Actualizado: 21/02/2017 11:10
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Literatura, Literatura rusa, Poesía

Una maravillosa rareza

Alexander Tvardovski, una de las figuras más paradójicas del período soviético, escribió una de las obras más queridas por los lectores rusos

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Vino, siendo un joven campesino de la bendita tierra rusa, cuando la joven literatura soviética alcanzaba las primeras cumbres. Nos abandona siendo un clásico, continuador de Pushkin, Lérmontov, Nekrásov, Maiakovski, Blok y Esenin, sus grandes predecesores. Ahora están todos juntos, hermanos de espirna, aves que vuelan a la cabeza de la bandada. Chinguis Aitmatov.

Si a un francés, un italiano o un norteamericano más o menos culto le preguntasen quién es Alexander Tvardovski, lo identificaría como el hombre que fue editor jefe de la revista Novy Mir durante la etapa del deshielo. En cambio, si eso mismo se le preguntase a un ruso o una rusa de edad madura, respondería que es un poeta. Más aún: dirá que es uno de los poetas más queridos en su país.

Esto era algo que a Tvardovski lo afligía. Una de sus mayores frustraciones era para él el no haber sido reconocido como poeta en el mundo occidental. Eso era lo que, ante todo, se consideraba: poeta. Se sentía orgulloso de lo que había alcanzado con su obra literaria y también de la devoción con que era leído por sus compatriotas. Así lo cuenta el escritor y científico británico Charles Percy Snow en el prólogo a Tiorkin & The Stovemakers, una breve antología de poesía y prosa del escritor ruso editada en Inglaterra en 1974.

En Rusia, los libros de Tvardovski han tenido una circulación enorme. Durante la etapa soviética, las ediciones de poesía alcanzaban unas tiradas muy grandes, comparadas con las de los otros países. La de un poeta novel o debutante podía ser de 50 mil ejemplares. La de un autor ya consagrado, como Evgueni Evtushenko, llegaba a 100 mil. Las de Tvardovski eran mayores. En la extinta Unión Soviética no era común que los escritores y artistas aparecieran con frecuencia en la televisión o en los diarios. Pero para los rusos, la cara de Tvardovski era tan familiar como la de una estrella de cine. Snow cuenta que cuando caminaba por Moscú era usual ver cómo las personas se volvían a mirar al escritor al reconocerlo. No muchos autores en el mundo podían presumir de ser tan populares y apreciados con tanto amor por sus compatriotas.

Tvardovski era una figura pública y se tomaba esa responsabilidad muy seriamente. Como editor jefe de Novy Mir, realizó una labor que fue muy importante para muchos escritores. Asumió ese cargo en 1950 y lo desempeñó hasta 1954, cuando fue cesado por publicar algunas colaboraciones que la dirigencia cultural consideró inaceptables, en particular el artículo de Vladimir Pomerantsev “Sobre la sinceridad en la literatura” Entre 1958 y 1970, volvió a estar al frente de esa influyente revista, que era órgano de la Unión de Escritores de la URSS. En ese período luchó para mantener el carácter liberal y la independencia literaria que antes había tenido.

Tuvo cierta influencia en Nikita Jrushov, quien en sus memorias dejó constancia de la admiración que le tenía. Tvardovski se preocupó por usar adecuadamente esa influencia. Se le recuerda como el hombre que transformó ese mensuario en la publicación más liberal de la era post estalinista. Hombre de fuerte personalidad, creía en ese deber como un comunista leal, pero consagrado a la verdad y a la misión de publicar la gran literatura. Uno de sus grandes logros en esos años fue la publicación de la novela de Alexander Solzhenitsin Un día de la vida de Iván Denísovich. Apareció en el número de noviembre 21 de 1962 y los 100 mil ejemplares se vendieron el primer día. Debido a eso, al poco tiempo hubo que sacar una segunda edición de ese número.

Por primera vez, los soviéticos pudieron leer una verdad que hasta entonces solo se susurraba. Tvardovski redactó una introducción en la cual aludía a las vivencias autobiográficas que su autor recreó (en algunas traducciones al inglés de ese libro se puede leer su texto). Trató de hacer lo mismo con Pabellón de cáncer, pero el deshielo estaba llegando a su fin y no le permitieron publicarla. El escritor siempre se lo agradeció y cuando el poeta falleció, fue él quien pronunció las palabras de despedida en el funeral. Asimismo, le dedicó varias páginas en su libro autobiográfico El roble y el ternero, donde lo presenta como una suerte de héroe trágico. No obstante, la imagen que da de él no deja de ser controversial y ha sido calificada por amigos y colegas de Tvardovski como una calumniosa caricatura.

Tvardovski era audaz y paciente en cuanto a editar a otros autores mucho menos controversiales que Solzhenitsin, pero que en términos soviéticos solo eran ligeramente menos controversiales: Vladimir Voinovich, Viktor Nekrasov, Irina Grékova, Andrei Siniavski, Boris Mozhaev, entre otros. También dio voz a escritores ya consagrados como Pasternak, Ajmatova, Mandelshtan y Babel, que habían sido perseguidos o habían pasado a ser no-personas durante el período estalinista. La variedad de estilos, géneros y autores representados en Novy Mir durante los años de Tvardovski fue rejuvenecedora y estimulante. No es casual por eso que recibiera constantes ataques de la burocracia. Su destitución como editor jefe de Novy Mir marcó el fin definitivo del deshielo.

Pero como apunté antes, a Tvardovski le entristecía que en el extranjero solo fuera valorado por su trabajo como editor. A diferencia de otros poetas rusos contemporáneos suyos, su producción literaria se ha traducido escasamente a otros idiomas. Incluso en varias de las antologías de poesía rusa que existen en castellano, su ausencia resulta notoria. De modo que, en su caso, cabe hablar de ignorancia y no de falta de estimación de su obra.

Las rígidas normas del realismo socialista se relajaron

Aunque también escribió prosa, en los cinco volúmenes de sus obras completas el mayor espacio lo ocupa la poesía. Acerca de esa faceta, Mijaíl Dudin ha comentado que su colega “no se hizo famoso de golpe y porrazo. Hubo de pasar antes por la escuela de maestría que pulió su extraordinario talento y por la escuela de la vida. Su trabajo en un periódico le enseñó a percibir el pulso de la vida y de la época, a oír y ver los procesos principales que impulsaban los tiempos y el destino, llenándolo de sentido. Y se mantuvo fiel a ese hábito, hecho rasgo de carácter, hasta su último día”.

Había nacido en la región de Smolensk, en la familia de un herrero rural que fue perseguido como kulak, pese a no serlo. Sus fuentes poéticas fueron, de acuerdo a Dudin, las nanas de la madre, el paisaje circundante y los poemas de Alexander Pushkin y Nikolái Nekrásov, que el padre sabía de memoria y recitaba por las tardes para su propio placer y el de toda la familia. Por lo visto, “aquella modesta vida campesina enseñó de niño al futuro poeta a enfocar seriamente todos los fenómenos del mundo, incluso las bromas, que tan de su agrado eran”.

No puedo hablar de su poesía en conjunto, puesto que ya señalé que no se halla accesible en español. Pero sí me voy a referir al único libro suyo del que existe una traducción, hecha por José Vento Molina y publicada en 1975 por la editorial moscovita Progreso. Que yo conozca, en su momento no tuvo eco entre los críticos ni tampoco entre los lectores. Ni siquiera en Cuba, donde recuerdo que se vendió en las librerías. Sin embargo, no se trata de un título más de la bibliografía de Tvardovski, sino de aquel que más popularidad alcanzó entre sus compatriotas. Hablo de Vasili Tiorkin (1945), por el cual su autor mereció el Premio Stalin de primera clase, que más allá del rechazo que despierta su nombre, era el galardón más importante que se daba en la Unión Soviética en el campo de las letras y las artes.

Pero antes de pasar a ocuparme de ese poemario, resulta pertinente dedicar unas líneas al momento histórico en que fue escrito. La invasión nazi de la Unión Soviética, en junio de 1941, marcó el inicio de la Guerra Patria. Durante los años que duró, las rígidas normas del realismo socialista se relajaron un tanto. Incluso a varios escritores hasta entonces silenciados o que se hallaban cumpliendo condenas en los campos se les permitió hacer oír su voz. Volvieron así a aparecer en la prensa los nombres de Boris Pasternak, Nikolái Zabolotski y Anna Ajmatova. Esta última dio a conocer sus conmovedores poemas sobre el bloqueo de Stalingrado.

El conflicto bélico imponía la necesidad de movilizar todas las fuerzas patrióticas, y la literatura se sumó a esa tarea. Hasta 1945, prácticamente todo lo que se publicó contribuía de una u otra manera a la defensa de la patria. Como expresó Viktor Sklovski, “no escribir sobre la más grande de las guerras mientras estamos en ella es sencillamente imposible”. Muchos escritores además se incorporaron al Ejército Rojo para cumplir distintas funciones que iban de corresponsal de guerra a combatiente. Doscientos setenta y cinco de ellos cayeron en combate. Yuri Krimov, Yefim Zozulia, Alexander Afinoguenov y Arkadi Gaidar, figuran entre ellos.

Por otro lado, volvió a aumentar la demanda por los reportajes y los relatos cortos, mediante los cuales los autores podían llevar la “verdad de las trincheras”. Los soldados necesitaban textos breves y sencillos que les recordasen a sus seres queridos y les infundieran espíritu combativo. Los prosistas, versificadores y rimadores oficiales invadieron las páginas de los diarios con obras de pura propaganda para los combatientes. Entre toda esa inundación de literatura de forzado patriotismo, aparecieron algunas obras interesantes y de genuino valor. Dos ejemplos son los poemas “Espérame”, de Konstantin Símonov, y “Me mataron cerca de Rzhev”, de Tvardovski.

Al igual que hicieron Vasili Grossman, Símonov y otros de sus compañeros de profesión, Tvardovski sirvió de 1941 a 1945 como corresponsal en el frente. Anteriormente lo había hecho en la campaña de Polonia (1939) y la guerra ruso-finlandesa (1940). Para él, como para todos los compatriotas de su generación, aquel conflicto bélico era diferente. Era una experiencia colectiva muy profunda, que no podía ser comparada con ninguna otra. Hombre liberal, aunque de convicciones comunistas, consideraba el patriotismo una virtud mayor, y tenía en alta estima valores militares como el coraje, el espíritu de sacrificio y la lealtad a los camaradas.

El personaje de Vasili Tiorkin había sido creado por Tvardovski durante la guerra ruso-finlandesa (en realidad, fue una invasión del segundo país por el primero). Entonces aparecía en una columna humorística del diario Na Strazhe Rodiny. Al comenzar la Guerra Patria, su autor decidió retomarlo en unos poemas que fue publicando entre 1941 y 1945. Esos capítulos eran enviados al frente y también eran leídos en la radio por el actor Dmitri Orlov. Su único nexo era la figura del soldado de ese nombre, del que se van narrando distintos episodios.

Fueron recogidos después en un libro al que Tvardovski agregó un subtítulo: Libro del soldado. Debido a las condiciones en que aquellos textos fueron viendo la luz, el libro posee una estructura abierta, sin principio ni final. Así lo reconoce el autor en el último poema: “Con esto acaba el relato / que se encierra en este libro. // Lo comencé sin comienzo / y sin final lo termino, / dedicándolo, perdonen, / quizás sea muy atrevido, / a la memoria sagrada / de los soldados caídos, / a todos los combatientes, / cuya opinión tanto estimo”.

Imagen dignificada y, a la vez, humorística

En Vasili Tiorkin, Tvardovski presenta un héroe popular que es todo lo que un soldado soviético habría deseado ser: inteligente, reflexivo, ocurrente, ingenioso, responsable, optimista e imperturbable bajo el fuego. El autor pone a su personaje en una serie de situaciones de las que sabe salir airoso. Peleó mano a mano con un nazi al que venció; fue herido varias veces; se lanzó a un río helado para salvar a sus compañeros; derribó un avión alemán con su fusil; y era capaz de hacer sonar un violín defectuoso. En los poemas, se da de él una imagen dignificada y, a la vez, humorística. Tiorkin es un joven pícaro que ama a Rusia y es instintivamente patriótico: ama la vida, pero está dispuesto a morir por su patria. Es además ruso en el pleno sentido: es un campesino de la región de Smolensk.

A través de esos poemas –30, en total–, Tvardovski expresa sus ideas y pensamientos sobre la guerra: el patriotismo, la tragedia de la gente común, el heroísmo diario de los soldados simples. Al haber sido reunidos en un libro, se pueden leer como una novela de los tiempos de la Guerra Patria. También puede definirse como una larga balada épica, a menudo informal, que por haber sido creada por entregas, no mantiene la métrica, el ritmo, la dicción, la estructura y la sintaxis. Está escrita con versos fluidos y sonoros y con un lenguaje sencillo y comprensible. Eso contribuyó a que algunos fragmentos pudieran ser recordados con facilidad. Hasta hoy, los niños en las escuelas de Rusia pueden recitar de memoria: “¡Travesía, travesía! / Una orilla y otra orilla, / nieve, hielo y agua fría… / Para unos, gloria en vida./ Para otros agua oscura, / que todo recuerdo quita”.

Los poemas y el libro en el cual posteriormente fueron recopilados tuvieron una gran popularidad. Se dice que los textos de Tvardovski se podían encontrar en las mochilas de todos los soldados del Ejército Rojo, y eran leídos por ellos alrededor de las fogatas. Para la gente sencilla, Vasili Tiorkin constituía un personaje entrañable y una figura casi mítica. Era tan humano y auténtico, que muchos soldados creían que era una persona real. Algunos hasta aseguraban haberle visto en sus unidades. Tiorkin se desprendió así de las páginas del periódico y el libro y adquirió vida propia.

Hay un poema en el que Tiorkin coincide en una casa con un homónimo suyo. Tras someterlo a algunas pruebas, concluye que simplemente se trata de un soldado que comparte con él nombre y apellido y la situación se salda felizmente: “¿A qué tanto vocerío? / ¿A qué vienen tantas risas? / ¿Qué dispone el reglamento? / ¡Un Tiorkin por compañía! // ¿Me oís todos? ¿Está claro? / ¿Tenéis quejas? ¿Nadie? ¿Nada? / ¡A descansar! // Yo coincido / con el severo brigada. / A cada sección daría / un Tiorkin, llegado el caso… // En fin, eso de pasada, / interrumpiendo el relato”.

Además de los valores literarios a los cuales antes aludí, había otros aspectos que contribuyeron a la popularidad de aquellos poemas. Uno es que no están sobrecargados de ideología. Es de notar además que Tvardovski no menciona ni una sola vez a Stalin, lo cual era bastante insólito en esos años. De hecho, sorprende que pudiera escribir y publicar unos textos tan escasamente politizados sin ningún tipo de problema. De igual modo, tampoco se describen en ellos grandes batallas y su protagonista es un hombre realista y práctico, despojado de heroísmo idealizador, que era la nota común en la literatura y el cine soviéticos referidos al tema de la Guerra Patria. Pienso que todo eso puede ayudar a comprender por qué Vasili Tiorkin se convirtió no solo en el libro más popular de su autor, sino en una de las obras más queridas por los lectores.

También entre los escritores Vasili Tiorkin tuvo una notable valoración. Al Premio Nobel Ivan Bunin, quien desde 1920 vivía en el exilio, corresponde este encomiástico comentario: “El libro es realmente único. Qué libertad de expresión, cuánta corrección y precisión en los detalles; qué maravilloso el lenguaje de los soldados: ni un solo desliz, ni una sola palabra falsa o vulgar”. Otro autor crítico con el régimen comunista, Alexander Solzhenitsin, también elogió el libro de Tvardovski. Según él, “los soldados en el frente uno por uno sabían, por su rango milagrosamente genuino, la diferencia entre Vasili Tiorkin y los demás libros sobre la etapa de la guerra”. Quiero citar también unas palabras de Konstantin Símonov, quien expresó: “¿Cuáles son las obras cumbres de la literatura rusa sobre el tema de la guerra? Son dos. La guerra y la paz, sin asomo de dudas. ¿La otra? Vasili Tiorkin”.

Su verso es engañosamente simple

Vasili Tiorkin constituye una maravillosa rareza y significó una original aportación a las obras de tema bélico. En toda la literatura occidental del siglo XX no puede encontrarse un poeta capaz de escribir con tanta naturalidad un ciclo épico y convertirlo en lo que otro autor solo hubiera intentado plasmar en una novela. En su libro, Tvardovski presenta a un hombre común enfrentado a la terrible realidad de la guerra y crea un himno al ingenio y el optimismo del soldado ruso. Logró además conjugar orgánicamente la tradición de la novela liberal de Pushkin, la imagen de la guerra nacional de Tolstoi y el interés en la clase campesina de Nekrásov. Al referirse a su libro, el autor expresó: “Mi Libro del soldado, sea cual fuere su importancia literaria, fue para mí en los años de la guerra una verdadera dicha: me hizo sentir que mi trabajo era, evidentemente, útil y que manejaba con toda soltura el verso y la palabra en una forma de exposición natural y clara”.

En castellano, Vasili Tiorkin solo se puede leer en la muy solvente traducción de 1975 de la Editorial Progreso. En inglés existe una publicada en 2003 por Hud Editions. La base de datos Worldcat no registra versiones a ningún otro idioma. De modo que el libro de Tvardovski no está accesible para el resto de los lectores. El propio autor se refirió a las dificultades que conlleva traducir esos poemas, porque a menudo él se desvía de las normas literarias y porque su verso es engañosamente simple en su apego a los ritmos orales. Por su parte, el escritor Samuíl Marshak, quien fue uno de los traductores rusos más reputados, comentó que Vasili Tiorkin está lleno de sutilezas verbales, rítmicas y psicológicas. En su opinión, eso no se podría apreciar en las versiones a otras lenguas, pues lo que en ruso posee una gran diversidad y un sutil encanto, en ellas sonaría mecánico y sin inspiración.

Ese mismo personaje le sirvió a su autor como punto de partida idóneo para describir con tonos satíricos y grotescos el aparato burocrático estalinista. Lo hizo en Tiorkin en el otro mundo (1954-1963), que no fue bien recibido por el gobierno y el partido. En esa obra, Tvardovski optó por un género tradicional en las letras rusas, la epopeya satírica en verso. Nunca se ha traducido a otros idiomas. Solo se pueden leer unas pocas estrofas en Tiorkin & The Stovemakers, y tras leerlos este cronista puede asegurar que no permiten hacerse una idea del libro.

El escritor alemán Hans Magnus Enzensberger fue invitado a la Unión Soviética por esos años. Plasmó sus impresiones de aquel viaje en el libro Tumulto. Allí narra una velada en la dacha de Nikita Jrushov a la cual asistieron varios escritores. Uno de ellos era Tvardovski, quien precisamente leyó algunos textos de su libro. Según Enzensberger, “bajo el régimen de Stalin era imposible pensar en publicarlo, e incluso des­pués del «deshielo» los censores juzgaban demasiado arriesgado darle el imprimátur. Le propusieron una «refundición», de la que el autor prefirió abstenerse”. Y luego anota:

“La versión que traía hizo patente a qué se debía tanta negativa. Y es que el probo soldado, que recuerda a Schwejk, se encuentra en el más allá con exactamente las mismas realidades que en la Unión Soviética. En vano busca un lugar donde hallar descanso. Cuando va a quejarse le dicen que no tiene sentido porque todos viven felices y satisfechos. Que la policía secreta ya se encarga de que así sea. A quienes se comporten ejemplarmente les aguarda un privilegio muy especial: unas vacaciones en el infierno burgués”.

En 1987, gracias a la perestroika y a la política de glasnost, vio la luz otro de sus largos poemas narrativos: Por ley de la memoria, que en su momento fue censurado. En ese texto –en parte confesión de sus propios errores y en parte, advertencia a las futuras generaciones–, Tvardovski hace una revalorización más rigurosa de la colectivización, a la que décadas atrás había cantado en El camino del socialismo (1931) y La tierra de Muravia (1936), extenso poema de 2 mil versos galardonado con el Premio Stalin de segunda clase. Allí revela la verdad sobre su padre, que fue víctima de los excesos y atropellos que entonces se cometieron. Además, narra el destino de las familias represaliadas durante el período que precedió a la Guerra Patria, así como el de aquellos que sobrevivieron al cautiverio nazi y al volver a la Unión Soviética, fueron internados en campos de trabajo forzado.

No sé si con estas líneas he alcanzado a dar una idea de la figura paradójica que fue Tvardovski. Era un apasionado patriota, con sólidos vínculos con la tierra, la cultura y el pueblo rusos. Comunista convencido, era asimismo un liberal, lo cual no constituía precisamente un destino fácil. Creía que el socialismo era el sistema idóneo para su país, pero también que había que mejorarlo. Por varios años fue miembro del Comité Central del Partido, pero desde su cargo en Novy Mir llevó a cabo una faena editorial que, en cierto modo, socavó la ideología comunista, al defender que la buena literatura debe ser honesta y valientemente crítica. Y, en fin, fue el autor del libro patriótico más popular, pero también de una de más eficaces sátiras del estalinismo. Sí, definitivamente Tvardovski fue una figura llena de paradojas.