Actualizado: 24/05/2017 9:47
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Cuban Heritage Collection, Exilio, Cultura cubana

Una herencia bien conservada

La Cuban Heritage Collection atesora unos fondos tan valiosos como amplios, que además de libros y publicaciones periódicas, incluyen mapas, fotografías, carteles, planos, así como materiales audiovisuales

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Quienes nos dedicamos a investigar temas cubanos, tenemos la gran suerte de contar con la Cuban Heritage Collection. Ocupa 10 mil metros cuadrados del segundo piso de la Biblioteca Otto G. Richter, de la Universidad de Miami, y posee unos fondos tan ricos como amplios. Solo su catálogo de libros anda por los 45 mil títulos, pertenecientes a distintas épocas. Allí se pueden encontrar algunos tan raros y valiosos como Aves de la Isla de Cuba (1850), de Juan Lembeye, La Isla de Cuba Pintoresca (1838) y los doce tomos de Historia física, política y natural de la Isla de Cuba (1839-1856), de Ramón de la Sagra.

Aparte de los libros, la CHC atesora una respetable cantidad de periódicos, revistas y folletos, unos en su formato original y otros en microfilmes. Están distribuidos en cuatro categorías, que responden a la fecha de circulación: de la etapa colonial al siglo XX; de 1910 a la actualidad; de 1959 a nuestros días; y una colección de 255 mil “periodiquitos” editados en el exilio, y que representan lo que el poeta Gastón Baquero llamó el “periodismo heroico”. Siguiendo el mismo criterio rector que se sigue con los libros, esto es, entender lo cubano sin fronteras geográficas ni restricciones ideológicas, entre esas publicaciones periódicas lo mismo se pueden encontrar Juventud Rebelde que Bohemia Libre, Casa de las Américas que Encuentro de la Cultura Cubana. Como expresó Martí en un famoso discurso, se trata de una colección concebida con todos y para el bien de todos. Y al igual que hacía él, conviene enfatizar: “¡De todos los cubanos!”.

De inapreciable valor son igualmente los archivos documentales. La CHC posee manuscritos históricos y literarios que abarcan de los siglos XVII al XX. Hay, por ejemplo, documentos de la guerra de independencia de 1895 firmados por José Martí y Máximo Gómez. Asimismo, los archivos personales de relevantes figuras han pasado a engrosar los fondos de la CHC, muchos de ellos en calidad de donativo. Una gran parte de esa papelería ya ha sido digitalizada y se puede acceder a ella en la página web de la institución. Entre otras, se puede consultar las de Tomás Estrada Palma, Lydia Cabrera, José Lezama Lima, Gerardo Machado, Polita Grau de Agüero, Enrique Labrador Ruiz, Manuel R. Bustamante, Fernando Fernández-Cavada, las familias Cordovés y Bolaños, así como las del Lyceum Lawn Tennis Club y la Capitanía General. En esta última figuran los bandos, decretos reales y edictos oficiales promulgados entre 1896 y 1898, cuando eran capitanes generales de la Isla Valeriano Weyler y Ramón Blanco.

Apunté antes que los fondos de la CHC son tan ricos como amplios. Además de los libros y publicaciones periódicas, incluyen mapas, fotografías, carteles, planos, así como materiales audiovisuales. Entre estos últimos, conviene destacar el Proyecto de Historia Oral Luis J. Botifoll, que comprende grabaciones realizadas a personalidades destacadas en diferentes áreas. He aquí algunas de ellas: Guillermo Álvarez Guedes, Jorge Valls, Juan Manuel Salvat, Armando Roblán, Nicolás Quintana, Enrique Patterson, Huber Matos, Eloísa Lezama Lima, Delia Fiallo, María Elena Cruz Varela, Willy Chirino, Carmina Benguría, Zoé Valdés. Los videos han sido digitalizados y se pueden ver en la página web de la CHC.

Desde que el Pabellón Roberto C. Goizueta fue inaugurado, el 28 de enero de 2003, la CHC regularmente recibe a especialistas y profesores de diferentes universidades y de varios países. La excelente colección, considerada entre las más grandes y completas sobre Cuba y su diáspora, y el esmerado servicio que allí se ofrece, hacen de esa institución el sitio idóneo para realizar investigaciones sobre temas cubanos. Sé de muchos especialistas que residen en la Isla que han aprovechado su estancia en Miami para trabajar allí. Y han salido agradecidos e impresionados por el trato que recibieron. Desde inicios de los años 90, este cronista se ha beneficiado de la CHC y unos cuantos de sus proyectos no hubieran podido realizarse satisfactoriamente de no haber tenido acceso a sus valiosos fondos.

Exposiciones periódicas en el vestíbulo

Por otro lado, en los últimos años se ha incrementado notoriamente el número de estudiantes de doctorado que utilizan la CHC. Eso se debe a las becas que cada año se ofrecen. Existen dos categorías: una para los alumnos interesados en determinar cómo los fondos de la colección les pueden servir a las necesidades de su tesis, cuando se hayan en el proceso de su preparación; y otra, para aquellos que han decidido usar los fondos como primera fuente para redactar su tesis. Hasta la fecha, 67 estudiantes de 35 universidades se han beneficiado de este programa.

En los últimos años, además se ha dado un uso adecuado al vestíbulo. Ese espacio se emplea para exponer una pequeña muestra de los fondos de la CHC. Las exposiciones se mantienen durante varios meses y se cambian periódicamente. Ahora mismo se puede ver la titulada Objects in the Archive. Selections from the CHC, que reúne un conjunto de piezas. A la colección de Lydia Cabrera y Rosario Hiriart, pertenecen varias piedras con motivos afrocubanos pintados a mano. Se muestran también collares, tambores batá en miniatura, tallas en madera, hachas, espadas, objetos todos relacionados con las prácticas religiosas de la santería. Y aunque corresponde a otra colección, está expuesta una estatua de la Virgen de Regla decorada con cuentas y asentada en una base a la cual se han incrustado caracoles de pequeño tamaño.

En otra vidriera se muestran libros hechos artesanalmente. Algunos llevan el sello de las Ediciones Vigía, de Matanzas. Hay otro, de 2007, de Margarita Cano, que tiene la particularidad de ser ejemplar único. Seguramente también lo es Cuba y los cubanos (1995), de Rose Marie Chiarlone. Está diseñado a manera de un acordeón que se despliega, a medida que se abre. En un lado de cada página aparece un texto escrito con diferentes caracteres estampados con tinta de varios colores. En el reverso, la autora ha reproducido a mano las ilustraciones del libro Cuba y los cubanos, publicado en 1920 por Erwin Mapes.

Uno de los aspectos a los cuales la CHC viene prestando atención últimamente es la educación en Cuba. Ese es el tema que se refleja en otra de las vidrieras. En ella se muestran medallas académicas, detalles del uniforme, una foto de las alumnas de la graduación de 1959 y un folleto de propaganda del curso 1957-1958, del Colegio Las Ursulinas, que se hallaba en Miramar. En esa misma zona de la capital cubana estaba la Academia Merici, de la cual se exhiben medallas, una foto y una postal.

De acuerdo a la muy autorizada opinión de Fernando Ortiz, Don Tabaco y Doña Azúcar son los personajes más importantes de la historia de Cuba. Presenta al primero como el regalo del Nuevo Mundo, a diferencia de la segunda, que llegó a América como importada. El tabaco, además, afirma Ortiz, “es más cubano, por no necesitar para su cultivo importar mano de obra ni capitales extranjeros”. No es por eso casual que en Objects in the Archive haya una vidriera dedicada al mundialmente famoso habano. En una postal se reproduce la imagen de unos recogedores de hojas de tabaco, tomada en 1899. Asimismo, se expone un ejemplar del libro de Miguel Rodríguez-Ferrer El tabaco habano; su historia, su cultivo, sus vicisitudes, sus más afamadas vegas en Cuba (1851). También se pueden ver un álbum de marquillas, que data de 1900, una caja de la conocida marca Romeo y Julieta, una cortadora de cigarros (1902) y una caja de madera para conservar los habanos. Completan esa pequeña colección un cenicero de metal y dos cajas de fósforos de los años 50, en las que aparecen los retratos de Leopoldo Fernández y Asunción del Peso, dos populares artistas de la televisión de esa época.

La CHC es, en mi opinión, un buen ejemplo de lo que los cubanos podemos hacer cuando nos despojamos de ideologías que dividen y fomentan el odio, y nos dedicamos a llevar a cabo lo que Martí llamó “la tarea de fundar”. Esa preocupación por edificar y sembrar fue precisamente lo que inspiró a aquellas abnegadas bibliotecarias que, al poco tiempo de llegar a Miami, se dieron a la labor de reunir y preservar todo lo que tenía que ver con nuestra herencia cultural e histórica. Hablo de Rosa M. Abella y Ana Rosa Núñez, a las que luego se sumaron Esperanza B. de Varona y Lesbia O. Varona. Su abnegado, precursor e incansable esfuerzo cristalizó en lo que hoy es la CHC.

En su materialización ha sido decisivo el apoyo económico de la Fundación Goizueta. Gracias al primero de sus donativos, que ascendía a 2,5 millones de dólares, se pudo acondicionar y equipar técnicamente el pabellón que lleva el nombre de aquel hombre de negocios generoso y filántropo que fue Roberto C. Goizueta. A esas personas y a las que actualmente continúan el trabajo de la CHC, los cubanos debemos el poder sentirnos orgullosos y confiados en que nuestra herencia está amorosa y debidamente atesorada y conservada.