fantastic Film Festival.

Su director y guionista es Babak Anvari, de 33 años, quien, aunque ahora reside en Inglaterra, nació y pasó su infancia en Irán. Esa etapa coincidió con la revolución cultural, cuando los ayatolas asumieron el poder y radicalizaron el país en el plano religioso. Eran también los años de la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), que estalló por conflictos territoriales y religiosos y que tuvo un alto costo en vidas y pérdidas. Anvari ha recordado que entonces él y su hermano se quedaron solos con su madre, pues el padre tuvo que ir a cumplir el servicio militar en el frente.

La alusión a esas referencias dista de ser superflua, pues estas remiten al contexto histórico, político y social específico en el cual se desarrolla el argumento del filme. Eso se precisa desde el inicio, a través de las imágenes de archivo que acompañan los créditos. Es el año 1988. La guerra está en su fase final y el Gobierno de Sadam Husein ha comenzado a lanzar ataques estratégicos con misiles contra Teherán. Shideh vive con su esposo y con la pequeña Dorsa en un edificio de apartamentos. Madre e hija pronto se quedan solas, cuando el hombre es enviado a servir como médico practicante en la zona donde se libran los combates.

Shideh estudiaba medicina en la universidad, pero después que se produjo la revolución de 1979 no pudo continuar. Fue expulsada a causa de su activismo político y por defender sus derechos. La llegada al poder de los ayatolas condujo a que se estableciese en Irán un sistema islámico. Para la población femenina, eso se tradujo en una mayor opresión y en una considerable merma de sus libertades. Al concebirlo en el guión, Anvari se preocupó de que el personaje protagónico del filme no cayese en el estereotipo de la mujer sojuzgada sumisa y débil. Shideh ha hecho del apartamento el pequeño espacio donde puede disfrutar cierta libertad. Educa a Dorsa a su manera. A escondidas, hace los ejercicios aeróbicos de Jane Fonda grabados en un video (tener videocasetera es una de las tantas prohibiciones decretadas por el Gobierno). Asimismo, cuando está allí, se despoja del velo con que debe cubrirse el pelo, una transgresión que se castiga con latigazos. La principal razón por la cual ella se niega a ir a casa de sus suegros, como le insiste su esposo, es principalmente su desacuerdo a perder esa independencia.

Dorsa empieza a tener pesadillas y cree ver figuras extrañas en el apartamento. Luego su muñeca preferida desaparece y aunque Shideh la busca, no aparece por lado alguno. Durante uno de los ataques de los iraquíes, un misil sin explotar impacta en el techo del edificio. Un vecino muere supuestamente a consecuencia de ello y, pese a que no tiene una infección, Dorsa comienza a tener una fiebre alta. Una vecina le habla a Shideh de los djinn, unos seres fantasmales de los cuales se habla en el Corán. Viajan llevados por el viento, y cuando logran apoderarse de un objeto muy querido para una persona, esta queda atrapada. A partir de ese momento, quedan unidos a ella para siempre y no le será imposible escapar: los djinn sabrán cómo encontrarla. El viento sopla hacia donde hay miedo y ansiedad, de modo que no de extrañar que los hayan llevado a una ciudad bajo tan fuertes angustias y tensiones.

A medida que los bombardeos se recrudecen, los vecinos van evacuando el edificio y se trasladan a lugares más seguros. Shideh y su hija son las únicas que optan por quedarse, hasta tanto logren encontrar la muñeca de la cada vez más atemorizada Dorsa. Las apariciones hostiles se hacen entonces tan visceralmente reales, que Shideh no puede ignorarlas. Madre e hija se ven expuestas así a dos tipos de terror: deben sobrevivir a los bombardeos y además a la amenaza de unos entes sobrenaturales.

Proyecto tan ambicioso como personal

Under the Shadow constituye un muy estimulante debut, que aporta una mirada fresca a motivos y arquetipos sobradamente conocidos. Anvari realizó una película de terror que respeta las convenciones del género, pero que al mismo tiempo logra asentar su propia identidad. Pese a su modestia, el suyo es un proyecto tan ambicioso como personal, que incorpora detalles de época y crítica social en una buena historia de terror clásico. El resultado es una obra inteligente, que cumple el objetivo de inquietar con un suspenso genuino.

A los fanáticos de cintas como The Grunge, I know what you did last summer, Don’t breathe, Halloween, Saw y otras muchas por el estilo, Under the Shadow ha de parecerles poco aterradora. Eso se debe a que su director optó por un terror más controlado, más sicológico. El propio Anvari se ha encargado de develar cuáles fueron las referencias de las cuales partió: “Mis películas de terror favoritas son aquellas que dejan que el espectador sea quien tiene que imaginar e interpretar las imágenes, que en este sentido no son explícitas. Me gustan las historias de miedo que poseen una marcada atmósfera, lo más tensa posible”.

La amenaza exterior no es solo la de la guerra. Está también el fundamentalismo de las autoridades, que se hace sentir sobre todo en las mujeres. Eso queda muy bien ilustrado en una secuencia del filme. Tras la primera aparición ante ella del ente maligno, Shideh escapa del edificio junto con su hija. En medio de su terror, olvida ponerse los zapatos y cubrirse la cabeza con el velo. Un coche de la policía la detiene en la calle y sin interesarse por el motivo por el cual huye, uno de los agentes le dice con un nada disimulado desdén: “¿Qué diablos es esto? ¿Acaso estamos en Suiza?”. Es conducida luego a la estación, donde finalmente la perdonan, gracias a la mediación de una empleada y por tratarse de la primera vez. Pero no se libra de que un funcionario la recrimine por su inaceptable conducta exhibicionista, en un momento —le dice— en que los hombres se están sacrificando y dan su vida en el frente.

Todos esos detalles y referencias dan al filme una segunda lectura que no se puede ignorar. La atmósfera asfixiante y opresiva en que Shideh y Dorsa pasan a vivir se convierte en una alegoría en clave de terror sicológico de una sociedad que sojuzga y discrimina a la población femenina. Anvari emplea el cine de género para hablar acerca de la situación de la mujer en los países árabes de religión islámica. La suya es así una película profundamente humana, que recupera la historia de las iraníes que tuvieron que vivir y criar a sus hijos bajo la amenaza de la guerra y la intolerancia del régimen de los ayatolas.

Pero dado que estamos hablando de una obra de cine de género, es de rigor reconocer que la elección de tan inusual telón de fondo fue acertada. Tras ver el filme, resulta innegable que un contexto histórico tan cargado de tensiones, como lo era el de Teherán de fines de los 80, poseía suficiente potencial para realizar una buena película de terror sicológico. Apunté antes que Anvari respetó las pautas del género. Parte, en primer lugar, de la clásica relación madre-hija (recuérdense títulos como The Exorcist, Carrie, Dark Water, The Others o la reciente The Babadook). Narra también una historia que tiene como tema el de una familia aterrorizada por eventos paranormales. Incluso, al irse quedando vacío donde tiene lugar la trama, el edificio adquiere la dimensión de una casa embrujada.

Sin embargo, Anvari no busca el miedo fácil. Nunca recurre a elementos espectaculares o truculentos, ni tampoco a efectos especiales. Su dirección es elegante, sobria, y no abusa de los golpes efectistas. Sostiene la tensión con habilidad y, en resumen, cuida aquellos aspectos relacionados con el entretenimiento. Al notable balance artístico del filme, contribuye además el magnífico trabajo y la magnética presencia de la actriz Narges Rashdi. Tampoco se puede olvidar a la niña Avin Manshadi, quien debuta aquí delante de las cámaras. Gracias al empeño de Anvari, Under the Shadow, coproducida entre Inglaterra, Irán, Qatar y Jordania, se rodó por completo en idioma farsi. Haberlo hecho en inglés, como algunos productores querían, habría resultado falso y ridículo. Tan falso y ridículo como esas cintas hollywoodenses ambientadas en otros ámbitos culturales y lingüísticos, pero que están habladas en un inglés con el supuesto acento del país al cual corresponde.

Dentro del cine de terror, por lo general falto de obras maduras y serias, una cinta como Under the Shadow se destaca como una propuesta novedosa. Una estupenda prueba de que ese popular género puede servir para algo más que para pasar un buen rato, con unos cuantos sustos y un buen subidón de adrenalina.

Under the Shadow se pede ver en streaming en Netflix.