Actualizado: 22/05/2017 13:14
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Literatura catalana, Pla, Literatura

Un monumento cultural

Hace medio siglo apareció El cuaderno gris, la obra capital de Josep Pla, el máximo prosista de las letras catalanas

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Durante todos mis años en Cuba, que en total fueron treinta y seis, nunca escuché mencionar a Josep Pla (1897-1981). Probablemente se debió a que entonces su obra no se había difundido ampliamente en castellano. Sus libros y artículos había que leerlos en catalán, idioma en el cual fueron escritos originalmente. No vine a saber de él hasta que pasé a residir en España. Fue entonces cuando me fue dada la oportunidad de descubrir como lector a quien es considerado el máximo prosista de las letras catalanas.

Mi primer encuentro la vastísima producción de Pla —un grafómano compulsivo: 30 mil páginas recogidas en 46 volúmenes— fue a través de la que, según críticos y especialistas, es su obra capital: El quadern gris (El cuaderno gris), que vio la luz en 1966. O sea, que este año hace medio siglo de que se publicó. En 1975 apareció en castellano, traducida por Dionisio Ridruejo y su esposa Gloria de Ros. El ejemplar que tengo es la de la segunda edición, fechada en 1981. Cuando lo compré, estaba en saldo. Me imagino que el librero no había leído un artículo de 1994 de Rafael Conte, un crítico español muy admirado por mí, que comenzaba con estas palabras: “He aquí, lector, una de las obras fundamentales de la literatura española del presente siglo, de todo el siglo subrayo”.

El cuaderno gris es un dietario que Pla empezó a escribir el 8 de marzo de 1918, el mismo día en que, como lo recordó su madre, él cumplía 21 años. Cursaba estudios de derecho en la Universidad de Barcelona, pero en ese momento era un “estudiante en paro”. La universidad había tenido que cerrar a causa de la gripe. Como él confesó, comenzó a llenar páginas para “pasar el tiempo”, sin mucha fe en el valor de lo que aquello pudiera tener. Pero continuó haciéndolo “por disciplina”. La última entrada corresponde al 15 de noviembre de 1919: “Los preparativos de viaje. El pasaporte estará mañana. El ordinario me trae el paquete de jerseys y el dinero para el abrigo y la maleta. Por la tarde, vamos, con Alexandre Plana, a comprarlos. La maleta es realmente importante”. Al día siguiente, saldrá para París como corresponsal de prensa. El material acumulado por él en ese año y medio sumaba 669 páginas, que son las que tiene la edición en español El cuaderno gris.

Ya en la madurez y con completo dominio de sus facultades literarias, Pla revisó el voluminoso manuscrito. Acerca de su obra, dijo: “Este cuaderno obedece a la necesidad de tomar posición ante mi tiempo”. Eso lo llevó a crear un documento único sobre su formación y sobre la vida intelectual de Barcelona en las primeras décadas de la pasada centuria. Constituye además un testimonio esencial para adentrarse en la resbaladiza personalidad de su autor. Un hombre que fue un individualista radical y a quien uno de sus estudiosos ha definido como un conservador liberal, escéptico y pesimista. Pero por encima de todo, Pla es un grandísimo escritor.

El cuaderno gris es, ante todo, es un libro de vida —la de un joven que trata de descubrir el mundo: Pla empezaba a salir del mundo rural en torno a Palafrugell para abrirse camino en el ambiente literario de Barcelona—, a la vez que el testimonio de una época. No obstante, hay quienes consideran su libro la quintaesencia de la novela contemplativa española. Una novela, conviene aclararlo, en la que casi no pasa nada, pero que se lee con mucho interés y también con mucho agrado.

Pla hace un personal ejercicio de observación y reflexión y se dedica a plasmar sus impresiones en un cuaderno de color gris. Recoge emociones, sentimientos, charlas, descripciones, pensamientos. Sus anotaciones son muy variadas: una charla cazada al vuelo en un café; la descripción de un amanecer en un pequeño pueblo catalán; una sentencia que es casi un aforismo; un afilado comentario político; unos apuntes de crítica literaria. Asimismo, aborda un amplio abanico de temas: las mujeres, la salud, el tiempo, la buena mesa, el alcohol, la soledad, las lecturas. Es un observador minucioso y se fija en detalles mínimos que, gracias a su escritura, adquieren una dimensión planetaria. Retratista exacto, en su libro hay numerosos y espléndidos ejemplos de ello. Se muestra también como un paisajista lírico, y en muchas ocasiones se acerca a la prosa poética. Pero de igual modo, Pla sabe ser un comentarista mordaz y un irónico impenitente.

Huye además de la afectación y la verborrea, del estilo barroco y la grandilocuencia. Escribe con una prosa exacta, inteligente, viva, fuertemente visual y de una pautada naturalidad. Por cualquier parte que abra su libro, el lector se encontrará con páginas brillantes y de una asombrosa belleza, en las que no faltan el buen humor y la socarronería. Escritor atípico, cronista magistral en el pleno sentido, Pla logró con El cuaderno gris una obra capital y mítica, cuya lectura llena el alma de placidez y belleza. Un verdadero monumento literario, que desde su publicación no cesa de agrandarse.

A propósito de este libro de quien fue un maestro de la literatura memorialística, quiero reproducir un atinado comentario del novelista español Antonio Muñoz Molina: “Lo que uno encuentra en Miguel Torga, en Josep Pla y Manuel Azaña es lo mismo que ya ha conmovido en Montaigne y en Stendhal, la instantaneidad de la escritura, el equilibrio de la introspección y de la curiosidad que se corresponde con la doble tarea de escribir para uno mismo y también para cualquiera, para el desconocido en quien se habrá convertido uno cuando vuelva al cabo de unos pocos años a esos cuadernos”.

Como modo de animarlos a que lean este libro personalísimo, en el cual podrán disfrutar al mejor Pla, he armado la breve antología con textos extraídos del mismo que a continuación incluyo.

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Decido empezar este dietario. Escribiré lo justo para pasar el rato, a la buena de Dios —lo que se me vaya ocurriendo. Mi madre es una señora muy limpia, dominada por la obsesión de mantener la casa en un orden helado. Le gusta romper papeles, quemar viejos cachivaches, vender al trapero todo lo que para ella no tiene utilidad práctica o decorativa inmediata. Será un milagro, así, que estos papeles se salven de sus admirables virtudes caseras. Si esto llega, sin embargo, no creo que hiciera con ello ningún mal.

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Ante la terraza del café pasa una muchacha muy joven, con aquella cosa turbadora, ceñida e impenetrable de las formas adolescentes, la falda corta, como una campanita, sobre la pulpa turgente, la nalga, el muslo y las piernas llenas. Un hombre sentado a la mesa de al lado me guiña el ojo.

Si lo recuerdo bien, tenía los cabellos sobre la frente un poco en desorden y los ojos grandes, quietos, un poco hundidos con un punto de borrosidad flotante, que la inmediata mejilla rosada iluminaba ligeramente de carmín.

La chica ha pasado y sólo ha quedado, colgado del aire, el siniestro guiño de mi vecino de café.

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A pesar de la pasión que siento por las cosas de la literatura, no he podido aficionarme nunca a leer novelas. Todo lo que las novelas tienen de exposición, lo encuentro plausible; cuando empieza el conflicto y se inicia la ficción del desenlace, entonces no puedo más: el libro se me cae de las manos indefectiblemente. Las novelas son la literatura infantil de las personas mayores (...) Las novelas tienen muchas más pretensiones que los cuentos de niño: aspiran a reflejar la vida. Una novela es un espejo, etc. Ahora: las novelas reflejan la vida cuando describen una situación y unos personajes determinados; cuando crean y resuelven un conflicto no reflejan nada, son obra meramente ficticia. En la vida no hay nada que se acabe, si no es por muerte o por olvido. pero las novelas no suelen acabar de esta manera. Las novelas aspiran a demostrar una cosa u otra —generalmente la grandeza de la moralidad triunfante en cada momento. Creo que las siete u ocho novelas que forman las obras maestras de esta clase de literatura ganarían si no tuviesen fin.

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Día magnífico: soleado, claro, ligero. Da gusto caminar por las calles. La meteorología del otoño tiende a crear unos días de una luz tan fina que las cosas se ven dentro —incluso en Barcelona— de una manera desdibujada y precisa. En mi país del Ampurdán, esta luz llega a dar el tono a largos y anchos paisajes, a panoramas enteros —por poco que el airecillo sea de tramontana— y la objetividad estricta de las cosas llega a ser prodigiosa y obsesiva.

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Don Pelegrí es un hombre de una altura tan minúscula que para poder realizar sus trabajos de erudición y llegar a la mesa se hace poner sobre la silla un montón de libros voluminosos. Estos libros contienen las obras más considerables que ha producido el espíritu humano: la Sagrada Biblia, la Patrología de los Santos Padres, las Decretales. Es muy posible que hayan pasado por su culo libros mucho más importantes que por sus manos.

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Escribir. Generalmente he oído decir que cuando uno se pone a escribir, las blancas cuartillas pierden la virginidad. La virginidad de las cuartillas, sin embargo, no tiene ninguna importancia (...) Lo que, al ponernos a escribir pierde notablemente la virginidad es el pensamiento que hipotéticamente pensábamos tener y los medios de expresión de que ilusoriamente pensábamos disponer. Estas son pérdidas de virginidad irreparables. No hay nadie que no piense ser un gran escritor antes de ponerse a escribir.

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Yo ya no habré llevado nunca bigote, ni zapatos con botones, ni calzoncillos largos, ni mangalas, ni cuello de pajarita, ni anillos, ni agujas de corbata, ni cadenas de reloj, ni perfumes, ni chalina, ni cabellos largos… ni tantas y tantas cosas típicas de la generación anterior. Nunca he usado tampoco, por ahora, las escupideras, que eran abundantísimas. El hecho de haber eliminado todo este cúmulo de cosas no sé si es un bien o un mal. Quizá es un bien. En todo caso, que quede bien entendido.

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Tengo veintiún años y aún no he comido ninguna ostra. Soy un desgraciado.

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Cuando rueda la puerta giratoria de la calle, parece que toda la Rambla entra en tumulto dentro del café. Esta entrada ilusoria de las cosas, deshace constantemente las formas y los colores del establecimiento, pero este desdibujamiento es una momentánea ilusión del espíritu. Es el mismo efecto que hace la lectura de un libro vital —de una gran novela, por ejemplo—. El libro os entra en la carne y en el espíritu como una ola de vida impetuosa. Pero hay una diferencia entre una cosa y otra: el libro os transforma —más o menos—, deja una huella, os inocula una sustancia que un día —más o menos lejano— aflorará a la superficie y se manifestará.

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La franqueza ampurdanesa. —En el Carrer Estret, la guardia civil conduce esposado a un chico joven, seco, moreno, con un tupé muy bien peinado. Transporta a la espalda un saco de conejos y gallinas, que se mueven dentro. Cuando nos cruzamos oigo a mi lado a una mujer que dice con la boca abierta por la sorpresa:

—¡Qué raro! Tan franco como parecía…

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A veces hablamos de todo esto y le digo:

—Vuestra lucha fue contra los carcas y la gente de derechas...

—Claro —me responde—. Son los que tienen la tierra. Pero tengo la impresión de que si la lucha se hubiese entablado contra la gente de izquierdas, la situación hubiera sido la misma. —¿Tú crees?

—Naturalmente. Piensa que, en este país, lo que se parece más a un hombre de izquierdas es un hombre de derechas. Son iguales, intercambiables, han mamado la misma leche. Pero ¿cómo podría ser de otro modo? No lo dudes: esta división es inservible.

—Pero ¿es que hay alguna otra división?

—Claro que sí. A mi entender hay una división mucho más profunda y exacta que esa. La que se establece entre personas inteligentes y puros idiotas, entre buenas personas y malnacidos...

—Si las cosas son así —le digo después de una pausa—, ¿tú qué me aconsejas?

—¡Yo no aconsejo nada!

—Pero ¿es posible que no me aconsejes nada?

—¡Yo no aconsejo nada!

—¿Me aconsejas la astucia o la buena fe?

Mi padre se queda parado un momento. Me mira fijamente. Después mira al suelo. Me dice finalmente, con una concentración intensa en la voz:

—No se lo digas a nadie: te aconsejo la astucia y no hablemos más...

***

Parece que las relojerías deberían ser las tiendas más aseadas, precisas, más ordenadas y agradables de todas las tiendas del mundo. Es al revés.

Entráis y no hay ningún reloj que se acuerde en pulsación y ritmo con cualquier otro reloj presente. Los hay que andan pausadamente, de una manera grave y solemne. Otros tienen una manera endemoniada de funcionar, ansiosa y alborotada, como si tuvieran prisa y quisieran pasar por delante de todos los otros relojes. La imposible superposición de los tictacs, la confusión de los ritmos, la agitación de las pulsaciones asimétricas, crean un ruido que hace sentir, en las relojerías, una sensación de galimatías angustioso. No son tiendas para personas excesivamente nerviosas. No se está bien. Puedo imaginarme, en cambio, la delicia que sería una relojería de relojes parados y si queréis… vueltos del revés, porque no hay nada que incite más a la calma que un reloj parado, dormido.

***

Este cuaderno ha sido llevado a cabo con penas y trabajos y ha sido escrito con otro criterio. Una cosa me animó desde el principio: constatar que esta manera de escribir es mucho más difícil que la que utilizaba anteriormente, que el estilo que Jules Renard llamó tarabiscoté, era el que exactamente hacía. En todo caso, he llegado al día de hoy —y confieso que el hecho me sorprende, a veces, a mí mismo. Sobre el valor que pueda tener este cuaderno, no sabría decir absolutamente nada. Quizá no tiene ninguno. Es casi seguro. Si con el tiempo se llega a publicar íntegramente —cosa que es muy diferente de la publicación de fragmentos—, ya veremos qué consideración tiene entre la gente que lo lea.