Actualizado: 23/09/2017 15:02
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Una actriz sin pelos en la lengua

Recién cumplido los noventa años, Isaura Mendoza conserva una buena memoria Así lo pone de manifiesto en esta entrevista, en la cual repasa su larga y destacada trayectoria artística, primero como cantante y después en el teatro

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Tras dos tentativas que por motivos diversos se frustraron, en la tercera se consumó por fin mi propósito de entrevistar a Isaura Mendoza. Un corto viaje mío a Miami, donde la actriz reside, brindó la ocasión idónea para que la visitara en el apartamento donde vive con uno de sus hijos. Esa tarde, hizo un sucinto repaso de sus varias décadas de trayectoria en la escena. Por supuesto, quedaron muchos aspectos por recoger, por razones lógicas de tiempo. Pero la charla alcanzó para que ella evocara los momentos más sobresalientes de su extensa y destacada actividad.

Cumpliendo la regla de primero lo primero, empecé preguntándole por sus inicios en el teatro. Isaura inició su charla con una aclaración: “Bueno, antes del teatro estuvo la música. Desde muy joven y durante muchos años, lo que yo hice fue cantar. Debuté en el año 45 cantando con la Orquesta Rumbavana, con la cual recorrí Sudamérica. Después te voy a enseñar las fotos de esos años que conservo”. En efecto, lo hizo y esos testimonios gráficos dan cuenta de sus presentaciones en esos países y de los artistas famosos con quienes compartió escenario. Durante la plática, recuerda cuando actuó en Tropicana en una gran producción dirigida por Rodney. Cantó entonces con Celeste Mendoza y Omara Portuondo (“de jovencita, Omara y yo éramos buenas amigas”). Y cuenta: “Estando nosotras tres trabajando en Tropicana, una noche fue Tin Tan, que había ido a Cuba para filmar la película Tin Tan en La Habana. Tengo una foto de él de aquella noche, aunque no al lado suyo”. Años después, formó parte, junto con Nelia Núñez y Francis Nápoles, del Trío Antillano, que acompañaba a Luis Carbonell en sus shows y actuaciones.

“Cuando el triunfo de la revolución, les dieron algunos cabarets a los músicos. A Puchungo, el hermano de Joseíto Fernández, que tocaba el bajo y era vecino mío, le encomendaron la responsabilidad de un bar que había por los muelles. El lugar no era bueno, pero estaba por allá. Él me llevó para que cantara en el bar. Estuve nada más que dos o tres semanas, porque me hice un procedimiento en el pelo y se me cayó toda esta parte de aquí. Yo no tenía peluca ni nada, y para disimular me pasaba este pelo para acá y este otro para allá. Una mujer que trabajaba conmigo me comentó: Isaura, yo te veo una cosa tan extraña. Chica, le dije, es que me estoy quedando calva. Y decidí irme. Cuando se lo notifiqué, Puchungo me suplicó: Ay, Isaura, no te vayas. No, Puchungo, yo no puedo. Hice entonces una promesa: Virgen de la Caridad del Cobre, si el pelo me sale rápido, te prometo que no me lo voy a cortar en dos años. Me salió y a los dos años me lo corté, porque a mí siempre me ha gustado el pelo corto.

“Le cogí entonces odio al canto, una cosa tremenda. Ay, yo lo que quiero es actuar, pensé. Estando yo trabajando con el Trío de Luis Carbonell, con el que estuve tres años, un día le dije a una compañera: Yo no quiero cantar más. ¿Tú sabes quién me podría dar clases de actuación? ¿Y por qué no hablas con Raquel Revuelta?, me contestó. ¿Hay que pagar? Porque yo no tengo dinero. Pide una beca, me recomendó ella. Mi mamá tenía un tren de cantina y vivía en el mismo edificio que Raquel. Incluso le servía comida cuando estuvo casada con el primer marido. En ese momento, Raquel estaba haciendo una novela en CMQ y yo le pedí a una amiga que la conocía que hablara con ella y le pidiera una beca para mí. Esta amiga la fue a ver, habló con ella y así fue como yo pude empezar a estudiar actuación en la Academia de Teatro Estudio.

“A los seis meses de estar estudiando Stanislavski y todas esas cosas, Roberto Blanco habló conmigo: Isaura, ¿tú te atreverías a hacer un personaje en la obra que yo voy a dirigir en Teatro Estudio? Bueno, si tú confías en mí yo creo que sí, le dije. Y me dio un papel en La hora de estar ciegos, de Dora Alonso, que fue la primera obra que él dirigió. Trabajé después en La botija de la felicidad, que también fue dirigida por él. Esa obra la hice con siete meses de embarazo, y ya después de dar a luz paré de actuar por un tiempo. Luego me llamaron para hacer Medea en el espejo, con Asenneh Rodríguez.

“A Dumé le habían dado la dirección del Grupo Guernica y cuando iba a montar El robo del cochino, pensó en mí. Al principio, a Abelardo Estorino no le pareció bien. Dijo que yo estaba muy vieja para el papel de Rosa. Claro, él me había visto haciendo una señora mayor, con un pañuelo en la cabeza. Entonces me citaron para ver si yo podía dar el personaje. Cuando eso, yo tenía treinta y pico de años y no estaba ni la mitad de gorda de lo que ahora estoy. Me arreglé, me puse bien cuqui y me aparecí. Ah, pero qué distinta te ves, me comentó Estorino. Claro, hijo. En aquella obra yo hacía una vieja y ahora estoy como soy yo.

“Hice la Rosa de El robo del cochino, que después se llevó al cine con Consuelito Vidal. Fue un desastre, porque la adaptación que hizo el director no tenía nada que ver con la obra. En el montaje de Dumé trabajaban Pedro Rentería, Magali Boix, que hacía la maestra, y Carlos Bermúdez, que hacía un papel buenísimo. Fue la primera vez que en el teatro en Cuba se dijo un coño. Lo dijo Bermúdez, que tenía una voz magnífica: «Pues robé, ¡coño!, tuve que robar o me aplastaban. Si no, no había forma de salir de aquella mierda». Él fue quien me recomendó cuando yo legué aquí a Miami. Habló con Eduardo Corbet, que iba a montar Filomena Marturano, pero en una versión adaptada a Cuba. Le habló de mí, le insistió que tenía que verme. Y cuando Corbet me vio, dijo: Ah, pero si ella es la actriz que yo tenía en mi mente”.

Del grupo Guernica a Ocuje

Al recordar las obras en las que actuó en esos años, Isaura olvida la comedia musical Las vacas gordas (1963), que volvió a reunir a Estorino y a Dumé. Sobre su labor en aquel montaje, Rine Leal escribió que la mejor escena y la que el público más aplaudió es aquella “donde Isaura Mendoza, bailando una rumba de rompe y raja, se lleva la pieza en un bolsillo”. Y ahora dejo que ella continúe rastreando en su memoria. “Después de El robo, ¿qué hiciste, Isaura? Ah, sí. En Guernica actué en Recuerdos de Tulipa y en Mulato, de Langston Hughes, un autor norteamericano. Trabajé también en El lindo ruiseñor, una obra infantil muy linda, y en Bodas de sangre, en el personaje de la suegra de la novia, que interpretaba Magali Boix.

“Cuando le quitaron el grupo a Dumé, fui para la bolsa de actores de Cultura. De allí me llamaron de Teatro Estudio para actuar en Contigo pan y cebolla. Me dieron la vecina, un papel muy bonito. Luego empecé a ensayar otra obra, pero en eso se celebró en el grupo una asamblea. Fue la época de la cacería de brujas contra los homosexuales y a Vicente Revuelta lo quitaron como director de Teatro Estudio. Ahí en esa asamblea todos acordaron como protesta no trabajar, o sea, hacer una huelga. Yo dije que no entraba en eso porque tengo hijos y necesito darles de comer. A partir de ese día, nunca más me citaron para los ensayos.

“Pero con tan buena suerte que me llama Gilda Hernández, que había formado un grupo, Taller Dramático, y me lleva para allá. Volvió a montar El robo del cochino, donde yo actué, y también en Clotilde en su casa, donde hacía la protagonista. Yo doblaba con una muchacha, no recuerdo cómo se llamaba. De los nombres es algo que no logro acordarme, no sé qué me está pasando. Ella ensayaba primero y luego se iba. El director le decía: Fulana, ¿por qué no te quedas a ver lo que está haciendo Isaura? No, a mí no me interesa, contestaba. Yo hago el personaje como yo creo. Bueno, pues me la llevé en aquella obra. Era muy bonita y muy joven, físicamente daba el personaje. Pero en actuación yo le gané.

“Después Roberto Blanco regresó de África, donde pasó un tiempo, y creó Ocuje. Se llevó a varios actores de Taller Dramático, como Hilda Oates y Omar Valdés. Le rompió el grupo a Gilda Hernández, que entonces se fue al Escambray. Yo me incorporé a Ocuje y allí trabajé en obras como El alboroto, Lumumba, Ocuje dice a Martí y Divinas palabras, donde hice, figúrate tú, a Rosa la Tatula. ¡Qué personaje tan bueno! Me acuerdo que cuando se iba a empezar a montar Ocuje dice a Martí, estábamos todos sentados sobre una alfombra que se ponía en el piso. Roberto le fue dando textos a los actores. A mí no me dio ninguno. Ay, no me había dado cuenta, se justificó. ¡No se había dado cuenta de que yo estaba allí! Al final, me dio unos cuantos versos y nada más.

“Otra obra en la que participé fue María Antonia. Yo quería hacer la protagonista, estaba segura de que podía hacer una María Antonia muy buena. Pero Roberto le dio ese papel a Hilda Oates y a mí me dio el de la Madrina. Yo le dije: ¿Quieres que yo haga la Madrina? Pues voy a hacer una Madrina que no vas a olvidar. Entonces me puse a estudiar. En el escenario yo mayumbeaba. Los santeros que iban a ver la obra comentaban: Tiene Yemayá. Otros decían: No, tiene Obatalá. Yo no tenía nada. Lo que pasa es que fui donde una mujer que se hizo santo, pero que era científica. O sea, se hizo santo para estudiarlo científicamente. Ella me enseñó a mayumbear, porque eso tiene su ritmo y su cosa. Yo además me metí a los bembés, porque quería hacer una Madrina muy buena.

“Un día, Eugenio Hernández me dijo: Está aquí un director francés muy famoso, vio María Antonia y le comentó a Roberto que hace no sé cuántos años que no veía una actriz como tú. Al cabo de muchos días, Roberto vino a decírmelo: Fulano de tal me comentó que tu actuación es muy buena. ¿Ah, sí?, le contesté. Cuando ya la obra estaba por estrenarse, Roberto me va a ver. Isaura, ¿tú no pudieras cambiar la voz? Porque efectivamente, cuando a la gente se le sube el santo, le cambia la voz. No, Roberto. Si yo hago eso, no me va a salir ni eso ni lo que ya tengo. Yo tuve una experiencia parecida en Mulato y no la voy a repetir por ti. Voy a hacer la Madrina como la he hecho hasta ahora, con la voz mía. Punto.

“¿Puedes creer que en María Antonia no quería que yo luciera bonita? Se quejaba con las maquillistas de que yo me veía demasiado linda. Ellas le decían: Roberto, no podemos ponerla fea porque ella es bonita. Cuando aquello, yo era otra. No tenía tantos años como ahora. Pues él no quería que yo luciera bonita. Siempre tuve muchos problemas con Roberto. Para él, yo era la piedra en el zapato. Un día llegué a preguntarle: Ven acá, Roberto, ¿tú quieres que yo me vaya del grupo? Porque yo me voy. Es que tú eres tremenda, me dijo. Roberto, es que contigo hay que serlo, porque tú también eres tremendo.

No me dieron ni una mención

“Salí de Ocuje y volví a la bolsa otra vez. Me llama entonces un director —no me preguntes el nombre— para que trabajara en el Martí en Lo mejor del bufo, donde yo tenía una escena con Candita Quintana. Después de eso es cuando me llamaron del Teatro Político Bertolt Brecht, donde estuve unos cuantos años. Allí actué en muchas obras: Cañaveral, El rojo y el pardo, Valentín y Valentina, El carrillón del Kremlin, El premio, La panadería, Ernesto, El ingenioso criollo don Matías Pérez… En una de las obras, Orquídea Rivero quería hacer mi personaje y fue a hablar a la oficina. Se quejó de que mí me daban papeles en todas las obras y dijo que por qué yo trabajaba tanto. Es verdad que yo trabajaba mucho. Pero cuando la evaluación, yo fui la única actriz del grupo a la que le dieron A. A Lilliam Llerena se la dieron por otorgamiento, pero a mí por mi trabajo. Y tú no te puedes imaginar la envidia que eso provocaba”.

Le recuerdo el triste incidente que ocurrió en 1980, en el Festival de Teatro de La Habana, cuando ella participó en cinco obras: Andoba, Valentín y Valentina, La panadería, El carrillón del Kremlin y Calixta Comité. Pese a que todos lo daban por seguro, fue ignorada en los premios. “No me dieron ni una mención. Esa noche, cuando salí del teatro me dije: Yo me voy de este país. Esto no sirve para nada. En eso ocurrió que este hijo mío con el que vivo trató de salir clandestino, lo agarraron en alta mar y me lo metieron en la cárcel. Yo pasé una, que no me quiero ni acordar. Un día Lilliam Llerena, que iba a empezar a dirigir una obra en la que yo haría un personaje, mandó a que el fotógrafo me tomara unas fotos y que cuando terminara, la fuera a ver porque necesitaba hablar conmigo. Nada más llegar yo, me preguntó: Isaura, ¿tú te vas del país? Yo no, le respondí. Resulta que del grupo habían ido a mi CDR y allí le habían dicho que yo había firmado un poder a mi hijo para que saliera, durante el éxodo del 80. Como tú recordarás, cuando aquello Fidel mandó a todos los presos para acá. A mi hijo lo sacaron de la cárcel y me lo metieron en un barco. Como él era menor, yo tuve que firmar el poder para que saliera, porque si no, le echaban cuatro años más.

“En lugar de llamarme y haberme preguntado: Isaura, ¿qué está pasando?, esas personas volvieron y se dedicaron a chismear sobre mí en el grupo. Entonces íbamos a salir de vacaciones y antes iba a haber una asamblea. Ah, olvidé decirte que el día que hablé con Lilliam Llerena tuvimos una discusión. Yo le dije: Para mí, mis hijos están por encima de todo. Y si ese que se fue me necesita y me llama, yo me voy. Pues eso lo voy a decir en la asamblea, me amenazó ella.

“El día antes de la asamblea, yo tuve un ensayo con Luis Alberto García, a quien quise mucho. Hice mi ensayo sin problemas, pues me sabía muy bien la letra. Y entonces me empecé a sentir mal. Me voy para la casa, en eso llegó mi hijo y le pedí que me llevara al Fajardo. Era tarde, como las doce de la noche. Cuando llegué al Fajardo y me tomaron la presión, se armó un corre-corre, pues la tenía en 120 con 130. Como había trabajado tanto con las cinco obras con que fui al Festival, tuve una isquemia coronaria, pero no le di importancia. Bueno, pues el médico que me vio me dio tres días de descanso. Pero las cosas cuando van a pasar… ¿Sabes tú lo que pasó? Se me olvidó ponerle el cuño al certificado.

“Al otro día, aún me sentía mal. Así que le pedí a mi hijo que fuera al grupo, explicara que yo tenía tres días de reposo y que no podía ir a la asamblea. Todo esto sin tener la menor idea de lo que estaba pasando. Cuando él entregó ese certificado sin cuño, ¿qué dijeron? En lugar de haber ido al Fajardo y de haber averiguado, dijeron que yo lo había falsificado. Después supe todo lo que dijeron sobre mí en la asamblea. Como no tenían qué decir, sacaron boberías, como que en otra asamblea yo no había aplaudido y cosas así. Una vestuarista, que aparte de ser la que me vestía, era amiga mía, ese día se excusó que se sentía mal y no fue. Me llamó por teléfono y me contó: Todos firmaron un documento diciendo que se negaban a trabajar contigo por tus problemas políticos. La única que no firmó fui yo. ¿Y qué vas a hacer tú en un grupo de teatro donde nadie quiere trabajar contigo? Te tienes que ir, porque no vas a hacer monólogos nada más. Pero en definitiva, me hicieron un favor.

En el cine no he tenido mucha suerte

“Eso fue un sábado. El lunes el jefe de personal fue a mi casa. Me dijo que habían ido al Fajardo y que, efectivamente, allí me habían atendido. Me preguntó si no me gustaría irme para el grupo de Tito Junco, el Teatro de Arte Popular. Tito Junco me había pedido prestada para que hiciera Calixta Comité. A mí no me interesa irme para ningún otro grupo, le contesté. Quiero seguir en el que estoy. Pero como allí no me quieren, me quedaré en mi casa. La renuncia fue por traidora a la patria, así decía el papel. Tras eso, nunca me topé con nadie del grupo en la calle. Al que sí me encontré fue a Samuel Claxton. Viniendo yo por Línea a coger L, venía él por L para doblar en Línea. Cuando me vio, viró la cara para no saludarme. A mí aquello me dolió mucho. Lo hubiera esperado de cualquiera, pero no de él, porque éramos muy amigos. A Elvira Enríquez me la encontré años después aquí en Miami, en un casting en el Teatro Bellas Artes. Yo tenía unas ganas de abofetearla, porque fue una de las que más basura habló de mí. Le dije: Ven acá, Elvira, ¿por qué tuviste que decir todas esas cosas en contra mía? Ella trató de justificarse: No, Isaura, las cosas no fueron como te han contado...

“Mi hijo mayor estaba aquí en Estados Unidos desde el 68, y enseguida me reclamó. Eso fue a finales del 80 y hasta el 83 no pude salir. Yo conocía Estados Unidos, había vivido aquí antes y sabía que iba a ser muy difícil trabajar como actriz. Al llegar, yo no vine para Miami, sino que fui a Houston. Y en Houston no había nada en lo que yo pudiera trabajar. Hay algo que no conté y es que en el Teatro Político Bertolt Brecht se empezó a ensayar una versión de Hamlet. Mario Balmaseda era el protagonista y yo iba a hacer la madre. Pues después de haberse montado y de estar la escenografía y el vestuario ya terminados, el que era en ese momento director de Teatro y Danza decidió que la obra no se podía estrenar. Vio un ensayo y dijo: No, esta obra no se puede estrenar. Si no se ha puesto el original de Shakespeare, no puede presentarse una versión. Pero hay un dicho que reza que lo que está para ti no hay quien te lo quite. Estoy yo en Houston y un día una amiga peruana con la que aún sigo en contacto, oyó por radio que buscaban actores para una obra. Me llamó enseguida para avisarme. Mi hijo estaba conmigo y me llevó al casting. Entonces yo tenía todas mis fotos en un scrapbook y lo llevé. Cuando el director vio las fotos, me dijo: Usted no tiene que hacer casting. Usted va a ser la mamá de Hamlet. Iba a montar Hamlet en una versión azteca. Yo quisiera que tú hubieras visto aquello. Yo salía caracterizada de india y con los pies descalzos. ¿Qué te parece? En Houston trabajé en esa obra y después en un par de grabaciones. Eso fue todo lo que pude hacer allí.

“En eso mi hijo vino para Miami y empezó a insistirme que viniera para acá. Y vine para Miami. Ya te conté que, gracias a la recomendación de Carlos Bermúdez, pude actuar en Filomena Marturano. He trabajado también con directores como Rolando Moreno y Alberto Sarraín. Volví a hacer Las impuras, que en Cuba había hecho con Dumé. Y en Recuerdos de Tulipa interpreté a la mujer barbuda. Con la Sociedad Pro-Arte Grateli hice Cecilia Valdés, Lola Cruz, María la O”.

Le pregunto si ha actuado en otros medios, como el cine. “Actué en De cierta manera, donde hice la mamá de la protagonista. A Sarita Gómez la cargué cuando era pequeñita, porque su papá era hermano de Rolando Gómez, un novio que yo tuve cuando era muy joven. Yo había puesto voces a algunos documentales de Sarita, y cuando ella iba a dirigir De cierta manera me llamó para ofrecerme ese papel. Era una santera, y Sarita incorporó muchos elementos religiosos. Recuerdo que se construyó un altar precioso. Desde el punto de vista folclórico, hubiera sido muy bueno que todo aquello se conservara. En el ICAIC decidieron que esas escenas había que eliminarlas, algo a lo cual Sarita se opuso. Pero ella murió antes de terminar la película, y cuando se estrenó esas escenas las habían cortado. También me dieron un pequeño papel en Lucía y trabajé en la adaptación de El robo del cochino. En el cine yo no he tenido mucha suerte. En una ocasión, Titón me comentó: Isaura, contigo yo nunca voy a poder trabajar. Cuando necesito una negra, tú no me la das. Y cuando necesito una mulata, tampoco. Es verdad, porque yo no doy negra ni doy mulata. A mí me han dicho que yo más bien parezco mora”.

De los personajes que ha interpretado, ¿cuál recuerda con más cariño?, indago. “Recuerdo mucho la loca de El rojo y el pardo. Esa obra la dirigió Mario Balmaseda, quien además actuaba. Cuando se distribuyeron los papeles no había ninguno para mí. Los dos femeninos importantes eran una joven y su madre, y a Orquídea Rivero le habían dado el de la madre. Como yo no iba a trabajar, no fui a la lectura. Pero alguien me comentó que la obra era buena. Cogí entonces el libreto, lo leí y me gustó el personaje de la loca. Yo la llamo así, pero en realidad no es loca. Hablé con Mario y le dije que me interesaba hacerla. Y él me dijo: Qué bueno, porque si yo fuera actriz, ese es el papel que habría escogido. Otro personaje que me gustó interpretar fue Calixta Comité. En fin, hay muchos otros”.

Por último, le pregunto si actualmente hace algo. “Yo tengo una amiga que tira las barajas. Un día me las tiró y me dijo: ¿Tú crees que acabaste ya tu carrera? Pues no, te vas a morir haciendo lo que te gusta hacer. Yo tengo problemas en la tiroides. Eso me ha afectado las cuerdas vocales y ya no puedo esforzar la voz ni cantar. Y cuando te digo que no puedo cantar, quiero decir nada de nada. Entonces se me ocurrió que si no puedo cantar, voy a recitar. Porque cuando yo era jovencita, tuve una etapa en la que recitaba. Así que he vuelto a hacerlo y me ha salido bastante bien. En la clínica a donde voy, yo recito. Digo el tango «Uno», pero lo digo recitado. He montado «Los zapaticos de rosa», y cada personaje lo hago con una voz distinta. Digo también «El dulce milagro», de Juana de Ibarbourou. En fin, es una manera de volver teatro, por el cual algunas veces siento nostalgia”.